![]() 12 de octubre de 2002 |
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OPINIÓN Política, ideología, conventos y burdeles Por Joaquín Villalobos Un partido que responde sólo a su militancia olvida que todo proyecto ideológico se debe a un horizonte más amplio. Rosalynn Carter dijo que un gran liderazgo no es el que lleva a la gente a donde ésta quiere ir, sino el que es capaz de llevarla a donde debe ir, aunque no necesariamente quiera. Esta problemática es ahora más complicada debido a cinco circunstancias particulares: el derrumbe del comunismo, el fin de la guerra en nuestro país, los cambios en las posiciones de poder económico en los que unos subieron y otros bajaron, la crítica de la prensa que exhibe los errores de los políticos y la ausencia de planes para institucionalizar y profesionalizar la política. Las dos primeras circunstancias fomentaron la idea de que las ideologías ya no tenían sentido, mientras que la tercera motivó acciones políticas por resentimientos. La cuarta y la quinta han dado fuerza a la idea de que los políticos y la política no sirven para nada. Lo anterior más la creciente apatía de la gente permiten afirmar que tenemos en desarrollo un fenómeno de antipolítica que ya tiene seguidores y lo único que le falta es cabeza. Tantos años en guerra nos dejaron con la idea de que las ideologías, más que constituir una visión del mundo acerca de cómo deben ser las relaciones de unos con otros, eran las definiciones que nos servían para mandar al otro al otro mundo. Las fuerzas políticas establecieron su pensamiento a partir de la negación del contrario: revolución y contrarrevolución, comunismo y anticomunismo, etc. Esa visión extrema y excluyente de lo que era ideología y los cambios ocurridos en el mundo hizo pensar que las ideologías, izquierda y derecha, perdían sentido. Sin embargo, el avance de la democracia no significó la victoria de la derecha o de la izquierda, sino el triunfo de las derechas e izquierdas moderadas sobre sus propios extremos. Perdieron las ideas que proponían la dictadura y el uso del gobierno en función de un partido único o de los únicos capitalistas. No era suficiente el libre mercado para definir que un país era libre, como en el Chile de Pinochet. Ahora que China Popular es capitalista con una dictadura de izquierda, queda claro que no basta poder vender con libertad, sino que es fundamental poder pensar con libertad. Las izquierdas y derechas reformistas no perdieron sentido, sino que lo ganaron; ambas crecieron y gobiernan ahora gran parte del mundo. En una democracia madura, la izquierda se preocupa más por distribuir para generar seguridad, y la derecha, por producir para generar riqueza, pero ambas están asentadas en el respeto a la libertad. Algunos piensan que con la caída del comunismo la izquierda fue derrotada, pero paradójicamente el liberalismo está más en los orígenes de la izquierda que en el conservadurismo de derecha. Sandino, entre otros, fue liberal, y gran parte de las guerrillas latinoamericanas del siglo antepasado y pasado eran liberales. Estados Unidos después de su independencia era considerado por los conservadores un centro de ideas subversivas liberales. Es difícil afirmar si en realidad fue la derecha extrema la que avanzó del conservadurismo al liberalismo, o la izquierda radicalizada la que retrocedió del marxismo al liberalismo. Lo importante es que ambas se encontraron en la democracia. Nuestro país requiere madurez política, pero tal como me lo manifestó el presidente Francisco Flores en una ocasión: Durante la guerra la gente se definió de izquierda o derecha dependiendo de quién le tiró la bomba. Cuando terminó la guerra, el oportunismo y/o los resentimientos provocaron que más de alguno de la izquierda se definiera de derecha, o a la inversa, en tanto los moderados de ambos bandos eran calificados de traidores. Sólo cuando domina la selección racional sobre la emocional las definiciones políticas son maduras. Tener ideologías no es malo, lo que es malo, como lo señala Rodrigo Borja, ex presidente de Ecuador, es que cobren fuerza los que hacen política hablando contra la política y toman una posición ideológica postulando la muerte de las ideologías. La antipolítica y la proclamación del fin de las ideologías aprovechando las bondades de la democracia abren espacios a la intolerancia y sustituyen a una clase política imperfecta o corrupta, pero con reglas, por un redentor moral sin reglas. Esto termina generando un sistema corrupto que hace retornar todas las maldades del autoritarismo. Las ideologías políticas y los partidos son fundamentales para la estabilidad democrática. Hay ideologías porque los seres humanos jamás pensarán todos de igual manera. El éxito de la democracia liberal es, precisamente, ser el menos peor de todos los sistemas para la convivencia pacífica de los que piensan diferente. Cuando la ideología impide construir un programa acoplado a la realidad, no es pecado reformarla: una ideología política que no se reforma se convierte en religión. La llamada Tercera vía abanderada por Tony Blair es una propuesta de reforma a la socialdemocracia para adaptarla a la revolución tecnológica y la globalización; es un intento de respuesta a la pregunta de cómo mantener lo social como propósito en un mundo donde la iniciativa individual tomó el primer plano. Adaptarse no es invento de la izquierda. En la misma Gran Bretaña, los conservadores, incluida Margaret Thatcher madre del neoliberalismo, respetan y mantienen políticas sociales de la izquierda. Todos los partidos se enfrentan a decisiones que guardan relación con lo planteado, tales como: quiénes deben ser sus candidatos, cuáles son los límites de sus alianzas y pactos, qué espacios de gobierno corresponden a su militancia y cuáles necesitan o deben abrirse a otros y cómo concretar proyectos de gobierno realistas. Todo esto bajo la premisa de ganar y gobernar, porque no tiene sentido perder elecciones por defender la ideología, de lo que se trata es de que ésta, convertida en programa, sirva para ganar. Por ello es importante no confundir la ideología con la historia, ni la militancia con los votantes, ni el programa con las antiguas consignas de guerra. Para los extremistas es simple: los militantes históricos son los candidatos preferenciales, no tienen aliados, sino gente que usan como rostro amable; sus pactos son acuerdos de subordinación, su ideología es estar en contra del otro, su objetivo no es resolver problemas nacionales, sino atender las emociones de sus bases y, finalmente, prefieren perder para mantener su derecho a criticar, que ganar para asumir la responsabilidad de gobernar. En política, el robo de banderas programáticas, la cooptación de masa crítica del contrario, la disputa por líderes populares, la incorporación de opositores al gobierno y la copia de la estrategia del contrario son acciones legítimas, porque la política es esencialmente pragmática, y esto no supone debilidad ideológica de los partidos. La democracia exige renovación, realismo, inclusión y eficacia. La diferencia entre las posiciones pragmáticas y las oportunistas es que para las primeras, el beneficio es social y colectivo, y para las segundas, individual. La derecha es fuerte en economía, y la izquierda, en lo social. En nuestro país, si la izquierda llegara al gobierno, necesitaría masa crítica de la derecha para dirigir la economía. El programa EDUCO, aplicado por los gobiernos de ARENA, nació de las experiencias de educación popular del FMLN en Morazán y Chalatenango, durante la guerra. El equilibrio entre técnicos, activistas, políticos estrategas y líderes locales es lo que permite a un partido renovarse en gente e ideas para poder ganar y gobernar. Cada sector suda la camiseta de diferente manera, y no siempre adentro del partido. Posiblemente, lo correcto sea buscar los líderes de las comunidades para los gobiernos locales, combinar estrategas políticos y técnicos en el ejecutivo y colocar los mejores políticos negociadores en el parlamento. Ni las alcaldías ni todos los puestos del ejecutivo requieren plena identidad ideológica con el partido. Es en la Asamblea Legislativa donde esto es decisivo, porque las mayorías parlamentarias se logran con la lealtad de los votos propios y la capacidad de obtener vía negociación los del contrario. Las divisiones de los partidos y sus diputados sólo son comprensibles cuando están en juego temas fundamentales hacia afuera y no se puede negociar adentro. Los parlamentos no suelen ser muy queridos, pero guste o no, son el espejo de la cultura y educación de la población. La negociación no es reconocida como la parte más pura de la política; sin embargo, es la más noble, porque es la que más protege a la sociedad de que las diferencias se resuelvan a través de la guerra. Cito dos cosas muy útiles sobre política que me dijo un buen amigo: las leyes y las salchichas, es mejor no enterarse cómo se hacen y la política no puede ser un convento, de lo que se trata es de evitar que se convierta en un burdel. La política no puede ser un convento, de lo que se trata es de evitar que se convierta en burdel.
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