23 de noviembre 2002

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Mentes criminales

La figura de los asesinos en serie no es ajena a la realidad de El Salvador; la historia reciente lo comprueba. Sin embargo, especialistas en los intrincados pasajes de la mente criminal, aseguran que muchos delincuentes comunes del país reúnen todas las características de los sicópatas. Muchos de ellos, encarcelados y sin tratamiento sicológico, cometerán los mismos crímenes una vez recobren la libertad, según las estadísticas.

Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com

La noche del 26 de abril de 1998, la peor pesadilla para cualquier cuerpo policial del mundo emergió de las oscuras calles del centro de San Salvador.
Esa noche, “Karla”, un joven travesti de 16 años, atendió lo que parecía un de las tantas demandas sexuales que recibía en la 27 calle Poniente de la capital. El adolecente subió al vehículo de su cliente, poco tiempo después su ocupante lo tiró del carro con varios impactos de bala en el pecho. Para asegurarse de cumplir su cometido, el sicópata arrollo el cuerpo agonizante de “Karla”.
El crimen pasó a formar parte de las frías estadísticas de homicidios de la Policía Nacional Civil (PCN). Sin embargo, seis muertes más, en similares circunstancias, en un período de dos meses, despertó la sospecha de que se trataba de un asesino en serie.
Al cruzar la información de los hechos, se confirmó que al menos cinco de ellos estaban relacionados. Las descripciones de tres testigos travestis apuntaban a que una misma persona habría matado a sus compañeros de oficio.
El retrato hablado apuntaba a que un hombre robusto, de baja estatura y con una prótesis en una sus piernas era el responsable. El criminal se habría conducido en un vehículo tipo pick up de color rojo.
Según cuentan testigos en una publicación de Vértice de aquella época, el sicópata abordaba desde su carro a los travestis que deambulaban en las calles en busca de clientes. Después de cruzar un par de palabras, sacaba su pistola y dispara contra sus víctimas.
Aquellos asesinatos no habrían sido los únicos, entre los años de 1985 y 1992 nueve homosexuales murieron de la misma forma, según el archivo de El Diario de Hoy. Ninguno de los crímenes de esos años fue resuelto.
La similitud en los asesinatos de las dos épocas refuerzan la sospecha de que periódicamente un asesino en serie ataca cíclicamente. En 1998, después de una amplia cobertura periodística del caso, los asesinatos cesaron para los travestis.

El loco del picahielo
Pero las calles de San Salvador también habrían engendrado otro fantasma de la muerte, ese mismo año.

Esta vez la población en la mirada de otra mente diabólica era los alcohólicos indigentes. El 28 de abril de 1998, dos días antes del primer asesinato de los travestis y a unas cuantas calles de distancia, un anciano indigente fue hallado muerto con varias heridas en el pecho, al parecer causadas con objeto cortopunzante.
Cuatro víctimas más siguieron la ola de crímenes hasta el 7 de mayo de ese año y cesaron. Dos meses después, el 18 de julio el asesino salió de su escondite para matar a cuatro indigentes en una sola noche.
Según las versiones, el sicópata esperaba a que sus víctimas se durmieran para clavarles un picahielo en el pecho hasta matarlos.
Los sobrevivientes describían al agresor como un hombre de 1.65 mts. de estatura, moreno y de bigote espeso. Además de la descripción, la policía también tuvo, en ese entonces, un apodo: “el Mexicano”. Las versiones que se manejaron apuntaban a que el asesino era un enfermo mental que también vivía en las calles.
A pesar de la abundante información de testigos, las autoridades policiales no capturaron al “asesino de los travestis” ni al “loco del picahielo. Los anteriores son los únicos casos conocidos y bautizados por la prensa como “asesinos en serie”, en el país. Pero, al parecer, una mente perturbada salvadoreña trascendió las fronteras patrias.

Acento salvadoreño

En marzo de 2001, un depredador humano eligió como sus víctimas a prostitutas salvadoreñas de las calles de Ciudad de Guatemala.

Iris una trabajadora del sexo salvadoreña fue la séptima y última de las víctimas. El 10 de marzo llegó junto a uno de sus clientes a un motel ubicado en la zona 1 de la capital guatemalteca. Poco tiempo después su acompañante salió de lugar.
El conserje del hotel intentó detenerlo y cruzó palabra con el agresor, pero éste le apunto con una pistola para que lo dejara ir.
En el cuarto, yacía en el suelo el cuerpo aun caliente de Iris, con un rótulo en su espalda que decía “mueran todas las perras, MS (Mara Salvatrucha); van 7 faltan 3”.
En una de las caderas del cuerpo encontraron una moneda de colón. El asesino atacaba siempre de la misma forma, buscaba a las prostitutas más deterioradas por la droga o el alcohol y las llevaba a un motel. Ahí, las sedaba y después las asfixiaba.
Como una forma de burlarse de la policía dejaba rótulos en los cuerpos de las víctimas recordando cuantas mujeres había matado y, como su sello personal, una moneda de colón pegada al cuerpo.
Los conserjes de los moteles donde ocurrieron los crímenes sostienen que el asesino tenía un inconfundible y peculiar acento al hablar: el salvadoreño. La policía guatemalteca inició las investigaciones en lo que llamó una cacería humana. No obstante, los esfuerzos de las autoridades no dieron con el culpable.
Los crímenes de los tres sicópatas cesaron, aun así expertos criminólogos entrevistados por Vértice aseguran que solo volvieron a la oscuridad del anonimato de donde salieron y están listos para atacar de nuevo, en algún momento.
La amenaza persiste y es mayor cuando se toma en cuenta que muchos de los criminales salvadoreños encarcelados y libres tienen las mismas características sicopáticas que los asesinos en serie.

¿Delincuencia común?
Las mentes diabólicas dispuestas a convertirse en depredadores de su propia especie no solo se limitan a matar, también violan o roban.

Marcelino Díaz Menjívar, sicólogo y criminólogo forense de el Instituto de Medicina Legal, asegura que ha detectado rasgos de comportamiento propios de asesinos en serie, en criminales salvadoreños.
Asegura el especialista, que en el perfil del sicópata (ver recuadro) encajan muchos delincuentes que no necesariamente matan para satisfacer sus instintos. “Dentro de ellos hay violadores como el Violador de Merliot y el Violador de la Escalón”, afirma.
Profundizando más sus argumentos, Díaz Menjívar no descarta que haya algún asesino en serie suelto en estos momentos. “El problema de la justicia salvadoreña es que es muy dispersa, la policía hace sus investigaciones; la fiscalía la de ellos y nosotros la nuestra y éstas muy pocas veces se cruzan”, asegura.
Las declaraciones de Daisy Marina de Rodríguez de sub jefe de la Unidad de Delitos contra la Vida de la Fiscalía General de la República (FGR) refuerzan la tesis del criminólogo. Al solicitarle a De Rodríguez las cifras de asesinatos cometidos hasta la fecha en el país, la funcionaria argumentó que no podía facilitarlas porque estaban actualizándolas con las de la PNC porque “nunca coinciden”, afirmó.
La fiscal niega la posibilidad de que haya un asesino en serie en nuestro país, “nunca hemos demostrado que una misma persona haya cometido más de tres homicidios”, aseguró.
No obstante, la posibilidad de que un sicópata entre los criminales no parece lejana a la luz de las cifras de muertes violentas en el país.
El comisionado Pablo Escobar Baños subdirector de Seguridad Pública de la PNC trabaja en planes para minimizar los homicidios. El programa esta orientado a detectar las áreas más problemáticas y destinar más recursos para aumentar la seguridad.
Para eso el comisionado toma como insumo las estadísticas de homicidios. Hasta la fecha se han cometido mil 613 homicidios en El Salvador, un promedio de 5.4 diarios. De estos, unos aproximado de 226 asesinatos (14%) son atribuibles a la violencia delincuencial y el resto a la violencia social.
Siguiendo el razonamiento del Menjívar, en este disminuido porcentaje del 14% estarían muchas de las mentes sicopáticas que cometen los crímenes “no solo para lucrarse,si no también saciar sus instintos de depredador”, como lo asegura el criminólogo Díaz Menjívar.
Aunque no está probado, nada refuta la posibilidad que en el resto de mil 387 asesinatos atribuidos a la violencia social se oculte un asesino en serie.
Esto tomando en cuenta, la brutalidad con la que se cometen los crímenes. Esta semana, Edwin Armando Rivera de seis años fue asesinado, debido a una disputa que su padre tuvo con un desconocido por un asiento en el microbús donde se conducían. El agresor desenfundó un arma y mato al pequeño e hirió a su padre.
Esta brutalidad según criminólogo solo es atribuible a una persona con trastornos de personalidad propios de los sicópatas. Los asesinatos en menores de edad también es un punto que preocupa a la policía, según el comisionado Baños en lo que va del año han asesinado a 89 menores de edad en todo el país.
A pesar de las alarmantes cifras, a Patricia Márquez de Vallejo, sicóloga criminalista de la Academia Nacional de Seguridad Pública, no le extraña la violencia que impera en el país, para ella “es normal después de haber tenido un conflicto armado de 12 años”.
Díaz Menjívar concuerda con la visión de su colega y argumenta que el país, en general, sufre de un problema grave de salud mental que no se ha tratado. Pero el riesgo es mayor en aquellos que se han convertido en sicópatas criminales porque su estado es irreversible, “ellos no tienen cura”, asegura. Para sustentar su aseveración cita cifras internacionales en las que se demuestra que 80% de los sicópatas reincide antes de haber cumplido los seis años de libertad.
Para el sicólogo no hay una respuesta fácil para tratar este problema porque el sicópata no es un enfermo mental, pero es claro que no es una persona normal, por lo que no se le puede eximir de las penas, pero tampoco se le pueden aplicar las mismas normativas.
“En esos casos se deben fortalecer la investigación científica y readecuar las leyes a los avances de la ciencia”, asegura. Para el especialista el futuro no es muy prometedor, si se toma en cuenta que ninguno de la gran mayoría de criminales encarcelados no tiene acceso a tratamiento sicológico y muchos de ellos están por salir de la cárcel.

Delincuentes y sicópatas

El criminólogo Marcelino Díaz Menjívar afirma que muchos criminales consuetudinarios del país actúan como sicópatas.
Para el criminólogo, hay dos factores que al conjugarse pueden convertir a una persona en un sicópata. “Hay una predisposición genética combinado con ambiente social violento”, afirma. El especialista defina al sicópata como una persona que sufre de un trastorno antisocial de la personalidad. Según él no es un enfermo mental, por lo tanto, puede distinguir entre lo bueno y lo malo.
Por otro lado, existe el caso del sicótico definido como un enfermo mental y no es imputable.
El sicópata es el mayor enigma para la sicología criminal. El especialista lo define como una persona retraída que no socializa con facilidad. Él busca satisfacer sus necesidades inmediatas sin importarle lo que haga para satisfacerlas. “Es incapaz de tener valores morales y sociales”, afirma.
“No pueden controlar sus emociones y no sienten remordimiento, son insensibles, sinvergüenzas y egocéntricos. Son incapaces de adaptarse a las normas legales y rechazan todo tipo de autoridad. Eligen víctimas vulnerables, nunca personas más fuertes que ellos”, explica.
Para el criminólogo lo más terrible es que alguien con pleno uso de sus facultades mentales se llegue a comportar como un depredador de su misma especie.


Un problema mundial

El criminólogo Marcelino Díaz Menjívar afirma que muchos criminales consuetudinarios del país actúan como sicópatas.

El evento IV Encuentro Internacional Sobre Bilogía y Sociología de la Violencia: Sicópatas y Asesinos en Serie, se realizó en Valencia bajo el auspicio del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia.
En el encuentro se reunieron los criminólogos especialistas en el tema de todo el mundo y llegaron, entre otras, a las siguientes conclusiones:
“Es necesario, en primer lugar, seguir profundizando científicamente en el análisis de la naturaleza del psicópata.
La legislación debería adecuarse a los avances hechos en este área del saber. En particular, tendría que asumir el carácter específico de la psicopatía.
Aunque un psicópata no esté mentalmente trastornado, está claro que no es una persona normal. Por tanto, ni debería aplicársele la eximente por enfermedad mental, ni la misma pena que a una persona normal, ni dejarse a su libre albedrío el recibir, o no, terapia”.
Pero debemos ser conscientes de que, con esto, el problema no queda resuelto hoy por hoy, pues las terapias no son todo lo eficaces que quisiéramos. Incluso algunas han resultado ser contraproducentes. Quizá ello se deba a que el psicópata parece incapaz de aprender.
Desde luego, la actitud propia de la sociedad respetuosa con los derechos humanos no puede ser, a partir de la creencia de que no hay tratamiento eficaz, renunciar a seguir transitando por la vía de la ciencia y no ver otra posibilidad que aplicar la ley del talión a este tipo de delincuentes. En concreto, la pena de muerte no es la solución, sino el problema.
La ciencia se ha desarrollado históricamente desterrando creencias. La ciencia ha hecho realidad en múltiples ocasiones lo que las creencias sustentaban como imposible. La ciencia (un valenciano, por más señas, el Padre Jofre) comenzó a ver trastornados mentales redimibles en quienes las creencias habían visto antes personas poseídas por el diablo.
Pues bien, en este Encuentro se ha dado un paso más en esta dirección. Puede ser que hoy no dispongamos de tratamientos de eficacia indiscutible, pero empezamos a saber que, al menos, podemos entrenar a estos delincuentes en habilidades cognitivas a fin de que comprendan los pensamientos y sentimientos de los demás, amplíen su visión del mundo y se formen nuevas interpretaciones de la normas y obligaciones sociales. Podemos enseñarles a entender los sentimientos de los demás, pensando que es en su incapacidad para sentir las emociones de los otros donde estos delincuentes encuentran la razón última de su forma de ser.



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