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TEMA
DE PORTADA
Perdidos
en su propia tierra
En
San Miguel la sequía golpea fuerte. Los cultivos mueren o crecen
débiles. La gente subsiste como puede. Una esperanza para mejorar
la vida descansa en la creación de granjas avícolas y
porcinas, y la creación de tanques de captación de agua
Víctor Hugo Dueñas
vertice@elsalvador.com
La
tierra del norte de San Miguel recrea un típico desierto rocoso,
combinado con arcilla roja quebradiza.
Arboles de morro, capaces de resistir la falta de agua y la inclemencia
del sol, dominan buena parte del lugar.
En verano, la resequedad de algunas zonas impacta de sobremanera. En
invierno, pequeñas caídas de agua y riachuelos ablandan
el panorama.
La tendencia desértica se ha registrado durante años.
Al punto que las siembras de maíz, maicillo o frijol se han convertido
en una verdadera apuesta para los pobladores -la cual pueden ganar o
perder-.
Cantones El Cucurucho y Jardín, del municipio Nuevo Edén
de San Juan son los más representativos del desierto
migueleño.
En verano esto es cruel, la gente agarra agua de cualquier charquito,
ai andan con los cántaros para arriba y para abajo,
comenta don Pablo Díaz Vásquez, del caserío Sincuya,
en la comprensión de Jardín.
La apertura de pozos para obtener agua subterránea fue una idea
que terminó por abandonarse. Luego que, a pocos metros de profundidad,
se topara con una capa de piedras, hasta ahora imposible de romper a
lo largo y ancho de los sitios poblados.
Solo en Cerro El Marillo, a un par de kilómetros de los asentamientos,
fue posible calar y encontrar un poco de agua.
Durante meses los habitantes trabajaron en la construcción de
un tanque y la colocación de un sistema básico de cañerías
que termina en chorros públicos.
El agua (del pozo) no es eterna, añade don Pablo.
De ahí que se piense en la construcción de tanques para
captación de aguas lluvias.
Una red aérea de conductos, que enlace las caídas de agua
de los tejados cercanos a la iglesia del pueblo, será construido
próximamente.
Los acueductos terminarán en un tanque contiguo al pequeño
templo católico.
La sed se calmará un poco y mucho más si se encuentran
otras formas de preservar agua. Falta, no obstante, aliviar un problema
más complejo, que tiene que ver con la subsistencia diaria -actual
y futura- de los habitantes.
¿Microempresarios?
De Cucurucho a Jardín son apenas diez minutos en vehículo,
sobre una calle de piedras y tierra.
Cucurucho está en la cima de una montaña. Desde
allí puede verse cómo el Río Sumpul delimita El
Salvador y Honduras.
Además del vínculo geográfico que los une, ambos
lugares experimentan una transformación microempresarial, que
intenta mejorar la vida de los habitantes. Se trata de una granja avícola,
que administra don Pablo y su esposa, Cándida.
El hombre, estatura baja, encorvado, bigote y sombrero, reconoce haber
sido el único en aceptar, sin titubeos, el proyecto.
La gente no quiso, no quiere trabajar quizá, comenta.
El también regidor municipal cuenta, a la fecha, la producción
diaria de entre 10 y 11 cartones de 36 huevos cada uno. Además
de la venta de 200 gallinas, que fueron sustituidas por nuevas.
Hoy si comemos huevos frescos. La gente de los caseríos
pasa comprando huevitos y gallinas cuando ai, dijo, en respuesta
a cómo el proyecto ha cambiado su vida y la de sus vecinos.
La microempresa se reconoce como un éxito. Aunque, como advierte
don Pablo, su vida y la de su familia también depende de las
ocho vaquitas que posee. Yo me gusta luchar con ganado también...
Sacamos un poquito de cada cosa, la cosa es pulsear, señala.
La humildad que lo caracteriza no le impide hablar con propiedad sobre
el manejo de la granja: la alimentación y vacunas de las gallinas;
el sistema de bebederos y nidos; el control de iluminación natural
o artificial, así como la importancia de cambiar la granza (dispersa
sobre el piso de cemento) y destinarla como abono orgánico, debido
a la cantidad de residuos de gallina que acumula.
Conocer y, en especial, implementar una tecnología avanzada (en
condiciones salubres y no contaminante) en la producción de huevos,
que además posibilite un desarrollo sostenible, es lo que diferencia
la granja de gallinas Jardín de otras posibles.
La obra se debe, en buena parte, al Comité de Integración
y Reconstrucción para El Salvador (CIRES), una organización
no gubernamental que intenta cambiar las difíciles condiciones
de vida en Nuevo Edén de San Juan y en otras zonas del norte
de San Miguel.
Trabajo en serio
Teponahuaste,
en el municipio de Ciudad Barrios, y Amapala y Amapalita, en Amapala,
comparten una historia común de pobreza junto a Nuevo Edén
de San Juan.
En Teponahuaste un grupo de mujeres abandonó sus rutinarios quehaceres
domésticos, por tareas de corte y confección.
Bajo un corredor techado, en el traspatio de la casa de adobe de Elsa
Romero funciona un taller de costurería.
De manera permanente, María Romero, de 22 años, y su cuñada
Magda se dedican a la hechura de vestidos y de trajes pantalón
para mujeres.
Las dos forman parte de las nueve lugareñas capacitadas en costura.
Nos ayuda bastante (la costura). Antes sólo hacíamos
oficios, hoy ganamos algo, expresa María.
Magda, por su parte, refiere el interés de otras vecinas por
aprender el oficio.
Hay otras que se quieren capacitar y va a ser más adelante,
sostiene.
CIRES también es el responsable de este segundo proyecto.
Les agradecemos a ellos que sacaron el proyecto y gracias a Dios
que aprendimos, expresa Magda.
En esa misma casa, pero al fondo de la parcela que utilizan para siembra
de maíz, se levanta una pequeña galera como señal
de otro proyecto microempresarial de la familia Romero.
A medida se avanza hacia la construcción, aumenta el piar de
unos pollos de engorde.
Doña Rosa, madre de Elsa, es una de las responsables directas
del cuido de los 300 animales.
Hay días que a las tres de la mañana ya (los) andamos
atendiendo, sostuvo.
Ella, junto a sus familiares, construyó la galera, de acuerdo
con las características sugeridas por los técnicos de
CIRES.
El piso es de cemento, las paredes solo con malla metálica; del
techo penden los comederos y bebederos.
Lo más importante, dona Rosa dedica horas completas a los pollos,
para vacunarlos, limpiar el lugar y, posteriormente, dedicarse a la
venta callejera de los animales.
Según doña Rosa, la libra de pollo en pie
(con plumas) cuesta seis colones 50 centavos. De acuerdo con la lugareña,
la intención es llegar a producir (vender) cien pollos semanales.
Aunque las esperanzas de la mujer y sus familiares se depositan en la
microempresa, doña Rosa demuestra con hechos su arraigo por la
crianza de animales al estilo del campo.
Ella posee una camada de patos de dos semanas de edad, aproximadamente;
otra de 10 pollitos variopintos; además de un jolote
(chompipe), tres jolotas y una camadita más de chimpipitos. Curiosamente,
una de las jolotas acaba de convertirse en madre de nueve
chompipes y tres pollitos.
En
Amapala
Josías es el hijo mayor de Roque Romero y su esposa, Reina Isabel.
Está por cumplir 13 años.
Por
las mañanas dedica su tiempo al cuido de la granja avícola
(que funciona desde marzo pasado); por las tardes, estudia el séptimo
grado.
Sus padres, junto a cuatro socios más, administran la granja.
El niño destaca entre la comunidad, por ser el único entregado
de lleno al cuido de las gallinas ponedoras, en relación a otros
pequeños de su edad.
Sabe que los animales consumen 100 libras de concentrado al día
y que a diario se recogen 365 huevos aproximadamente. Yo las cuido,
dice Josías.
Los huevos abastecen Amapala y los cantones cercanos, así como
los poblados de Sesori, San Antonio y San Luis.
La granja funciona con normalidad y la producción es rentable.
Sin embargo, uno de los problemas de los avicultores tiene que ver con
las características del terreno arcilloso.
En invierno, las calles se empantanan y los vehículos particulares
como del transporte público dejan de circular. Para los productores
urge la reparación de las vías de acceso.
Unos metros antes de llegar al criadero de aves, se encuentra la casa
de Nora Irma Ventura, quien trabaja como promotora de salud, asistida
por su hija Esperanza.
Una casa cercana, de una sola habitación, con una camilla, un
cama y una repisa de madera, se ha habilitado como clínica.
Las dos son responsables de brindar primeros auxilios, administrar el
dispensario y llevar los controles clínicos (en expedientes escritos)
de los residentes de 195 casas a la redonda.
Yo veo (gente de) Tamarindo, Pulgatorio, San Isidro y San Cristóbal,
comenta doña Irma
Los controles de nutrición de niños y niñas y hasta
el programa de planificación familiar, denominado el collar
(similar al método de ritmo), son responsabilidad de doña
Nora.
A ella se debe el nacimiento de 41 niños y niñas. Es más,
una de las pequeñas fue bautizada con su nombre.
A kilómetros de ahí, en las cercanías de Cerro
El Tablón, funciona una granja porcina.
La familia Portillo, integrada por Armando, Orbelina y sus tres hijos,
aprenden a vivir de la crianza de estos animales.
De mantenerse los proyectos, la calidad de vida de los habitantes en
las zonas del norte de San Miguel posiblemente mejorará.
El esfuerzo propio y el apoyo de organizaciones no oficiales superaría
la abrumadora desatención oficial y las adversas condiciones
naturales de los sitios.
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DESARROLLO
PARTICIPATIVO
El Comité de Integración y Reconstrucción
para El Salvador (CIRES) respalda los proyectos microempresariales
y de salud en la zona norte de San Miguel. Representantes de la
organización reconocen como exitosas las obras.
Tres años han sido suficientes para que los habitantes
de la zona norte migueleña, advierten cambios en su forma
de vida.
La transformación comenzó con el proyecto de gallinas
ponedoras. Ahora se impulsan las granjas de pollos de engorde
y la granja de cerdos.
Además de las agroindustrias, la institución desarrolla
un programa de salud con orientación preventiva.
La agroindustria es desarrollada por todos los interesados (a
nivel familiar o grupo de familias y socios), en tanto la atención
requiere de un proceso de selección.
CIRES escoge a personas líderes de la comunidad para ser
capacitadas sobre primeros auxilios, atención de partos,
asistencia a pacientes con enfermedades comunes, entre otras.
De acuerdo con las evaluaciones realizadas por CIRES, se
ha logrado cambios significativos en la disminución de
la morbilidad y la mortalidad de la población de mujeres,
niños y niñas.
La base de los proyectos (agroindustriales o de salud) descansa
en la participación activa de la comunidad.
Según informes de CIRES, los planes avícolas y porcinos
se enmarcan en el proyecto Microproducción y Desarrollo
de San Gerardo, Nuevo Edén de San Juan, Sesori y Ciudad
Barrios.
La obras se impulsan con financiamiento de la Fundación
Interamericana (FIA).
Se ha destinado un millón 750 mil colones ($200,000) para
los proyectos microempresariales.
Se espera crear 27 microempresarios, además de capacitar
a las personas en áreas técnicas como corte y confección
y panadería.
La modalidad de atención hacia los pobladores implica actividades
de seguimiento por parte de equipos técnicos permanentes
en las zonas donde operan los grupos organizados.
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