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TEMA
DE PORTADA
Diagnóstico
comunitario
Profesores en común
En
todos los centros que Vértice visitó, la estructura
del diálogo y el diagnóstico siempre fue la misma, donde
se resaltó lo sentimental, los problemas económicos y
la maldad de las personas a nuestro alrededor. La respuesta a este torbellino
se simplifica con mucha fe y dinero.
Equipo Vértice
vertice@elsalvador.com
Los
templos cuentan con imágenes religiosas y candelas de varios
colores.
Se toma nota de la identidad del cliente quien es registrado.
En el cuarto donde se realiza la cesión, se ha instalado un escritorio,
dos sillas y se ha edificado un altar.
Se pregunta el nombre completo, fecha de nacimiento, zona de residencia,
con quién vive y sus condiciones económicas.
Lo primero que se pregunta es el medio por el cual se enteró
que existía el lugar.
Se trata de hacer sentir bien a la persona al indicarle que es de buenos
principios, tolerante y sensible. Por lo que esa bondad de personalidad,
es aprovechada por personas envidiosas.
Se leen el significado de las cartas del Tarot o las líneas de
la mano. En ellas se señalan peligro, por lo que se pide el nombre
de un familiar o amigo muerto a quien ellos se encargaran en invocar.
Se afirma que los problemas por los que pasa, son generados por personas
del trabajo o vecino. Por lo que corre peligro su vida.
Se le pide que no haga comentario con nadie sobre la visita y si es
posible que la próxima visita no se haga acompañar.
Se diagnostica que se ha efectuado un posible hechizo por lo que hay
que realizar una limpia a un costo que va desde 205 dólares
a 350.
El mal quedará resuelto entre tres a siete días.
Mientras más rápido se entregue el dinero mejor.
Tiene que haber una segunda y hasta tercera visita.
El supuesto hechizo se le comprueba al cliente, con la lectura de las
líneas de la mano derecha o con el frote de un algodón
en todo el cuerpo. Este, al introducirse en un vaso de vidrio y combinarse
con agua, despide en el interior una sustancia color oscuro claro. Ellos
dicen que es tierra de cementerio.
Según Carmen Menjívar, del laboratorio de Ingeniería
Química Agrícola de la UCA, el color amarillento y oscuro
que toma el algodón, puede deberse a que el recipiente contenedor
donde se pide que se deposite el agua, puede estar previamente untado
de yoduro de potasio, el cual se oxida al contactar con el agua.
También pude utilizarse otro tipo de colorante o indicador
que cambie el PH del agua y por eso cambie de color. Pero sería
necesario hacer un análisis de una pequeña muestra para
estar seguros, señala.
Este tipo de sustancias puede conseguirse en cualquier venta de reactivos
químicos a un costo accesible.
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Usted
será una diosa
Una simple alopecia, ocasionada por estrés, se convirtió
en un demonio envidioso que me acosa en el trabajo.
Tres mil trescientos colones serían la solución.
Y una limpia tan potente que me generaría
un posible desmayo.
Pero usted tranquila, mamita, que aquí va estar
Yurman para agarrarla por si se desvanece, ¿me
oyó?. Y el hombre moreno, robusto y de estatura media
se levantó abruptamente, como recordando algún pendiente,
salió del cuarto, no sin antes ordenarme que rezara un
Padre Nuestro y un Credo, mientras mantenía mis manos una
sobre otra, en forma de cruz, sobre su escritorio.
Aproveché para observar el lugar: un pequeño cuarto
de unos nueve metros cuadrados, donde sólo estaba instalado
un escritorio de oficina y, en una esquina, un santo que no supe
identificar, calentado por una veladora roja.
En la pared que tenía enfrente, colgaba una enorme imagen
del santo niño y, sobre el escritorio, un crucifijo
pequeño y una vela negra con forma de cuerpo de mujer,
atada de ojos, vientre y pies. A mi izquierda, un closet de madera
cerrado con llave, la cual pendía de una hendidura dorada.
Unos tres minutos después, abrió la puerta con mucha
fuerza:
- ¿Ya terminó mamita? Mire que lo suyo es grave
y debe hacer bien las oraciones, para que el conjuro nos funcione.
- ¿Conjuro? Si yo sólo quiero que me diga cómo
hacer para evitar que se me caiga el pelo, porque lo que me ha
dicho el doctor no me ha funcionado. ¿No tiene algo natural
para que me ayude?
- Yo creo que usted no me ha entendido, mija,
cómo se nota que no sabe de estas cosas. A su mercé
se le está cayendo el pelo, porque en su trabajo hay una
mujer que la quiere ver mal, fea, como pelona, pues. No sé
si le quiere quitar al esposo, pero lo vamos a combatir.
- No tengo esposo
- Pero va a tener un día. Y esto es preventivo, mija.
Le voy a hacer una limpia que ni el mismísimo maluco
se va a atrever a hacerle daño. Usted será una diosa,
intocable, pues.
- ¿Y qué tengo que hacer?
- Se me va a poner relajadita, muy tranquila, y yo le voy a hacer
la limpia con hierbas y huevo, y va a quedar como
nuevita. Le digo que es bastante fuerte, pero yo la agarro, mamita.
- Pero prefiero que me explique bien y regreso otro día.
Hoy no vengo preparada.
- ¡Padre bendito! que no ve que le sale que en veinte días
le va a pasar algo malo, muchacha. Si no se la hace ya, ¡yo
no respondo!
- ¿Y cuánto vale?
- Tres mil trescientos colones, mija. Eso no
es nada para la felicidad que le voy a dar. Como le digo, usted,
tranquilita y cooperando, porque ese demonio está duro
de sacar.
Pese a mis razones por no quedarme, insistió dos veces
más, al punto de levantarse de su silla y hacer ademanes
exagerados para demostrar su preocupación.
Temí un poco cuando me tomó de los hombros y me
miró fijamente para dar su estocada: Váyase,
entonces. Pero se va a acordar de lo que Yurman le
dijo. Y, óigalo bien, no quiero enterarme de las consecuencias
feas. Adiós.
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Pague
o tendrá un infarto
Tres profesores colombianos ubicados en distintos
lugares de la capital coincidieron en señalar que yo era
víctima de un hechizo provocado por gente que estaba a
mi alrededor. La cura tendría un costo de entre
205 a 333 dólares. Pero sus apreciaciones sobre mi vida
personal, estaban muy alejadas de la realidad.
El primer lugar que visité fue el Grupo Horus, ubicado
en las cercanías de las Tres Torres. Un lugar acogedor
que envidiarían muchos centros asistenciales. En un cuarto
y frente a un escritorio me esperaba el profesor Teodoro,
un hombre que sobrepasa los sesenta años de edad.
Apuntó en un cuaderno mi nombre y fecha de nacimiento.
Sin más comentario, me invito a dividir las cartas del
Tarot.
Al desplazarlas sobre la mesa, susurra y comenta que todo va bien.
- Usted tuvo una relación amorosa y esa mujer quedó
resentida con usted. ¿Hace cuanto fue?
- Unos tres años, respondo.
- Usted es una persona emprendedora, pero en el trabajo hay un
complot para sacarlo y en donde vive le tienen envidia. ¿Usted
siente que el dinero se les va de las manos fácilmente?
- Si, continúo.
- Regáleme el nombre de un familiar querido o amigo fallecido.
- Jacinto Pilar.
- Ummm... Por la noche, tome un algodón y en el baño
se lo frota por todo el cuerpo; guarde en un recipiente, agua
de chorro. Eso me lo trae mañana. Ya no pagará los
cien colones de consulta.
Al siguiente día y con encargo en mano, pasamos la nueva
consulta. Me dijo que había hablado con mi amigo y dijo
que estaba en peligro. Posiblemente era un paro cardíaco.
De lo que no se aseguró el profesor era que ese tal amigo
nunca existió.
Me ubicó de pie frente a un altar lleno de santos y flores.
Realizó rápidamente invocaciones religiosas. Casi
sin entenderse. Me entregó un vaso de vidrio donde se introdujo
el algodón y luego de mantenerlo en la boca lo deposité
en el recipiente. Al instante el algodón produjo un tono
gris.
Ese es un mal y hay que hacer una limpia. Venga mañana,
traiga toalla, talco y una loción y... en un sobre blanco
$333. En menos de siete días lo libro del mal.
Luego visité al Indio Amazónico Menquetevá.
Un joven llamado Diego de unos 23 años me atendió.
Con un lapicero, dibujo en la palma de mi mano derecha, algunas
señales. Hizo el mismo argumento sobre mi vida. Aseguró
la existencia de un mal y que con el pago de $300 el mal se quitaría
en menos de siete días. Insistió en que le dejara
un adelanto para comenzar.
El último lugar en visitar fue Secreto y Poder de
las Siete Potencias. En el apartamento de alquiler, una
mujer de jeans muy ajustados y sus manos llenas de anillos, me
esperaba. Su nombre era Paola. Aseguró que tenía
un hijo y que mi mujer había abortado. Ambos éramos
víctimas del mal y que nos querían separar. Ella
disolvía el hechizo en 24 horas a un costo de $202.
Al final ninguno de los centros astrales, llenó
mis expectativas. No se me ha diagnosticado problemas cardíacos
y ni tengo un hijo y, sobre todo, no creo que exista un complot
para echarme del trabajo, bueno eso creo hasta hoy...
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