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OPINIÓN
Gabo
y sus amistades peligrosas
El
respaldo de Gabriel García Márquez a Fidel Castro trae
al novelista por la calle de la amargura. Se desató una ola de
reproches y denuncias al Comandante, a cargo de los intelectuales más
importantes de Occidente, que ha terminado por anegar al Premio Nobel
de Literatura. Todo sucedió como consecuencia de los últimos
fusilamientos de tres jóvenes, ejecutados para evitar una
invasión norteamericana, como si el máximo
líder se hubiera convertido en un sacerdote azteca que
conjura el destino mediante sacrificios humanos.
Súbitamente, el motín se dirigió contra García
Márquez, padre prior de la literatura latinoamericana. ¿Dónde
está la firma de Gabo frente a esta crueldad sin
límite?, se preguntaban todos. El colombiano primero dijo
repudiar la pena de muerte, pero luego dejó en claro su inalterable
afecto por el dictador. Los asesinos también tienen amigos, qué
diablos, y no estaba dispuesto, como José Saramago, a romper
con el viejo tirano, tan peculiar, tan pintoresco y tan hablador, sólo
por un puñado de nuevas víctimas y unas renovadas manchas
de sangre fresca sobre el paredón.
Susan Sontag le reprochó con firmeza esa actitud al autor de
Cien años de soledad. Mario Vargas Llosa lo llamó cortesano.
Zoé Valdés, apasionada como un volcán, lo injurió,
pero luego, más tranquila, retiró el exabrupto. Enrique
Krauze, con la precisión de los historiadores, escribió
un formidable artículo en el que rescató una notable cantidad
de zalamerías y elogios absurdos vertidos por el colombiano en
honor de Castro. Sólo Bryce Echenique, pese a no tener simpatías
castristas, salió en su defensa, retomando un dudoso argumento
antes esbozado por el propio García Márquez: la amistad
con el dictador le había servido a Gabo para salvar a miles de
cautivos o para lograr la expatriación de muchos cubanos secuestrados
en su propia patria.
Lazos de amistad
Esa afirmación puso en marcha otra carta pública y otras
indignaciones. El también escritor Nicolás Pérez,
cubano y ex preso político durante muchísimos años,
comenzó a recoger mil firmas entre sus compañeros de presidio
para atestiguar que Gabo y Bryce mentían sin recato. En todo
caso, si fuera cierto, ¿cómo se puede depositar afecto
en un déspota que encarcela a miles de personas y luego las libera
sólo como un gesto de cordialidad al amiguete de turno, o como
una extraña cortesía con el último visitante que
llama a la puerta de su castillo? ¿Dónde está la
justicia en esa república estalinistamente bananera, en la que
el caudillo mata o perdona según le da su omnipotente gana? ¿Cómo
es posible no sentir un profundo rechazo por un gobernante que mantiene
a sus compatriotas atrapados en el país contra su voluntad?
Sin embargo, conozco dos casos, al menos dos, en los que, efectivamente,
García Márquez intervino para beneficiar a víctimas
de la dictadura. Uno fue un valioso líder sindical, preso durante
más de quince años en las peores cárceles de Cuba,
y el otro, un escritor que había estado vinculado a los órganos
de Seguridad del régimen, al que no le permitían emigrar.
En ambas oportunidades, Castro cedió al pedido de García
Márquez, y estas dos personas pudieron trasladarse al exilio.
En otra circunstancia mucho más dramática, sin embargo,
de acuerdo con el testimonio de la familia, Gabo no se empeñó
con el fervor debido: cuando su amigo Tony de la Guardia, una especie
de James Bond cubano, en el verano de 1989 fue seleccionado por Castro
como chivo expiatorio para tratar de desmentir las informaciones de
que el gobierno de La Habana participaba en operaciones de narcotráfico.
Es posible que un enérgico requerimiento del colombiano le hubiera
salvado la vida. Aparentemente, no se atrevió a hacerlo y De
la Guardia fue fusilado ante la mirada indiferente de su amigo.
No es Gabo, sin embargo, la única persona que, a veces, ha salido
de La Habana con un preso político debajo del brazo. Fidel Castro
les ha regalado prisioneros, como quien regala botellas
de ron, a Felipe González, a Fraga Iribarne, o a Jesse Jackson.
Más aún: el Comandante, sibilinamente, ha perfeccionado
esta ceremonia como una forma de lavar la honra de quien se le acerca
en un plano amistoso. ¿Cómo justificar en el terreno ético
la inmensa concesión moral de viajar a La Habana a respaldar
o a mostrarse afectuoso con el más antiguo de los verdugos latinoamericanos?
Muy sencillo: rescatando a uno o varios cautivos, y, si es posible,
regresando a casa con ellos en la maleta para exhibirlos como un gran
éxito diplomático.
La gloria literaria de Gabo sufre con estas amistades peligrosas. Desde
el siglo XVIII los intelectuales occidentales, generalmente, se han
colocado junto a la libertad y frente a la opresión. Esta es
una historia que comienza con Voltaire, con Roussseau o con Thomas Paine,
y adquiere categoría de tradición con Lord Byron, Víctor
Hugo o Zola. El propio García Márquez, que firma manifiestos
y tiene una intensa militancia cívica, le gusta volcar su inmenso
prestigio literario en favor de causas políticas populares. Pero
para ser efectivo es necesario mostrar cierta coherencia moral. No es
posible estar con Dios y con el diablo. Ni siquiera a García
Márquez.
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