15 de septiembre de 2002

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La Columna
Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com

Edward Hawkins

Hace unos meses en este periódico recibimos mi compañera Claudia Zavala y yo la visita de un peculiar personaje, que nos impactó de gran manera. Su voz era ronca, hablaba el español como lo hablaban los soldados alemanes en las antiguas películas de la Segunda Guerra Mundial. Sus ojos eran de una tonalidad azul intensa, su pelo rubio. Vestía una camisa a cuadros manga larga, unos pantalones vaqueros y calzaba unas botas de constructor, de esas de marca de tractor.

No tenía duda de que aquel personaje era extranjero. Le invitamos a pasar al periódico para que nos contara el motivo de su visita, su relato nos dejó con la boca abierta.

Según él, había llegado a El Salvador caminando desde una zona minera en Nicaragua, no tenía pasaporte que le acreditara alguna nacionalidad, pero aseguró que había nacido en Estados Unidos. Con gran precisión describió la ruta terrestre desde donde venía.

Con igual detalle comenzó a contar su vida. Relató que de joven fue entrenado en Israel por la agencia de inteligencia de ese país, peleó varias guerras y se retiró en los ochentas. Se estableció en Rumania donde tenía una agencia de exportación. Ahí, por su pasado militar, lo buscaron para que hiciera trabajos sucios de inteligencia. Para él esa etapa de su vida había pasado, estaba cansado y al negarse tuvo que huir a Nicaragua, donde se estableció.

En suelo Nica tuvo una compañera y una hija pero su pasado lo siguió hasta ese país. En el 2001 lo buscó la organización de Al Qaeda para que trabajara con ellos en la planificación de nuevos atentados contra Estados Unidos a realizarse en, por lo menos, seis puntos del país norteamericano.

Su relato era increíble pero lo contaba con mucha coherencia, información y, sobretodo, con la convicción de quien tiene la verdad de su lado. Al final, nos preguntó qué debíamos hacer con él y le propusimos llevarlo a la Embajada de Estados Unidos para que contara su historia. Así lo hicimos.
Al verlo, Claudia y yo tuvimos una sensación de compasión por aquel hombre, que se miraba muy atormentado. También revoloteaba en nuestras mentes la posibilidad de que lo que nos había contado fuera cierto. Pensamos que sí alguien nos hubiera dicho, el 10 de septiembre de 2001, lo que sucedería al día siguiente en Nueva York, no lo hubiéramos creído. Por suerte, no pasó nada y él consiguió ayuda. Esperamos que se encuentre bien.

ervillalobos@elsalvador.com


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