8 de diciembre de 2002

Portada
Columna
Cartas
Tema de Portada
Entrevista
Perfil
Opinión
Colofón
Archivo

PERFIL

Mi guerra personal

Eva María Dimas escribió para el diario de hoy parte de sus memorias. En ellas cuenta los secretos que la llevaron a triunfar en el deporte y en su vida personal. A los once años ganó su primera medalla. Después vinieron muchísimas más. la atleta cuenta sus fracasos y triunfos y la huella que le dejó una guerra en la que sus juguetes acabaron bajo las llamas.

Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com

Soy hija de una generación que nació y creció en medio de una guerra. No llevo conmigo nada más extraordinario que todo aquello que nos permite triunfar: el deseo de llegar, la disciplina, el hambre por la superación y un persistente deseo de vencerse a sí mismo.
Nací el 18 de marzo de 1973. No puedo quejarme. Tuve una niñez feliz corriendo entre los campos de Ereguayquín, en Usulután, o en la finca de mi abuelita, en Chinameca.
Creo que soy hija de una guerra que nadie quería. Lo quiera o no llevo una marca de esa guerra.
Tenía cuatro años cuando los guerrilleros quemaron la casa que tenían mis papás en Usulután. Ellos creían que mi papá era militar. Preguntaron por él en la finca y, como no lo encontraron, quemaron la casa con todo lo que tenía adentro.
El fuego se llevó todo. Las camas. Mi juguetera. Les juro que eso no lo puedo olvidar. Tampoco podría olvidar nunca que, cuando mis padres miraron lo que quedó, se pusieron a llorar.
Ellos no me vieron. No sabían que los estaba escuchando. Pero ese día los escuché llorar a los dos. Que te ocurra eso a los cuatro años no lo puedes olvidar nunca.
Es extraño: comencé a caminar por esta vida aprendiendo, sin entender por qué los hombres son capaces de odiar y de provocar un llanto que me duele hasta lo más profundo que llevo dentro.
Soy también hija del campo. Hija del aire libre. Me crié al lado de los niños de los colonos. Eso me enseñó a ser solidaria. A compartir. A participar en fiestas de Navidad en las que nadie era más que nadie.
Recuerdo que tenía una amiguita muy especial. La decía “Paquita”. La quería muchísimo. Y, aunque dicen que caminé rápido (mi mamá asegura que lo hice a los nueve meses), pasó mucho tiempo sin que pudiera pronunciar una sola palabra. Era, literalmente, muda.
Cuando aprendí a hablar, lo hice, curiosamente, con el mismo lenguaje que emplean los hijos de los colonos. Ellos eran mis amigos. Con ellos socializaba. Ellos me enseñaron a correr por el campo, detrás de un perro, detrás de lo que fuera. Quizá esas fueron mis primeras pruebas atléticas en tiempos en que ni siquiera soñaba en lo que me esperaba.
Allí fui muy feliz. Me subía a los árboles. Hacía cualquier locura. Pero, sobre todo, me enseñaron la solidaridad humana y las cosas hermosas que los seres humanos llevamos dentro.
A San Salvador venía poco. La guerra nos obligó a trasladarnos a la capital. Tenía siete años.
Pero, antes de que eso ocurriera, ya sentía pasión por los deportes. Creo que siempre llevé algo adentro que me quemaba.
A los cuatro años, mis padres comenzaron a llevarme a San Miguel, donde aprendí a nadar. Me encantaba la natación. Un mal día, sin embargo, comencé a sentir molestias. Me hicieron un encefalograma y me recetaron unas pastillas que me daban reacciones muy fuertes: tenía serios problemas con el oído interno. Eso me hacía perder el equilibrio. Me mareaba. La sentencia fue definitiva: no podía nadar más. Así abandoné mi primer deporte.
Pero como era tozuda, cuando llegamos a San Salvador, intenté nadar de nuevo. Los médicos me lo impidieron. Opté por el tenis, pero lo hacía muy mal. No le pegaba a las pelotas.

Primeros pasos

En San Salvador me matricularon en el colegio San Francisco, donde acabé la primaria y secundaria.
Es una institución que apoyaba muchísimo el deporte. Ahí me hicieron el primer examen de resistencia, velocidad, baloncesto y muchas otras.
Fue a los once años cuando nació mi primer amor por el deporte. Mi entrenadora, una señora de apellido Vides, me ubicó en atletismo. Salí bien en las pruebas de flexibilidad y resistencia.
Eso sí: en velocidad tenía una compañera que me ganaba siempre. Eso me disgustaba. La verdad es que jamás me ha gustado perder. Pero siempre traté de compensar: ella ganaba en velocidad. Yo me la comía en resistencia, flexibilidad y saltos.
A esa edad, a los 11 años, gané la primer medalla de mi vida. Ocurrió en 1984. Competí a nivel colegial en infantil B. Lo hice en salto largo y relevos de 4x80. ¡Qué alegría cuando gané la medalla! No saben cuánto significó eso para mí.
Después exploré en el baloncesto. Pero cuando sumé ese deporte al atletismo, la carga me resultó demasiado pesada. Y, como mis papás siempre me exigían obtener buenas notas (aunque no era muy inteligente, sustituía mis fallas con la dedicación al estudio), tuve que inclinarme por el atletismo.
Aquellos eran años en que soñaba ser como la atleta Mayra Fonseca. Miraba a quienes recibían la Espiga Dorada y otros premios y me decía: “Algún día quiero ganarme esto”.
Poco a poco fui metiéndome más y más en el deporte, sin abandonar, por supuesto, los estudios. Las debilidades físicas siempre las aboné con mucha disciplina y muchísimo entrenamiento.
Y fue así como, muy pronto, comencé, con la ayuda de entrenadores y mi esfuerzo, a cosechar mis primeros triunfos. En 1989, cuando tenía 16 años, me dedicaron los juegos intramuros en el colegio San Francisco, después de tener una destacada participación en los Juegos Centroamericanos Juveniles. Después de muchos ajetreos en pista y campo, me introdujeron al pentatlón. También en relevos. Me gustaban mucho todas las pruebas. Pero, poco a poco, como toda mujer, mi cuerpo comenzó a cambiar y, con ello, las pruebas en que participaba.
Con el paso del tiempo, comencé a entrenar con muchas más aspiraciones. En los noventa estaba en el decatlón. Me seleccionaron para participar, en Guatemala, en un campeonato juvenil y gané el tercer lugar. Esa vez me dije: “Entreno mucho y no veo muchos resultados”. En el fondo, he sido ambiciosa en el deporte. Creo que se debe llegar a él a vencer todo lo que se ponga al frente. Las metas son ilimitadas.
Conforme mi cuerpo cambiaba (nunca fui gordita pero sí rellenita), el entrenador Mauricio Argumedo me echó el ojo y me pidió que lanzara disco y bala. Acepté hacerlo y así abandoné la pista. Confieso que lo sentía fácil. Ya no tenía que hacer tanto esfuerzo.
Un año después, Dios me ayudó: lancé 11.24 metros en bala y rompí el récord juvenil. Poco después también rompí el récord en disco y fui la novata de atletismo del año. Así se cumplieron algunos de mis primeros sueños, porque también me dieron, como promesa, el premio La Espiga Dorada.
Como todo atleta, nuestros entrenadores nos llevaban a hacer pesas al gimnasio. Querían que ganáramos explosividad en el lanzamiento de bala y disco. Eso me obligó a visitar el gimnasio de la Federación de Pesas.

A las pesas

En ese entonces sólo había hombres en ese gimnasio. Mi tío, Valerio Fontanals, quien siempre ha sido mi consejero y mi ejemplo, comenzó a enseñarme cómo trabajar de cuclillas, arranque, parado, explosividad, envión, etc. Obviamente, la técnica que tenía en ese entonces era muy mala. Aquella era una época en la que trataba de formarse una preselección para los V Juegos que se realizaron en 1994.
Las pesas para mujeres únicamente se iban a tomar como exhibición. Ese fue mi primer encuentro con la halterofilia. Y no fui yo la pionera. Otras mujeres también hicieron lo mismo. Finalmente, participamos, con todos los premios al frente, en los V Juegos. Recuerdo que hice 37 de arranque y 57 de envión. ¡Qué locura! Hice la prueba con zapatos tenis y con un pantalón corto normal. Además, y me horrorizo al recordarlo, apenas un mes atrás me habían enseñado las técnicas.
Como la barra pasa tan cerca del cuerpo, mi piel tenía moretones por todos lados. Pero no me importó: como buena exploradora, comencé a caminar por el sendero de las pesas como siempre lo he hecho: con disciplina, con ganas de triunfar o, al menos, de entregar lo mejor que llevo dentro.
En esos quintos juegos conseguí resultados formidables. Gané tres medallas en pesas (arranque, envión y total). Además, como no había abandonado los otros deportes, obtuve el oro en disco y martillo. En bala gané otras dos preseas.
Aunque en el deporte no se busca fortuna, al acabar los juegos, una empresa me regaló un carro.

Vengan “las gorditas”

Como las competencias femeninas en pesas se transformaron en medallas, los dirigentes deportivos comenzaron a llamar a “las gorditas”.
Llegábamos a gimnasios llenos de hombres y, al principio, eso era incómodo. Pero rápidamente me acostumbré.
Como me gustaron las pesas, mi tío empezó a entrenarme en privado.
Después me entrenó Tomás Feher, un húngaro a quien respeté mucho. Luego llegaron otros entrenadores y comenzamos a alistarnos para los Juegos Centroamericanos en Honduras, aunque seguía con todos los deportes que podía.
En los juegos de 1997 también tuve mucho éxito. Gané tres medallas en pesas, al igual que en disco y martillo. Batí récords y fue un año exitoso.
Pero tenía que decidir en qué me quedaba. En qué pondría todo mi esfuerzo. Y eso lo decidí en 1998: lo mío serían las pesas.
En una ocasión, durante una competencia regional de halterofilia, creí que mi carrera llegaba a su fin. Tuve una contracción lumbar. Caí tendida en una tarima. Me hicieron radiografías, y yo estaba muy asustada. Eso ocurrió en 1996. Fue uno de los mayores sustos de mi vida. Algunos doctores me dijeron que podía quedar inválida. Cuando escuché eso, mi alma se quebró en cuatro pedazos.
Algún tiempo después, cuando estaba recuperada, el INDES me mandó a entrenar a España. Ahí, durante unos exámenes previos, me descubrieron que tengo una vértebra de más. Los médicos y quiroprácticos me dijeron que eso es como tener un diente adicional.
Aquella lesión y la conformación de mi cuerpo me obligan a pasar revisión médica con frecuencia. Casi siempre debo hacerme terapias naturales. Eso me ha obligado a fortalecer el abdomen y lo que llaman espalda baja.
En el deporte que practico siempre hay problemas y hasta mitos. Lo primero que algunos le dicen a las mujeres es que es un deporte rudo, varonil. Pero también es un deporte técnico, depurado, estratégico. Exige mucha concentración y temple.
Otros dicen que deforma el cuerpo de las mujeres. Pero lo que no debe olvidarse jamás es que jamás dejamos de ser mujeres y que todo lo que se habla son simples mitos.
Yo me defino como una persona tranquila pero, cuando las cosas no me salen, cuando se me cae la barra, cuando no puedo hacer los pesos requeridos, me enojo mucho.
Cuando eso pasa, los entrenadores me dicen: “Reíte, Reíte. No te enojes, que no ganas nada”. Pero siempre me disgusto.
Yo no soy una alta genéticamente fuerte. Hay muchos pesistas que están construidos con muchísimo éxito. Lo que he logrado reunir, durante toda mi vida de atleta, es perseverancia.
Durante toda mi carrera, muchos me han ayudado: el gobierno, empresarios privados. Por supuesto, mis padres.
Mi mamá me ha ayudado muchísimo. Me ayudó a ser humilde, a convertirme en una persona disciplinada, a tener los pies sobre la tierra. Muchas veces me pregunta:¿Qué va a pasar cuando ya no seas deportista?
Aunque me falta muy poco para graduarme como sicóloga en la universidad, es difícil saber qué deparará el futuro.
Pero de lo que estoy segura es que de adentro parte lo mejor de los salvadoreños: el sentido de lucha, la visión, la tenacidad, las ganas de salir adelante, el enojo cuando salgo derrotada.
Eso soy: una salvadoreña que ama a su gente. Alguien a quien no le ciega la fama. Alguien que está plenamente orgullosa de su país y agradecida con Dios y con todos.

LOS PRIMEROS PASOS
Eva María ha practicado varios deportes desde que era una niña. En todos cosechó muchísimos éxitos. Al final, se quedó con las pesas.

Con la bala
En ese deporte consiguió batir récords. Lo practicaba con muchísimo éxito.

 

 

Salto alto
Desde sus años de colegiala se metía en cuanto deporte podía.

Último amor
Las pesas se convirtieron en el último deporte que seleccionó Eva María.

 

Los mejores
En cada competencia internacional, Eva María se encuentra con los campeones mundiales.

DOS ANÉCDOTAS

Pretendientes Árabes

Para establecer su estudio fotográfico, Francisco Fuentes tuvo que hacer el trabajo de carpintero, mecánico, químico, pero sobre todo utilizó mucha imaginación.

En dos ocasiones, dos árabes pretendieron que me largara con ellos a cambio de entregar a mis padres una buena cantidad. Uno de ellos hasta me ofreció dos pozos de petróleo.
Todavía recuerdo la primera propuesta. Ocurrió cuando asistí, en Tel Aviv, a un campeonato mundial universitario de halterofilia.
Al acabar las competencias, me fui a conocer algunos de los lugares santos. Esa pretensión nos llevó, a mi madre, a mi tío y a mí, a Jericó. Los dos decidieron acompañarme a la competencia.
Cuando caminábamos por una calle, decidimos entrar a una tienda de artesanías para comprar algún recuerdo. Estábamos embebidos mirando precios cuando, de pronto, se acercó un hombre y le preguntó a mi madre, en inglés, si yo era hija suya. Él estaba acompañado de su hijo.
Mi mamá le respondió que sí. Entonces, comenzó a tocarme los brazos y a mirarme en forma extraña. Me observaba de arriba abajo. Los ojos le brillaban.
Después de escrutarme y guardar silencio, le hizo una propuesta a mi mamá: “Se la compro, le doy 80 camellos”.
Cuando escuché aquello me puse roja. No sabía qué hacer. Lo peor es que estaba rodeada de hombres. Ambas nos reíamos nerviosamente.
Pero el hombre insistía. Mi tío, terció y tomó el asunto en broma. Le siguió la corriente y comenzó a negociar con el musulmán. “Cien camellos”, le pedía. El hombre respondía que subía a noventa. Me tío se ponía serio y le advertía, frente a todos aquellos hombres, como si se tratara de una subasta, que no bajaría de cien.
El comprador pujaba por comprarme. Aquello era divertido; yo ya no sabía qué color ponerle a mis mejillas.
Mi tío atacaba de nuevo. “¿Son camellos último modelo?”, le preguntaba en broma, mientras el hombre volvía a tocarme el brazo. El musulmán le decía que estaban jóvenes y en inmejorables condiciones.
La verdad es que me sentía como si estuviese en medio de una subasta de ganado. El hombre preguntó si hacía deportes, y mi mamá le respondió que sí, que había llegado allí a participar en una competencia de pesas. Eso le provocaba más admiración al árabe y, entonces, subía su oferta.
Entre risas nerviosas, mi mamá le decía a mi tío que ya parara aquel asunto, porque el hombre se podía enojar o tomarlo en serio. Él se volvía y nos decía: ¡Que va, aquí con cien camellos uno es millonario!
Al final, no aguanté más. Me salí del local, y mi mamá le aclaró al hombre que en nuestros países no se acostumbra a cambiar camellos por mujeres. Tomamos un taxi y nos largamos de ahí.

Segunda oferta

La segunda oferta que recibí de un árabe ocurrió durante las olimpiadas de Sydney. Yo era la abanderada de El Salvador durante la jornada inaugural. Mientras esperaba el ingreso, me encontré con un jordano. Se me acercó y empezó a hablarme.
Después de la inauguración lo vi de nuevo y, como los buses iban llenos, comenzamos a caminar hacia la villa, en compañía de mi entrenador.
Caminamos alrededor de cinco kilómetros.
En el camino se mostró muy amable conmigo. Me prestó su turbante y hasta nos tomamos una fotografía juntos. Me preguntó sobre lo que hacía, sobre mi deporte. En fin, hablamos de todo.
Mi sorpresa fue que, en un momento, y frente al entrenador, me dijo que quería llevarme con él. Que, si estaba de acuerdo, me daría dos pozos de petróleo y cien camellos.
Otra vez me puse a reír, nerviosamente. No sabía qué hacer. Me hice la loca hasta que llegamos a la villa, pero el hombre insistía. Después me regaló hasta una fotografía porque nos encontramos, de nuevo, en la villa.



Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.