1 de junio de 2003

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EN LAS MANOS DE DIOS

La fe no basta

La necesidad de combatir la grave situación del consumo de drogas en el país ha generado una proliferación de centros de tratamiento para toxicómanos, sin embargo, estos funcionan sin que haya una entidad que supervise y regule el trabajo que realizan

Texto: Wilfredo Hernández
Fotos: Álvaro López
vertice@elsalvador.com

El problema del abuso de las drogas se le ha escapado de las manos a las autoridades salvadoreñas.

Cada día crece más el número de adictos no sólo en las calles de las ciudades, sino en el propio seno familiar.

Datos oficiales indican que, ahora, el inicio en el consumo de drogas ha experimentado un preocupante descenso de los 16 años a los 13 años de edad. Más dramático aún es el hecho de que la mayoría de los drogadictos practican la poliadicción, es decir, consumen de dos a diez drogas simultáneamente.

“Es un problema que se ha subdimensionado y nos está quebrando la columna vertebral”, advierte Alexandra Hill, directora ejecutiva de la Fundación Salvadoreña Antidrogas (FUNDASALVA).

Además, todos los involucrados en la problemática están conscientes de que no es un fenómeno aislado, sino que carcome sin piedad las estructuras sociales más importantes.

Tanto, que el 85 por ciento de los casos de violencia social que se reportan en el país está relacionado, de alguna manera, con el consumo de droga, según datos oficiales.
Debido a eso es que se hace urgente una política integral que no sólo abarque el combate de la oferta, sino también de la demanda de la droga.

Sin embargo, ésta debe ser bien orientada y supervisada para brindar un mejor tratamiento a las personas afectadas por el problema, sostiene la mayoría de consultados por Vértice.

En los últimos años, la segunda parte de esa política ha recaído en las manos de una cantidad no especificada por las autoridades de centros de tratamiento y rehabilitación de fármacodependientes.

La mayoría actúa al amparo de una denominación religiosa, sin que haya, hasta estos días, una entidad gubernamental que se haga responsable de supervisar y regular su funcionamiento como clínicas médicas, que, en última instancia, es lo que son.

“Es como una clínica, aunque directamente, hablando de medicina, nosotros no tenemos esa facultad. Sí sabemos poner sueros y primeros auxilios; pero cuando se trata de hospital y todo eso, los llevamos”, aceptó Salvador Fierro, de Alcance Victoria.

A simple vista, el papel regulador y supervisor recae en la Comisión Salvadoreña Antidrogas (COSA), como lo acepta su directora ejecutiva, Ana Margarita Chávez Escobar. “La Comisión tiene que coordinar todas las actividades que se refieran tanto a la reducción de la oferta de droga, como a la reducción de la demanda, que es el consumo”, dijo Chávez Escobar.

Compartido
Pero la funcionaria hace una salvedad y también traslada parte de la responsabilidad a otra instancia: el Ministerio de Salud.

“Todos estos organismos que dan tratamiento y rehabilitación tendrían que estar supervisados y acreditados para ejercer sus funciones por el Ministerio de Salud Pública, porque estamos viendo al drogodependiente como un enfermo”, señaló Chávez.

¿Por qué no se hace? Las respuestas de unos pueden sonar demagógicas. Falta de recursos, de personal, de dimensión sobre la importancia del problema, tabú, etc. Otros, como la cartera de Salud, no contestó a las llamadas mientras duró la investigación.

Lo que sí es cierto es que cada día se arriesga a muchas personas a ser tratadas por personal con poca idoneidad profesional en el campo de la rehabilitación de pacientes afectados por la adicción a cualquier tipo de droga.

Muchas de estas personas pueden ser víctimas de las buenas intenciones o del relativo desconocimiento en la materia de quienes ofrecen el servicio; aunque sea gratuito. O, en el peor de los casos, por personas inescrupulosas que sólo buscan lucrarse de la problemática, que por desgracia existen.

Lo demuestran los allanamientos a algunos centros después de ser denunciados por maltrato físico y sicológico a los internos.

Uno de ellos ocurrió en junio pasado. La Policía Nacional Civil (PNC) allanó un centro dirigido por la iglesia evangélica Príncipe de Paz, en Apopa, tras ser denunciado por uno de los pacientes por maltrato.

Lamentablemente, esta práctica se puede seguir dando, pues no hay un proceso de supervisión que garantice de que ya no existan otros centros similares, ni que la institución denunciada haya abierto otra casa en otro lugar.
Por fortuna, los centros con este tipo de problemas son la minoría. Los otros tratan de hacer un buen trabajo, según las posibilidades se lo permitan, con serios problemas de hacinamiento y falta de insumos médicos o personal que lo aplique, lo que dificulta su funcionamiento.

Pero no bastan las buenas intenciones en esto del tratamiento y rehabilitación al drogodependiente. Como dice un viejo adagio “el camino al infierno está sembrado de buenas intenciones”.

No se trata de dañar o empañar el buen trabajo que hacen estos centros. Sencillamente se trata de que estos realicen tan importante labor con los recursos adecuados y con la capacidad y responsabilidad que amerita el caso. La idea es potenciar lo que se está haciendo, no dañar.

De esto están conscientes todos los encargados de los centros, quienes aceptan una supervisión, siempre y cuando ésta sea para ayudar, no para perjudicar.

“Esta organización (la COSA) puede hacer una directiva con un miembro de cada centro y ver sus necesidades y ayudarle para que pueda salir adelante”, acepta Ricardo Zelaya, director nacional de Teen Challenge, un centro de rehabilitación de drogadictos.

José Sotuela, de Ministerio Remar, también está de acuerdo con la supervisión y regulación. “Sería bueno porque de la misma forma que se pueden marcar pautas de rehabilitación, también va a haber apoyo económico para los centros”, agregó.

Hill es más crítica ante la supuesta apatía de las autoridades. “Ética y moralmente es inadmisible que esté pasando esto en el país y que nadie haga nada por solventar este problema de que cualquiera pueda poner un centro de tratamiento”, amenazó.

¿Retraso?
Chávez se defiende de los señalamientos y asegura que se está elaborando un protocolo de atención al drogodependiente, pero todavía falta validarlo


Para ello recibió siete mil dólares de la Comisión Interamericana para el Control de Abuso de Drogas de la OEA (CICAD).

En un principio, como lo aseguró a Vértice, la aprobación de la validación estaba programada para el 8 de abril. Sin embargo, inexplicablemente, se le dio largas al asunto y se trasladó para el 26 de junio, el Día Internacional de la Lucha contra las Drogas.

El proceso de validación tendría que incluir a todos los involucrados en el combate del flagelo social.
Al menos así lo aceptó Chávez.

Lo curioso es que todas las instituciones consultadas por Vértice, hasta la semana pasada, no habían recibido aún una invitación formal por parte de la COSA.

Lo anterior se podría deber porque el ente gubernamental desconoce el número exacto de casas de rehabilitación que funcionan en el país, a pesar de que el Plan Nacional Antidrogas 2001-2008 establece en un apartado la realización de “estudios sobre la situación de la oferta y la demanda; programas generales institucionales para la prevención del uso indebido de drogas, para el tratamiento y reinserción del fármacodependiente”, entre otras cosas.

Inicio de adicción 13 años
Datos oficiales indican que los salvadoreños se introducen al mundo de las drogas cuando apenas han cruzado la pubertad

Embargos $508 mil
La Unidad de Investigación de Delitos Financieros de la FGR reportó en 2001 el embargo de $508 mil relacionados con casos de lavado

Rehabilitados 35%

Datos no oficiales de los centros de rehabilitación estiman que un 35 por ciento de los pacientes atendidos se logra rehabilitar

Para mientras llega la hora de la validación del documento, cada centro ejecuta su propio tratamiento con lo que está a su alcance, o lo que quiere o puede, a falta de un modelo unificado de atención al adicto que le dicte la manera adecuada y óptima para asistir a cada persona según sus propias características.

Si bien es cierto hasta el momento el tratamiento que dan estos centros, basado en la religión fundamentalmente, ha dado buenos resultados, en cierta medida, todavía falta mucha capacitación por parte del personal que asiste a los pacientes y de una mejor infraestructuras de las clínicas.

Documentación especializada consultada en la Internet, indica que la parte espiritual es particularmente importante y necesaria en la rehabilitación; pero hay que tener en cuenta que, en lo fundamental, el tratamiento consiste en diferentes formas de psicoterapias, en psicofármacos, en movilización de la familia y del entorno del paciente para que este logre salir del problema.

Entonces estamos hablando de una atención especializada brindada por un equipo multidisciplinario, el que no existe en estos centros, a excepción de FUNDASALVA.

Pero si no existe no es por falta de voluntad, como dicen los directores, sino de recursos económicos o de subsidios que les permitan desarrollar un mejor trabajo.

En estos centros de rehabilitación cristianos, el equipo de atención está conformado por otros rehabilitados, quienes se encargan de guiar y tratar a los pacientes mientras están internos, de una manera empírica.
Si bien es cierto también es importante la participación de rehabilitados, sostienen especialistas, se necesitan especialistas en diferentes áreas para poder responder a situaciones de ansiedad, agresividad, baja estima, propias del paciente en rehabilitación.

“Aquí no tenemos sicólogos, lo que nosotros hacemos es canalizarlos a las unidades de salud y hospitales”, confirmó Fierro.

Si se acepta que la drogadicción es una enfermedad, entonces la rehabilitación, obligatoriamente, tiene que estar dirigida por un especialista, en este caso un siquiatra, quien previo diagnóstico tiene que determinar el tipo de tratamiento a brindar.

“Hay distintos tipos de programas, porque no todas las personas que consumen drogas tienen la necesidad de ir a encerrarse”, dice la directora ejecutiva de FUNDASALVA.

En conjunto

Debe haber una política integral de prevención y reinserción acorde a las necesidades de cada uno.
La política debe estar en función de la personas para medio superar un problema que ya sacó carta de ciudadanía en nuestro país.

En ella deben involucrase de manera activa todas las entidades pertinentes, con recursos que garanticen la efectividad en el trabajo.

Una de esas entidades tendría que ser la PNC, con programas de prevención y combate a la demanda, que ya lo tiene. La División Antinarcóticos combate en desventaja el tráfico tanto callejero como a gran escala, aun consciente que la represión no es la cura definitiva.

Sus estadísticas reflejan como el número de decomisos se incrementa, cada año, a una velocidad paralela al crecimiento de la demanda.

Sólo el año pasado, el valor comercial de la droga decomisada ascendió a más de $53 millones, mientras que en 2001 sólo alcanzó algo más que los $2 millones.

Aún así, los programas de prevención que desarrolla la PNC en escuelas, colegios y comunidades tampoco están validados por la COSA, como lo afirmó Chávez Escobar.

Esto, a pesar de que “igualmente importante a los esfuerzos que hace la PNC son los esfuerzos de prevención” de otras instituciones, espeta Hill, de esa manera, el trabajo policial se vería fortalecido a la par de la labor de los centros de rehabilitación.

La necesidad de una política eficaz para la rehabilitación de toxicómanos es hoy más urgente que nunca porque el alcance del problema es enorme. Pero también se requiere de un efectivo ordenamiento en cuanto a capacitación, recursos e infraestructura para hacer de estos centros verdaderas clínicas de rehabilitación.

Pero no se trata de regular y nada más. Como dicen los directores de los centros “se trata de dar y recibir. De exigir y ofrecer”, ese es el reto que tiene la Comisión Salvadoreña Antidrogas.



UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD

“El día que me prendí”

Atraído por la necesidad de olvidar su realidad, Daniel se adentró al mundo de la droga del que nunca logró salir. Hoy comparte su historia a Vértice.

El espeso humo del crack pasa velozmente a través de la pipilla hasta el organismo de Daniel (nombre ficticio) después de que él exhala con fuerza, luego contiene la respiración por unos escasos segundos, la suelta con suavidad, ve hacia el cielo mientras frota la pipa con sus manos para que se enfríe.

“Lo que acabo de fumar no es el crack. El verdadero es lo que queda en el interior (de la pipa)”, dice.
Se trata de un líquido aceitoso de color amarillento que se mezcla con lo negro que deja el calor del fuego en la pipa.

Aún guarda en la memoria el día que decidió consumir drogas de forma consuetudinaria.
La primera vez que fumó, cuando tenía 19 años, fue por curiosidad. Después sólo lo hacía los fines de semana.

La debacle llegó con olor a desintegración familiar. Ese día entró a su casa después de una jornada de trabajo y sólo encontró un ventilador, un sillón y una pequeña cama. Era lo único que le dejó su ex esposa, con quien procreó un hijo.

La desesperación hizo que recurriera a las drogas. Llamó a un amigo para que le comprara 300 colones de crack, un encendedor, una cajetilla de cigarros y una botella de licor. “Ese día me prendí”, exclamó.
A partir de ese momento su vida cambió para siempre. Perdió su trabajo en una embotelladora de bebidas gaseosas y se tiró a las calles.

La falta de ingresos para satisfacer su necesidad de droga lo obligó muchas veces a robar. Unas logró salir indemne; otras, sacó la peor parte.
“Hoy no robo, me calmé, porque entre más robaba, más fumaba y eso estaba acabando con mi vida de manera rápida”, reflexiona.

La oportunidad de rehabilitarse apareció cuando fue internado en un centro de atención para drogadictos, pero no soportó el aislamiento al que fue sometido.
“He aprendido a dominarlo, eso está en la mente de uno”, dice convencido. Hoy se droga cada vez que consigue unas monedas después de hacer algunos mandados o que alguien le regala unas monedas.
Las drogas le marcan la vida cada día y él lo sabe. Por eso se niega a darle drogas a otros que se lo piden. “No quiero ser el causante de la drogadicción de otros”, asegura.

Ahora es uno más de los muchos drogadictos que deambulan por las calles de una populosa comunidad capitalina, consciente de que puede ser el último día de su vida.

Los problemas familiares arrojaron a Daniel al oscuro foso de las drogas.

“De aquí no me voy”

El mundo de las drogas fue su mundo. Drogadicto durante toda su vida hasta que conoció a Dios, según él, quien lo salvó. Este es su testimonio.

Mi vida no ha sido como la de las otras personas, como esos niños que han tenido todo, nada, sino que siempre anduve en la calle, desde pequeño anduve vagando en la calle.

A los 9 años probé por primera vez el alcohol... Esa vez la ‘fondié’; fue un 31 de diciembre.

Según pasó el tiempo me fui metiendo más en otras cosas. A los 12 años, estaba en sexto grado en la Daniel Hernández, empecé a probar las ‘pastas’. Empecé con Diazepan, me las tomaba con gaseosa, yo era el mero loco del grado.

A los 15 años ya bebía y todo. Empecé a probar la marihuana. La primera vez sentía como que era resorte cuando iba caminando, sentía bien diferente a andar ‘empastado’.

Después de la marihuana empecé a oler pega. Luego crack, pero una vez por poco me muero mientras estaba fumando; por eso me calmé y me quedé solo con el ‘guaro’. Todo el día tomaba.

Llegué a Alcance Victoria por una amiga que tenía un primo interno. Al principio no quería hasta que un día decidí venirme.

Cuando entré al centro me dieron mi vaso de suero, comida y me acosté hasta que amaneció al día siguiente. Llegué destrozado, me sentía hecho trizas.
Al día siguiente de estar aquí, el director me dio una pastilla para que durmiera porque no había podido dormir la noche anterior. Me dormí, pero cuando amaneció ya no me pude levantar. Como pude me levanté apoyado solo con las manos y me fui a acostar debajo de una mesa. Temblando, con fiebre y dolor de huesos. Un líder me preguntó qué me pasaba y me dio unas pastillas.

Ya llevo varios meses en la casa y ahora me siento bien, todavía me duele el cuerpo, pero no como antes, ya puedo caminar más, no como antes, pero poco a poco me voy sintiendo mejor.

Todavía no me siento rehabilitado, todavía me falta. Ya rehabilitado es cuando ya me sienta poderoso como era antes. Aunque no queda lo mismo uno, pero de que yo voy a volver en lo que andaba, no.

Mi pensamiento y lo que le pido a mi Señor es que de aquí no me voy yo. Quiero rehabilitarme y servirle a Dios y ayudar a otros a rehabilitarse para que ya no anden en el mundo de las drogas y el alcohol. Que vean los ejemplos que hay en las calles, porque ahí hay bastantes ejemplos, pero uno no quiere hacer caso.
Ese es mi pensamiento, quedarme aquí y predicar la palabra de Dios y llevársela a otros para que se rehabiliten y sigan el camino de Dios.

No morí porque Dios es grande y todavía me quiere, tiene un propósito para mí, por eso es que me tiene todavía aquí. Yo soy un milagro de Dios, muchas veces he sentido la muerte. Ahora tengo 31 años.


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