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A
LA CAZA DEL TIBURÓNN
La
muerte del rey
Su
imponente figura se desliza entre las aguas, se mueve con malicia. La
silueta gris metálica está a punto de salir a la superficie
en esa inmensidad de agua, en ese océano implacable que refracta
la luz del sol que tuesta la piel de los pescadores y de nosotros, los
cronistas. Bajo el agua, una vida está a punto de acabar...
Erick L Lemus y Álvaro López
Fotos: Álvaro López
vertice@elsalvador.com
El
hilo entre la vida y la muerte pende de la carnada que ha tragado desde
hace muchas horas... El pescador alista la macana con una mano mientras
con la otra empieza a aferrarse al cable que conduce hacia la carnada
de atún que colocó un día anterior.
La lancha está ocupada por tres sujetos, que visten camisa manga
larga, pantalón y se cubren el rostro con un trapo blanco. El
piloto, que maniobra con el motor fuera de borda, sabe que una presa
ha picado y disminuye la velocidad hasta llegar a la simbra
(la cadena de 300 anzuelos que puede medir ocho millas de largo), donde
está atrapada esa silueta que parte el agua con una aleta color
acero.
Nada sinuosa, con calma, hasta que el pescador, su verdugo, hala del
cable con todas sus fuerzas y empieza la lucha contra la muerte. El
tiburón se resiste a morir pero no tiene escapatoria. El bocado
lo ha atrapado y lo está ahogando desde hace muchas horas. Está
muy débil y la pelea tomará solo unos segundos que parecerán
eternos.
El escualo rompe la tranquilidad de las aguas con su último aliento
en tanto el pescador, el cazador, este hombre humilde que vive de la
pesca de una especie en vías de extinción, golpea una
y otra vez a su víctima hasta doblegarlo, hasta aturdirlo, hasta
matarlo salvajemente...
La primera vez que arribamos al muelle del puerto de Acajutla fue tras
la pista de las codiciadas aletas del tiburón, que son un oneroso
manjar en la cocina asiática. Los pescadores que acuden al lugar
cada mañana nos miran con un aire de desconfianza y curiosidad.
La lente de la cámara los atrae y los ahuyenta. Solo la llegada
de una lancha cargada de tiburones martillos y, entre ellas, un
aborto los distrae de nosotros. Cuando suben a la enorme pieza,
que tiene poco más de un metro cincuenta centímetros de
longitud, un sujeto delgado tiene la hoja de un cuchillo filoso en su
punto.
En la cintura, porta dos navajas más para realizar su trabajo.
Con un corte rápido, abre la panza del cadáver que tenemos
a nuestros pies y un olor acre nos invade. La sangre corre sobre el
pavimento y se mezcla con las huacaladas de agua que otros destazadores
vierten sobre la loza.
Una masa acuosa salta del vientre de la presa y un tipo con unos guantes
afila otro cuchillo. Es un aborto, nos susurra uno de los
curiosos. Dentro de la bolsa gelatinosa, la placenta, yacen los cuerpos
inertes de más de diez pequeños tiburones martillos.
Sin remordimientos, el destazador corta todas las aletas, entre ellas,
el timón, una pieza carnosa que está bajo la cola. Es
la que mejor pagan. Dicen que es muy buena en sopa.
Aunque no existen cifras concretas sobre la gravedad de la depredación
del tiburón, el biólogo marino Enrique Barraza, del Ministerio
del Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), está convencido
que los tiburones están en peligro de extinción. Hace
50 años se les podía observar a pocos metros de la playa
y en abundantes grupos. Hoy son escasos y sólo se encuentran
en aguas profundas.
En El Salvador ha ocurrido una pesca desordenada de este recurso,
lo que ha provocado que cada vez los pescadores tienen que retirarse
más de la costa para capturarlos, dice.
Los tiburones son peces especiales. No tienen huesos, sólo cartílago.
Su carne se puede aprovechar bastante porque carece de espinas. Son
importantes desde el punto de vista comercial, debido a que se aprovecha
la carne, aletas y el cartílago (se cree que tiene propiedades
medicinales). Se obtiene, además, aceite de tiburón con
cualidades curativas.
Al muelle de Acajutla, semanalmente llega un empresario que suministra
las aletas a los restaurantes chinos del país. Pero, se sabe
que las piezas salvadoreñas también abastecen el mercado
asiático.
Del tiburón no se pierde nada. Del cartílago, tejen collares
o si lo pulverizan, es medicinal; la mandíbula la venden como
artesanía; lapiel, la convierten en cinchos, carteras o zapatos.
Nada se pierde del tiburón, dice el Muco,
luego de llevarnos de paseo mar adentro.
En El Salvador se ha registrado la presencia de, al menos, 15 especies
de tiburones.
Los pescadores, sin embargo, reconocen que la pesca no es tan abundante
como en viejos tiempos; pero, cada vez que sus naves surcan las aguas
del océano, olvidan la carestía y le apuestan a encontrar
otra víctima atrapada en la simbra para rematarla
a golpes y llevar un poco de sustento a casa. La vida precaria de los
pescadores es otra historia...
AGONÍA
ESCUALA
En
El Salvador se ha registrado la presencia de al menos, 15 especies de
tiburones. El llamado "Gata Tonta" suele encontrarse mar afuera.
No es agresivo. Tiene color gris pálido y mide aproximadamente
de un metro a uno y medio. El tiburón " Martillo" Puede
medir hasta tres metros
Textos y fotos: Álvaro López
vertice@elsalvador.com
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La
carnada es lanzada al final de
la tarde en las aguas del océano.
Despues hay que esperar un día
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El
momento inevitables de la muerte del
tiburón se produce cuando los pescadores
llegan a recoger la carnada y descubren
a la presa atrapada en la "simba", aun
con fuerzas para luchar por su vida
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Los
pescadores le llaman "aborto"
cuando pescan una hembra es dramático
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La
llegada al muelle con la pesca que será destazada
y vendida
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La
colección de 300 anzuelos es distribuida
a lo largo de ocho millas mar afuera
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Las
piezas más vendidas son las aletas
y el cartilago que se vende a un comprador
local abajo precio pero que el mercado
culinario son onerosas operaciones al gusto
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