![]() 15 de diciembre de 2002 |
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La
Columna Claudia Zavala Se busca cortesana Su larguísimo cabello resbalando en cascadas de miel sobresalía en la sala de espera. A juzgar por las exigencias del anuncio en el periódico, sus torneadas piernas y finísima cintura librarían una batalla campal en medio de la fresca y concurrida oferta que había llegado más temprano. Se sentía segura en sus caderas. Aprendió a moverlas con gracia en aquella barra show a la que se atrevió a ir sólo un par de semanas, hasta que el que le entregó el billete era el vecino de su madre. Observó de reojo las perfectas uñas acrílicas de la contrincante morena. Morenísima. De esas que parecen haberse equivocado de raza, en un país que ya no se sabe si es de taparrabos o de espadas. Miró sus uñas cortas y sin brillo. El maestro de anatomía macroscópica así se lo exigía, según él, para no dañar más de la cuenta a los escasos cadáveres del laboratorio. Mientras el momento de ser entrevistada llegaba, repasaba mentalmente las cuentas por pagar: celular, agua, luz, vigilante... Miró el reloj impaciente, sabiendo que le quedaban pocas horas para preparar el examen de oposición, para ingresar al hospital y por fin hacer sus prácticas. Eran tan pocas plazas... Le preocupaba un poco no saber inglés, no asfixiar sus poros con un perfume caro, y no ser tan alta como las demás muchachas. Sólo clientes exigentes, advertía el anuncio. La discreción prometida parecía esfumarse, a juzgar porque todas en aquella sala se descubrían la verguenza en los ojos. El pudor es algo bonito. Las niñas realmente finas agachan la cabecita con este tipo de trabajo. Aquí no queremos vulgares ni desvergonzadas. Las queremos cultas, remató la entrevistadora, después de observar minuciosamente los rincónes de su cuerpo, como para definir su talla o categoría. Salió del cuarto de interrogatorio asustada. El dinero que ofrecían semanalmente era demasiado. Sospechoso incluso. Debía, además, dejarse transportar en diferentes vehículos cada día, para despistar un poco al vecindario. Clases de inglés, etiqueta, vestuario y maquillaje se incluían en las prestaciones. Pero los nombres que le mencionaron la intimidaron. Yo con esa gente mejor no me meto, decidió. Sacó de su cartera la otra dirección que había anotado, después de leer la historia de la muchacha cuya cabeza encontraron en una mochila. Había perdido las esperanzas de que la llamaran de la empresa de teléfonos y del banco. ¿Qué habría hecho mal en las pruebas? Total, si también era para atender clientes. Ubicó la casa y tocó el timbre. Las plazas estaban agotadas... czavala@elsalvador.com
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