![]() 22 de diciembre de 2002 |
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La
Columna Ernesto Villalobos La navidad De pequeño, la navidad era para mí lo mejor del año, lo más esperado. Los vientos del norte traían consigo las vacaciones de fin de año, los cuetes del 24 y el 31, y, lo mejor, juguetes nuevos. En aquella época, la navidad era la parte medular de mi vida. Vivía todo el año para esperar esa fecha. Y en las noches calurosas de abril o lluviosas de julio, cuando los demonios ocultos en el armario no me dejaban dormir, pensaba en ese día. Después, cuando era un adolescente, el estreno de navidad sustituyó a los juguetes como lo más esperado del año. Las hormonas se alborotan en esa época y para calmarlas hay que andar bien vestido. Ahora, la espera por el estreno ya quedó atrás y lo sustituyó las ganas de pasar un momento alegre visitando al cuñado o a mis padres. Sinceramente, el aspecto espiritual nunca estuvo muy presente en esas fechas para mí, aunque quizás las buenas vibras de la gente a mi alrededor me hicieran sentir el espíritu navideño. Este año, la llegada del mes de diciembre no trajo mucho de paz y amor a la realidad del país. La crisis del la Salud sigue agudizándose y sin señales que indiquen que va a terminar pronto. Una revuelta carcelaria dio como resultado dos policías y un reo muertos, y se han cometido crímenes tan horrendos como el de la cabeza de la mujer encontrada en el parque Libertad. En este marco tan pesimista, poco se puede esperar de estas fechas. Sin embargo, en la primera semana del mes, un incidente me hizo recordar lo que a mí me ha mantenido optimista desde siempre: Junto a mis esposa de cinco meses de embarazo arreglábamos el arbolito de navidad, un pequeño abeto de plástico con el tamaño justo para que quepa en nuestra casa, cuando encontré entre las guía de luces y pascuas de pana roja una figura de un muñeco de nieve. No recordaba de dónde venía ese adorno hasta que mi esposa, que tiene mejor memoria que yo, me dijo que leyera al reverso. Ahí había un mensaje claro y escueto: no te preocupes todo se va a arreglar y lo firmaban Claudia, Jenny, Blanqui, Osmín y Camilo. Esa frase me recordó una de las tantas crisis que he vivido y que de seguro voy a seguir viviendo. Pero en aquellos momentos difíciles, siempre hubo un buen amigo que te dio una palmada de ánimos en la espalda, en lugar de una puñalada. Ahora, los demonios del armario que no me dejan dormir son más reales y en lugar de la navidad pienso en aquellas personas que van por la vida con la bandera de la ética y de la buena fe en sus acciones. Ellos existen, aunque muchos no lo crean y se encargan que este mundo no sea más salvaje de lo que ya es. Quizás por esas personas todavía tienen sentido estas fechas. Feliz navidad. ervillalobos@elsalvador.com
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