10 de noviembre de 2002

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CRÓNICA

A la memoria de El Limón

Un trozo de tierra húmeda es deshecho entre los dedos. El anciano que palpa los terrones lo hace con una especie de determinación arqueológica que deja en silencio a quienes ven la escena. Estoy en el cantón El Limón, en medio de las montañas de Comasagua, para conmemorar a quienes partieron un 13 de enero...

Erick Lombardo Lemus
vertice@elsalvador.com

El montículo está cercado por una reja metálica que protege una tumba simbólica. A un lado de ella, dos jóvenes inspeccionan la tierra que han colocado sobre un trozo de plástico transparente. Dentro del rectángulo, una laja tiene inscritos los nombres de diez vecinos del cantón El Limón que partieron al filo del mediodía del 13 de enero de 2001. El camposanto luce colorido. Decenas de parientes han llegado a visitar a los suyos.
Sobre la piedra, está inscrito el recuerdo de Jesús y Clara Isabel Reyes Carranza; Margarita, María Lisseth, Gerson Isaac, Enoc Ismael y Abelardo Carranza, Josefina Pérez Mancía, Héctor Arévalo y Ventura Alfaro. Sus nombres son precedidos por una leyenda: “En memoria a los fallecidos en el terremoto del 13/01/02”.
Acá hemos llegado junto a Paula Heredia y Larry Garvin, los miembros de la Fundación Clementina, para asistir al homenaje póstumo que ha organizado la junta directiva de este poblado, donde reside alrededor de 300 familias. No es un sábado cualquiera. Es el día de los difuntos.
Paula, quien combina su trabajo en Manhattan y el suelo húmedo de los cafetales que ronda la cordillera de El Bálsamo, no acaba de entender lo que mira su alrededor. Roger, su asistente, registra todo lo que puede en una cámara de vídeo; Juan, el hermano menor de Paula, capta imágenes con una lente fotográfica y otra cámara de vídeo. La gente los recibe con una sonrisa afectuosa y decenas de abrazos.
Los niños se pegan a cada uno de sus pasos y nos observan muertos de risa, llenos de vida.

A beneficio de el limón

A lo largo de una semana en el país, la cineasta salvadoreña presentó el documental que le mereció el premio Emmy, dictó una charla en una universidad privada y presidió una rueda de prensa. Por eso es que el viaje a la comunidad es el respiro del fin de semana. El Limón es el objeto de su afecto y el motor principal para exponer el documental “In Memorian 9/11” en el auditorio del Museo Nacional, hace una semana.
El filme es un tributo a las víctimas que murieron a raíz del atentado terrorista a las torres gemelas, en el Centro Mundial del Comercio.
Los fondos recaudados fueron a beneficio de un proyecto que Heredia y Garvin se han planteado -entre ceja y ceja- después que el terremoto del 13 de enero impactó la Cordillera de El Bálsamo. Aquí, en medio de estos cafetales, la tragedia tocó a la familia Carranza, Reyes, Arévalo y Alfaro, como a miles de salvadoreños el año pasado. Los cuerpos de diez habitantes quedaron sepultados bajo toneladas de tierra en la zona de Comasagua y su memoria es recordada entre lágrimas y listones por quienes sobreviven y los llevan dentro de su corazón. Cada gesto que acicala la tumba se convierte en una muestra de aprecio.
Alrededor, decenas de niños exploran los callejones minúsculos entre las cruces del cementerio de El Limón; los hombres surcan la tierra con un azadón y rehacen un montículo que la lluvia y el viento han difuminado meses atrás entre la tierra negra, húmeda; las mujeres enfloran sus nichos con guirnaldas de papel encerado y abundante celofán o rosas rojas de pétalos tersos. Otros echan cal sobre las cruces para blanquearlas durante un año más.
El cementerio del cantón, como todo lo habitado en esta zona, reposa sobre un trozo de montaña.
Los dos muchachos todavía palpan la tierra que está sobre el plástico.
Otra vez llega un anciano y la desmorona con el entrecejo fruncido. Hace un gesto de negación, se aferra de su azadón para levantarse y abandona la escena. - “Ya ves, la hubieras puesto sobre la grama”, reclama un tercero. Los otros dos guardan silencio y solo intercambian miradas con desgano.
Víctor Ramírez, concejal de Santa Tecla y enlace con esta comunidad, inicia la ceremonia. Paula se acerca a tres madres dolientes y, bajo un sol esquivo, observa la llegada de todas las ofrendas, las guirnaldas y las flores.
Poco a poco, todos se agrupan en torno a la tumba, que se transformará en el monumento que recordará a los diez que ya no están.

La tierra simbólica

La tierra que está sobre el plástico finalmente se deposita sobre el montículo como tributo; se ha sustraído de la zona de la tragedia, pero todavía está fresca; el sol no fue lo suficientemente calcinante para secarla.
Unos niños ayudan a las madres y abuelas a enlazar toda la cerca de metal con tiras de papel color amarillo, azul, celeste y rojo. Un niño se frota la mano por la cara para escamotear una lágrima que está a punto de brotar. Luego, Paula agradece el gesto de invitarla a una ceremonia que la hace parte de ellos.
- Quiero decirles que este es un momento muy especial para mí.
Los miembros de la directiva hablan sobre la importancia del esfuerzo que han hecho Garvin y Heredia, sobre el proyecto de construcción de la escuela, y el reto de salir adelante.
Minutos más tarde, la caravana se trasladará hacia el cantón, donde una lluvia de sonrisas y decenas de niños, muchos niños, ofrecen una singular bienvenida a Larry y Paula.
El punto de reunión será la casa comunal, pero, lo primero es lo básico. Los pequeños deben comer el banquete que los invitados llevan. Oscar Fuentes, José Herrera y Danilo López, del Club Activo 20-30, organizan junto a una representante de la Corporación Salvadoreña de Turismo (CORSATUR) el reparto del almuerzo. Los niños disfrutan un platillo que incluye postre y una especialidad de la comida francesa.
Las paredes de la casa comunal lucen una colección de fotografías sobre la visita de Larry Garvin a la zona, las ruinas de la escuela, la iglesia resquebrajada y los niños frente a la cámara.
A lo largo de los últimos años, Paula y Larry han dedicado más allá del cien por ciento de sus energías para conseguir la reconstrucción de la escuela. Desde New York han seguido de cerca la vida de cada uno de los habitantes del cantón con la esperanza de que esta zona rural deje de ser un bonito paisaje y se convierta en el semillero de grandes aspiraciones. ¿Un sueño? Quizás. Pero en el centro de Manhattan, el año pasado, ambos lograron recaudar fondos con la comunidad de artistas neoyorquinos y el consulado salvadoreño para edificar la nueva escuela.
Ahora que Paula ha ganado el Emmy por un documental histórico como lo es “In Memoriam”, no solo se abren las puertas de la industria fílmica estadounidense para financiar sus proyectos cinematográficos, sino también el interés del sector privado nacional para rescatar poblaciones en riesgo como El Limón. Por ejemplo, la presentación del documental de Heredia, y que se transmitió en la Cadena HBO y CNN, tuvo llenos completos en las cuatro funciones; pero el dinero recaudado no es suficiente para comprar el terreno donde se puede construir la escuela.
El vice presidente de la república, Carlos Quintanilla Schmidt, le ofreció un reconocimiento público y la embajadora de los Estados Unidos en El Salvador, Rose Likins, aplaudieron la calidad del filme de Heredia.
Ahora, después de regresar de aquella montaña y percibir la calidez de toda esta población, habrá que esperar si la escuela se convierte en una realidad al más corto plazo. Mientras tanto, el espíritu de aquellos que murieron en el terremoto, sin duda los ayudará.



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