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PIEDRA
DE TOQUE
¿Cómo
liquidar a Sadam Hussein?
Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com
Las ceremonias del 11 de septiembre algo tuvieron de danza guerrera.
El presidente Bush aprovechó muy hábilmente la melancólica
emotividad del momento y desenterró el hacha. El mensaje era
claro: su gobierno está decidido a atacar a Iraq y a desalojar
del poder a Sadam Hussein a menos de que el dictador iraquí acepte
una inspección total de su territorio. Bush lo hará con
el auxilio de Naciones Unidas o sin él. Con la OTAN o sin ella.
Con aliados o solo. No será, claro, una guerra imperialista en
busca de territorio o de control sobre el petróleo, sino un acto
de legítima defensa realizado con carácter preventivo
ante los informes de inteligencia que dan cuenta de los crecientes esfuerzos
de Bagdad por hacerse de armamento nuclear y biológico, si es
que ya no cuenta con él en sus arsenales.
El asunto es peliagudo. ¿Existe la legítima defensa preventiva
o hay que dejar que se produzcan los ataques antes de encarar al enemigo?
Si dos semanas antes de Pearl Harbor, provisto de informes de sus servicios
de espionaje, el presidente Roosevelt hubiera lanzado sus aviones sobre
la flota japonesa, ¿cómo hubiera respondido la opinión
pública norteamericana? Probablemente le habría dado la
espalda, acusándolo de guerrerista y de irresponsable, pues en
diciembre de 1941 la mayoría de la sociedad norteamericana no
quería participar en la lucha contra el Eje.
Un poco de historia
En 1939, poco antes del comienzo de la guerra, el premier inglés
Neville Chamberlain se había convertido en el político
más popular de Gran Bretaña cuando anunció que
la paz se había salvado y los nazis de Adolfo Hitler estaban
satisfechos y apaciguados con las concesiones territoriales
de los aliados a expensas de Checoslovaquia. Pocos meses más
tarde los ejércitos alemanes invadían Polonia. ¿Qué
hubiera ocurrido si Chamberlain le hubiera declarado una guerra preventiva
a Hitler? Seguramente hubiera sido oportuna la destrucción de
los blindados y de la aviación germana en sus cuarteles y hangares,
Europa acaso se habría ahorrado una parte sustancial de los horrores
de la Segunda Guerra, pero la carrera política de Chamberlain
hubiera llegado a su fin en medio del escarnio de sus compatriotas.
En la tradición occidental, regida por la ética judeocristiana,
las guerras son así: necesitan un asidero moral para estar justificadas
y a veces no es sencillo dar con un buen argumento. En el siglo XVI
los españoles se devanaban los sesos para encontrar las causas
justas que permitieran hacerles la guerra a los indígenas
del Nuevo Mundo, ocupar sus tierras y someterlos a servidumbre. Las
encontraron en Santo Tomás y en el derecho, y encargaron a un
jurista, Palacios Rubio, que redactara un requerimiento
que sirviera para esos fines. Se trataba de un documento que el representante
de la Corona leía en presencia de los azorados indios -que no
entendían una palabra-, por el que se les conminaba a aceptar
la autoridad del monarca español y el carácter de verdad
universal de la Iglesia Católica. De no admitir esas dos premisas,
inmediatamente se les notificaba que se les haría la guerra a
muerte, justa y necesaria, sin compasión ni tregua. Después
de la lectura comenzaba la matanza.
Aliados locales
Probablemente Bush tiene razón y Saddam Hussein se prepara para
cometer alguna salvajada mayor. ¿Qué esperar de un energúmeno
que cuenta entre sus víctimas hasta a sus propios yernos? Pero
tal vez el camino tomado para frenarlo no es el más sabio. Hace
medio siglo, durante la Guerra Fría, el republicano Ike Eisenhower,
cuando creyó que los intereses estratégicos de Estados
Unidos corrían peligro en Irán y en Guatemala, adoptó
otra estrategia más sinuosa, pero acaso más efectiva:
utilizó los servicios de inteligencia para apuntalar a sus amigos
y derrocar a sus enemigos.
No fueron operaciones sutiles en las que no se vieron las huellas de
Washington, sino intervenciones indirectas más o menos enmascaradas
con la utilización de aliados locales.
En realidad, con la excepción de la guerra con México,
en la que Estados Unidos se apoderó de una enorme franja de terreno
que hoy constituye todo el sudeste del país, a los norteamericanos
jamás les han salido bien las intervenciones militares unilaterales.
Ganan las batallas, pero enseguida comienza a perder la paz. La docena
de expediciones lanzadas en el Caribe en el primer tercio del siglo
XX, a la larga resultaron inútiles o contraproducentes. Apoderarse
de Filipinas en 1898 fue un costoso disparate resuelto después
de la Segunda Guerra.
Puerto Rico, a los ciento cuatro años del desembarco norteamericano
sigue siendo un problema pendiente de solución. Ocupar Irak significa
abrir la caja de Pandora y exponerse a las imprevisibles represalias
de todos esos demonios sueltos. ¿No sería más sensato
intentar una vía irregular para liquidar a ese gobierno enemigo?
Una guerra abierta y franca, a tambor batiente, puede ser un error difícilmente
rectificable. No hay "causas justas" para desatarla y al presidente
Bush le puede costar carísima. Incluso, su segundo mandato.
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