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PIEDRA
DE TOQUE
Nihilistas
del siglo XXI
Mario Vargas Llosa
vertice@elsalvador.com
He conmemorado el 11-S leyendo Dostovieski en Manhattan, de André
Gluksmann, filósofo francés que, rara avis de la especie,
es genuinamente anti-autoritario y no teme embestir contra la corrección
política. Su libro es una ambiciosa tentativa, no del todo exitosa
aunque interesante, para explicar las acciones terroristas que demolieron
las Torres Gemelas y parte del Pentágono como la manifestación
extrema de una tradición nihilista, proteica y renaciente, que,
antes y mejor que nadie, habría descrito Dostoievski en las pandillas
de fanáticos mesiánicos que pueblan sus novelas, sobre
todo Los Poseídos.
Los nihilistas de su libro no son sólo los militantes clandestinos
de Al Qaeda y las organizaciones similares que por motivos religiosos
o políticos han llegado a la conclusión de Bakunin que
lo primordial, antes que pensar en construir un orden nuevo, es destruir
el existente, aunque ello implique el asesinato masivo de inocentes.
También lo son los gobiernos que, en nombre de la razón
de Estado, practican el terror con deliberación y alevosía,
y, como el de Putin en Rusia -es el ejemplo que Gluksmann desarrolla
con más detalle- en su represión de la insurrección
en Chechenia, cometen abominables crímenes contra los derechos
humanos que, a diferencia de lo ocurrido el 11-S en Estados Unidos,
la gran mayoría de la opinión internacional desconoce
o no quiere conocer. Esta tesis es defendible, desde luego, pero ella
hubiera adquirido mayor peso si, además de Chechenia, Gluksmann
la hubiera ilustrado también con casos igualmente próximos
que la avalan como las limpiezas étnicas de Milosevic en la ex-Yugoeslavia
y la actual política del Gobierno de Sharon en los territorios
ocupados de Palestina.
Gluksmann, arriesgando su vida, pasó un mes con los guerrilleros
chechenos y el testimonio de los horrores y el heroísmo que allí
vio son las páginas más conmovedoras de su libro. También,
las más persuasivas en su condena de los gobiernos occidentales
que, esgrimiendo las consabidas excusas del pragmatismo y la realpolitik,
han optado por eclipsar el tema de Chechenia de la agenda política
internacional y aceptar las tesis del Gobierno de Putin de que la lucha
de Rusia en el Cáucaso es, como la de Estados Unidos contra los
talibanes de Afganistán, un combate de la democracia contra el
fundamentalismo terrorista. Esta crítica es convincente, desde
luego. Pero lo es menos, a mi juicio, la visión poco menos que
idílica que Gluksmann esboza del islamismo checheno, según
él tolerante, abierto, nada machista y democrático, algo
que no se ajusta del todo con otras versiones que dan de él o
se desprenden de testimonios no menos favorables a la causa de la emancipación
chechena. Es inevitable, dadas las circunstancias y el contexto de aquella
rebelión, que el extremismo islámico la haya infiltrado,
aunque ello, por supuesto, de ningún modo justifique las matanzas
y los crímenes contra el pueblo checheno del Ejército
ruso que Dostovieski en Manhattan documenta de manera abrumadora.
Gluksmann destaca la lucidez con que la gran literatura supo identificar,
antes que los filósofos y sociólogos, las raíces
del nihilismo. Además de Dostovieski, su libro contiene sutiles
análisis sobre Pushkin y Chéjov, que, en sus poemas, obras
de teatro y relatos proyectaron el instinto de muerte que impregna la
conducta nihilista y los estragos que provoca. Pero también critica
con dureza la ceguera de los intelectuales, algunos muy ilustres, que
se dejaron deslumbrar por figuras carismáticas que, desde el
poder, los tentaban, seducían o corrompían, y a las que
endiosaron como cortesanos abyectos. Los dos ejemplos que él
pormenoriza con citas sublevantes producen vértigo. Portavoces
tan insignes de la Europa de las Luces como Voltaire y Diderot echaron
incienso y proclamaron libertadores y modernizadores a los zares más
despóticos y sanguinarios, con adjetivos y metáforas que
recuerdan las coronas poéticas con que bardos más modernos
homenajearon al Padrecito de los Pueblos, el Compañero Jefe,
el Caudillo o al Padre de la Patria Nueva.
Una grave falla
Junto con brillantes hallazgos y agudos comentarios, en el libro aparecen
también arbitrariedades, gestos y desplantes que difícilmente
resisten un análisis serio. El más criticable de todos,
para mí, es su tesis según la cual Flaubert, al igual
que lo haría más tarde el autor de Los hermanos Karamazov,
radiografió la personalidad nihilista -el fanático abocado
a la destrucción del otro y en última instancia de sí
mismo, sin presentar una alternativa a la realidad social que quiere
aniquilar- en el personaje de Emma Bovary. Confieso haber dado un brinco
de indignación en el asiento al leer, en Dostovieski en Manhattan,
esta frase disparatada: Emma et Atta, même combat!
El Atta en cuestión es, claro, nada menos que Mohammed Atta,
el asesino de mirada glacial que dirigió la operación
terrorista del 11-S y pilotó uno de los aviones secuestrados
que se incrustaron en las Torres Gemelas de Manhattan.
Un honesto y valeroso filósofo puede ser un pésimo crítico
literario y me temo que Gluksmann lo sea, por lo menos a la hora de
leer a Flaubert. ¡Pobre Emma Bovary! Siglo y medio después
de su muerte, todavía hay varones insensibles que siguen maltratándola.
La interpretación que hace de ella Gluksmann, ¡pensador
libertario!, tiene algo del tufillo puritano y prejuicioso con que los
críticos bien pensantes de 1857 atacaron la novela, acusándola
de inmoral, y no está muy alejada de la del fiscal que pidió
prohibirla porque, a su juicio, la conducta de Emma transgredía
los valores sagrados de la familia, la religión, la moral social,
y hacía escarnio de la fidelidad conyugal y el buen ejemplo materno.
Emma Bovary fue una esposa traviesa y una madre descuidada, sin duda,
pero lo fue porque había en ella una rebelde que, en la asfixiante
sociedad que le tocó -una cárcel para su espíritu
inquieto, insumiso, y atizado, como el de Cervantes por las novelas
caballerescas, por la literatura romántica- intentó vivir
la ficción, tener una gran pasión, gozar con sus sentidos
y su fantasía, elegir su propia vida en contra de las convenciones
y los tabúes estúpidos que la cercaban. No era una intelectual,
pero sus instintos nunca la engañaron y siempre intuyó
que todos los riesgos que corría eran otras tantas batallas que
libraba en favor de la libertad. La verdadera, la única concreta
y real, la del individuo soberano, una libertad que su tiempo sólo
concedía a los varones propietarios y rentistas, y a ninguna
mujer. Fracasó en su empeño, por supuesto, porque luchaba
sola y sin comprender bien todas las sutilezas de esa guerra sutil,
pero su fracaso, como el de Alonso Quijano, a ella la engrandece y empequeñece
a quienes la acorralaron y empujaron al suicidio. Emma Bovary no amaba
la muerte sino la vida -no se avergonzaba de sus deseos ni de sus instintos
y hubiera querido que el mundo fuera tan bello y gozoso como el de las
novelas que la enternecían-, y asociar su idealismo rebelde al
nihilismo es tan desmesurado como considerar al Quijote, por los mandobles
que lanzaba, el padre putativo de Osama Ben Laden.
Espíritu xenófobo
Gluksmann asimila, con justicia, las prácticas nihilistas al
antisemitismo, y relata la fabricación fraudulenta, en Rusia,
a partir de un plagio del libro de Maurice Joly, Diálogo en los
infiernos, de Los protocolos de Sión, libro que supuestamente
probaría la conspiración del judaísmo internacional
para apoderarse del mundo. Este embauque fue utilizado, primero por
la policía zarista, luego por los nazis, y finalmente por el
estalinismo y algunas satrapías islámicas para justificar
los progromos, la solución final, y las persecuciones
antisemitas. Estas sólidas y persuasivas páginas hubieran
ganado mucho, si Dostovieski en Manhattan hubiera incluido, además,
otras manifestaciones contemporáneas del racismo y del espíritu
xenófobo, sobre todo en Europa, donde la paranoia desatada en
torno al tema de la inmigración está generando cada día
más, y de modo alarmante, un sentimiento anti-árabe, anti-africano
y anti-latinoamericano que, además de desencadenar múltiples
atropellos y abusos, socava las instituciones básicas de la democracia.
Hace algo más de medio siglo, Albert Camus escribió, en
El hombre rebelde, unas páginas soberbias sobre los mismos nihilistas
rusos en los que André Gluksmann ve los antecesores de los discípulos
de Ben Laden que provocaron la orgía homicida del 11-S. Al espíritu
pacifista y sensible de Camus repugnaba, por supuesto, la frialdad mental
de aquellos homicidas delicados que, convencidos de que
el asesinato era una solución para los problemas políticos,
asesinaban, inmolándose a la vez junto a su víctima. Pero,
pese a todo, advertía en ellos, sin excusar su crueldad, una
aureola romántica y un cierto anhelo desesperado de justicia.
Sus crímenes eran individuales, operaciones de uno a uno, en
las que el verdugo miraba a los ojos a su víctima. Esa aureola
romántica ha desaparecido por completo en esos nihilistas, asesinos
desalmados, que incendian las páginas de Dostovieski en Manhattan
y con toda razón. ¿Qué aureola romántica
podrían lucir ahora, quienes, gracias a la tecnología
moderna del terror, pueden, en pocos segundos, provocar miles de víctimas
inocentes, personas a las que el asesino jamás ha conocido y
contra las que no tiene agravio personal alguno? A diferencia de Raskolnikov,
Stavroguin o Nechaev, el terrorista moderno no mata a seres de carne
y hueso, sino a blancos abstractos, a fantasmas fraguados por sus miedos
y sus odios recónditos. Mohammed Atta y todos sus congéneres
son infinitamente más peligrosos para la supervivencia de la
civilización que los homicidas delicados del siglo
XIX, y por eso deben ser combatidos, perseguidos en sus madrigueras,
y derrotados. Es preciso recordar, como afirma Gluksmann en la última
frase de su libro, que el nihilismo no es invencible.
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