8 de septiembre de 2002

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INFORME ESPECIAL

Vivir con temor

Desde el atentado terrorista contra las Torres Gemelas, la vida de los inmigrantes latinos -que residen en condición de ilegalidad- jamás será igual que antes. Pero el miedo a la pobreza en sus naciones de origen es una razón de peso para resistir la nueva política de Estados Unidos.

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Los latinos de Nueva York pensaron a menudo en regresar a su país durante este año de temor.
De los 2,819 muertos en el World Trade Center (WTC), al menos 207 eran de origen latino, de edades comprendidas entre 20 y 71 años, la mayoría entre 25 y 45, según una rápida revisión de apellidos y nombres en el listado oficial de los desaparecidos.
Algunos, especialmente de entre los que trabajaban en el restaurante “Windows on the Word” del WTC y en alguna de las empresas que realizaban la limpieza de las oficinas, eran inmigrantes ilegales.
Tal vez sus verdaderos nombres no aparezcan jamás en la lista de desaparecidos, porque para poder trabajar hicieron una serie de maniobras con nombres falsos.
Venían de México, Colombia, Puerto Rico, República Dominicana, Argentina, Brasil, Perú y... El Salvador.
Más sensibles que los anglosajones ante desastres de esta naturaleza, estos datos aumentaron el dolor y el temor de los latinos de Nueva York, conscientes de que les podría haber tocado también a ellos.
Muchos, desde entonces, sólo piensan en regresar a su tierra con solo un poco de dinero.

De cualquier lugar

Daniel Vara es argentino y vive desde hace dos años en New York. Trabaja en una empresa de mantenimiento de flores.
Él presta el servicio en hoteles y centros comerciales de Manhattan. Trata de reunir dinero para volver a Argentina en cuanto le sea posible.
“Yo no sufrí mucho desde el punto de vista económico pero sí anímicamente. Mi mayor miedo, aunque con el tiempo se ha ido aplacando, es un ataque bacteriológico. Uno no tendría ninguna defensa. Pienso sobre todo en mi hijita, Rosita, de un año”, relata Vara.
“Cuando voy a trabajar a Manhattan, cerca de la ‘zona cero’, uno está siempre alerta, a la defensiva, tratando de descubrir algo sospechoso. Muchos de mis compañeros de trabajo pensaron en tomarse un avión y volver a sus países inmediatamente. También yo, pero con la situación argentina...”, añadió.
Los niños hispanos, además, según demostró un estudio realizado en las escuelas de Nueva York por la dirección de educación del estado, y publicado en abril, fueron lo que más sufrieron de todo el alumnado los efectos a largo plazo del atentado, con pesadillas, temores nocturnos y diurnos, agresividad, apatía y problemas escolares, por ejemplo.
Lucía, colombiana, de 10 años de edad, cada vez que su padre debe hacer un viaje pregunta antes con cara de incertidumbre: “Y qué pasa si secuestran el avión?”.
“El atentado del 11 de septiembre me afectó muchísimo. Me retrotrajo a los años 70, a los peores momentos de la dictadura militar en Argentina”, señala Beatríz Córdoba, actriz, directora de teatro y profesora de primaria que está radicada en Nueva York desde hace 13 años.
“Me vino como una parálisis. ¿A quién le podía interesar el teatro o el arte después de lo que pasó? Pero el hecho de estar en contacto con niños, me ayudó”, dice Córdoba.
“Ellos me sacaron de la depresión. Muchos meses después me di cuenta de que el teatro tiene una función social importante, porque es importante reir y llorar juntos. Pensé mucho en mi país, siempre pienso. Mi mitad está allá, siempre estoy mirando al sur”, agrega con un gran descargo.
María Xavier, uruguaya, trabaja en el Departamento de Contaduría de las Naciones Unidas y vive en Nueva York desde 1969.
“Al principio todo me asustaba. Una sirena, el ruido de un avión, el subterráneo que se detenía en el túnel antes de llegar a Manhattan. La gente se miraba con impaciencia, era más consciente de que podía correr peligro y que nadie estaba preparado ni exento”, rememora.
A un año del atentado “ya no tengo miedo, todo ha vuelto a la normalidad, me doy cuenta de que venimos con el destino marcado y si algo sucede es una fatalidad. Uno no puede estar pensando siempre que le puede pasar algo. Yo tenía que seguir trabajando y no podía dejar que el miedo me anulara”, dice con resignación.
Xavier, que tiene dos hijos, uno de 22 años y otra de 14, contó que conversó mucho con ellos para convencerlos de que “debíamos dominar al miedo y no dejarnos conquistar por él” y que eso tal vez ayudó a su pronta recuperación.
Para otros, el miedo todavía aguarda agazapado detrás de algún recoveco del cerebro y está presto a saltar como un resorte, según el análisis de expertos en estrés postraumático.

La razón de la ley

Haz click e imprimeComo miles de personas, María camino durante horas. Cruzó a pie el puente de Queensboro.
Aquel 11 de septiembre salió de Manhattan y logró llegar hasta Queens, donde pudo tomar un tren; llegó a su casa a la diez de la noche.
Recién después de abrazar a sus hijos, empezó a llorar. Ahora, ella sabe que la política migratoria ha cambiado por completo.
El Secretario de Justicia, John Ashcroft, justifica las detenciones de cualquier sospechoso y el secreto que las rodea como una herramienta decisiva para prevenir nuevos ataques terroristas.
“Nuestro objetivo más importante es salvar vidas inocentes de actos de terrorismo ulteriores identificando, desbaratando y desmantelando las redes terroristas”, afirmó contundentemente el 7 de agosto, en una reunión judicial en Minnesota.
“Como a muchos norteamericanos, me preocupa la expansión de las actividades policiales preventivas”, agrega Ashcroft.
“Todos y cada uno de los detenidos de nuestra investigación del 11 de septiembre han sido detenidos conforme al derecho, con un predicado individualizado: un cargo criminal, una violación inmigratoria o una citación como testigo material. No nos hemos involucrado, ni nos involucraremos, en detenciones preventivas”.
Pero los inmigrantes y los defensores de las libertades civiles consideran que las detenciones los coloca en una situación sin precedentes.
Cualquiera puede ser sospechoso.


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