8 de septiembre de 2002

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El silencio de las víctimas

Nadie sabe de ellos. Ni el gobierno de Estados Unidos ni las autoridades de El Salvador. Los familiares que solicitaron su búsqueda todavía albergan una lejana esperanza para encontrar a los suyos, que están desaparecidos, que han guardado silencio desde el pasado 11 de septiembre cuando dos aviones cayeron en New York.

Erick Lombardo Lemus

vertice@elsalvador.com

Los nombres de una decena de salvadoreños están en los archivos de la Cancillería nacional precedidos del título “En proceso de búsqueda”.
Después del atentado contra las torres del Centro Mundial del Comercio, la vida de Teresa de Jesús Díaz de Ramírez quedó en el limbo. La embajada de los Estados Unidos la telefoneó y la convocó a una reunión en un hotel capitalino.
Cuando llegó, se sumó a otras familias invitadas. Los representantes de la embajada norteamericana los llamaron para decirles que debido a que habían pasado 14 días posteriores al atentado, el gobierno de los Estados Unidos quería expresar sus condolencias. Caso cerrado.
Pero Teresa se resiste a aceptar que su esposo, José Ricardo Ramírez Saca, de 47 años de edad, es una de las víctimas de las “Torres Gemelas”.
“No quisiera saber que está muerto. Yo siempre guardo la esperanza que el Señor me va a permitir que lo vuelva a ver”, dice, mientras apretuja una colección de fotografías donde aparecen ambos el día de su matrimonio o el recuerdo de cuando él llegó a New York y abordó el Metro.
En otro punto de San Salvador, en la colonia Brisas de San Bartolo, la señora Ventura Hernández rememora a su hermano, Pedro Rafael Hernández, la última vez que conversaron vía telefónica. “Fue el jueves seis; dijo que volvería a llamar en una semana”
Ventura vive lo mismo que Teresa que recuerda a Ricardo, el día que partió a Estados Unidos, el 30 de agosto de 1990, luego que sus hermanas lo emigraran. Se fue -como todos- en busca de mejores oportunidades.

“Iba a venir”
La última vez que Teresa habló con su esposo fue en agosto. “Hablaba seguido con él”, reitera.


“Me dijo que iba a venir en los últimos días de septiembre pero ya no regresó. Lo que quiero saber es si está vivo... si está lisiado”, agrega Teresa, “lo quiero traer para acá”.
Ventura, en cambio, relata que su hermano trabajaba “recogiendo carros chocados y había días que iba al restaurante”, cerca de las torres.
“Fijese que yo les decía a mis hijas ‘hagamosle un novenario’, pero ellas insisten que talvez está vivo, que al rato aparece... como dicen que ha quedado gente trastornada ¿verdad?”.
Otros han tenido peor suerte. Martín Molina , padre de Wanda Iveth Molina, murió hace dos meses sin saber nada de su hija. Lo mataron en San Miguel, pero lo enterraron en San Alejo, de donde era originario.
Su hermana, Ana, dice que “jamás supieron nada sobre Wanda, pues ella vivía con la mamá desde hace años”. De estar viva, Wanda desconoce que su padre ha muerto.
Blanca Estela de Gutiérrez busca a su hermana Francisca López, de 45 años. Ella partió hace trece y trabajaba cerca de las torres.
“Sabíamos que estaba acompañada, pero no sabemos nada de la familia”, nos explica doña Blanca. “Llamaba seguido, pero desde el atentado ya no habla más”. El teléfono no ha vuelto a sonar.
Quien tuvo mejor fortuna fue Jaime García tras ocho meses de espera. Su hermano, Emilio, tenía una compañía que limpiaba los vidrios de las torres; pero guardó silencio tanto tiempo porque el atentado le dejó huella.
“El trabajaba en el mantenimiento de las torres gemelas, porque el Ayuntamiento lo contrata en la limpieza de los vidrios. La compañía de él se dedica a eso”, señala Jaime, “Hasta en mayo lo ubiqué. Me dijo que había perdido algunos empleados y se puso bien mal cuando me contó”. Otros siguen esperando.
Julia Raquel Ruano es optimista y le encomienda a Dios a sus dos hermanos, Carlos y Ramón. “Espero que sea simple incomunicación y no temo lo peor; aunque, como todas las familias, nosotros esperamos que las cosas dolorosas no nos lleguen”, admite.

Encontró una, perdió otra

Doña Mercedes Estrada de Murcia es la madre de Cecibel, la hija que partió hace 18 años.


Cecibel Estrada estaba reportada como desaparecida hasta que logró comunicarse con su madre a los quince días de los avionazos.
Al sintonizar la televisión, doña Mercedes confiesa que “sintió tremendo susto, sobre todo, al ver como se tiraba la gente desde arriba... se me imaginaba que ella era una”.
A las dos semanas, tranquilizó su corazón al escuchar la voz de su hija Cecibel; sin embargo, doña Mercedes vivió un nuevo infortunio a la vuelta de dos meses.
Su otra hija, Sandra Roxana Torres, venía del templo a las 8:30 de la noche del 11 de noviembre cuando la interceptó su ex esposo.
“El hombre era guardaespaldas del señor Súster y la mató a las 10:30”, solloza. El crimen pasional fue el sello en la vida de esta madre.
“Cecibel a los días supo... se escapó a hacer loca, pero quedó de ayudarme porque me quedaron dos niños, Katherine Roxana (6 años) y Carlos Iván (4 años)”.
José Adalberto Morales telefoneó a Margarita Maravilla para decirle que “iba a trabajar en las ‘torres gemelas’ porque un amigo le había conseguido trabajo”.
“Ahora tiene 21 ó 22 años de edad. No he sabido nada de él después de los atentados, pero usted sabe que como la vida sigue ¿verdad?”.
El próximo miércoles se conmemorará el primer aniversario del ataque que cambió la historia del mundo y la visión de occidente respecto al fundamentalismo islámico.
La amenaza dejó de ser tal y quizá se haya llevado la vida de Berta Alicia Martínez, Carlos y Ramón Ruano, Berta Rodríguez Pineda, Dolores Godínez, Francisca López, Wanda Iveth Molina, José Adalberto Morales, José Guillermo Ruíz, que trabajaba en el piso 38 de la torre sur. ¿Vivirán? ¿Habrán perdido la memoria? ¿Dónde están?

La última llamada de Elsy Carolina

La noticia de la muerte de Elsy Carolina, la joven de 27 años de edad que trabajó como ingeniería de traducciones en General Telecom, en el piso 83 de una de las “Torres Gemelas” es la que única salvadoreña que las autoridades estadounidenses reconoce “oficialmente” como muerta en el ataque al World Trade Center (WTC).
Ella era la mayor de sus hermanos y algunos la recordarán por el dramático relato de su madre que conversó con ella hasta que el segundo avión, el vuelo 175 de United, se estrelló contra la torre sur.
La voz entrecortada de esta salvadoreña es el último recuerdo de su madre, Chani Oliva de Umanzor, quien no quiso recrear aquel recuerdo amargo.
Chani Oliva emigró junto a Elsy Carolina cuando la niña tenía nueve años de edad, en 1983.
Elsy consiguió el éxito en una sociedad tan competitiva como la neoyorquina a base de esfuerzo y tenacidad. Su recuerdo pasea en las calles de Flushing, en Queens, New York.
Su madre tuvo segundas nupcias y procreó dos hijos más, Anthony y Kate, que eran la adoración de Caro, como la llamaban.
Pero Caro tampoco perdió contacto con su padre natural, Rigo Osorio, un músico salvadoreño que un día emigró a Nicaragua a realizar sus sueños.
Rigo es el reconocido bajista del grupo que acompaña al cantautor Luis Enrique Mejía Godoy y reside en Managua desde los años ochenta.
Rigo, mientras veía las imágenes impactantes de los atentados, tuvo un mal presentimiento; pero fue hasta que hizo contacto con su ex esposa que supo la tragedia de su hija adorada, de Caro, a quien meses antes le prometió que la iba a entregar en el altar de la Iglesia cuando se casara a principios de este año.

La última llamada

Elsy Carolina telefoneó desde su portátil a Chani, su madre, cuando el vuelo 11 de American (un Boeing 767 con 92 personas a bordo, que partió del aeropuerto Logan de Boston hacia Los Angeles) se estrelló contra la torre norte.
La explosión sacudió la oficina donde laboraba Elsy y el fuego empezó a abrasar el piso.
A través de los altoparlantes, la seguridad del WTC pedía calma y advertía que no se movieran hasta esperar las indicaciones d evacuación. Como ciudadanos ordenados que son los estadounidenses, obedecieron mientras el humo invadía el ambiente y el caos sus corazones.
Elsy mantuvo contacto con Chani hasta el último minuto, justo cuando su madre observaba en la pantalla del televisor cómo la silueta de otro Boeing, el vuelo 175, planeaba contra la zona del piso 83. Chani no escuchó más y sus ojos se empezaron a inundar de lágrimas.

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