8 de septiembre de 2002

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Letras en la penumbra

Una comunidad, en el cantón La Esperanza, es el escenario de uno de los 218 centros de alfabetización que funcionan en seis municipios de San Vicente.

Texto y fotos: Alvaro López
vertice@elsalvador.com

Reflejo de conocimientos. Lo aprendido a diario es puesto en practica por el señor Guadalupe Hernández. “Hoy me gusta leer todo tipo de libros y periódicos que encuentro” dice.

Juntos en todo. Los esposos Guadalupe Ramírez y Julia Hernández comparten sus conocimientos en las tareas

Como en la Grecia clásica. A la sombra de un árbol, los niños y los adultos aprenden los conocimientos básicos que les permitirán construir un futuro mejor.




Digno de imitar. Ellos no permiten que la tenue luz que les regala la noche, sea obstáculo para interrumpir la clase.



La unión hace la fuerza. No importa la edad cuando el afán es aprender a leer; la ayuda mutua es imprescindible.

El tema de la clase del día. El título es más que sugerente: “El refugio de una triste realidad”.

La luz tenue amarillenta que emana un candil es la que se encarga de iluminar la penumbra que invade el ambiente de varias personas que buscan aprender a leer en la comunidad “Padre Mancía”.
Ellos forman un grupo de alfabetización que coordinan la Asociación Intersectorial para el Desarrollo Económico y El Progreso Social (CIDEP) y el Ministerio de Educación (MINED).

Un camino difícil. Ella ha concluido las tareas de la casa
es el tiempo de buscar otro
camino através de la lectura.

El programa de Alfabetización y Educación Básica de Personas Jóvenes y Adultas, que es impartido por educadores comunales, funciona desde hace ocho años y de este se han beneficiado 4,536 personas de escasos recursos económicos.

Sus lecciones se complementan con el aula improvisada en el patio de la casa de la señora Dinora Palacios donde hay una vieja mesa de madera, unos troncos, pocas sillas y una vieja pizarra.

Son casi las cinco de la tarde y en la calle principal de la comunidad juegan varios niños; en el interior de las casas, los adultos hacen la tarea de un día anterior. El tiempo se les hace poco.

Una fuerte lluvia interrumpe por varios minutos la clase; algunos corren a quitar la pizarra, otros las sillas, mientras los demás limpian otra mesa que está en una galera, junto a una hornilla hecha de adobe.

Cae la noche y la oscuridad es rota por dos candiles que el viento apaga a cada momento; el frío no se hace esperar, el ruido de los truenos se mezcla con sus voces.
La clase termina, pero el esfuerzo por alfabetizarse no ha sido vencido por el mal tiempo ni por la falta de luz. El tema de la clase que estudiaron era “El refugio de una triste realidad”. Es su espejo.


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