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La
Columna
Ernesto
Villalobos
vertice@elsalvador.com
Edward
Hawkins
Hace unos meses en este periódico
recibimos mi compañera Claudia Zavala y yo la visita de un peculiar
personaje, que nos impactó de gran manera. Su voz era ronca,
hablaba el español como lo hablaban los soldados alemanes en
las antiguas películas de la Segunda Guerra Mundial. Sus ojos
eran de una tonalidad azul intensa, su pelo rubio. Vestía una
camisa a cuadros manga larga, unos pantalones vaqueros y calzaba unas
botas de constructor, de esas de marca de tractor.
No tenía duda de que aquel personaje era extranjero. Le invitamos
a pasar al periódico para que nos contara el motivo de su visita,
su relato nos dejó con la boca abierta.
Según él, había llegado a El Salvador caminando
desde una zona minera en Nicaragua, no tenía pasaporte que le
acreditara alguna nacionalidad, pero aseguró que había
nacido en Estados Unidos. Con gran precisión describió
la ruta terrestre desde donde venía.
Con igual detalle comenzó a contar su vida. Relató que
de joven fue entrenado en Israel por la agencia de inteligencia de ese
país, peleó varias guerras y se retiró en los ochentas.
Se estableció en Rumania donde tenía una agencia de exportación.
Ahí, por su pasado militar, lo buscaron para que hiciera trabajos
sucios de inteligencia. Para él esa etapa de su vida había
pasado, estaba cansado y al negarse tuvo que huir a Nicaragua, donde
se estableció.
En suelo Nica tuvo una compañera y una hija pero su pasado lo
siguió hasta ese país. En el 2001 lo buscó la organización
de Al Qaeda para que trabajara con ellos en la planificación
de nuevos atentados contra Estados Unidos a realizarse en, por lo menos,
seis puntos del país norteamericano.
Su relato era increíble pero lo contaba con mucha coherencia,
información y, sobretodo, con la convicción de quien tiene
la verdad de su lado. Al final, nos preguntó qué debíamos
hacer con él y le propusimos llevarlo a la Embajada de Estados
Unidos para que contara su historia. Así lo hicimos.
Al verlo, Claudia y yo tuvimos una sensación de compasión
por aquel hombre, que se miraba muy atormentado. También revoloteaba
en nuestras mentes la posibilidad de que lo que nos había contado
fuera cierto. Pensamos que sí alguien nos hubiera dicho, el 10
de septiembre de 2001, lo que sucedería al día siguiente
en Nueva York, no lo hubiéramos creído. Por suerte, no
pasó nada y él consiguió ayuda. Esperamos que se
encuentre bien.
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