8 de diciembre de 2002

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La Columna
Erick L. Lemus
vertice@elsalvador.com

Se acabó la diversión

La meta que se trazó la dirección del Instituto Nacional de los Deportes fue más allá de sus expectativas. La ceremonia de inauguración y de clausura poco tuvo que envidiar a los montajes que han organizado países de mayor tradición deportiva en el área. La participación de la delegación salvadoreña -en todas sus disciplinas- vivió una experiencia que será irrepetible a corto plazo. Sea como sea, el espíritu olímpico pudo darse una vuelta por nuestro querido y caótico entorno salvadoreño.

Como era predecible, a lo largo de estas dos semanas, la agenda informativa tuvo que competir entre la cobertura deportiva y la inestabilidad social que heredamos desde hace un par de meses a raíz de la huelga del sector salud.

La celebración de los juegos se hizo posible y su desarrollo sobrevivió al margen de toda clase de sustos; a pesar del temblor que sacudió el territorio nacional y alarmó a todos los residentes de la Villa Universitaria, la medianoche del pasado domingo; a pesar de la desaparición del remero Alexis Cova y el dolor que sufre su madre y familia; a pesar de los vituperios y empellones que se intercambiaron las delegaciones de softball de Venezuela y República Dominicana; en fin, los Juegos fueron realidad -como harto se ha dicho- contra viento y marea.

Ahora lo que queda es la nostalgia de un mega espectáculo deportivo, que se va tan rápido así como nos dice adiós el año en curso.

Atrás quedará la sonrisa de jóvenes prodigios que sorprendieron a sus federaciones, la gloria de aquellas estrellas favoritas del levantamiento de pesas, natación y tiro con arco; atrás quedará el desplante salvadoreño a Jacques Rogge, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), la ligereza del joven jefe de protocolo gubernamental, las sonrisas del presidente en medio de los espectáculos deportivos, las lágrimas de los atletas que lucharon hasta el final sin que una delegación gubernamental les saludara el esfuerzo.

Dos semanas después, el sentimiento que envuelve al país en la temporada de fin de año, quizá nos permita abstraernos de que la vida sigue, que los problemas todavía están frente a nuestras narices, que el servicio de salud oportuno tendrá que esperar, que Estados Unidos seguirá deportando compatriotas. O talvez no.

Nadie puede asegurarnos que el espíritu navideño será capaz de sobreponernos a las incomodidades que generan el alto costo de la vida, el crimen y el hecho de que la propaganda electoral están a la vuelta de la esquina. Se acabó la diversión. La llama olímpica volverá a encenderse el año próximo, pero muy lejos de El Salvador.

elemus@elsalvador.com
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