8 de diciembre de 2002

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CARTAS

Fuera los zapatos

Voy presuroso a una parada de buses sobre la Juan Pablo II, justo frente al ISSS de especialidades, casi debajo de la pasarela, cuando siento una presencia a mi espalda: volteo y es un pick up de la PNC.
Me hacen señal de detenerme. Yo, que llevo prisa, me detengo. Se bajan y me piden mis documentos. Se los doy. Me registran como ellos acostumbran. No encuentran nada ilegal o anormal. Yo, con el afán de ejercer mis derechos ciudadanos, les pregunto el motivo de la detención-registro.
El agente 18510 pone a funcionar los músculos de su entrecejo y me contesta con una pregunta: «¿Por qué venís corriendo? Te venimos siguiendo». Yo cometí el error de repreguntar: «¿Es delito correr?». A don 18510 parece que no le gustó que imitara su estilo y repreguntó a su vez: «¿Qué venís de hacer de ahí?», y señaló hacia la famosa colonia Tutunichapa. «No vengo de ahí, pasaba por ahí. ¿Acaso es ilegal caminar por las calles?».
La observación no le pareció agradable al señor 18510, por lo que ordenó a otro agente, cuyo número lamentablemente no pude leer: «Que se quite los zapatos».
Bien. Accedí. Me quité un zapato. «¡También el calcetín! ¿También? Sí. No me lo quiero quitar. Querés que te lo quite yo. Yo no quiero nada. ¡Quitate esa mierda!».
Era obvio, los modales del 18510 habían sucumbido. Finalmente, decidí mostrar mis calcetines impares a los agentes. Les di vuelta a los susodichos, ante la mirada iracunda de don 18510 y compañeros.
Es impactante como este ridículo espectáculo pudo resolver el problema.
En el fondo sentí un poco de temor. Aunque no había violado ninguna ley primaria ni de las otras (que yo sepa no es prohibido correr –sobre todo hoy, en época deportiva-), algo en mi subconsciente me trasladó a aquellos registros de la Guardia y los demás cuerpos que la PNC sustituyó.
Recordando estaba, cuando recordé que los policías no me habían regresado mis documentos. Los pedí. Entonces, el 18510 le ordenó al otro que anotara mis datos. Parece que les caí muy mal. Lo grave, delicado y, a mi juicio, peligroso, es que se llevaron mis datos. ¿Con qué intenciones? ¿Para qué necesitan mi nombre, mi dirección?
En estos tiempos, no se puede confiar. Espero que la PNC tenga el nombre de don 18510 y sus compañeros. Espero que ni yo ni mis familiares suframos un extraño accidente en la calle.

Otoniel Guevara
C.I.P. 4-2-005169

El empleo perfecto
Encuentro muy interesante y anhelable poder obtener una plaza de trabajo como diputado, busero o empleado público.
Vale la pena aclarar que las características descritas a continuación no se refieren a todos los integrantes del ramo, sino a aquellas personas que abusan de sus “privilegios”.
El diputado es el éxtasis de cualquier persona asalariada. No solo tendría vehículo del año (con chofer incluido), sino que también me llevarían la comida a la oficina; me lustrarían los zapatos mientras platico con mis colegas, viajaría hasta el aburrimiento, pasaría por lo menos tres años dándole vueltas a un mismo tema sin resolverlo.
Todo esto y mucho más a cambio de decirle si a unos, no a otros y poder levantar la mano un día a la semana. El único inconveniente es que podría llegar a caerle mal a un pueblo completo.
Busero. Creo que es lo mejor que me podría pasar. No tendría que pagar las nuevas placas de circulación porque no me da la gana, no tendría que pagar las multas de tránsito porque tampoco me da la gana, contaminaría al medio ambiente con todos los caballos de fuerza que tenga a la mano, podría vivir mi propio video-juego pasándole encima al que se me ponga enfrente y, entre otras cosas, tendría a un colega en la honorable Asamblea Legislativa que vele por mis intereses.
Y si fuera un empleado público podría entrar a trabajar a las 8 a.m.; aunque, en realidad, mis labores comiencen a las 9:30 a.m.
Podría leer el periódico durante la hora del café con semita alta, a las 3:15 p.m. ya podría estar guardando mis cosas para irme “cabal” a la hora.
Y a las 5:05 pm ya estaría camino a casa. Esto sin contar los muchos días feriados y, con suerte, talvez me dan hasta vehículo para poder ir al mar con toda mi familia y vecinos el fin de semana.


Juan Canjura
jcroo@hotmail.com


Líos en la colonia Atlacatl
Vivo en la Colonia Atlacatl, que hasta hace unos tres años fue una colonia bonita y limpia; pero hay unas personas que hurgan entre la basura, no más llega uno a botarla. Ellos se lanzan ferozmente y destrozan las bolsas esparciendo su contenido.
Estos señores no trabajan, tienen apariencia joven, defecan en las aceras, orinan, ya les hemos hecho llamados a la Alcaldía para que tome cartas en el asunto, pero no lo hacen.
Duermen en el día y en la noche crean desórdenes; otra cosa es el ladronismo desatado por el abandono del edificio F, que les sirve de cueva. El edificio deberían demolerlo, dicen que la policía municipal cuida; pero jamas los he visto.
Ya es hora que en el país se respete, pero que no se proteja al delincuente.

Angel Arturo Coreas
DUI 01409856-0


Morir por falta de documento
Lo que les quiero comentar es hasta cierto punto ridículo, pero son cosas que nos afectan a todos los salvadoreños.
Mi hermana llevó al médico a nuestra madre y después de examinarla le recetó una medicina de las “controladas”; pero, debido a la poca eficiencia con que se ha estado realizando la extensión del DUI, ni mi hermana ni mi madre portan a la fecha ese documento, por lo cual se hizo imposible que ellas pudieran obtener la receta para comprar el medicamento.
Fue imposible a pesar de haberse identificado plenamente con su cédula y/o su licencia de conducir, pues según les explicó el médico, las farmacias solo venden la medicina contra la presentación del DUI.
Incluso se le presentó al médico el acta que les fue extendida en el Duicentro donde se le programó la cita para fechas posteriores, pero ni así quiso extender la receta.
¿Será posible que en nuestro país la gente muera sin más ni más por no tener el “famoso” DUI?

José Ricardo Mejía
C.I.P. 2-1-045141


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