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PERFIL
Mi
guerra personal
Eva
María Dimas escribió para el diario de hoy parte de sus
memorias. En ellas cuenta los secretos que la llevaron a triunfar en
el deporte y en su vida personal. A los once años ganó
su primera medalla. Después vinieron muchísimas más.
la atleta cuenta sus fracasos y triunfos y la huella que le dejó
una guerra en la que sus juguetes acabaron bajo las llamas.
Ernesto
Villalobos
vertice@elsalvador.com
Soy hija de una generación que nació y creció
en medio de una guerra. No llevo conmigo nada más extraordinario
que todo aquello que nos permite triunfar: el deseo de llegar, la disciplina,
el hambre por la superación y un persistente deseo de vencerse
a sí mismo.
Nací el 18 de marzo de 1973. No puedo quejarme. Tuve una niñez
feliz corriendo entre los campos de Ereguayquín, en Usulután,
o en la finca de mi abuelita, en Chinameca.
Creo que soy hija de una guerra que nadie quería. Lo quiera o
no llevo una marca de esa guerra.
Tenía cuatro años cuando los guerrilleros quemaron la
casa que tenían mis papás en Usulután. Ellos creían
que mi papá era militar. Preguntaron por él en la finca
y, como no lo encontraron, quemaron la casa con todo lo que tenía
adentro.
El fuego se llevó todo. Las camas. Mi juguetera. Les juro que
eso no lo puedo olvidar. Tampoco podría olvidar nunca que, cuando
mis padres miraron lo que quedó, se pusieron a llorar.
Ellos no me vieron. No sabían que los estaba escuchando. Pero
ese día los escuché llorar a los dos. Que te ocurra eso
a los cuatro años no lo puedes olvidar nunca.
Es extraño: comencé a caminar por esta vida aprendiendo,
sin entender por qué los hombres son capaces de odiar y de provocar
un llanto que me duele hasta lo más profundo que llevo dentro.
Soy también hija del campo. Hija del aire libre. Me crié
al lado de los niños de los colonos. Eso me enseñó
a ser solidaria. A compartir. A participar en fiestas de Navidad en
las que nadie era más que nadie.
Recuerdo que tenía una amiguita muy especial. La decía
Paquita. La quería muchísimo. Y, aunque dicen
que caminé rápido (mi mamá asegura que lo hice
a los nueve meses), pasó mucho tiempo sin que pudiera pronunciar
una sola palabra. Era, literalmente, muda.
Cuando aprendí a hablar, lo hice, curiosamente, con el mismo
lenguaje que emplean los hijos de los colonos. Ellos eran mis amigos.
Con ellos socializaba. Ellos me enseñaron a correr por el campo,
detrás de un perro, detrás de lo que fuera. Quizá
esas fueron mis primeras pruebas atléticas en tiempos en que
ni siquiera soñaba en lo que me esperaba.
Allí fui muy feliz. Me subía a los árboles. Hacía
cualquier locura. Pero, sobre todo, me enseñaron la solidaridad
humana y las cosas hermosas que los seres humanos llevamos dentro.
A San Salvador venía poco. La guerra nos obligó a trasladarnos
a la capital. Tenía siete años.
Pero, antes de que eso ocurriera, ya sentía pasión por
los deportes. Creo que siempre llevé algo adentro que me quemaba.
A los cuatro años, mis padres comenzaron a llevarme a San Miguel,
donde aprendí a nadar. Me encantaba la natación. Un mal
día, sin embargo, comencé a sentir molestias. Me hicieron
un encefalograma y me recetaron unas pastillas que me daban reacciones
muy fuertes: tenía serios problemas con el oído interno.
Eso me hacía perder el equilibrio. Me mareaba. La sentencia fue
definitiva: no podía nadar más. Así abandoné
mi primer deporte.
Pero como era tozuda, cuando llegamos a San Salvador, intenté
nadar de nuevo. Los médicos me lo impidieron. Opté por
el tenis, pero lo hacía muy mal. No le pegaba a las pelotas.
Primeros pasos
En San
Salvador me matricularon en el colegio San Francisco, donde acabé
la primaria y secundaria.
Es una institución que apoyaba muchísimo el deporte. Ahí
me hicieron el primer examen de resistencia, velocidad, baloncesto y
muchas otras.
Fue a los once años cuando nació mi primer amor por el
deporte. Mi entrenadora, una señora de apellido Vides, me ubicó
en atletismo. Salí bien en las pruebas de flexibilidad y resistencia.
Eso sí: en velocidad tenía una compañera que me
ganaba siempre. Eso me disgustaba. La verdad es que jamás me
ha gustado perder. Pero siempre traté de compensar: ella ganaba
en velocidad. Yo me la comía en resistencia, flexibilidad y saltos.
A esa edad, a los 11 años, gané la primer medalla de mi
vida. Ocurrió en 1984. Competí a nivel colegial en infantil
B. Lo hice en salto largo y relevos de 4x80. ¡Qué alegría
cuando gané la medalla! No saben cuánto significó
eso para mí.
Después exploré en el baloncesto. Pero cuando sumé
ese deporte al atletismo, la carga me resultó demasiado pesada.
Y, como mis papás siempre me exigían obtener buenas notas
(aunque no era muy inteligente, sustituía mis fallas con la dedicación
al estudio), tuve que inclinarme por el atletismo.
Aquellos eran años en que soñaba ser como la atleta Mayra
Fonseca. Miraba a quienes recibían la Espiga Dorada y otros premios
y me decía: Algún día quiero ganarme esto.
Poco a poco fui metiéndome más y más en el deporte,
sin abandonar, por supuesto, los estudios. Las debilidades físicas
siempre las aboné con mucha disciplina y muchísimo entrenamiento.
Y fue así como, muy pronto, comencé, con la ayuda de entrenadores
y mi esfuerzo, a cosechar mis primeros triunfos. En 1989, cuando tenía
16 años, me dedicaron los juegos intramuros en el colegio San
Francisco, después de tener una destacada participación
en los Juegos Centroamericanos Juveniles. Después de muchos ajetreos
en pista y campo, me introdujeron al pentatlón. También
en relevos. Me gustaban mucho todas las pruebas. Pero, poco a poco,
como toda mujer, mi cuerpo comenzó a cambiar y, con ello, las
pruebas en que participaba.
Con el paso del tiempo, comencé a entrenar con muchas más
aspiraciones. En los noventa estaba en el decatlón. Me seleccionaron
para participar, en Guatemala, en un campeonato juvenil y gané
el tercer lugar. Esa vez me dije: Entreno mucho y no veo muchos
resultados. En el fondo, he sido ambiciosa en el deporte. Creo
que se debe llegar a él a vencer todo lo que se ponga al frente.
Las metas son ilimitadas.
Conforme mi cuerpo cambiaba (nunca fui gordita pero sí rellenita),
el entrenador Mauricio Argumedo me echó el ojo y me pidió
que lanzara disco y bala. Acepté hacerlo y así abandoné
la pista. Confieso que lo sentía fácil. Ya no tenía
que hacer tanto esfuerzo.
Un año después, Dios me ayudó: lancé 11.24
metros en bala y rompí el récord juvenil. Poco después
también rompí el récord en disco y fui la novata
de atletismo del año. Así se cumplieron algunos de mis
primeros sueños, porque también me dieron, como promesa,
el premio La Espiga Dorada.
Como todo atleta, nuestros entrenadores nos llevaban a hacer pesas al
gimnasio. Querían que ganáramos explosividad en el lanzamiento
de bala y disco. Eso me obligó a visitar el gimnasio de la Federación
de Pesas.
A las pesas
En
ese entonces sólo había hombres en ese gimnasio. Mi tío,
Valerio Fontanals, quien siempre ha sido mi consejero y mi ejemplo,
comenzó a enseñarme cómo trabajar de cuclillas,
arranque, parado, explosividad, envión, etc. Obviamente, la técnica
que tenía en ese entonces era muy mala. Aquella era una época
en la que trataba de formarse una preselección para los V Juegos
que se realizaron en 1994.
Las pesas para mujeres únicamente se iban a tomar como exhibición.
Ese fue mi primer encuentro con la halterofilia. Y no fui yo la pionera.
Otras mujeres también hicieron lo mismo. Finalmente, participamos,
con todos los premios al frente, en los V Juegos. Recuerdo que hice
37 de arranque y 57 de envión. ¡Qué locura! Hice
la prueba con zapatos tenis y con un pantalón corto normal. Además,
y me horrorizo al recordarlo, apenas un mes atrás me habían
enseñado las técnicas.
Como la barra pasa tan cerca del cuerpo, mi piel tenía moretones
por todos lados. Pero no me importó: como buena exploradora,
comencé a caminar por el sendero de las pesas como siempre lo
he hecho: con disciplina, con ganas de triunfar o, al menos, de entregar
lo mejor que llevo dentro.
En esos quintos juegos conseguí resultados formidables. Gané
tres medallas en pesas (arranque, envión y total). Además,
como no había abandonado los otros deportes, obtuve el oro en
disco y martillo. En bala gané otras dos preseas.
Aunque en el deporte no se busca fortuna, al acabar los juegos, una
empresa me regaló un carro.
Vengan las gorditas
Como
las competencias femeninas en pesas se transformaron en medallas, los
dirigentes deportivos comenzaron a llamar a las gorditas.
Llegábamos a gimnasios llenos de hombres y, al principio, eso
era incómodo. Pero rápidamente me acostumbré.
Como me gustaron las pesas, mi tío empezó a entrenarme
en privado.
Después me entrenó Tomás Feher, un húngaro
a quien respeté mucho. Luego llegaron otros entrenadores y comenzamos
a alistarnos para los Juegos Centroamericanos en Honduras, aunque seguía
con todos los deportes que podía.
En los juegos de 1997 también tuve mucho éxito. Gané
tres medallas en pesas, al igual que en disco y martillo. Batí
récords y fue un año exitoso.
Pero tenía que decidir en qué me quedaba. En qué
pondría todo mi esfuerzo. Y eso lo decidí en 1998: lo
mío serían las pesas.
En una ocasión, durante una competencia regional de halterofilia,
creí que mi carrera llegaba a su fin. Tuve una contracción
lumbar. Caí tendida en una tarima. Me hicieron radiografías,
y yo estaba muy asustada. Eso ocurrió en 1996. Fue uno de los
mayores sustos de mi vida. Algunos doctores me dijeron que podía
quedar inválida. Cuando escuché eso, mi alma se quebró
en cuatro pedazos.
Algún tiempo después, cuando estaba recuperada, el INDES
me mandó a entrenar a España. Ahí, durante unos
exámenes previos, me descubrieron que tengo una vértebra
de más. Los médicos y quiroprácticos me dijeron
que eso es como tener un diente adicional.
Aquella lesión y la conformación de mi cuerpo me obligan
a pasar revisión médica con frecuencia. Casi siempre debo
hacerme terapias naturales. Eso me ha obligado a fortalecer el abdomen
y lo que llaman espalda baja.
En el deporte que practico siempre hay problemas y hasta mitos. Lo primero
que algunos le dicen a las mujeres es que es un deporte rudo, varonil.
Pero también es un deporte técnico, depurado, estratégico.
Exige mucha concentración y temple.
Otros dicen que deforma el cuerpo de las mujeres. Pero lo que no debe
olvidarse jamás es que jamás dejamos de ser mujeres y
que todo lo que se habla son simples mitos.
Yo me defino como una persona tranquila pero, cuando las cosas no me
salen, cuando se me cae la barra, cuando no puedo hacer los pesos requeridos,
me enojo mucho.
Cuando eso pasa, los entrenadores me dicen: Reíte, Reíte.
No te enojes, que no ganas nada. Pero siempre me disgusto.
Yo no soy una alta genéticamente fuerte. Hay muchos pesistas
que están construidos con muchísimo éxito. Lo que
he logrado reunir, durante toda mi vida de atleta, es perseverancia.
Durante toda mi carrera, muchos me han ayudado: el gobierno, empresarios
privados. Por supuesto, mis padres.
Mi mamá me ha ayudado muchísimo. Me ayudó a ser
humilde, a convertirme en una persona disciplinada, a tener los pies
sobre la tierra. Muchas veces me pregunta:¿Qué va a pasar
cuando ya no seas deportista?
Aunque me falta muy poco para graduarme como sicóloga en la universidad,
es difícil saber qué deparará el futuro.
Pero de lo que estoy segura es que de adentro parte lo mejor de los
salvadoreños: el sentido de lucha, la visión, la tenacidad,
las ganas de salir adelante, el enojo cuando salgo derrotada.
Eso soy: una salvadoreña que ama a su gente. Alguien a quien
no le ciega la fama. Alguien que está plenamente orgullosa de
su país y agradecida con Dios y con todos.
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LOS PRIMEROS PASOS
Eva María ha practicado varios deportes desde que era una
niña. En todos cosechó muchísimos éxitos.
Al final, se quedó con las pesas.
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Con
la bala
En ese deporte consiguió batir récords. Lo
practicaba con muchísimo éxito.
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Salto
alto
Desde sus años de colegiala se metía en cuanto
deporte podía.
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Último
amor
Las pesas se convirtieron en el último deporte que
seleccionó Eva María.
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Los
mejores
En cada competencia internacional, Eva María se encuentra
con los campeones mundiales.
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Pretendientes
Árabes
Para establecer su estudio fotográfico, Francisco Fuentes
tuvo que hacer el trabajo de carpintero, mecánico, químico,
pero sobre todo utilizó mucha imaginación.
En dos ocasiones, dos árabes pretendieron que me largara
con ellos a cambio de entregar a mis padres una buena cantidad.
Uno de ellos hasta me ofreció dos pozos de petróleo.
Todavía recuerdo la primera propuesta. Ocurrió cuando
asistí, en Tel Aviv, a un campeonato mundial universitario
de halterofilia.
Al acabar las competencias, me fui a conocer algunos de los lugares
santos. Esa pretensión nos llevó, a mi madre, a
mi tío y a mí, a Jericó. Los dos decidieron
acompañarme a la competencia.
Cuando caminábamos por una calle, decidimos entrar a una
tienda de artesanías para comprar algún recuerdo.
Estábamos embebidos mirando precios cuando, de pronto,
se acercó un hombre y le preguntó a mi madre, en
inglés, si yo era hija suya. Él estaba acompañado
de su hijo.
Mi mamá le respondió que sí. Entonces, comenzó
a tocarme los brazos y a mirarme en forma extraña. Me observaba
de arriba abajo. Los ojos le brillaban.
Después de escrutarme y guardar silencio, le hizo una propuesta
a mi mamá: Se la compro, le doy 80 camellos.
Cuando escuché aquello me puse roja. No sabía qué
hacer. Lo peor es que estaba rodeada de hombres. Ambas nos reíamos
nerviosamente.
Pero el hombre insistía. Mi tío, terció y
tomó el asunto en broma. Le siguió la corriente
y comenzó a negociar con el musulmán. Cien
camellos, le pedía. El hombre respondía que
subía a noventa. Me tío se ponía serio y
le advertía, frente a todos aquellos hombres, como si se
tratara de una subasta, que no bajaría de cien.
El comprador pujaba por comprarme. Aquello era divertido; yo ya
no sabía qué color ponerle a mis mejillas.
Mi tío atacaba de nuevo. ¿Son camellos último
modelo?, le preguntaba en broma, mientras el hombre volvía
a tocarme el brazo. El musulmán le decía que estaban
jóvenes y en inmejorables condiciones.
La verdad es que me sentía como si estuviese en medio de
una subasta de ganado. El hombre preguntó si hacía
deportes, y mi mamá le respondió que sí,
que había llegado allí a participar en una competencia
de pesas. Eso le provocaba más admiración al árabe
y, entonces, subía su oferta.
Entre risas nerviosas, mi mamá le decía a mi tío
que ya parara aquel asunto, porque el hombre se podía enojar
o tomarlo en serio. Él se volvía y nos decía:
¡Que va, aquí con cien camellos uno es millonario!
Al final, no aguanté más. Me salí del local,
y mi mamá le aclaró al hombre que en nuestros países
no se acostumbra a cambiar camellos por mujeres. Tomamos un taxi
y nos largamos de ahí.
Segunda oferta
La segunda oferta que recibí de un árabe ocurrió
durante las olimpiadas de Sydney. Yo era la abanderada de El Salvador
durante la jornada inaugural. Mientras esperaba el ingreso, me
encontré con un jordano. Se me acercó y empezó
a hablarme.
Después de la inauguración lo vi de nuevo y, como
los buses iban llenos, comenzamos a caminar hacia la villa, en
compañía de mi entrenador.
Caminamos alrededor de cinco kilómetros.
En el camino se mostró muy amable conmigo. Me prestó
su turbante y hasta nos tomamos una fotografía juntos.
Me preguntó sobre lo que hacía, sobre mi deporte.
En fin, hablamos de todo.
Mi sorpresa fue que, en un momento, y frente al entrenador, me
dijo que quería llevarme con él. Que, si estaba
de acuerdo, me daría dos pozos de petróleo y cien
camellos.
Otra vez me puse a reír, nerviosamente. No sabía
qué hacer. Me hice la loca hasta que llegamos a la villa,
pero el hombre insistía. Después me regaló
hasta una fotografía porque nos encontramos, de nuevo,
en la villa.
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