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La Columna
Víctor
Hugo Dueñas
vertice@elsalvador.com
¿De
quién es la culpa?
Duele saber que un niño o niña nacerá con
la muerte en cierne. Que su frágil e inmaculado cuerpo lo carcoma
por dentro una enfermedad silenciosa, implacable, mortal, resumida en
cuatro letras: SIDA.
No es casualidad que su futuro esté marcado. Es el resultado
de una decisión entre un hombre y una mujer que, sin saberlo
o sin importarles, decidieron traerlo a este mundo. En el peor de los
casos, es producto de abominables abusos sexuales, por lo que su concepción
ni siquiera fue sospechada.
Hasta hoy son 350 niños y niñas con el mismo destino.
Todos, sufriendo en mayor o menor grado los estragos de la enfermedad.
¿De quién es la culpa? Es difícil señalar
a un solo responsable y quizá inútil enfrascarse por completo
a dilucidar la interrogante.
Existe, sin embargo, una cuota de responsabilidad -o más bien
irresponsabilidad- en los que han
formalizado relaciones, por medio de hogares legalmente constituidos
o comparten sus vidas, mientras dure el amor y sabiendo
que el virus de inmunodeficiencia adquierida (VIH) que provoca el SIDA,
se haya disperso entre 20,000 compatriotas (10 mil confirmados y un
subregistro del 50%), la mayoría entre heterosexuales (70%);
que es una enfermedad irónicamente democrática,
es decir, que puede atacar a cualquiera, niño, niña, adulto
joven, adulto contemporáneo, ancianos, de cualquier profesión,
estrato social o creencia religiosa, entonces, ¿por qué
no dedicar unos minutos para practicarse la prueba de VIH y confirmar
si la enfermedad ha llegado a su existencia y de ser así, tomar
las medidas necesarias para no procrear hijos enfermos?
En cuatro hospitales nacionales se realizan las pruebas de forma gratuita.
El 2003, el servicio se ampliará a más centros hospitalarios.
Sé que la concepción es un derecho privado que concierne
únicamente a la pareja. Pero, por qué sabiéndose
seropositivos, el hombre y la mujer se arrogan el derecho de empeñar
la vida de sus descendientes. ¿Por qué traer niños
y niñas a sufrir?
Es cierto que la medicina ha avanzado al punto que los llamados retrovirales
inhiben, a niveles imperceptibles, la enfermedad y que el promedio de
vida de los menores se llega a considerar indefinido.
Pero, ¿por qué atarlos a una vida obligada de medicamentos,
citas frecuentes con el médico, el riesgo latente de volver crónicas
enfermedades comunes y corrientes?
Además, de vivir con la zozobra de sufrir marginación
o estigma de quienes dicen ser inmunes a la llamada enfermedad del siglo.
hugovictor@elsalvador.com
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