22 de septiembre de 2002

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PIEDRA DE TOQUE

La segunda muerte de
Roberto Robaina


Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Hace tres años Roberto Robaina fue políticamente fusilado y se le enterró sin honores en ese enorme panteón de las no-personas en el que Castro coloca a quienes pierden su divina predilección. Ahora han exhumado su cadáver con el objeto de volver a liquidarlo, podándole todos los cargos formales que todavía conservaba, aunque no ejercía. ¿Qué ha pasado? Muy sencillo: el ex gobernador mexicano de Quintana Roo, Mario Villanueva, preso por narcotráfico y otros delitos graves, probablemente será extraditado a Estados Unidos y saldrán a la luz pública sus relaciones con el gobierno cubano y su paso nada honroso por la Isla. Castro quiere tener listo su chivo expiatorio y quién mejor que Robertico Robaina, amigo de Villanueva, para ser culpado de esos vínculos delictivos.

¿Hay algo más tras este episodio? Por supuesto, y seguramente más importante que lo anterior: se acerca el congreso del Partido y Castro se propone eliminar de la dirigencia a todos los que no profesen su curiosa creencia en que el comunismo es un sistema moral y materialmente superior al que exhiben esos pobres países como Holanda, Inglaterra o Estados Unidos. El Comandante planea, como Herodes, eliminar a todos los presuntos Mesías reformistas que un día puedan instaurar el sentido común en esa isla atormentada. Comenzar la purga con Robaina era todo un símbolo.

Caído de la gracia

Pobre Robertico. Hace pocos años deambulaba por medio planeta representando al gobierno de Fidel Castro. Era un muchacho jovial, vestido de salsero, listo y vivaracho, cuya mayor contribución a la ciencia política había sido el “brinco ideológico”. ¿Qué era eso? Era una curiosa danza ceremonial en la que Robertico gritaba “¡el que no salte es yanqui!” y todos los presentes comenzaban a botar y rebotar hasta hacer patentes las gloriosas diferencias que los separaban de los vecinos imperialistas. Hay videos de Fidel Castro saltando como un cangurito, mientras mira a la cámara y a Robaina con el rencor de quien sabe que lo están sometiendo a una humillante estupidez.

Sin embargo, Robaina había sido un descubrimiento del Comandante. Éste se sintió atraído por la frescura del líder de los jóvenes comunistas, y en 1993 lo nombró Canciller, entre otras razones, para alejar de ese puesto a Ricardo Alarcón, un veterano político al que dentro y fuera de Cuba comenzaban a ver como el mejor sucesor de Castro, el más razonable y prooccidental, capaz, en su momento, de iniciar alguna suerte de transición hacia la democracia. Fidel sospechaba de la formación y la información de Alarcón, un hombre mundano y educado que había vivido en New York la mitad de su vida adulta, lo que inevitablemente le servía como contraste para analizar la fracasada realidad cubana. Robaina, en cambio, era un “guajirito” que sólo conocía la experiencia de la Isla y poseía una visión del mundo creada por los discursos de su Máximo Líder. Era, pues, lo que Castro necesitaba: un muñeco de ventrílocuo que reproduciría dócilmente las palabras y el discurso de su dueño y señor, un joven dotado de una lealtad primaria, acrítica, casi perruna, que le impedía pensar por cuenta propia.

El modelo democrático

Pero no sucedió así. Antes de cumplir seis meses al frente de las relaciones exteriores Robaina se dio cuenta de que lo habían estafado. El impacto de ciudades como París o Madrid, incluso Buenos Aires o Ciudad México, y comprobar la superioridad del modelo democrático capitalista, le confirmaron la vieja aseveración que tantas veces le había escuchado a su propio padre, un ex tabaquero con gran sentido del humor: el comunismo era una espantosa calamidad de la que convenía escapar a bordo de cualquier cosa. Convicción a la que muy pronto agregó otra conmovedora certeza que tuvo que mantener en secreto: Fidel Castro, lejos de ser un sabio estadista, no era otra cosa que un viejo charlatán, patológicamente terco, empeñado en una lectura de la realidad que no se compadecía con la evidencia.

Sólo que Fidel no tardó en advertir la transformación ideológica del discípulo amado. El muñeco había dejado de repetir las palabras del ventrílocuo y, como en las pesadillas de Hollywood, cobraba vida propia y comenzaba a desempeñar el papel del que Castro había querido apartar a Ricardo Alarcón: se sentía un delfín reformista. Posición, por cierto, para la que había otros evidentes candidatos. Por aquellos años, a mediados de los noventa, varios presidentes y cancilleres afirmaban en privado que el heredero, la dulce esperanza blanca, era Carlos Lage, mientras otros anotaban nombres menos familiares: Abel Prieto, Ministro de Cultura, Eusebio Leal, Historiador y Reconstructor de La Habana, Remírez de Estenoz, Vice Ministro de Relaciones Exteriores. Incluso Raúl Castro, de quien se decía que algún día llegaría a dirigir la anhelada reforma.

El problema del Comandante -que acabó por ser el de Robaina- tiene mal arreglo. Tan pronto los funcionarios salen del manicomio cubano y conocen el mundo occidental y la economía de mercado, llegan a la conclusión de que viven en un sistema disparatado. Castro los sustituye por otros, pero al cabo de muy poco tiempo les ocurre exactamente lo mismo. Eso no tiene arreglo.


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