27 de octubre de 2002

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Vida de polleros

El periodista mexicano Francisco Vásquez ofrece a Vértice una historia de ilegales desde un ángulo nunca antes contado: desde la vivencia de los traficantes de indocumentados. Lea la primera entrega de este especial.

Francisco Vázquez
vertice@elsalvador.com

El Flaco guardó silencio. Por el teléfono no se escuchaba ni su respiración. De nuevo le pedí la oportunidad de pasar con él unos días en la frontera. Aunque ya me había dicho que sí, ahora dudaba porque a la banda se le murieron dos migrantes; no eran los primeros ni serían los últimos. Sin embargo, en esa ocasión la Border Patrol detuvo al guía. Los integrantes de la organización estaban nerviosos. Temían que el compañero los iba a delatar.
El más inquieto era el Rizos, el jefe. El gobierno de Estados Unidos había endurecido las penas para los polleros en los últimos tres años. Antes, cuando detenían a un pollero con los pollos el agente de la Border le preguntaba su nombre y este contestaba, “Antonio Aguilar” y en la siguiente aprehensión ya era Mauricio Garcés –el actor y galán del cine mexicano de los setenta- y después Cornelio Reyna –cantante de música popular-. Era una burla y los integrantes de la migra lo sabían. Las reglas del juego cambiaron. Un traficante de indocumentados, en su primera detención, es obligado a dar su nombre real, le toman sus huellas digitales, fotografías de frente y de perfil. Su ficha es incluida en la base de datos del Servicio de Naturalización e Inmigración (SIN), junto a las del FBI y la DEA. En la siguiente detención debe permanecer de uno a tres meses en una cárcel estadounidense y a la tercera lo llevan a la corte. De las reglas que cambiaron, al Rizos le preocupaba especialmente una: que los gringos ya no se conforman con integrantes menores, sino que quieren jefes para juzgarlos con severidad.
El Flaco, el Rizos y yo somos de Colotlán, un pueblo con 15 mil habitantes localizado al norte del estado de Jalisco, México. El Flaco tiene 24 años y unos pelos parados como esperando al fakir. Terminó la secundaria porque Dios es grande. Aprendió lo suficiente como para contar el dinero y gastarlo, a su manera. En cuanto se descuidó la madre, corrió a Iowa para unirse a su pandilla, conocida como los “Esquineros”, para trabajar de noche en una empresa comercializadora de carne de cerdo. Él lavaba los animales con el chorro de la manguera y luego los mataba; los apapachaba y sacrificaba. Un trabajo rutinario en una ciudad aburrida, por lo que pronto renunció. Supo de la banda del Rizos y se unió a ellos.
Del Rizos sólo recuerdo que era, como se dice en los pueblos, un adolescente que pintaba para cabrón. Se la pasaba en la calle; jugaba fútbol. Un choque accidental por la banda derecha, posición que dominaba con cierta habilidad, podía generar bronca. Una noche de 1984, en el billar de “Don Felipe”, el Rizos celebraba porque por fin se iba de “mojado”. Desde entonces no lo había vuelto a ver. Alguien me contó alguna vez que era pintor de brocha gorda en Los Ángeles, California, y se había casado. Después platicaron que había formado su banda de traficantes de indocumentados, y fue cuando vi la oportunidad de conocer el mundo de los polleros.
El Flaco fue mi contacto. Abogó por mí ante el Rizos, quien me recordó a pesar de los años pasados y dijo “sobres”, pero con una condición: nada de nombres ni grabadoras ni fotografías. Sin embargo, sucedió lo de la muerte de las dos personas. Luego vino la caída de las Torres Gemelas, que acaparaba las noticias, pero a finales de septiembre, el Flaco habló: “Ya se hizo, cabrón. Puedes venir”.

Contacto Tijuana

Durante el vuelo de Guadalajara a Tijuana intenté leer. Yo quise ser norteño desde niño. Qué otra cosa había mejor que ir y saborear todas las maravillas que escuché de todos los amigos y conocidos que se fueron a lo largo de mis primeros años, tantos amigos idos que pronto perdí la cuenta. Estados Unidos, según decían, era un paraíso con rubias generosas, aventuras al cuadrado, dólares, la posibilidad de poseer un automóvil y los envidiados tenis Converse y pantalones Levis. Quien iba a Estados Unidos, además, subía de nivel social en Colotlán y los jóvenes tenían más pegue con las muchachas.
Así pues, yo también quería ser mojado. En dos ocasiones tuve conectada a la persona que me ayudaría a cruzar la frontera y a conseguir un posible trabajo en California. La primera vez me quedé por la boda de una hermana y la segunda porque no era seguro el trabajo en un taller de torno. Nunca tuve el suficiente valor para hacerlo, hoy lo reconozco. Todo esto me vino a la mente durante el vuelo Guadalajara-Tijuana. Como el Rizos hace 16 o 17 años yo también sentía ansiedad y nerviosismo. En un par de horas más iba a cumplir el viejo sueño... aunque más que ilegal, iba a ser pollero.
En el aeropuerto de Tijuana marqué un número de un teléfono celular para avisar de mi llegada. Contestó el Pelos, otro personaje, qué caray, de Colotlán. Recordaba vagamente su apodo pero de su cara, nada. Por el contrario, él me habló con familiaridad. “Llego por ti en una hora”, dijo. En el aeropuerto hay enganchadores que buscan clientes que van a cruzar la frontera. Un enganchador es conocido también como talonero. Mi ansiedad y nerviosismo aumentaban porque ya habían pasado casi dos horas y el Pelos no llegaba; en todas las caras creía ver enganchadores. Volví a marcar dos veces al celular, en las dos ocasiones tenía el buzón de mensajes. “Ya me dejaron tirado”, pensé cuando iba a cumplir tres horas en una banca y había dejado de mirar insistentemente hacia la puerta del aeropuerto, por lo que me sobresalté cuando escuché mi nombre. Al verlo sí que lo recordé, muy delgado y vacilante. Ahora está ponchado, tiene la cara redonda, usa bigote y lleva la cabeza rapada que cubre con cachuchas o un sombrero de palma. Si te lo encuentras de noche seguramente te cambias de acera. Antes tenía una mirada tímida, ahora casi nunca te ve a los ojos. Esta peculiaridad la observé en otros polleros.
El Pelos resultó un excelente guía turístico. A los cinco minutos, arriba de su Toyota, nos encontramos frente a las decenas de cruces que colocan en la barda por cada indocumentado que muere en el intento de pasar la frontera norte. Es una forma cruel de llevar un censo.
El siguiente punto de la visita guiada no fue menos revelador. Si en Tijuana la avenida Revolución es para los gringos, la calle Coahuila es la capital de la república de los polleros. Corre de forma paralela a la barda fronteriza y se encuentra tan cercana a ella, que por la noche recibe un poco de la luz que emiten los potentes reflectores de la Border Patrol. Es también la calle de la zona roja de Tijuana, conocida popularmente como la “Cagüila”. Ahí hay desde mujeres de cintura irreconocible hasta bellezas de cinco estrellas; bares, table dances, moteles y puestos de comida corrida. Por la zona caminan dealers, consumidores y tecolines con muletas a los que se les gangrenó el pie de tanto inyectarse heroína. En la cantina El Resbalón había un par de mesas desocupadas a las 3 de la tarde. Allí nos refugiamos el Pelos y yo para tomar una cerveza luego de recorrer la “Cagüila” en auto y a pie. El Pelos se veía divertido en su papel de guía. “Qué más quieres ver”, preguntó.
La Cagüila es como la oficina de los polleros. Ahí negocian con los enganchadores que han conseguido indocumentados en la central camionera, en el aeropuerto o en la calle. Los enganchadores se los venden a las bandas a 100, 150 o 200 dólares por persona, depende de la temporada. Hay bandas que trabajan con sus propios enganchadores o taloneros. Tanto los polleros como los taloneros usan los hoteles de la zona para guardar a los migrantes. Los hoteles están pensados para expulsar a sus huéspedes: camas para no dormir y baños para no usar. Si los indocumentados no se van es porque no están ahí en viaje de negocios o de placer.
En el Resbalón lo único bueno son las cervezas Tecate y la rockola que tiene un amplio repertorio de narcocorridos. Del Resbalón fuimos a dar a un restaurante de mariscos frente a la playa, justo donde comienza la barda que divide a México de los Estados Unidos. El lugar se encuentra sobre una pequeña loma que permite ver del otro lado a una Blazer de la Patrulla Fronteriza y, a lo lejos, las primeras casas de San Diego.

Mucha lana

Las manos del Pelos han contado muchos dólares en ocho años de trabajo en la frontera. Pocos han quedado. Si no fuera por su esposa no tendría una casa a medio construir en el pueblo y una cuenta en el banco. “La vida hay que vivirla”, dice. “Agarras la lana fácil y así de fácil la gastas”. Grupos de música norteña se acercan a ofrecer sus rolas e interrumpen la plática cada 15 minutos. También me cuenta historias de diversión y violencia, por ejemplo, de cuando uno de sus amigos golpeó a otro y sonrieron. El ofendido se marchó del motel para regresar con una navaja en la mano. Todos se habían ido, menos el Pelos –que se define como consumidor social de cocaína- por lo que comenzó el combate. “Lo enfrenté con una silla, lo dejé tirado, pero me alcanzó a dar un rasguño”, dice. Pienso que es pura faramalla. Me mira, creo, por segunda vez a los ojos. Adivina mi pensamiento. Se levanta la playera y muestra la huella del combate. Es curioso, tiene otras cicatrices, pero se ríe porque tiene “manos de señorita”. Una brisa refresca la cara. Desde el restaurante se ven adolescentes con el uniforme escolar que caminan por la playa. Fin de la comida y la sobremesa. “Esta noche tenemos trabajo. ¿Quieres ir?”. Por supuesto. “Te voy a dejar en el hotel para que descanses y esperas mi llamada”.
La banda del Rizos y el Pelos trabajan generalmente con dos taloneros. Uno de ellos les había juntado cinco personas esa noche. Muy pocos. En las noticias sólo se oía hablar de Osama Bin Laden y del inminente inicio de los ataques contra Afganistán. Si bien octubre es el principio de la temporada baja, tras los atentados a Nueva York y Washington, el negocio tuvo su momento de crisis. Cuando el Flaco pasó por mí al hotel alrededor de las 7 de la noche había dos pasajeros más en el auto: quien iba a trabajar como guía –el integrante de la banda que ayuda a los ilegales a cruzar la barda fronteriza-, un michoacano flaco de 20 años aunque por sus rasgos faciales parecía de 16, y un simpático cuarentón que le hace honor a su apodo: el Enano. Fuimos a hotel de la Cagüila donde guardaron a los cinco migrantes.
“Pollero” y “pollo” mantienen un diálogo propiamente dicho sólo una vez, cuando se ponen de acuerdo con el costo y la manera cómo van a cruzar la frontera. En el resto del proceso, el traficante toma las riendas de la situación, se hace respetar, y no necesariamente atiende las reglas de El Manual de Carreño. A los 31 años el “Pelos” es un profesional. Ha sido talonero, encaminador, guía, chofer, repartidor, encargado de un “clavo” y ahora es el número dos de la banda. Desplegó esta experiencia cuando tranquilizó a los cinco ilegales reincidentes, a quienes cobraría 1,200 dólares por cabeza para cruzar. “El jale es fácil”, dijo. “Van a caminar como cien metros nada más”. Luego presumió la última hazaña de la banda: lograron pasar a una mujer con ocho meses de embarazo.

A probar el cruce

El grupo se dividió. El Enano y el guía salieron con los pollos del hotel rumbo a la central camionera. El Pelos y yo caminamos cuadra y media para entrar al table dance Las Adelitas, conocido por la tropa como el “adelas”, un lugar paradisíaco para quienes disfrutamos la belleza femenina, en cualquier tipo de presentación. La razón de la división es simple: el principal lugar donde la banda realiza los cruces –tienen otros- es por un rancho en una población llamada Jacuma que está a medio camino entre las ciudades de Tijuana y Mexicali, ciudades que son frontera con California, Estados Unidos.
El Pelos no se arriesga a llevar a los indocumentados en su auto dentro de la ciudad ni por la carretera, porque existe el riesgo de que la policía lo detenga. Es por eso que el Enano, el guía se llevó a los cinco migrantes en camión, mientras nosotros hacíamos tiempo de una manera cachonda en el table dance. Una hora después, el Pelos recibió una llamada en su celular; era el Enano, quien le avisó que ya iban en el camino y en una hora más, aproximadamente, se bajarían en el crucero que conduce a Jacuma. El Pelos pidió otra ronda de cervezas, había que hacer un poco más de tiempo para que el autobús de pasajeros dejara al Enano y su carga en el lugar indicado.
En ese crucero, de la autopista a Jacuma hay una distancia de poco menos de diez kilómetros que se recorren por una terracería, la cual es vigilada por elementos del grupo Beta –una corporación que no carga armas y cuyo objetivo es ayudar a los ilegales perdidos en los cerros o el desierto-, agentes de la Policía Federal Preventiva –la corporación federal que cubre todo el territorio nacional- y los militares. Sin embargo, hay también infinidad de caminos alternos para llegar al rancho; tantos, que aquello es como un laberinto. Por las noches, el tráfico es intenso. Distintas bandas de “polleros” usan estos caminos, así como tiradores de mostaza –narcotraficantes-.
Polleros y narcotraficantes evitan el camino principal y vigilan que los caminos alternos estén libres; temen especialmente a los militares. El Pelos cubre una cuota por usar esta área para trabajar: les da 400 dólares por viaje a un par de agentes Beta. Los ladrones de automóviles también usaron esta zona hace poco tiempo para desmantelar los autos. Al final, si tenían tiempo y ánimo de divertirse, le prendían fuego al cascarón.
Un par de kilómetros antes del crucero a Jacuma existe un camino que parece abandonado. El Pelos salió de la autopista, lo tomó y cien metros adelante gritó, ¡morro!, y el Enano, el guía y los cinco migrantes contestaron que allí estaban, escondidos entre los árboles. Por el día –lunes- y la hora –10 de la noche- era probable que hubiera algún retén militar en el camino. Seguimos en el auto sólo él y yo para corroborarlo. El camino estaba limpio. Me dejó afuera de una casa en Jacuma y él regresó por los demás. Como hay que pasar la noche en el rancho, la banda le renta a una familia tres cuartos que se encuentran independientes de la casa principal, a razón de 50 dólares.
A las seis de la mañana hay que estar de pie. Se aconseja a los cinco aspirantes a ilegales que tomen agua, o hagan del baño, de preferencia.
Como Jacuma está a escasos dos kilómetros de la barda fronteriza, el Pelos y el Enano van a una loma desde donde observan el momento en que, en un cerro de enfrente, ya en territorio americano, se vaya un agente de la Patrulla Fronteriza al que conocen como “el lente”, porque pasa toda la noche mirando a través de la oscuridad con unos binoculares potentes.
Llegó el momento esperado a las 7:30 de la mañana. Un hijo de la dueña de la casa nos acercó por 30 dólares en su camioneta a una loma, como a 300 metros de la barda, desde donde se divisa todo el panorama: ahí me mandan para que en ésta, mi primera vez, sea un espectador privilegiado, como si estuviera en un estadio. Imaginen entonces el campo que observo: la barda ocupa todo el frente. A la altura de la portería sur hay una loma donde se encuentra un migra en su camioneta.
Este agente no se mueve. Y en la portería norte hay otro migra, el cual tiene la encomienda de hacer rondines por este y otro paso un par de kilómetros más allá. Así pues, tomo mi lugar acostado boca abajo sobre una gran piedra, mientras la banda se adelanta unos metros. Se detienen a medio camino, escondidos bajo los huizaches. Esperan el momento en que el migra de la derecha vaya al otro terreno de juego.
Pasa casi media hora. Para no entumirme camino con precaución en mi territorio y encuentro botes con agua y cobijas escondidas bajo las piedras. Son las provisiones.
Nunca saben el tiempo que habrán de esperar. También hay restos de agujas desechables de polleros adictos. El migra de la derecha se mueve. Adelante. Primero se acerca el guía con los cinco ilegales a la barda más o menos hacia el centro del campo. Por la orografía, en ese preciso lugar el migra de la izquierda no tiene manera de ver de esta parte del campo. El Pelos y el Enano esperan a que lleguen con éxito.

A caminar conejo

El primer burle fue sencillo. Es su turno de acercarse a la barda. Segundo exitoso quiebre de cintura. Entonces el Enano camina pegado a la barda para ubicarse justo donde estaba el migra de la derecha para estar al pendiente de cuando éste regrese. Esperan otros minutos y a intentar incrustarse en la portería.
Saltan la barda de uno en uno. El último es el guía, quien carga un bote lleno de tierra. La orden es que todos caminen de puntitas como conejos, brincando, para no dejar muchas ni profundas huellas por la brecha por donde circulan las Blazer de los agentes. De todas maneras el guía, el último de la fila, con la tierra que carga en su bote va borrando el rastro.
Silencio nuevamente por unos minutos. No hay movimientos sospechosos del migra de la izquierda, quien se encuentra bajo un toldo rústico que lo cubre del sol, y el de la derecha no ha regresado. El Pelos y el Enano regresan a la loma, a mi palco Vip, divertidos. Toman agua y esperan otros minutos para estar seguros que nadie vio entrar los balones, los cuales en ese momento se encuentran escondidos bajo unos arbustos, a escasos 75 metros de la barda, pero ahora en territorio gringo. Frente a ellos, a unos 25 metros, pasa una carretera poco transitada.
Pasan otros minutos más. “Llama ya”, dice el Enano. “Me recae de madre que no los vieron. Diosito nos ayudó”. El Pelos prefiere la seguridad por lo que espera otros quince minutos; pasado el tiempo se convence y marca por su celular a una casa de seguridad ubicada en un suburbio de San Diego. “Adelante”, dice. Del clavo sale un chofer en un Sentra blanco del año. Llegará en 45 minutos, aproximadamente.
Mientras llega el auto, el Pelos y el Enano comienzan a bromear. A mí no se me baja la adrenalina. Durante el tiempo de espera dos helicópteros de la Border Patrol pasaron sobre nuestras cabezas; les llaman moscas y su ruido apenas si se escucha.
El Sentra blanco se mira a lo lejos, baja la velocidad y al llegar a una curva el chofer grita “Morro”, la señal para que los cinco ilegales salgan de su escondite y entren al auto en un tiempo máximo: 30 segundos. El Morro, que es en realidad el guía, regresa a territorio mexicano. Yo, que había escuchado de caminatas de tres días, de horas pasadas dentro de una cajuela o de ilegales muertos en camiones o vagones de tren sellados, me decepcionó un poco ante la facilidad de la operación. Días después confirmé que hay de bandas a bandas, y que esta, la del Rizos y el Pelos, saben hacer su trabajo. Conocen como pocos la frontera de Tijuana, Tecate y Mexicali; el desierto, las montañas y los canales. Ocho años como polleros o vaquetones lo avalan.
El guía se nos une y caminamos los dos kilómetros que nos separan de Jacuma. Ellos van exultantes, con cierta vergüenza advierto que yo también. De regreso en Tijuana dejamos al Enano y al guía en una calle de la Cagüila con mil dólares en su bolsa.
Yo me fui al hotel y dormí toda la tarde.
Hasta aquí la primera parte que recorre un ilegal en su ilusión por vivir en Estados Unidos. Pero, ¿qué pasa luego de subir al Sentra blanco?, ¿Cuándo los entregan a sus familiares?, ¿Cómo funcionan las bandas de traficantes de indocumentados dentro del territorio estadounidense?



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