1 de diciembre de 2002

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La Columna
Víctor Hugo Dueñas
vertice@elsalvador.com

¿De quién es la culpa?

Duele saber que un niño o niña nacerá con la muerte en cierne. Que su frágil e inmaculado cuerpo lo carcoma por dentro una enfermedad silenciosa, implacable, mortal, resumida en cuatro letras: SIDA.

No es casualidad que su futuro esté marcado. Es el resultado de una decisión entre un hombre y una mujer que, sin saberlo o sin importarles, decidieron traerlo a este mundo. En el peor de los casos, es producto de abominables abusos sexuales, por lo que su concepción ni siquiera fue sospechada.
Hasta hoy son 350 niños y niñas con el mismo destino. Todos, sufriendo en mayor o menor grado los estragos de la enfermedad.

¿De quién es la culpa? Es difícil señalar a un solo responsable y quizá inútil enfrascarse por completo a dilucidar la interrogante.

Existe, sin embargo, una cuota de responsabilidad -o más bien irresponsabilidad- en los que han
formalizado relaciones, por medio de hogares legalmente constituidos o comparten sus vidas, mientras dure el “amor” y sabiendo que el virus de inmunodeficiencia adquierida (VIH) que provoca el SIDA, se haya disperso entre 20,000 compatriotas (10 mil confirmados y un subregistro del 50%), la mayoría entre heterosexuales (70%); que es una enfermedad irónicamente ‘democrática’, es decir, que puede atacar a cualquiera, niño, niña, adulto joven, adulto contemporáneo, ancianos, de cualquier profesión, estrato social o creencia religiosa, entonces, ¿por qué no dedicar unos minutos para practicarse la prueba de VIH y confirmar si la enfermedad ha llegado a su existencia y de ser así, tomar las medidas necesarias para no procrear hijos enfermos?

En cuatro hospitales nacionales se realizan las pruebas de forma gratuita. El 2003, el servicio se ampliará a más centros hospitalarios.

Sé que la concepción es un derecho privado que concierne únicamente a la pareja. Pero, por qué sabiéndose seropositivos, el hombre y la mujer se arrogan el derecho de empeñar la vida de sus descendientes. ¿Por qué traer niños y niñas a sufrir?

Es cierto que la medicina ha avanzado al punto que los llamados retrovirales inhiben, a niveles imperceptibles, la enfermedad y que el promedio de vida de los menores se llega a considerar “indefinido”.

Pero, ¿por qué atarlos a una vida obligada de medicamentos, citas frecuentes con el médico, el riesgo latente de volver crónicas enfermedades comunes y corrientes?

Además, de vivir con la zozobra de sufrir marginación o estigma de quienes dicen ser inmunes a la llamada enfermedad del siglo.

hugovictor@elsalvador.com


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