![]() 12 de octubre de 2002 |
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Columna Ernesto Villalobos La historia de Rosa Una humilde vendedora de ropa saltó a la luz pública gracias a un hecho poco usual y, al mismo tiempo, muy común en nuestro país. Rosa había sufrido los maltratos de su marido por más de 10 años, lo que es muy típico en El Salvador, hasta que un día de la semana pasada la presión de años de golpes y agresiones verbales hicieron que la mujer estallara y matará a su agresor, con quien había procreado dos hijas. Según cuentan sus vecinos, la escena de maltrato que se vivió ese día, se repetía a diario y muchas veces traspasaba las láminas de la humilde vivienda de Rosa ubicada en Cuscatancingo y salpicaba a sus vecinos. Por años los gritos pidiendo ayuda de Rosa resonaron en los oídos de la humilde comunidad. Quienes no la socorrían por miedo de las represalias de su esposo. Una vez macheteó la puerta de la casa, aseguró una de las habitantes del barrio, quien prefería no meterse en los asuntos de la mujer. Una y otra vez la policía capturó al agresor, pero igual cantidad de veces su misma víctima abogaba por él. Los abusos no se limitaban a los golpes e insultos. Los conocidos de Rosa afirman que el dinero que ella ganaba se lo quitaba su esposo para embriagarse y después, en agradecimiento la golpeaba. Algunas veces ella, para evitar las cotidianas palizas, lo acompañaba en sus farras. Una de las hijastras del hombre, sufrió como Rosa, al ser abusada sexualmente. El día del incidente, bajo la influencia del licor, la paciencia de la mujer llegó a su límite y en un intento desesperado por poner fin a su sufrimiento mató a su esposo, a la persona a quien aun ahora dice seguir amando. En el lugar donde vivía Rosa, un remolino de ropa, zapatos y utensilios del hogar son el rastro que dejó la tragedia. La champa de lámina donde vivía fue desmantelada por una de sus propias amigas de copas. La noticia de este caso inundó los periódicos y noticieros. Hubo muchos que compadecieron a la mujer, a tal grado que en menos de una semana ella estaba libre, gracias a la presión de los medios. Después de todo lo sufrido por la mujer, queda la incognita de qué habrá hecho aquel machista golpeador de mujeres para que ella lo quisiera tanto. El día del juicio, ella misma aseguró que todavía lo amaba. Sin duda, hubo un chispa de felicidad perdida en esos diez años de abusos que le impedía dejarlo y que, de estar vivo, le haría regresar con él. ervillalobos@elsalvador.com
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