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ESPECIAL
Vida
de polleros
El
periodista mexicano Francisco Vásquez ofrece a Vértice
una historia de ilegales desde un ángulo nunca antes contado:
desde la vivencia de los traficantes de indocumentados. Lea la primera
entrega de este especial.
Francisco
Vázquez
vertice@elsalvador.com
El Flaco guardó silencio. Por el teléfono no se escuchaba
ni su respiración. De nuevo le pedí la oportunidad de
pasar con él unos días en la frontera. Aunque ya me había
dicho que sí, ahora dudaba porque a la banda se le murieron dos
migrantes; no eran los primeros ni serían los últimos.
Sin embargo, en esa ocasión la Border Patrol detuvo al guía.
Los integrantes de la organización estaban nerviosos. Temían
que el compañero los iba a delatar.
El más inquieto era el Rizos, el jefe. El gobierno de Estados
Unidos había endurecido las penas para los polleros en los últimos
tres años. Antes, cuando detenían a un pollero con los
pollos el agente de la Border le preguntaba su nombre y este contestaba,
Antonio Aguilar y en la siguiente aprehensión ya
era Mauricio Garcés el actor y galán del cine mexicano
de los setenta- y después Cornelio Reyna cantante de música
popular-. Era una burla y los integrantes de la migra lo sabían.
Las reglas del juego cambiaron. Un traficante de indocumentados, en
su primera detención, es obligado a dar su nombre real, le toman
sus huellas digitales, fotografías de frente y de perfil. Su
ficha es incluida en la base de datos del Servicio de Naturalización
e Inmigración (SIN), junto a las del FBI y la DEA. En la siguiente
detención debe permanecer de uno a tres meses en una cárcel
estadounidense y a la tercera lo llevan a la corte. De las reglas que
cambiaron, al Rizos le preocupaba especialmente una: que los gringos
ya no se conforman con integrantes menores, sino que quieren jefes para
juzgarlos con severidad.
El Flaco, el Rizos y yo somos de Colotlán, un pueblo con 15 mil
habitantes localizado al norte del estado de Jalisco, México.
El Flaco tiene 24 años y unos pelos parados como esperando al
fakir. Terminó la secundaria porque Dios es grande. Aprendió
lo suficiente como para contar el dinero y gastarlo, a su manera. En
cuanto se descuidó la madre, corrió a Iowa para unirse
a su pandilla, conocida como los Esquineros, para trabajar
de noche en una empresa comercializadora de carne de cerdo. Él
lavaba los animales con el chorro de la manguera y luego los mataba;
los apapachaba y sacrificaba. Un trabajo rutinario en una ciudad aburrida,
por lo que pronto renunció. Supo de la banda del Rizos y se unió
a ellos.
Del Rizos sólo recuerdo que era, como se dice en los pueblos,
un adolescente que pintaba para cabrón. Se la pasaba en la calle;
jugaba fútbol. Un choque accidental por la banda derecha, posición
que dominaba con cierta habilidad, podía generar bronca. Una
noche de 1984, en el billar de Don Felipe, el Rizos celebraba
porque por fin se iba de mojado. Desde entonces no lo había
vuelto a ver. Alguien me contó alguna vez que era pintor de brocha
gorda en Los Ángeles, California, y se había casado. Después
platicaron que había formado su banda de traficantes de indocumentados,
y fue cuando vi la oportunidad de conocer el mundo de los polleros.
El Flaco fue mi contacto. Abogó por mí ante el Rizos,
quien me recordó a pesar de los años pasados y dijo sobres,
pero con una condición: nada de nombres ni grabadoras ni fotografías.
Sin embargo, sucedió lo de la muerte de las dos personas. Luego
vino la caída de las Torres Gemelas, que acaparaba las noticias,
pero a finales de septiembre, el Flaco habló: Ya se hizo,
cabrón. Puedes venir.
Contacto Tijuana
Durante
el vuelo de Guadalajara a Tijuana intenté leer. Yo quise ser
norteño desde niño. Qué otra cosa había
mejor que ir y saborear todas las maravillas que escuché de todos
los amigos y conocidos que se fueron a lo largo de mis primeros años,
tantos amigos idos que pronto perdí la cuenta. Estados Unidos,
según decían, era un paraíso con rubias generosas,
aventuras al cuadrado, dólares, la posibilidad de poseer un automóvil
y los envidiados tenis Converse y pantalones Levis. Quien iba a Estados
Unidos, además, subía de nivel social en Colotlán
y los jóvenes tenían más pegue con las muchachas.
Así pues, yo también quería ser mojado. En dos
ocasiones tuve conectada a la persona que me ayudaría a cruzar
la frontera y a conseguir un posible trabajo en California. La primera
vez me quedé por la boda de una hermana y la segunda porque no
era seguro el trabajo en un taller de torno. Nunca tuve el suficiente
valor para hacerlo, hoy lo reconozco. Todo esto me vino a la mente durante
el vuelo Guadalajara-Tijuana. Como el Rizos hace 16 o 17 años
yo también sentía ansiedad y nerviosismo. En un par de
horas más iba a cumplir el viejo sueño... aunque más
que ilegal, iba a ser pollero.
En el aeropuerto de Tijuana marqué un número de un teléfono
celular para avisar de mi llegada. Contestó el Pelos, otro personaje,
qué caray, de Colotlán. Recordaba vagamente su apodo pero
de su cara, nada. Por el contrario, él me habló con familiaridad.
Llego por ti en una hora, dijo. En el aeropuerto hay enganchadores
que buscan clientes que van a cruzar la frontera. Un enganchador es
conocido también como talonero. Mi ansiedad y nerviosismo aumentaban
porque ya habían pasado casi dos horas y el Pelos no llegaba;
en todas las caras creía ver enganchadores. Volví a marcar
dos veces al celular, en las dos ocasiones tenía el buzón
de mensajes. Ya me dejaron tirado, pensé cuando iba
a cumplir tres horas en una banca y había dejado de mirar insistentemente
hacia la puerta del aeropuerto, por lo que me sobresalté cuando
escuché mi nombre. Al verlo sí que lo recordé,
muy delgado y vacilante. Ahora está ponchado, tiene la cara redonda,
usa bigote y lleva la cabeza rapada que cubre con cachuchas o un sombrero
de palma. Si te lo encuentras de noche seguramente te cambias de acera.
Antes tenía una mirada tímida, ahora casi nunca te ve
a los ojos. Esta peculiaridad la observé en otros polleros.
El Pelos resultó un excelente guía turístico. A
los cinco minutos, arriba de su Toyota, nos encontramos frente a las
decenas de cruces que colocan en la barda por cada indocumentado que
muere en el intento de pasar la frontera norte. Es una forma cruel de
llevar un censo.
El siguiente punto de la visita guiada no fue menos revelador. Si en
Tijuana la avenida Revolución es para los gringos, la calle Coahuila
es la capital de la república de los polleros. Corre de forma
paralela a la barda fronteriza y se encuentra tan cercana a ella, que
por la noche recibe un poco de la luz que emiten los potentes reflectores
de la Border Patrol. Es también la calle de la zona roja de Tijuana,
conocida popularmente como la Cagüila. Ahí hay
desde mujeres de cintura irreconocible hasta bellezas de cinco estrellas;
bares, table dances, moteles y puestos de comida corrida. Por la zona
caminan dealers, consumidores y tecolines con muletas a los que se les
gangrenó el pie de tanto inyectarse heroína. En la cantina
El Resbalón había un par de mesas desocupadas a las 3
de la tarde. Allí nos refugiamos el Pelos y yo para tomar una
cerveza luego de recorrer la Cagüila en auto y a pie.
El Pelos se veía divertido en su papel de guía. Qué
más quieres ver, preguntó.
La Cagüila es como la oficina de los polleros. Ahí negocian
con los enganchadores que han conseguido indocumentados en la central
camionera, en el aeropuerto o en la calle. Los enganchadores se los
venden a las bandas a 100, 150 o 200 dólares por persona, depende
de la temporada. Hay bandas que trabajan con sus propios enganchadores
o taloneros. Tanto los polleros como los taloneros usan los hoteles
de la zona para guardar a los migrantes. Los hoteles están pensados
para expulsar a sus huéspedes: camas para no dormir y baños
para no usar. Si los indocumentados no se van es porque no están
ahí en viaje de negocios o de placer.
En el Resbalón lo único bueno son las cervezas Tecate
y la rockola que tiene un amplio repertorio de narcocorridos. Del Resbalón
fuimos a dar a un restaurante de mariscos frente a la playa, justo donde
comienza la barda que divide a México de los Estados Unidos.
El lugar se encuentra sobre una pequeña loma que permite ver
del otro lado a una Blazer de la Patrulla Fronteriza y, a lo lejos,
las primeras casas de San Diego.
Mucha lana
Las
manos del Pelos han contado muchos dólares en ocho años
de trabajo en la frontera. Pocos han quedado. Si no fuera por su esposa
no tendría una casa a medio construir en el pueblo y una cuenta
en el banco. La vida hay que vivirla, dice. Agarras
la lana fácil y así de fácil la gastas. Grupos
de música norteña se acercan a ofrecer sus rolas e interrumpen
la plática cada 15 minutos. También me cuenta historias
de diversión y violencia, por ejemplo, de cuando uno de sus amigos
golpeó a otro y sonrieron. El ofendido se marchó del motel
para regresar con una navaja en la mano. Todos se habían ido,
menos el Pelos que se define como consumidor social de cocaína-
por lo que comenzó el combate. Lo enfrenté con una
silla, lo dejé tirado, pero me alcanzó a dar un rasguño,
dice. Pienso que es pura faramalla. Me mira, creo, por segunda vez a
los ojos. Adivina mi pensamiento. Se levanta la playera y muestra la
huella del combate. Es curioso, tiene otras cicatrices, pero se ríe
porque tiene manos de señorita. Una brisa refresca
la cara. Desde el restaurante se ven adolescentes con el uniforme escolar
que caminan por la playa. Fin de la comida y la sobremesa. Esta
noche tenemos trabajo. ¿Quieres ir?. Por supuesto. Te
voy a dejar en el hotel para que descanses y esperas mi llamada.
La banda del Rizos y el Pelos trabajan generalmente con dos taloneros.
Uno de ellos les había juntado cinco personas esa noche. Muy
pocos. En las noticias sólo se oía hablar de Osama Bin
Laden y del inminente inicio de los ataques contra Afganistán.
Si bien octubre es el principio de la temporada baja, tras los atentados
a Nueva York y Washington, el negocio tuvo su momento de crisis. Cuando
el Flaco pasó por mí al hotel alrededor de las 7 de la
noche había dos pasajeros más en el auto: quien iba a
trabajar como guía el integrante de la banda que ayuda
a los ilegales a cruzar la barda fronteriza-, un michoacano flaco de
20 años aunque por sus rasgos faciales parecía de 16,
y un simpático cuarentón que le hace honor a su apodo:
el Enano. Fuimos a hotel de la Cagüila donde guardaron a los cinco
migrantes.
Pollero y pollo mantienen un diálogo
propiamente dicho sólo una vez, cuando se ponen de acuerdo con
el costo y la manera cómo van a cruzar la frontera. En el resto
del proceso, el traficante toma las riendas de la situación,
se hace respetar, y no necesariamente atiende las reglas de El Manual
de Carreño. A los 31 años el Pelos es un profesional.
Ha sido talonero, encaminador, guía, chofer, repartidor, encargado
de un clavo y ahora es el número dos de la banda.
Desplegó esta experiencia cuando tranquilizó a los cinco
ilegales reincidentes, a quienes cobraría 1,200 dólares
por cabeza para cruzar. El jale es fácil, dijo. Van
a caminar como cien metros nada más. Luego presumió
la última hazaña de la banda: lograron pasar a una mujer
con ocho meses de embarazo.
A probar el cruce
El
grupo se dividió. El Enano y el guía salieron con los
pollos del hotel rumbo a la central camionera. El Pelos y yo caminamos
cuadra y media para entrar al table dance Las Adelitas, conocido por
la tropa como el adelas, un lugar paradisíaco para
quienes disfrutamos la belleza femenina, en cualquier tipo de presentación.
La razón de la división es simple: el principal lugar
donde la banda realiza los cruces tienen otros- es por un rancho
en una población llamada Jacuma que está a medio camino
entre las ciudades de Tijuana y Mexicali, ciudades que son frontera
con California, Estados Unidos.
El Pelos no se arriesga a llevar a los indocumentados en su auto dentro
de la ciudad ni por la carretera, porque existe el riesgo de que la
policía lo detenga. Es por eso que el Enano, el guía se
llevó a los cinco migrantes en camión, mientras nosotros
hacíamos tiempo de una manera cachonda en el table dance. Una
hora después, el Pelos recibió una llamada en su celular;
era el Enano, quien le avisó que ya iban en el camino y en una
hora más, aproximadamente, se bajarían en el crucero que
conduce a Jacuma. El Pelos pidió otra ronda de cervezas, había
que hacer un poco más de tiempo para que el autobús de
pasajeros dejara al Enano y su carga en el lugar indicado.
En ese crucero, de la autopista a Jacuma hay una distancia de poco menos
de diez kilómetros que se recorren por una terracería,
la cual es vigilada por elementos del grupo Beta una corporación
que no carga armas y cuyo objetivo es ayudar a los ilegales perdidos
en los cerros o el desierto-, agentes de la Policía Federal Preventiva
la corporación federal que cubre todo el territorio nacional-
y los militares. Sin embargo, hay también infinidad de caminos
alternos para llegar al rancho; tantos, que aquello es como un laberinto.
Por las noches, el tráfico es intenso. Distintas bandas de polleros
usan estos caminos, así como tiradores de mostaza narcotraficantes-.
Polleros y narcotraficantes evitan el camino principal y vigilan que
los caminos alternos estén libres; temen especialmente a los
militares. El Pelos cubre una cuota por usar esta área para trabajar:
les da 400 dólares por viaje a un par de agentes Beta. Los ladrones
de automóviles también usaron esta zona hace poco tiempo
para desmantelar los autos. Al final, si tenían tiempo y ánimo
de divertirse, le prendían fuego al cascarón.
Un par de kilómetros antes del crucero a Jacuma existe un camino
que parece abandonado. El Pelos salió de la autopista, lo tomó
y cien metros adelante gritó, ¡morro!, y el Enano, el guía
y los cinco migrantes contestaron que allí estaban, escondidos
entre los árboles. Por el día lunes- y la hora 10
de la noche- era probable que hubiera algún retén militar
en el camino. Seguimos en el auto sólo él y yo para corroborarlo.
El camino estaba limpio. Me dejó afuera de una casa en Jacuma
y él regresó por los demás. Como hay que pasar
la noche en el rancho, la banda le renta a una familia tres cuartos
que se encuentran independientes de la casa principal, a razón
de 50 dólares.
A las seis de la mañana hay que estar de pie. Se aconseja a los
cinco aspirantes a ilegales que tomen agua, o hagan del baño,
de preferencia.
Como Jacuma está a escasos dos kilómetros de la barda
fronteriza, el Pelos y el Enano van a una loma desde donde observan
el momento en que, en un cerro de enfrente, ya en territorio americano,
se vaya un agente de la Patrulla Fronteriza al que conocen como el
lente, porque pasa toda la noche mirando a través de la
oscuridad con unos binoculares potentes.
Llegó el momento esperado a las 7:30 de la mañana. Un
hijo de la dueña de la casa nos acercó por 30 dólares
en su camioneta a una loma, como a 300 metros de la barda, desde donde
se divisa todo el panorama: ahí me mandan para que en ésta,
mi primera vez, sea un espectador privilegiado, como si estuviera en
un estadio. Imaginen entonces el campo que observo: la barda ocupa todo
el frente. A la altura de la portería sur hay una loma donde
se encuentra un migra en su camioneta.
Este agente no se mueve. Y en la portería norte hay otro migra,
el cual tiene la encomienda de hacer rondines por este y otro paso un
par de kilómetros más allá. Así pues, tomo
mi lugar acostado boca abajo sobre una gran piedra, mientras la banda
se adelanta unos metros. Se detienen a medio camino, escondidos bajo
los huizaches. Esperan el momento en que el migra de la derecha vaya
al otro terreno de juego.
Pasa casi media hora. Para no entumirme camino con precaución
en mi territorio y encuentro botes con agua y cobijas escondidas bajo
las piedras. Son las provisiones.
Nunca saben el tiempo que habrán de esperar. También hay
restos de agujas desechables de polleros adictos. El migra de la derecha
se mueve. Adelante. Primero se acerca el guía con los cinco ilegales
a la barda más o menos hacia el centro del campo. Por la orografía,
en ese preciso lugar el migra de la izquierda no tiene manera de ver
de esta parte del campo. El Pelos y el Enano esperan a que lleguen con
éxito.
A caminar conejo
El
primer burle fue sencillo. Es su turno de acercarse a la barda. Segundo
exitoso quiebre de cintura. Entonces el Enano camina pegado a la barda
para ubicarse justo donde estaba el migra de la derecha para estar al
pendiente de cuando éste regrese. Esperan otros minutos y a intentar
incrustarse en la portería.
Saltan la barda de uno en uno. El último es el guía, quien
carga un bote lleno de tierra. La orden es que todos caminen de puntitas
como conejos, brincando, para no dejar muchas ni profundas huellas por
la brecha por donde circulan las Blazer de los agentes. De todas maneras
el guía, el último de la fila, con la tierra que carga
en su bote va borrando el rastro.
Silencio nuevamente por unos minutos. No hay movimientos sospechosos
del migra de la izquierda, quien se encuentra bajo un toldo rústico
que lo cubre del sol, y el de la derecha no ha regresado. El Pelos y
el Enano regresan a la loma, a mi palco Vip, divertidos. Toman agua
y esperan otros minutos para estar seguros que nadie vio entrar los
balones, los cuales en ese momento se encuentran escondidos bajo unos
arbustos, a escasos 75 metros de la barda, pero ahora en territorio
gringo. Frente a ellos, a unos 25 metros, pasa una carretera poco transitada.
Pasan otros minutos más. Llama ya, dice el Enano.
Me recae de madre que no los vieron. Diosito nos ayudó.
El Pelos prefiere la seguridad por lo que espera otros quince minutos;
pasado el tiempo se convence y marca por su celular a una casa de seguridad
ubicada en un suburbio de San Diego. Adelante, dice. Del
clavo sale un chofer en un Sentra blanco del año. Llegará
en 45 minutos, aproximadamente.
Mientras
llega el auto, el Pelos y el Enano comienzan a bromear. A mí
no se me baja la adrenalina. Durante el tiempo de espera dos helicópteros
de la Border Patrol pasaron sobre nuestras cabezas; les llaman moscas
y su ruido apenas si se escucha.
El Sentra blanco se mira a lo lejos, baja la velocidad y al llegar a
una curva el chofer grita Morro, la señal para que
los cinco ilegales salgan de su escondite y entren al auto en un tiempo
máximo: 30 segundos. El Morro, que es en realidad el guía,
regresa a territorio mexicano. Yo, que había escuchado de caminatas
de tres días, de horas pasadas dentro de una cajuela o de ilegales
muertos en camiones o vagones de tren sellados, me decepcionó
un poco ante la facilidad de la operación. Días después
confirmé que hay de bandas a bandas, y que esta, la del Rizos
y el Pelos, saben hacer su trabajo. Conocen como pocos la frontera de
Tijuana, Tecate y Mexicali; el desierto, las montañas y los canales.
Ocho años como polleros o vaquetones lo avalan.
El guía se nos une y caminamos los dos kilómetros que
nos separan de Jacuma. Ellos van exultantes, con cierta vergüenza
advierto que yo también. De regreso en Tijuana dejamos al Enano
y al guía en una calle de la Cagüila con mil dólares
en su bolsa.
Yo me fui al hotel y dormí toda la tarde.
Hasta aquí la primera parte que recorre un ilegal en su ilusión
por vivir en Estados Unidos. Pero, ¿qué pasa luego de
subir al Sentra blanco?, ¿Cuándo los entregan a sus familiares?,
¿Cómo funcionan las bandas de traficantes de indocumentados
dentro del territorio estadounidense?
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