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CRÓNICA
Una
historia tierna,
jugosa y crujiente
Un
libro que apareció, recientemente, en Guatemala está lleno
de sorpresas. El texto que leerán no es un anuncio. Revela que
la fórmula de Pollo Campero la creó el veterano periodista,
economista e ingeniero Francisco Pérez de Antón , de quien
sustraemos parte de su testimonio. También muestra que en este
país nació la exitosa industria que lleva a millones a
comer pollo crujiente
Francisco
Pérez de Antón
vertice@elsalvador.com
El nacimiento como el desarrollo de Pollo Campero tuvo lugar en dos
urbes: San Salvador y Guatemala. Más tarde llegó a Santa
Ana y Escuintla, los dos centros urbanos más importantes de dos
naciones hermanas que se necesitan mutuamente, pero que guardan entre
sí una prudente distancia.
Los salvadoreños son trabajadores e industriosos, a causa del
estrecho territorio en que viven y la escasez de recursos naturales.
Orgullosos de su historia y su pasado, tanto en la era de los mayas
como cuando Guatemala fue Capitanía General de Centroamérica,
los guatemaltecos tienen a bien llevar estos dos señoríos
por bandera. De modo que, a ojos de extraños, no pareciera que
siendo pueblos vecinos, ni estando sus capitales a media hora de distancia
por avión, y a poco más de tres por carretera, tengan
personalidades tan distintas.
Mas no hay animosidad entre ellos. La distancia es siempre verbal. Y
ya se lancen puyas mordaces o algún que otro dardo irónico,
guatemaltecos y salvadoreños guardan en el fondo una hermandad
que está más allá de climas, alturas y menudencias
históricas.
Uno de los principales productores de huevos de El Salvador, Ricardo
González, propietario entonces de Granja Monserrat, me propuso
un día asociarnos para producir pollo allí. Y en 1971
fundamos una sociedad que se llamó Avícola Salvadoreña
y que desde los primeros días habría de funcionar muy
mal. Ricardo y yo no nos entendíamos. Y el gerente de la operación,
Eduardo Valiente, un joven salvadoreño, brillante, de gran energía
y talento, educado en la Universidad de Texas A&M, a quien yo había
contratado en Guatemala, no se entendía tampoco con Ricardo.
No sólo había diferencias de personalidad, sino también
de conocimientos de una industria de la que González lo ignoraba
todo. Así que un año después le comprábamos
su parte.
Fue así como Avícola Salvadoreña inició
su espectacular andadura por Antiguo Cuscatlán. Adquirimos tierras
en Cojutepeque, construimos granjas, oficinas, rastro, incubadoras.
Y en 1972 abríamos el primer Pollo Campero en el Bulevar de Los
Héroes, a pocos pasos del hotel Camino Real.
Algunos años después, Eduardo Lemus, presidente de la
firma El Granjero, nuestro principal competidor allí, y figura
muy importante en la historia empresarial de El Salvador, me dijo que
había que adjudicar a los chapines el mérito de haber
desarrollado en aquel país la industria de la carne de pollo,
lo que era un halago doble viniendo como venía de salvadoreños
a guatemaltecos. Pero el traslado de nuestro know how a El Salvador
no había sido tan difícil. Teníamos la experiencia,
de un lado, y a Eduardo Valiente, de otro.
Signos de guerra
Hoy
Centroamérica vive en paz. Pero en los días en que Campero
nació y creció, tuvimos que vivir entre el terrorismo
guerrillero y el terrorismo de Estado, entre las acciones asesinas de
EGPS y FMLNs, y la represión no menos sangrienta de los gobiernos
militares. Unos y otros fueron los causantes de no menos de 200,000
mil muertos. Y siempre que recuerdo los cadáveres tirados en
las calles, las explosiones nocturnas, los atentados criminales, los
inquietantes tableteos de las ametralladoras, los silbidos de los proyectiles,
incluso subido en alguna avioneta, no consigo explicarme cómo
pudimos sostener aquel circo.
Señor de las moscas
En una estupenda fábula, titulada El señor de las moscas,
el premio Nobel de literatura William Golding reproduce esta desigual
batalla entre el terror y la civilización. Un grupo de adolescentes
sufre un accidente aéreo acerca de una isla desierta, en la cual
se aprestan a sobrevivir sin más ayuda que su ingenio y su buen
juicio. Pero pronto se dividen en dos bandos. El líder del primero
propone un pacto social fundado en unas normas aceptadas por todos,
hasta que alguien los encuentre y rescate. El líder del segundo,
en cambio, se resiste a esa preceptiva y logra atraer hacia sí
a unos pocos inconformes. Entretanto, uno de los jóvenes ha escuchado
unos gemidos en el interior de una caverna. Y un terror primario y esencial
se apodera de todos. El líder de la minoría bárbara
y violenta, quien ha logrado construir unas armas elementales y cazado
un jabalí, corta la cabeza del animal, la inserta en una estaca
y la coloca a la entrada de la gruta, a modo de tótem protector
para evitar la salida de la bestia que gime adentro. A medida que pasen
los días, los vidriosos ojos del jabalí, su pellejo peludo,
se irán cubriendo de moscas. Su apestosa y repugnante imagen
recordará a todos la amenaza del fantasma que mora en la cueva.
Y en lo sucesivo, el terror se convertirá en el instrumento de
sumisión que el líder despótico usará para
someter las voluntades más débiles. La minoría
supersticiosa y violenta se vuelve rápidamente mayoría,
a causa de las deserciones en el grupo que pretende imponer unas normas
civilizadas. Y como en tantos otros casos reales, el sacrificio humano
deviene la catarsis inevitable: uno a uno, los jóvenes que se
resisten al grupo terrorista son asesinados.
La parábola de Golding, cruel, pues los protagonistas son adolescentes,
es el vivo retrato de la situación que viviría Centroamérica.
En la novela, la barbarie termina derrotando a la civilización.
Y en nuestro caso, estuvimos muy cerca de eso. Nadie parecía
dispuesto a adoptar soluciones civilizadas. Y habría que llegar
al stalemate, como se llamó en El Salvador al virtual
empate que se produjo entre la minoría terrorista y la mayoría
que deseaba una salida democrática, o bien al envejecimiento
de los guerrilleros, como ocurrió en Guatemala, para que ambos
conflictos concluyeran.
La década perdida
En las postrimerías del siglo XX, comenzó a circular en
los cenáculos políticos y económicos de América
Latina uno de esos términos ambiguos que, como el Renacimiento
o el Barroco, nadie sabría decir cuándo empezaron ni menos
aún cuando cerraron currículum.
Su nombre era la década perdida y cada país
parecía haber tenido la suya. Era la primera vez en la historia
del subcontinente americano que perder el tiempo tenía una connotación
de pesadumbre. Y si en Perú o Brasil se utilizó para describir
un período de crisis económica y política, en Centroamérica
tuvo el matiz agregado de una guerra tan sangrienta como inútil.
En junio de 1972, pongo por caso, inauguramos el primer Pollo Campero
en San Salvador, justo cuando empezaban allí los secuestros,
así como los atentados a los edificios e instalaciones del Gobierno.
Dos grupos radicales desgajados del Partido Comunista de El Salvador
habían empezado a operar desde la clandestinidad.
Dada la frágil memoria económica del público, el
cual apenas recuerda lo que ocurrió más allá de
hace cinco o diez años, es posible que a alguien se le ocurriera
llamar década perdida a un período sin confines
muy precisos y escondido entre dos fechas evasivas. Pero en nuestro
caso está claro que la fecha de entrada a ese túnel fue
un 19 de julio de 1979, el día en que las columnas sandinistas
entraron en la Plaza de la República, de Managua, y Somoza partió
hacia el exilio. Nadie en Centroamérica quería a Anastasio
Somoza, pero quienes pensábamos que podía encontrarse
una solución más civilizada que el marxismo-leninismo,
y desde luego más justa y democrática, el ascenso del
sandinismo significó, en todos los órdenes de la vida
pública y privada, un trágico retroceso.
A poco de llegar al poder, los sandinistas comenzaron a despachar cientos
de toneladas de armamento cubano y soviético a las guerrillas
de El Salvador y Guatemala. Poco después, el 15 de octubre de
ese mismo año, una Junta Revolucionaria derrocaba al régimen
militar de El Salvador. Y, a partir de esas fechas, el terror y la guerra
se hicieron carne y habitaron entre nosotros. Las dos ciudades se verían
asediadas día y noche por aquel particular señor
de las moscas. Pero, a pesar de los indicios, pocos de nosotros
sospechábamos entonces que la hoy famosa década
perdida había dado comienzo, de la misma forma que Miguel
Angel ni Rafael supieron nunca que habían vivido en el Renacimiento,
un proceso cultural que no habría de llamarse así hasta
bien avanzado el siglo XIX.
Dickens hubiera dicho que aquél habría de ser el peor
y el mejor de los tiempos. Y también en nuestro caso fue así.
Las dos ciudades de nuestra historia se convertirían muy pronto
en parte de un info-espectáculo parecido al que había
tenido lugar en Vietnam. El morbo de la guerra desplazó hasta
aquí las cámaras de la televisión de todo el mundo.
Y a partir de 1978, estuvimos a diario, en vivo y a todo color, en millones
de pantallas del planeta.
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La
fórmula del sabor crujiente
Entre los libros de tecnología de alimentos que había
ido acumulando había uno de aspecto vulgar y pastas de
cartulina verde que había adquirido en la oficina nacional
de patentes de los Estados Unidos. El texto estaba escrito a máquina
y los diagramas habían sido hechos a mano. Y fue hojeando
en uno de aquellos inventos que encontré un proceso para
aumentar la jugosidad de cualquier tipo de carne cuando era cocinada.
Estaba registrado a nombre de una corporación de Chicago,
pero el responsable de la patente era un Phd en tecnología
de alimentos.
Llamé a la embajada de los Estados Unidos. Conseguí
el teléfono de la corporación y, sin muchas esperanzas,
pregunté por el especialista. Y cuál no sería
mi sorpresa cuando supe que el personaje existía y que
medio minuto más tarde estaba hablando con él.
Nunca conocí a aquel sabio, pues en efecto lo era, pero
en cosa de cinco minutos aprendí de salmujeras y frituras
lo que no había aprendido en un año. Su entusiasmo
era contagioso, y su voz, diáfana y encantadora. Le dije
que había leído el contenido de su patente y que
estaba interesado en utilizar el proceso en forma experimental.
Se puso feliz. Me comentó que, después de varios
años patentado, yo era el primero en interesarme en el
bendito proceso. Lo imaginé dando saltos: su invento tenía
un cliente. Y entre plácemes me dijo que la patente era
un puro formalismo, que no me cobraba por ella y que me enviaba
al día siguiente por avión unas muestras del producto
para experimentarlo con la carne de pollo.
Un par de semanas después recibíamos el producto
y de inmediato hicimos el experimento. No recuerdo que cara puse
cuando experimenté el producto final. El pollo se derramaba
en mil fuentes cuando entraba en la boca. Y el freír fue,
en efecto, el reír. Teníamos un producto tierno,
jugoso y crujiente. Ahora todo consistía en saber si también
le gustaba a los demás.
El 9 de enero de 1971 reunimos a un centenar de personas, resignadas
y comprensivas que se prestaron a ser nuestros conejillos de Indias.
Un amigo y yo comenzamos a freír piezas de pollo para allá
y para acá, y a operar el freidor. Aquella feliz multitud
volvía, una y otra vez, ante aquel milagroso freidor del
que surgían como por ensalmo decenas de piezas de un producto
que los invitados devoraban. Ese día nació Pollo
Campero.
* Periodista guatemalteco
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