3 de noviembre de 2002

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Vida de polleros

Una visión más cercana al mundo de los traficantes de ilegales en la frontera entre México y Estados Unidos ahonda sobre un universo a todas luces conocido, pero nunca explicado con todos sus detalles.

Francisco Vázquez
vertice@elsalvador.com

Le hablé al Flaco por teléfono; a quien me había encomendado originalmente para entrar en la banda. Él es la contraparte de El Rizos en Estados Unidos. Vive en Los Ángeles y se encarga de hacer la última parte del proceso: entregar a los migrantes con el amigo, la familia o a donde vaya a llegar. Los que tienen como destino otras ciudades de California u otros estados, los lleva al camión, al amtrak –tren- o al aeropuerto. Además, generalmente recibe el pago, los 1,000, 1,500 o 2,500 dólares por cruzar la frontera. El Flaco renta un departamento en la ciudad angelina de Huntington, camino al oeste. Como quiere quitarse el vicio de los gallos de pelea –en Colotlán aún tiene criadero de este tipo de aves-, intenta aficionarse a la pesca. Compró una caña y va por lo menos dos o tres veces por semana a los muelles de Redondo y Long Beach. Tres de sus amigos y compañeros de trabajo hacen lo mismo. En dos tardes que los acompañé, ningún pez mordió el anzuelo.
El Flaco resultó un guía turístico igual de competente que el de Tijuana. Lo mismo recorrimos casas de seguridad en San Diego, Caléxico y Los Ángeles, que estupendos negocios de tacos, birria y pozole.

Me presentó vaquetones, distribuidores de droga, vendedores de ropa robada y aparatejos para captar señales de televisión por cable. Me llevó a los dos salones de baile de moda –El Potrero y el Arena- a donde van los polleros y también a las tiendas en las que se surten de botas de piel de víbora, de cocodrilo o de mantarraya –las más preciadas-, de sombreros Stetson de 1,500 dólares o de ropa Versace. Las camionetas son el vehículo de su predilección.

Desde Los Ángeles me fui con un chofer a San Diego, casi en la frontera con México. La casa de seguridad a la que llegamos a dormir es de un amigo del Rizos. Esta misma casa, grande, localizada al pie de un cerro y a la cual se llega luego de pasar un arroyo, es usada en temporada alta –los primeros seis meses del año- por una banda que trabaja al mayoreo. Es decir, pasa un promedio de 150 ó 200 ilegales diarios. Su plantilla laboral es de 50 trabajadores repartidos a ambos lados de la frontera y cuenta con una moderna flotilla de automóviles para no despertar sospechas de la migra cuando ruedan por los freeway de California repletas de migrantes. Los estadounidenses que ven de lejos esa construcción sienten ternura, seguramente. Y es que pasa como un negocio donde aparean y cuidan perros. Los ladridos de los canes ahogan los murmullos de los pollos que son encerrados en los cuartos del fondo.

Esta misma organización cuenta con un grupo de personas que vigilan a la migra, observan cuando hay cambio de guardia en los retenes o cuando el agente se bajó de la Blazer para comprar el refresco. Si los freeway se encuentran demasiado vigilados, entonces la orden es que tomen las carreteras secundarias o se bajen a las terracerías. A las mismas camionetas les arreglan los muelles para que no se sienten por el peso (otro detalle en el que repara la migra) o les funden las luces del freno si el trayecto es por el desierto. De cinco viajes les detienen uno, en promedio.
Esta banda es comandada por una señora de más de 70 años cariñosa con sus polleros como si fueran sus nietos. Distintas personas me hablaron de ella.

Por ejemplo, si a uno de sus trabajadores le va mal en la temporada le da una especie de fondo de ahorro, si otro sufre algún accidente o se intoxica con alcohol o drogas, los manda a uno de los mejores hospitales de Tijuana.

Aunque la plática entre los que estábamos en la casa de seguridad era interesante, nos acostamos temprano para estar frescos a la mañana siguiente. A esa misma hora, en Jacuma, el Pelos y el
Enano estaría preparando el siguiente viaje.

Desperté cuatro veces durante la noche preocupado porque si nos detenían qué iba a decir, ¿que era periodista y me encontraba de trabajo en Estados Unidos? Por la mañana volví a comprobar que cargaba en la cartera el número de teléfono del director de asuntos públicos de la Border Patrol de San Diego, Raúl Villarreal, los teléfonos del consulado americano en Guadalajara y el número del celular del director del periódico donde laboro. No fuera a ser el diablo. Luego de tomar un vaso con jugo y unas galletas prendí la televisión, después fui al patio a ver los perros y a recorrer la casa. ¿Dónde carajos estaba mi lugar? Cuando las manecillas marcaban las 09:19 horas sonó el teléfono, era hora de partir. ¿Cómo decir que mi nerviosismo aumentaba conforme recorríamos los kilómetros? ¿Cómo explicar que los 45 minutos de camino me parecieron 15? ¿Cómo contar que me estaba cagando de miedo cuando llegamos a la curva y cien metros adelante venía un automóvil por lo que abrí la puerta y me puse dizque a revisar la llanta y que cuando este pasó grité la clave, “morro”, ¿morro?, ¡morro cabrón, ya sal...! Volteo a la loma de Jacuma donde estuve hace unos días, luego hacia el puesto del migra de la izquierda y luego al de la derecha y no veo nada.

“Quédate a trabajar”

La operación había abortado porque uno de los cuatro migrantes dejó huellas profundas en el piso al saltar la barda, que el guía no pudo borrar completamente con arena, por lo que el migra las vio mientras realizaba su rondín, le avisó al compañero y a otro más que se encontraba cerca del lugar y peinaron juntos la zona. Los encontraron rápidamente.

“Ya quédate a trabajar”, me dice el Flaco. Ese domingo se hace una carne asada en un amplio jardín de una casa de Los Ángeles: hermanos, cuñados sobrinos, además de vecinos y amigos. Entre bromas y veras, la proposición tenía su atractivo, pues podría regresar al pueblo como parte del jet set: profesionista y además pollero. La duda sólo duró mientras terminé una quesadilla. Durante esa comida me enteré de las diferencias entre el Rizos y el Flaco. Rizos creía que el Flaco, su administrador en la zona de California, lo estaba robando. Hubo un suceso que disparó la desconfianza mutua: al Flaco le acababan de robar tres ilegales. El problema fue que no opuso resistencia y parece que se lo contó al Rizos sonriendo, lo que lo hizo estallar.

Lo del robo de ilegales es un hecho cada vez más común. Tras burlar a la migra desde la frontera hasta Los Ángeles, los choferes dejan a los migrantes en casas de seguridad conocidas como clavos. Hay bandas que cuentan con su propio clavo o hay personas que instalan uno y se lo rentan a distintas bandas, a razón de 50 dólares por pollo. Ése es el último eslabón de la cadena, el que realiza el Flaco: agarra al migrante y se pone en contacto con el familiar o el amigo para entregárselo en tal esquina donde éste pagará el servicio para cerrar el trato. Nunca se verán ni en el clavo ni en la casa del cliente, pues cada vez es más común que los familiares se los quiten a punta de pistola. Por eso, el pollero que hace las entregas generalmente va acompañado y carga con algún tipo de arma o, mínimo, un bat de béisbol. El Flaco, el día del robo, iba solo y su alma.

Esa noche de domingo, a manera de despedida de Los Ángeles, nos fuimos en bola al salón de baile el Lidos a escuchar a La Auténtica de Jerez, Zacatecas, una banda que pronto va a pegar fuerte en México, aseguró el Flaco.

Los dos últimos días del viaje los pasé en Tijuana. De nuevo con el Pelos, en el “adelas”. Los que trabajan del lado mexicano emiten su veredicto en el proceso oral que la banda le sigue al Flaco: quienes lo defienden dicen, sí, el flaquillo es güevón, descuidado y tragón pero no le robaría al jefe; los contrarios lo acribillan. Merece el exilio. Sin embargo el jefe de la banda no ha dicho la última palabra.

Si el El Rizos no ha dado su veredicto es porque otros problemas le quitan el sueño. Sus trabajadores me informan: está administrando mal el negocio, tiene deudas, se le murieron los inmigrantes y pasa por una mala racha en los gallos. Por si fuera poco, mantiene tres casas: una mujer en Los Ángeles, otra en Tijuana y una más en Mexicali. Muchos gastos. El Pelos critica que su jefe se junte con los galleros de los palenques. “A ese nivel, el juego es muy sucio, además, los narcos lavan mucho dinero, no hay cómo competir con ellos”. El Rizos perdió 35 mil dólares en un palenque de Michoacán unos días atrás. El Flaco dice que llegó deprimido: “En ocho años nunca lo había visto así”.

Y por si fuera poco, no había pollos. En dos semanas hicieron apenas tres viajes –y uno se los habían detenido-. En octubre pasado tenían muy poco trabajo.

Paseamos en auto por las calles de Tijuana la tarde del día previo a mi regreso a Guadalajara. En un alto, un repartidor de volantes nos dejó la publicidad de una lectora de tarot, del café, de las runas y de quién sabe que más cosas. Sonrío y tiro el papel. El Pelos comienza a platicar que hay unas viejitas honestas que sí le atinan a las dolencias humanas; él y su jefe tienen su bruja blanca de cabecera, quien les ha curado varias enfermedades. Y ahora le lloran porque hace un par de meses se fue a su pueblo de vacaciones, ubicado en Michoacán, y todavía no regresa.

Por la noche fuimos un rato al Chicago, que, como el “adelas”, no tiene desperdicio. El Chicago está frente al Moulin Rouge; se me antoja seguirla allí ir por si acaso apareciera Nicole Kidman. El Pelos no sueña y jala al grupo al Adelitas. Celebramos que el Enano apareció tras cuatro días perdido. Sus amigos de la banda estuvieron a punto de ir a buscarlo a los hospitales y a la morgue. “Estos cabrones no creen que me secuestraron”, me dice. Yo tampoco. Mientras bromeamos con el Enano, alguien se acerca y me toca el hombro. Es uno de los enganchadores de la banda que se acercó a la mesa para avisarme: “Atrás está el Rizos”.

En la penumbra sólo distingo la figura. Creí que había crecido más. O será que allá por el 84, la última vez que lo ví, ¿lo ví más grande? Lo cierto es que no pasa del 1.70, piel morena, de pelo corto y con una cachucha Gap. Me levanté de la mesa y caminé hacia él, a tres metros con rumbo a la salida. El saludo fue afectuoso de su parte. Me preguntó por mi hermano y también por una hermana que fue su compañera en la primaria. “Cómo te ha ido”. Como no había necesidad de darle un informe detallado de mi agenda en la frontera ya que el Pelos y el Flaco lo mantuvieron al tanto de cada una mis actividades, le hablé de mis impresiones y sobre todo le di las gracias porque me abrió las puertas de su organización. El encuentro no duró más de 15 minutos. A manera de despedida me dijo: “En la casa hay un cuarto vacío, para que ya no pagues hotel”.

Pocos integrantes de la banda conocen la casa del jefe; solamente tres o cuatro porque en una situación extrema, con una calentada (tortura) por ejemplo, alguno de sus empleados terminará por delatarlo a la policía. La casa es de dos pisos y se encuentra en un fraccionamiento de clase media. Está en parte amueblada, signo de que el cambio es constante. El teléfono se usa poco. Trabajan con celulares, los cuales también cambian constantemente. Cuando compran uno nuevo, al registrarlo, su nombre será diferente; ésta es otra de las particularidades de este submundo: los “polleros” tienen apodos, no nombres.

Al día siguiente el Rizos se fue a Mexicali. Ya no lo volví a ver. Esa misma tarde regresé a Guadalajara. Lo último que supe del Rizos y el Pelos es que seguían preocupados por el negocio. Además de la mala administración y la merma de inmigrantes provocada por los acontecimientos del 11 de septiembre, estaban convencidos de que algunas mujeres les habían echado la sal. Por eso esperaban con ansiedad el regreso de su consejera, la bruja blanca que fue de vacaciones a su pueblo de Michoacán. Confían que cuando regrese, a fuerza de limpias, todo mejorará. Sus pollos volverán a fluir y sus gallos volverán a ganar.


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