15 de diciembre de 2002

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LA ARISTA AFILADA

La insoportable levedad política

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Flotaba en el ambiente una clara sensación de futilidad. Bávaro, sí, era una playa espléndida, y los dominicanos unos anfitriones amables que regalaban unas magníficas guayaberas, pero la duodécima Cumbre Iberoamericana se hundía en el Caribe como un galeón español en la temporada de huracanes. ¿Qué ocurría? Algo predecible: el cónclave de jefes de Estado y de Gobierno del mundo iberoamericano se había convertido en una inocua academia de retórica en la que las formas resultaban mucho más importantes que la sustancia.

En Bávaro se estaba pagando el pecado original de estas curiosas ceremonias. Cuando se comenzaron a gestar, en 1991, gobernaban Felipe González en España y Salinas de Gortari en México. Eran buenos amigos y se propusieron crear una institución diplomática que hiciera las veces de la Commonwealth inspirada por Gran Bretaña. En realidad, los españoles eran los más interesados en el proyecto. En esa fecha España ya había dado el salto al primer mundo, el país poseía una democracia estable, duplicaba el PIB per cápita de América Latina y deseaba ocupar un lugar preponderante en la diplomacia planetaria. Si existía un universo desovado por los franceses y otro por los ingleses, el tercero, sin duda era el español, o el hispano-portugués, pues el proyecto cobraba aún más fuerza si comparecían Portugal y Brasil.

Pero exactamente en ese punto radicaba el conflicto: las Cumbres no surgían para estudiar o contribuir a solucionar los acuciantes problemas de América Latina, sino para proyectar el bien ganado prestigio de España. No era un foro serio, sino un escaparate lleno de espejos y reflectores. Madrid quería dotarse de un escenario en el que España fuera el centro, con la ilusión de que esa imagen de metrópoli poderosa le ganaría peso específico dentro de la Unión Europea o frente a Estados Unidos, de manera que poco a poco comenzara a retomar la posición central en los asuntos mundiales que ocupó durante los siglos XVI, XVII y XVIII, hasta que Napoleón la liquidó definitivamente como potencia, pero esos intereses geopolíticos españoles, seguramente legítimos, no casaban con los de las repúblicas latinoamericanas.

Para América Latina los problemas reales eran la pobreza, la gobernabilidad, las guerrillas comunistas, la creciente delincuencia, el narcotráfico, la corrupción, el neopopulismo, la fragilidad de la democracia, o la tenaz presencia de un dictador agresivo tercamente estalinista en el vecindario: el Comandante Castro. Y sobre casi todos estos temas se redactaron grandes declaraciones a lo largo de las Cumbres -generalmente edulcoradas para no ofender a nadie-, pero sólo para hacer la foto con gran angular el día de la despedida.

Naturalmente, los gobernantes latinoamericanos se fueron fatigando. Felipe González y luego José María Aznar demostraron que podían ser joviales y amistosos, y era verdad que España pagaba generosamente la mayor parte de la factura de estas fiestas internacionales, pero ¿qué sentido tenía congregarse año tras año para mayor gloria de la Madre Patria cuando había cosas más importantes que hacer en cada uno de los respectivos países? Por otra parte, España, a un altísimo costo, descubría una incomodísima verdad: todo ese lenguaje simbólico de las Cumbres no le había servido para sus propósitos secretos. Ni su importancia relativa en la Unión Europea había cambiado, ni Estados Unidos había percibido la emergencia y el músculo de la potencia ibérica. Las noticias sobre las Cumbres, cuando aparecían en los periódicos no iberoamericanos, se limitaban a un par de oraciones perdidas en la página cuarenta. La televisión, simplemente, ignoraba estos eventos.

¿un nuevo giro?


Aparentemente José María Aznar se ha dado cuenta del fracaso de estas reuniónes y afirma querer darle un nuevo giro, pero algunos de los presidentes latinoamericanos que estuvieron en la última Cumbre no lo creen y así lo manifiestan en privado con gran escepticismo. ¿Por qué? Porque allí llegaron los centroamericanos, representados por el costarricense Abel Pacheco, con un proyecto muy bien meditado para fortalecer las libertades exigiendo a los presidentes que cumplieran los compromisos contraídos y firmados o abandonaran las Cumbres, y los diplomáticos españoles presionaron para que ni siquiera se pudiera votar sobre la letra o el espíritu de la propuesta.

Lo que se pretendía, en definitiva, era incorporar a las Cumbres la “cláusula democrática” que hoy aparece en todos los organismos internacionales solventes -desde la Unión Europea hasta la OEA-, como un modo de respaldar a las vacilantes repúblicas donde la libertad pende de un hilo, pero la diplomacia española prefirió que abortara la iniciativa. Sabían en Madrid que, de aprobarse esa “cláusula democrática”, y ante el incumplimiento de Fidel Castro de los acuerdos de la Cumbre de Viña del Mar (1996), la dictadura cubana hubiera sido automáticamente excluida del grupo, y no era eso lo que España quería. Aznar, obviamente, no siente la menor simpatía por Fidel Castro -se detestan mutuamente-, pero mientras el dictador cubano y su país figuren dócilmente en la comparsa ¿para qué alterar la amable tranquilidad de la fiesta? “El año que viene que no cuenten conmigo”, me dijo un presidente amigo cansado de esta farsa. Es lo que suele ocurrir cuando todo se vuelve “pompa y circunSstancia”.

En Bávaro se estaba pagando el pecado original de estas curiosas ceremonias.


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