20 de octubre de 2002

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A LA CAZA DEL TIBURÓNN

La muerte del rey

Su imponente figura se desliza entre las aguas, se mueve con malicia. La silueta gris metálica está a punto de salir a la superficie en esa inmensidad de agua, en ese océano implacable que refracta la luz del sol que tuesta la piel de los pescadores y de nosotros, los cronistas. Bajo el agua, una vida está a punto de acabar...

Erick L Lemus y Álvaro López
Fotos: Álvaro López
vertice@elsalvador.com

El hilo entre la vida y la muerte pende de la carnada que ha tragado desde hace muchas horas... El pescador alista la macana con una mano mientras con la otra empieza a aferrarse al cable que conduce hacia la carnada de atún que colocó un día anterior.

La lancha está ocupada por tres sujetos, que visten camisa manga larga, pantalón y se cubren el rostro con un trapo blanco. El piloto, que maniobra con el motor fuera de borda, sabe que una presa ha picado y disminuye la velocidad hasta llegar a la “simbra” (la cadena de 300 anzuelos que puede medir ocho millas de largo), donde está atrapada esa silueta que parte el agua con una aleta color acero.

Nada sinuosa, con calma, hasta que el pescador, su verdugo, hala del cable con todas sus fuerzas y empieza la lucha contra la muerte. El tiburón se resiste a morir pero no tiene escapatoria. El bocado lo ha atrapado y lo está ahogando desde hace muchas horas. Está muy débil y la pelea tomará solo unos segundos que parecerán eternos.

El escualo rompe la tranquilidad de las aguas con su último aliento en tanto el pescador, el cazador, este hombre humilde que vive de la pesca de una especie en vías de extinción, golpea una y otra vez a su víctima hasta doblegarlo, hasta aturdirlo, hasta matarlo salvajemente...

La primera vez que arribamos al muelle del puerto de Acajutla fue tras la pista de las codiciadas aletas del tiburón, que son un oneroso manjar en la cocina asiática. Los pescadores que acuden al lugar cada mañana nos miran con un aire de desconfianza y curiosidad. La lente de la cámara los atrae y los ahuyenta. Solo la llegada de una lancha cargada de tiburones martillos y, entre ellas, “un aborto” los distrae de nosotros. Cuando suben a la enorme pieza, que tiene poco más de un metro cincuenta centímetros de longitud, un sujeto delgado tiene la hoja de un cuchillo filoso en su punto.
En la cintura, porta dos navajas más para realizar su trabajo. Con un corte rápido, abre la panza del cadáver que tenemos a nuestros pies y un olor acre nos invade. La sangre corre sobre el pavimento y se mezcla con las huacaladas de agua que otros destazadores vierten sobre la loza.

Una masa acuosa salta del vientre de la presa y un tipo con unos guantes afila otro cuchillo. “Es un aborto”, nos susurra uno de los curiosos. Dentro de la bolsa gelatinosa, la placenta, yacen los cuerpos inertes de más de diez pequeños tiburones martillos.

Sin remordimientos, el destazador corta todas las aletas, entre ellas, el timón, una pieza carnosa que está bajo la cola. “Es la que mejor pagan. Dicen que es muy buena en sopa”.

Aunque no existen cifras concretas sobre la gravedad de la depredación del tiburón, el biólogo marino Enrique Barraza, del Ministerio del Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), está convencido que los tiburones están en peligro de extinción. Hace 50 años se les podía observar a pocos metros de la playa y en abundantes grupos. Hoy son escasos y sólo se encuentran en aguas profundas.

“En El Salvador ha ocurrido una pesca desordenada de este recurso, lo que ha provocado que cada vez los pescadores tienen que retirarse más de la costa para capturarlos”, dice.

Los tiburones son peces especiales. No tienen huesos, sólo cartílago.

Su carne se puede aprovechar bastante porque carece de espinas. Son importantes desde el punto de vista comercial, debido a que se aprovecha la carne, aletas y el cartílago (se cree que tiene propiedades medicinales). Se obtiene, además, aceite de tiburón con cualidades curativas.
Al muelle de Acajutla, semanalmente llega un empresario que suministra las aletas a los restaurantes chinos del país. Pero, se sabe que las piezas salvadoreñas también abastecen el mercado asiático.

Del tiburón no se pierde nada. Del cartílago, tejen collares o si lo pulverizan, es medicinal; la mandíbula la venden como artesanía; lapiel, la convierten en cinchos, carteras o zapatos. “Nada se pierde del tiburón”, dice el “Muco”, luego de llevarnos de paseo mar adentro.

En El Salvador se ha registrado la presencia de, al menos, 15 especies de tiburones.
Los pescadores, sin embargo, reconocen que la pesca no es tan abundante como en viejos tiempos; pero, cada vez que sus naves surcan las aguas del océano, olvidan la carestía y le apuestan a encontrar otra víctima atrapada en la “simbra” para rematarla a golpes y llevar un poco de sustento a casa. La vida precaria de los pescadores es otra historia...


AGONÍA ESCUALA

En El Salvador se ha registrado la presencia de al menos, 15 especies de tiburones. El llamado "Gata Tonta" suele encontrarse mar afuera. No es agresivo. Tiene color gris pálido y mide aproximadamente de un metro a uno y medio. El tiburón " Martillo" Puede medir hasta tres metros

Textos y fotos: Álvaro López
vertice@elsalvador.com


La carnada es lanzada al final de
la tarde en las aguas del océano.
Despues hay que esperar un día

 

 


El momento inevitables de la muerte del
tiburón se produce cuando los pescadores
llegan a recoger la carnada y descubren
a la presa atrapada en la "simba", aun
con fuerzas para luchar por su vida

Los pescadores le llaman "aborto"
cuando pescan una hembra es dramático

 

 

La llegada al muelle con la pesca que será destazada y vendida

La colección de 300 anzuelos es distribuida
a lo largo de ocho millas mar afuera

 

 

Las piezas más vendidas son las aletas
y el cartilago que se vende a un comprador
local abajo precio pero que el mercado
culinario son onerosas operaciones al gusto

 


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