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Mentes
criminales
La
figura de los asesinos en serie no es ajena a la realidad de El Salvador;
la historia reciente lo comprueba. Sin embargo, especialistas en los
intrincados pasajes de la mente criminal, aseguran que muchos delincuentes
comunes del país reúnen todas las características
de los sicópatas. Muchos de ellos, encarcelados y sin tratamiento
sicológico, cometerán los mismos crímenes una vez
recobren la libertad, según las estadísticas.
Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com
La noche del 26 de abril de 1998, la peor pesadilla para cualquier
cuerpo policial del mundo emergió de las oscuras calles del centro
de San Salvador.
Esa noche, Karla, un joven travesti de 16 años, atendió
lo que parecía un de las tantas demandas sexuales que recibía
en la 27 calle Poniente de la capital. El adolecente subió al
vehículo de su cliente, poco tiempo después su ocupante
lo tiró del carro con varios impactos de bala en el pecho. Para
asegurarse de cumplir su cometido, el sicópata arrollo el cuerpo
agonizante de Karla.
El crimen pasó a formar parte de las frías estadísticas
de homicidios de la Policía Nacional Civil (PCN). Sin embargo,
seis muertes más, en similares circunstancias, en un período
de dos meses, despertó la sospecha de que se trataba de un asesino
en serie.
Al cruzar la información de los hechos, se confirmó que
al menos cinco de ellos estaban relacionados. Las descripciones de tres
testigos travestis apuntaban a que una misma persona habría matado
a sus compañeros de oficio.
El retrato hablado apuntaba a que un hombre robusto, de baja estatura
y con una prótesis en una sus piernas era el responsable. El
criminal se habría conducido en un vehículo tipo pick
up de color rojo.
Según cuentan testigos en una publicación de Vértice
de aquella época, el sicópata abordaba desde su carro
a los travestis que deambulaban en las calles en busca de clientes.
Después de cruzar un par de palabras, sacaba su pistola y dispara
contra sus víctimas.
Aquellos asesinatos no habrían sido los únicos, entre
los años de 1985 y 1992 nueve homosexuales murieron de la misma
forma, según el archivo de El Diario de Hoy. Ninguno de los crímenes
de esos años fue resuelto.
La similitud en los asesinatos de las dos épocas refuerzan la
sospecha de que periódicamente un asesino en serie ataca cíclicamente.
En 1998, después de una amplia cobertura periodística
del caso, los asesinatos cesaron para los travestis.
El
loco del picahielo
Pero las calles de San Salvador también habrían engendrado
otro fantasma de la muerte, ese mismo año.
Esta
vez la población en la mirada de otra mente diabólica
era los alcohólicos indigentes. El 28 de abril de 1998, dos días
antes del primer asesinato de los travestis y a unas cuantas calles
de distancia, un anciano indigente fue hallado muerto con varias heridas
en el pecho, al parecer causadas con objeto cortopunzante.
Cuatro víctimas más siguieron la ola de crímenes
hasta el 7 de mayo de ese año y cesaron. Dos meses después,
el 18 de julio el asesino salió de su escondite para matar a
cuatro indigentes en una sola noche.
Según las versiones, el sicópata esperaba a que sus víctimas
se durmieran para clavarles un picahielo en el pecho hasta matarlos.
Los sobrevivientes describían al agresor como un hombre de 1.65
mts. de estatura, moreno y de bigote espeso. Además de la descripción,
la policía también tuvo, en ese entonces, un apodo: el
Mexicano. Las versiones que se manejaron apuntaban a que el asesino
era un enfermo mental que también vivía en las calles.
A pesar de la abundante información de testigos, las autoridades
policiales no capturaron al asesino de los travestis ni
al loco del picahielo. Los anteriores son los únicos casos
conocidos y bautizados por la prensa como asesinos en serie,
en el país. Pero, al parecer, una mente perturbada salvadoreña
trascendió las fronteras patrias.
Acento salvadoreño
En marzo de 2001, un depredador humano eligió como sus víctimas
a prostitutas salvadoreñas de las calles de Ciudad de Guatemala.
Iris
una trabajadora del sexo salvadoreña fue la séptima y
última de las víctimas. El 10 de marzo llegó junto
a uno de sus clientes a un motel ubicado en la zona 1 de la capital
guatemalteca. Poco tiempo después su acompañante salió
de lugar.
El conserje del hotel intentó detenerlo y cruzó palabra
con el agresor, pero éste le apunto con una pistola para que
lo dejara ir.
En el cuarto, yacía en el suelo el cuerpo aun caliente de Iris,
con un rótulo en su espalda que decía mueran todas
las perras, MS (Mara Salvatrucha); van 7 faltan 3.
En una de las caderas del cuerpo encontraron una moneda de colón.
El asesino atacaba siempre de la misma forma, buscaba a las prostitutas
más deterioradas por la droga o el alcohol y las llevaba a un
motel. Ahí, las sedaba y después las asfixiaba.
Como una forma de burlarse de la policía dejaba rótulos
en los cuerpos de las víctimas recordando cuantas mujeres había
matado y, como su sello personal, una moneda de colón pegada
al cuerpo.
Los conserjes de los moteles donde ocurrieron los crímenes sostienen
que el asesino tenía un inconfundible y peculiar acento al hablar:
el salvadoreño. La policía guatemalteca inició
las investigaciones en lo que llamó una cacería humana.
No obstante, los esfuerzos de las autoridades no dieron con el culpable.
Los crímenes de los tres sicópatas cesaron, aun así
expertos criminólogos entrevistados por Vértice aseguran
que solo volvieron a la oscuridad del anonimato de donde salieron y
están listos para atacar de nuevo, en algún momento.
La amenaza persiste y es mayor cuando se toma en cuenta que muchos de
los criminales salvadoreños encarcelados y libres tienen las
mismas características sicopáticas que los asesinos en
serie.
¿Delincuencia
común?
Las mentes diabólicas dispuestas a convertirse en depredadores
de su propia especie no solo se limitan a matar, también violan
o roban.
Marcelino
Díaz Menjívar, sicólogo y criminólogo forense
de el Instituto de Medicina Legal, asegura que ha detectado rasgos de
comportamiento propios de asesinos en serie, en criminales salvadoreños.
Asegura el especialista, que en el perfil del sicópata (ver recuadro)
encajan muchos delincuentes que no necesariamente matan para satisfacer
sus instintos. Dentro de ellos hay violadores como el Violador
de Merliot y el Violador de la Escalón, afirma.
Profundizando más sus argumentos, Díaz Menjívar
no descarta que haya algún asesino en serie suelto en estos momentos.
El problema de la justicia salvadoreña es que es muy dispersa,
la policía hace sus investigaciones; la fiscalía la de
ellos y nosotros la nuestra y éstas muy pocas veces se cruzan,
asegura.
Las declaraciones de Daisy Marina de Rodríguez de sub jefe de
la Unidad de Delitos contra la Vida de la Fiscalía General de
la República (FGR) refuerzan la tesis del criminólogo.
Al solicitarle a De Rodríguez las cifras de asesinatos cometidos
hasta la fecha en el país, la funcionaria argumentó que
no podía facilitarlas porque estaban actualizándolas con
las de la PNC porque nunca coinciden, afirmó.
La fiscal niega la posibilidad de que haya un asesino en serie en nuestro
país, nunca hemos demostrado que una misma persona haya
cometido más de tres homicidios, aseguró.
No obstante, la posibilidad de que un sicópata entre los criminales
no parece lejana a la luz de las cifras de muertes violentas en el país.
El comisionado Pablo Escobar Baños subdirector de Seguridad Pública
de la PNC trabaja en planes para minimizar los homicidios. El programa
esta orientado a detectar las áreas más problemáticas
y destinar más recursos para aumentar la seguridad.
Para eso el comisionado toma como insumo las estadísticas de
homicidios. Hasta la fecha se han cometido mil 613 homicidios en El
Salvador, un promedio de 5.4 diarios. De estos, unos aproximado de 226
asesinatos (14%) son atribuibles a la violencia delincuencial y el resto
a la violencia social.
Siguiendo el razonamiento del Menjívar, en este disminuido porcentaje
del 14% estarían muchas de las mentes sicopáticas que
cometen los crímenes no solo para lucrarse,si no también
saciar sus instintos de depredador, como lo asegura el criminólogo
Díaz Menjívar.
Aunque no está probado, nada refuta la posibilidad que en el
resto de mil 387 asesinatos atribuidos a la violencia social se oculte
un asesino en serie.
Esto
tomando en cuenta, la brutalidad con la que se cometen los crímenes.
Esta semana, Edwin Armando Rivera de seis años fue asesinado,
debido a una disputa que su padre tuvo con un desconocido por un asiento
en el microbús donde se conducían. El agresor desenfundó
un arma y mato al pequeño e hirió a su padre.
Esta brutalidad según criminólogo solo es atribuible a
una persona con trastornos de personalidad propios de los sicópatas.
Los asesinatos en menores de edad también es un punto que preocupa
a la policía, según el comisionado Baños en lo
que va del año han asesinado a 89 menores de edad en todo el
país.
A pesar de las alarmantes cifras, a Patricia Márquez de Vallejo,
sicóloga criminalista de la Academia Nacional de Seguridad Pública,
no le extraña la violencia que impera en el país, para
ella es normal después de haber tenido un conflicto armado
de 12 años.
Díaz Menjívar concuerda con la visión de su colega
y argumenta que el país, en general, sufre de un problema grave
de salud mental que no se ha tratado. Pero el riesgo es mayor en aquellos
que se han convertido en sicópatas criminales porque su estado
es irreversible, ellos no tienen cura, asegura. Para sustentar
su aseveración cita cifras internacionales en las que se demuestra
que 80% de los sicópatas reincide antes de haber cumplido los
seis años de libertad.
Para el sicólogo no hay una respuesta fácil para tratar
este problema porque el sicópata no es un enfermo mental, pero
es claro que no es una persona normal, por lo que no se le puede eximir
de las penas, pero tampoco se le pueden aplicar las mismas normativas.
En esos casos se deben fortalecer la investigación científica
y readecuar las leyes a los avances de la ciencia, asegura. Para
el especialista el futuro no es muy prometedor, si se toma en cuenta
que ninguno de la gran mayoría de criminales encarcelados no
tiene acceso a tratamiento sicológico y muchos de ellos están
por salir de la cárcel.
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Delincuentes
y sicópatas
El criminólogo Marcelino Díaz Menjívar
afirma que muchos criminales consuetudinarios del país
actúan como sicópatas.
Para el criminólogo, hay dos factores que al conjugarse
pueden convertir a una persona en un sicópata. Hay
una predisposición genética combinado con ambiente
social violento, afirma. El especialista defina al sicópata
como una persona que sufre de un trastorno antisocial de la personalidad.
Según él no es un enfermo mental, por lo tanto,
puede distinguir entre lo bueno y lo malo.
Por otro lado, existe el caso del sicótico definido como
un enfermo mental y no es imputable.
El sicópata es el mayor enigma para la sicología
criminal. El especialista lo define como una persona retraída
que no socializa con facilidad. Él busca satisfacer sus
necesidades inmediatas sin importarle lo que haga para satisfacerlas.
Es incapaz de tener valores morales y sociales, afirma.
No pueden controlar sus emociones y no sienten remordimiento,
son insensibles, sinvergüenzas y egocéntricos. Son
incapaces de adaptarse a las normas legales y rechazan todo tipo
de autoridad. Eligen víctimas vulnerables, nunca personas
más fuertes que ellos, explica.
Para el criminólogo lo más terrible es que alguien
con pleno uso de sus facultades mentales se llegue a comportar
como un depredador de su misma especie.
Un
problema mundial
El criminólogo Marcelino Díaz Menjívar
afirma que muchos criminales consuetudinarios del país
actúan como sicópatas.
El evento IV Encuentro Internacional Sobre Bilogía y Sociología
de la Violencia: Sicópatas y Asesinos en Serie, se realizó
en Valencia bajo el auspicio del Centro Reina Sofía para
el Estudio de la Violencia.
En el encuentro se reunieron los criminólogos especialistas
en el tema de todo el mundo y llegaron, entre otras, a las siguientes
conclusiones:
Es necesario, en primer lugar, seguir profundizando científicamente
en el análisis de la naturaleza del psicópata.
La legislación debería adecuarse a los avances hechos
en este área del saber. En particular, tendría que
asumir el carácter específico de la psicopatía.
Aunque un psicópata no esté mentalmente trastornado,
está claro que no es una persona normal. Por tanto, ni
debería aplicársele la eximente por enfermedad mental,
ni la misma pena que a una persona normal, ni dejarse a su libre
albedrío el recibir, o no, terapia.
Pero debemos ser conscientes de que, con esto, el problema no
queda resuelto hoy por hoy, pues las terapias no son todo lo eficaces
que quisiéramos. Incluso algunas han resultado ser contraproducentes.
Quizá ello se deba a que el psicópata parece incapaz
de aprender.
Desde luego, la actitud propia de la sociedad respetuosa con los
derechos humanos no puede ser, a partir de la creencia de que
no hay tratamiento eficaz, renunciar a seguir transitando por
la vía de la ciencia y no ver otra posibilidad que aplicar
la ley del talión a este tipo de delincuentes. En concreto,
la pena de muerte no es la solución, sino el problema.
La ciencia se ha desarrollado históricamente desterrando
creencias. La ciencia ha hecho realidad en múltiples ocasiones
lo que las creencias sustentaban como imposible. La ciencia (un
valenciano, por más señas, el Padre Jofre) comenzó
a ver trastornados mentales redimibles en quienes las creencias
habían visto antes personas poseídas por el diablo.
Pues bien, en este Encuentro se ha dado un paso más en
esta dirección. Puede ser que hoy no dispongamos de tratamientos
de eficacia indiscutible, pero empezamos a saber que, al menos,
podemos entrenar a estos delincuentes en habilidades cognitivas
a fin de que comprendan los pensamientos y sentimientos de los
demás, amplíen su visión del mundo y se formen
nuevas interpretaciones de la normas y obligaciones sociales.
Podemos enseñarles a entender los sentimientos de los demás,
pensando que es en su incapacidad para sentir las emociones de
los otros donde estos delincuentes encuentran la razón
última de su forma de ser.
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