![]() 3 de noviembre de 2002 |
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Columna Erick L. Lemus El sitio al Alma Mater El campus de la Universidad Nacional amaneció clausurado la mañana del pasado jueves porque una brigada de estudiantes -que defiende su condición de revolucionarios- objeta la militarización de la villa olímpica. La acción es el último gesto de quienes orquestan una oposición llana a todas las iniciativas de la rectora Isabel Rodríguez. Ellos representan la voz de toda la comunidad universitaria que prefiere seguir estudiando a la sombra de las cabañas hechas de lámina de zinc y disfrutar del fango durante la temporada de lluvias. ¿Inverosímil? Quizá así lo parezca, pero esto es lo que los miembros de las cuatro agrupaciones defienden desde que empezaron sus manifestaciones de protesta. Sus golpes de mano, al mejor estilo de los años ochenta, ha desembocado en la toma de rehénes en una radio universitaria, la quema de una caseta telefónica y los encontronazos que eventualmente han intercambiado para dirimir sus diferencias ideológicas. Uno de estos grupúsculos anárquicos fue quien decidió protestar por la inminente militarización del Campus, cuando se estaba a un día de efectuar el traspaso de la residencia de los atletas a manos de la seguridad del COSSAL, el Comité Organizador de los Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe. Ellos, que aglutinan a no más de 25 estudiantes, cerraron las puertas de acceso del Alma Mater con la complicidad de algunos custodios que están disgustados por la imagen remozada de la Ciudad Universitaria. Al amparo de un empleado público, cuyo salario proviene de los impuestos que todos pagan, este grupo consiguió un techo donde guarecerse de la noche copiosa y fría y utilizó las líneas telefónicas -al amanecer- para solicitar el respaldo de otros estudiantes de una universidad privada. La protesta concluyó con la firma de un acta de compromisos y el espaldarazo inusitado de la procuradora de derechos humanos, Beatrice de Carrillo, quien les concedió el derecho a huelga, a pesar que ellos no son empleados ni públicos ni privados. Son estudiantes. Es una lástima que yo nunca haya apelado al derecho de huelga cuando me reprobaron -una y otra vez- en la Universidad Católica. Pero, ellos, que inundaron con lodo la paredes renovadas de la UES y organizaron una fogata a media semana por la destrucción de su local, sí tienen el respaldo que pocos gozan en San Salvador. Al menos, a los huelguistas, la policía de vez en cuando les obsequia un par de palos. A ellos, no. Incluso, uno de sus líderes, Emilio Peñate, es comparsa de algunos jefes policiales y, a pesar que cuenta con un grueso expediente en la Fiscalía General de la República, es intocable. Así las cosas. El hecho de que la Ciudad Universitaria recobre el brillo que perdió en los últimos 30 años es un gran pecado. elemus@elsalvador.com
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