15 de septiembre de 2002

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Diagnóstico comunitario
Profesores en común

En todos los “centros” que Vértice visitó, la estructura del diálogo y el diagnóstico siempre fue la misma, donde se resaltó lo sentimental, los problemas económicos y la maldad de las personas a nuestro alrededor. La respuesta a este torbellino se simplifica con mucha fe y dinero.

Equipo Vértice

vertice@elsalvador.com

Los templos cuentan con imágenes religiosas y candelas de varios colores.
Se toma nota de la identidad del cliente quien es registrado.
En el cuarto donde se realiza la cesión, se ha instalado un escritorio, dos sillas y se ha edificado un altar.
Se pregunta el nombre completo, fecha de nacimiento, zona de residencia, con quién vive y sus condiciones económicas.
Lo primero que se pregunta es el medio por el cual se enteró que existía el lugar.
Se trata de hacer sentir bien a la persona al indicarle que es de buenos principios, tolerante y sensible. Por lo que esa bondad de personalidad, es aprovechada por personas envidiosas.
Se leen el significado de las cartas del Tarot o las líneas de la mano. En ellas se señalan peligro, por lo que se pide el nombre de un familiar o amigo muerto a quien ellos se encargaran en invocar.
Se afirma que los problemas por los que pasa, son generados por personas del trabajo o vecino. Por lo que corre peligro su vida.
Se le pide que no haga comentario con nadie sobre la visita y si es posible que la próxima visita no se haga acompañar.
Se diagnostica que se ha efectuado un posible hechizo por lo que hay que realizar una “limpia“ a un costo que va desde 205 dólares a 350.
El “mal” quedará resuelto entre tres a siete días. Mientras más rápido se entregue el dinero mejor.
Tiene que haber una segunda y hasta tercera visita.
El supuesto hechizo se le comprueba al cliente, con la lectura de las líneas de la mano derecha o con el frote de un algodón en todo el cuerpo. Este, al introducirse en un vaso de vidrio y combinarse con agua, despide en el interior una sustancia color oscuro claro. Ellos dicen que es tierra de cementerio.
Según Carmen Menjívar, del laboratorio de Ingeniería Química Agrícola de la UCA, el color amarillento y oscuro que toma el algodón, puede deberse a que el recipiente contenedor donde se pide que se deposite el agua, puede estar previamente untado de yoduro de potasio, el cual se oxida al contactar con el agua.
“También pude utilizarse otro tipo de colorante o indicador que cambie el PH del agua y por eso cambie de color. Pero sería necesario hacer un análisis de una pequeña muestra para estar seguros”, señala.
Este tipo de sustancias puede conseguirse en cualquier venta de reactivos químicos a un costo accesible.

“Usted será una diosa”

Una simple alopecia, ocasionada por estrés, se convirtió en un “demonio envidioso” que me acosa en el trabajo. Tres mil trescientos colones serían la solución. Y una “limpia” tan “potente“ que me generaría un posible desmayo.

“Pero usted tranquila, mamita, que aquí va estar ‘Yurman’ para agarrarla por si se desvanece, ¿me oyó?”. Y el hombre moreno, robusto y de estatura media se levantó abruptamente, como recordando algún pendiente, salió del cuarto, no sin antes ordenarme que rezara un Padre Nuestro y un Credo, mientras mantenía mis manos una sobre otra, en forma de cruz, sobre su escritorio.
Aproveché para observar el lugar: un pequeño cuarto de unos nueve metros cuadrados, donde sólo estaba instalado un escritorio de oficina y, en una esquina, un santo que no supe identificar, calentado por una veladora roja.
En la pared que tenía enfrente, colgaba una enorme imagen del “santo niño” y, sobre el escritorio, un crucifijo pequeño y una vela negra con forma de cuerpo de mujer, atada de ojos, vientre y pies. A mi izquierda, un closet de madera cerrado con llave, la cual pendía de una hendidura dorada. Unos tres minutos después, abrió la puerta con mucha fuerza:
- ¿Ya terminó mamita? Mire que lo suyo es grave y debe hacer bien las oraciones, para que el conjuro nos funcione.
- ¿Conjuro? Si yo sólo quiero que me diga cómo hacer para evitar que se me caiga el pelo, porque lo que me ha dicho el doctor no me ha funcionado. ¿No tiene algo natural para que me ayude?
- Yo creo que usted no me ha entendido, “m’ija”, cómo se nota que no sabe de estas cosas. A su “mercé” se le está cayendo el pelo, porque en su trabajo hay una mujer que la quiere ver mal, fea, como pelona, pues. No sé si le quiere quitar al esposo, pero lo vamos a combatir.
- No tengo esposo
- Pero va a tener un día. Y esto es preventivo, “m’ija”. Le voy a hacer una limpia que ni el mismísimo “maluco” se va a atrever a hacerle daño. Usted será una diosa, intocable, pues.
- ¿Y qué tengo que hacer?
- Se me va a poner relajadita, muy tranquila, y yo le voy a hacer la “limpia” con hierbas y huevo, y va a quedar como nuevita. Le digo que es bastante fuerte, pero yo la agarro, mamita.
- Pero prefiero que me explique bien y regreso otro día. Hoy no vengo preparada.
- ¡Padre bendito! que no ve que le sale que en veinte días le va a pasar algo malo, muchacha. Si no se la hace ya, ¡yo no respondo!
- ¿Y cuánto vale?
- Tres mil trescientos colones, “m’ija”. Eso no es nada para la felicidad que le voy a dar. Como le digo, usted, tranquilita y cooperando, porque ese demonio está duro de sacar.
Pese a mis razones por no quedarme, insistió dos veces más, al punto de levantarse de su silla y hacer ademanes exagerados para demostrar su “preocupación”. Temí un poco cuando me tomó de los hombros y me miró fijamente para dar su estocada: “Váyase, entonces. Pero se va a acordar de lo que ‘Yurman’ le dijo. Y, óigalo bien, no quiero enterarme de las consecuencias feas. Adiós”.


“Pague o tendrá un infarto”

Tres “profesores” colombianos ubicados en distintos lugares de la capital coincidieron en señalar que yo era víctima de un hechizo provocado por gente que estaba a mi alrededor. La “cura” tendría un costo de entre 205 a 333 dólares. Pero sus apreciaciones sobre mi vida personal, estaban muy alejadas de la realidad.

El primer lugar que visité fue el Grupo Horus, ubicado en las cercanías de las Tres Torres. Un lugar acogedor que envidiarían muchos centros asistenciales. En un cuarto y frente a un escritorio me esperaba el “profesor Teodoro”, un hombre que sobrepasa los sesenta años de edad.
Apuntó en un cuaderno mi nombre y fecha de nacimiento. Sin más comentario, me invito a dividir las cartas del Tarot.
Al desplazarlas sobre la mesa, susurra y comenta que todo va bien.
- Usted tuvo una relación amorosa y esa mujer quedó resentida con usted. ¿Hace cuanto fue?
- Unos tres años, respondo.
- Usted es una persona emprendedora, pero en el trabajo hay un complot para sacarlo y en donde vive le tienen envidia. ¿Usted siente que el dinero se les va de las manos fácilmente?
- Si, continúo.
- Regáleme el nombre de un familiar querido o amigo fallecido.
- Jacinto Pilar.
- Ummm... Por la noche, tome un algodón y en el baño se lo frota por todo el cuerpo; guarde en un recipiente, agua de chorro. Eso me lo trae mañana. Ya no pagará los cien colones de consulta.
Al siguiente día y con encargo en mano, pasamos la nueva consulta. Me dijo que había hablado con mi amigo y dijo que estaba en peligro. Posiblemente era un paro cardíaco. De lo que no se aseguró el profesor era que ese tal amigo nunca existió.
Me ubicó de pie frente a un altar lleno de santos y flores. Realizó rápidamente invocaciones religiosas. Casi sin entenderse. Me entregó un vaso de vidrio donde se introdujo el algodón y luego de mantenerlo en la boca lo deposité en el recipiente. Al instante el algodón produjo un tono gris.
Ese es un mal y hay que hacer una limpia. Venga mañana, traiga toalla, talco y una loción y... en un sobre blanco $333. En menos de siete días lo libro del mal.
Luego visité al “Indio Amazónico Menquetevá”. Un joven llamado Diego de unos 23 años me atendió. Con un lapicero, dibujo en la palma de mi mano derecha, algunas señales. Hizo el mismo argumento sobre mi vida. Aseguró la existencia de un mal y que con el pago de $300 el mal se quitaría en menos de siete días. Insistió en que le dejara un adelanto para comenzar.
El último lugar en visitar fue “Secreto y Poder de las Siete Potencias”. En el apartamento de alquiler, una mujer de jeans muy ajustados y sus manos llenas de anillos, me esperaba. Su nombre era Paola. Aseguró que tenía un hijo y que mi mujer había abortado. Ambos éramos víctimas del mal y que nos querían separar. Ella disolvía el hechizo en 24 horas a un costo de $202.
Al final ninguno de los “centros” astrales, llenó mis expectativas. No se me ha diagnosticado problemas cardíacos y ni tengo un hijo y, sobre todo, no creo que exista un complot para echarme del trabajo, bueno eso creo hasta hoy...

Continuación
“Limpias” del alma y
del bolsillo
Más allá de la ley


 



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