8 de septiembre de 2002

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REPORTAJE

Septiembre 16
Justicia en espera

Venezuela contiene el aliento hasta el lunes 16 de septiembre. Ese día terminan las vacaciones judiciales y se abre la posibilidad para que el Tribunal Supremo empiece a analizar los recursos de amparo contra los consejos de investigación que han retirado a la fuerza a los militares que se negaron a atacar a la población.

Luis Laínez/Erick L. Lemus
vertice@elsalvador.com

En algún lugar de El Salvador vive Carlos Molina Tamayo, un contraalmirante venezolano, con su esposa e hijos. Vive en el exilio y espera con ansias el lunes 16 de septiembre.

Ese día terminará la vacación judicial y el Tribunal Supremo empezará a analizar las solicitudes de amparo contra buena parte de los 276 consejos de investigación montados por el gobierno de Hugo Chávez contra oficiales de alta graduación que se negaron a poner en marcha el “Plan Ávila”, ideado para someter al millón de civiles que exigieron la renuncia del presidente el 11 de abril.

Ya Molina Tamayo fue víctima de uno de esos consejos. El dictamen, emitido un mes antes de la marcha (“Masacre de Miraflores”), lo llevó al retiro de la Marina, a la que dedicó 31 años de su vida.
“Existe la posibilidad que cuando el Tribunal se pronuncie sobre ese particular, el consejo de investigación de marzo que lo mandó a retiro, quede anulado. Entonces queda activo dentro de las Fuerzas Armadas”, confía el odontólogo Rafael Molina Tamayo, el hermano cinco años mayor del contraalmirante asilado en El Salvador.

El ambiente en Venezuela ha dejado de ser halagüeño para Chávez, un hombre que llegó a la Presidencia con un enorme apoyo popular; pero que ha dejado al descubierto sus sueños dictatoriales y totalitaristas.

Chávez confiaba que el Tribunal Supremo iba a darle un espaldarazo y condenara a los militares que criticaron al régimen. Pero no fue así.

El 14 de agosto esperaba oír que el 11 de abril hubo “un golpe de Estado y una rebelión militar” para apoderarse del poder a través de las armas y la violencia.

Se enfureció cuando supo que los máximos jueces, que él mismo había nombrado, se apegaron a las leyes y no declararon ni uno ni lo otro.

No sólo se contentó con descalificar a los magistrados. Unos días después de la sentencia, partidarios de Chávez protestaron contra el Tribunal Supremo.

“¡El único país del mundo en donde el Ejecutivo protesta contra las instituciones del Estado! Una marcha con los principales funcionarios del gobierno, diputados... El mismo presidente se integró luego en un mitin al final de la marcha. ¡Poder Ejecutivo contra Poder Judicial! ¡Algo nunca visto!”, dice Rafael con asombro.

Conspiradores

El primer efecto de la sentencia del 14 de agosto cayó sobre el aparato propagandístico de Chávez.
Sin rebelión no hay golpistas. Y si no son golpistas, los militares deberían volver a sus puestos.
Además, muchos de los 276 consejos de investigación han sido suspendidos, en espera de la última decisión del Tribunal Supremo.

Chávez, mientras tanto, sigue buscando nuevas conspiraciones.
Hace dos semanas, en su programa dominical “¡Aló Presidente!” denunció que había un plan para dar un “golpe económico”.

Aseguró que los cierres de empresas buscan derrocar al gobierno.
“No tiene sentido perder dinero deliberadamente. Si es por conspiración, ¡el 80 por ciento de la población está conspirando!”, apunta Molina Tamayo, el odontólogo.

Lo cierto es que los Círculos Bolivarianos, la versión venezolana de los Comités de Defensa de la Revolución cubanos, arremeten con violencia contra cualquier adversario del gobierno; aunque sean las esposas de esos oficiales procesados sólo por actuar de acuerdo a su conciencia.

A miles de kilómetros, el contraalmirante espera con disciplina marcial el día en el que pueda volver a vestir con orgullo el uniforme blanco de la Marina Venezolana.

Los hechos del 11 de abril

Narda de Molina, esposa del contraalmirante, participó, sufrió y huyó de la marcha del 11 de abril. Vio a manifestantes abatidos por las balas y la hermandad venezolana.

Todo empezó en Petróleos de Venezuela (PDVSA), la compañía estatal. Mi esposo subió a la tarima para dar unas palabras al río humano que se había formado.
Comenzamos a caminar, entre gritos de emoción. ¡Eran como siete kilómetros de personas! ¡Más de un millón de venezolanos!
No sabíamos a dónde íbamos. Como yo, muchos no llevamos agua ni estábamos preparados para ir a Miraflores, ¡son cuatro horas caminando!
Al principio caminé junto a mi esposo, el contraalmirante Carlos Molina Tamayo, y mi hermana, pero a él se lo llevaron adelante.
Todo iba muy bien, lindo, espectacular, hasta que llegamos hasta el centro de Caracas.
Siempre nos acompañó la Policía Metropolitana. ¿Saben? La Gran Caracas está formada por cinco municipios, cada uno con su propia policía. Encima de todos está la Alcaldía Mayor, de la que depende la Policía Metropolitana; ellos no están de acuerdo con Chávez.
La sorpresa
Al llegar a la Avenida Bolívar, seguimos. No había nadie. Muchos comentamos que era raro que no hubiera nadie en el centro de Caracas. Pero ese día era de huelga general. Seguimos hasta casi llegar a Miraflores, seis cuadras antes.
Entonces sentimos el gas lacrimógeno y empezamos a escuchar tiros, y se hizo mucha confusión.
Unos decían que eran fuegos artificiales u otra cosa. Era como las cuatro de la tarde.
Las personas empezaron a huir y nos preguntamos qué está pasando adelante.
Como había mucha gente, no sabíamos qué estaba pasando; además, seguían las bombas lacrimógenas.
Nos amarramos algo en la cara para que no nos picara el gas lacrimógeno.
Los Círculos Bolivarianos pro chavistas empezaron a rodearnos. Nos quedamos en una plaza que se llama O’Leary.
La Policía Metropolitana nos protegió y nos dijo que nos teníamos que unir, no separarnos, por seguridad.
Hicimos un círculo y nadie se quería quedar afuera. Todos intentamos abrazarnos.
Y ahí empezamos a ver los heridos. Yo vi dos muertos. Uno como a 20 metros. Las personas lo trataron de ayudar, pero ya no se podía hacer nada. Otro cayó al lado.
Había mucha gente herida. Recibíamos una pedrada, un botellazo y muchos tiros.

Héroe anónimo

En el grupo había una niñita como de nueve años, estaba prácticamente desmayada. Un policía metropolitano se quitó el chaleco antibalas y su casco, se los puso a la niñita, se la llevó en la moto y pasó entre los bolivarianos.
Yo estaba muy preocupada por Carlos, porque sabía que él estaba adelante. Perdí mi “koala” (bolsa canguro), en la que tenía mi identificación, dinero y el teléfono celular.
Cuando caminábamos, nos teníamos que regresar porque nos esperaban los Círculos Bolivarianos en cada cuadra. La Policía Metropolitana despejabaja y nos decían ‘¡avancen!’ y teníamos que caminar y caminar. Y otra vez volvían.
Yo no conocía a nadie, pero nos empezamos a hablar y a decir ¿cómo te vas a ir? ¡yo no me quiero ir sola! Al fin, me monté en un taxi como con cinco personas más.
Logré salir del centro de Caracas a las siete de la noche, con la ayuda de la Policía Metropolitana.




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