17 de noviembre de 2002

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CRÓNICA

Una historia tierna,
jugosa y crujiente

Un libro que apareció, recientemente, en Guatemala está lleno de sorpresas. El texto que leerán no es un anuncio. Revela que la fórmula de Pollo Campero la creó el veterano periodista, economista e ingeniero Francisco Pérez de Antón , de quien sustraemos parte de su testimonio. También muestra que en este país nació la exitosa industria que lleva a millones a comer pollo crujiente

Francisco Pérez de Antón
vertice@elsalvador.com

El nacimiento como el desarrollo de Pollo Campero tuvo lugar en dos urbes: San Salvador y Guatemala. Más tarde llegó a Santa Ana y Escuintla, los dos centros urbanos más importantes de dos naciones hermanas que se necesitan mutuamente, pero que guardan entre sí una prudente distancia.
Los salvadoreños son trabajadores e industriosos, a causa del estrecho territorio en que viven y la escasez de recursos naturales. Orgullosos de su historia y su pasado, tanto en la era de los mayas como cuando Guatemala fue Capitanía General de Centroamérica, los guatemaltecos tienen a bien llevar estos dos señoríos por bandera. De modo que, a ojos de extraños, no pareciera que siendo pueblos vecinos, ni estando sus capitales a media hora de distancia por avión, y a poco más de tres por carretera, tengan personalidades tan distintas.
Mas no hay animosidad entre ellos. La distancia es siempre verbal. Y ya se lancen puyas mordaces o algún que otro dardo irónico, guatemaltecos y salvadoreños guardan en el fondo una hermandad que está más allá de climas, alturas y menudencias históricas.
Uno de los principales productores de huevos de El Salvador, Ricardo González, propietario entonces de Granja Monserrat, me propuso un día asociarnos para producir pollo allí. Y en 1971 fundamos una sociedad que se llamó Avícola Salvadoreña y que desde los primeros días habría de funcionar muy mal. Ricardo y yo no nos entendíamos. Y el gerente de la operación, Eduardo Valiente, un joven salvadoreño, brillante, de gran energía y talento, educado en la Universidad de Texas A&M, a quien yo había contratado en Guatemala, no se entendía tampoco con Ricardo. No sólo había diferencias de personalidad, sino también de conocimientos de una industria de la que González lo ignoraba todo. Así que un año después le comprábamos su parte.
Fue así como Avícola Salvadoreña inició su espectacular andadura por Antiguo Cuscatlán. Adquirimos tierras en Cojutepeque, construimos granjas, oficinas, rastro, incubadoras. Y en 1972 abríamos el primer Pollo Campero en el Bulevar de Los Héroes, a pocos pasos del hotel Camino Real.
Algunos años después, Eduardo Lemus, presidente de la firma El Granjero, nuestro principal competidor allí, y figura muy importante en la historia empresarial de El Salvador, me dijo que había que adjudicar a los chapines el mérito de haber desarrollado en aquel país la industria de la carne de pollo, lo que era un halago doble viniendo como venía de salvadoreños a guatemaltecos. Pero el traslado de nuestro know how a El Salvador no había sido tan difícil. Teníamos la experiencia, de un lado, y a Eduardo Valiente, de otro.

Signos de guerra

Hoy Centroamérica vive en paz. Pero en los días en que Campero nació y creció, tuvimos que vivir entre el terrorismo guerrillero y el terrorismo de Estado, entre las acciones asesinas de EGPS y FMLNs, y la represión no menos sangrienta de los gobiernos militares. Unos y otros fueron los causantes de no menos de 200,000 mil muertos. Y siempre que recuerdo los cadáveres tirados en las calles, las explosiones nocturnas, los atentados criminales, los inquietantes tableteos de las ametralladoras, los silbidos de los proyectiles, incluso subido en alguna avioneta, no consigo explicarme cómo pudimos sostener aquel circo.

Señor de las moscas

En una estupenda fábula, titulada El señor de las moscas, el premio Nobel de literatura William Golding reproduce esta desigual batalla entre el terror y la civilización. Un grupo de adolescentes sufre un accidente aéreo acerca de una isla desierta, en la cual se aprestan a sobrevivir sin más ayuda que su ingenio y su buen juicio. Pero pronto se dividen en dos bandos. El líder del primero propone un pacto social fundado en unas normas aceptadas por todos, hasta que alguien los encuentre y rescate. El líder del segundo, en cambio, se resiste a esa preceptiva y logra atraer hacia sí a unos pocos inconformes. Entretanto, uno de los jóvenes ha escuchado unos gemidos en el interior de una caverna. Y un terror primario y esencial se apodera de todos. El líder de la minoría bárbara y violenta, quien ha logrado construir unas armas elementales y cazado un jabalí, corta la cabeza del animal, la inserta en una estaca y la coloca a la entrada de la gruta, a modo de tótem protector para evitar la salida de la bestia que gime adentro. A medida que pasen los días, los vidriosos ojos del jabalí, su pellejo peludo, se irán cubriendo de moscas. Su apestosa y repugnante imagen recordará a todos la amenaza del fantasma que mora en la cueva. Y en lo sucesivo, el terror se convertirá en el instrumento de sumisión que el líder despótico usará para someter las voluntades más débiles. La minoría supersticiosa y violenta se vuelve rápidamente mayoría, a causa de las deserciones en el grupo que pretende imponer unas normas civilizadas. Y como en tantos otros casos reales, el sacrificio humano deviene la catarsis inevitable: uno a uno, los jóvenes que se resisten al grupo terrorista son asesinados.
La parábola de Golding, cruel, pues los protagonistas son adolescentes, es el vivo retrato de la situación que viviría Centroamérica. En la novela, la barbarie termina derrotando a la civilización. Y en nuestro caso, estuvimos muy cerca de eso. Nadie parecía dispuesto a adoptar soluciones civilizadas. Y habría que llegar al “stalemate”, como se llamó en El Salvador al virtual empate que se produjo entre la minoría terrorista y la mayoría que deseaba una salida democrática, o bien al envejecimiento de los guerrilleros, como ocurrió en Guatemala, para que ambos conflictos concluyeran.

La década perdida

En las postrimerías del siglo XX, comenzó a circular en los cenáculos políticos y económicos de América Latina uno de esos términos ambiguos que, como el Renacimiento o el Barroco, nadie sabría decir cuándo empezaron ni menos aún cuando cerraron currículum.
Su nombre era la “década perdida” y cada país parecía haber tenido la suya. Era la primera vez en la historia del subcontinente americano que perder el tiempo tenía una connotación de pesadumbre. Y si en Perú o Brasil se utilizó para describir un período de crisis económica y política, en Centroamérica tuvo el matiz agregado de una guerra tan sangrienta como inútil.
En junio de 1972, pongo por caso, inauguramos el primer Pollo Campero en San Salvador, justo cuando empezaban allí los secuestros, así como los atentados a los edificios e instalaciones del Gobierno. Dos grupos radicales desgajados del Partido Comunista de El Salvador habían empezado a operar desde la clandestinidad.
Dada la frágil memoria económica del público, el cual apenas recuerda lo que ocurrió más allá de hace cinco o diez años, es posible que a alguien se le ocurriera llamar “década perdida” a un período sin confines muy precisos y escondido entre dos fechas evasivas. Pero en nuestro caso está claro que la fecha de entrada a ese túnel fue un 19 de julio de 1979, el día en que las columnas sandinistas entraron en la Plaza de la República, de Managua, y Somoza partió hacia el exilio. Nadie en Centroamérica quería a Anastasio Somoza, pero quienes pensábamos que podía encontrarse una solución más civilizada que el marxismo-leninismo, y desde luego más justa y democrática, el ascenso del sandinismo significó, en todos los órdenes de la vida pública y privada, un trágico retroceso.
A poco de llegar al poder, los sandinistas comenzaron a despachar cientos de toneladas de armamento cubano y soviético a las guerrillas de El Salvador y Guatemala. Poco después, el 15 de octubre de ese mismo año, una Junta Revolucionaria derrocaba al régimen militar de El Salvador. Y, a partir de esas fechas, el terror y la guerra se hicieron carne y habitaron entre nosotros. Las dos ciudades se verían asediadas día y noche por aquel particular “señor de las moscas”. Pero, a pesar de los indicios, pocos de nosotros sospechábamos entonces que la hoy famosa “década perdida” había dado comienzo, de la misma forma que Miguel Angel ni Rafael supieron nunca que habían vivido en el Renacimiento, un proceso cultural que no habría de llamarse así hasta bien avanzado el siglo XIX.
Dickens hubiera dicho que aquél habría de ser el peor y el mejor de los tiempos. Y también en nuestro caso fue así. Las dos ciudades de nuestra historia se convertirían muy pronto en parte de un info-espectáculo parecido al que había tenido lugar en Vietnam. El morbo de la guerra desplazó hasta aquí las cámaras de la televisión de todo el mundo. Y a partir de 1978, estuvimos a diario, en vivo y a todo color, en millones de pantallas del planeta.

La fórmula del sabor crujiente

Entre los libros de tecnología de alimentos que había ido acumulando había uno de aspecto vulgar y pastas de cartulina verde que había adquirido en la oficina nacional de patentes de los Estados Unidos. El texto estaba escrito a máquina y los diagramas habían sido hechos a mano. Y fue hojeando en uno de aquellos inventos que encontré un proceso para aumentar la jugosidad de cualquier tipo de carne cuando era cocinada. Estaba registrado a nombre de una corporación de Chicago, pero el responsable de la patente era un Phd en tecnología de alimentos.
Llamé a la embajada de los Estados Unidos. Conseguí el teléfono de la corporación y, sin muchas esperanzas, pregunté por el especialista. Y cuál no sería mi sorpresa cuando supe que el personaje existía y que medio minuto más tarde estaba hablando con él.
Nunca conocí a aquel sabio, pues en efecto lo era, pero en cosa de cinco minutos aprendí de salmujeras y frituras lo que no había aprendido en un año. Su entusiasmo era contagioso, y su voz, diáfana y encantadora. Le dije que había leído el contenido de su patente y que estaba interesado en utilizar el proceso en forma experimental. Se puso feliz. Me comentó que, después de varios años patentado, yo era el primero en interesarme en el bendito proceso. Lo imaginé dando saltos: su invento tenía un cliente. Y entre plácemes me dijo que la patente era un puro formalismo, que no me cobraba por ella y que me enviaba al día siguiente por avión unas muestras del producto para experimentarlo con la carne de pollo.
Un par de semanas después recibíamos el producto y de inmediato hicimos el experimento. No recuerdo que cara puse cuando experimenté el producto final. El pollo se derramaba en mil fuentes cuando entraba en la boca. Y el freír fue, en efecto, el reír. Teníamos un producto tierno, jugoso y crujiente. Ahora todo consistía en saber si también le gustaba a los demás.
El 9 de enero de 1971 reunimos a un centenar de personas, resignadas y comprensivas que se prestaron a ser nuestros conejillos de Indias. Un amigo y yo comenzamos a freír piezas de pollo para allá y para acá, y a operar el freidor. Aquella feliz multitud volvía, una y otra vez, ante aquel milagroso freidor del que surgían como por ensalmo decenas de piezas de un producto que los invitados devoraban. Ese día nació Pollo Campero.
* Periodista guatemalteco

 



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