8 de septiembre de 2002

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La Columna
Erick L. Lemus
vertice@elsalvador.com

El once del nueve

La tarde que decidí ir con Claudia al World Trade Center era un día común y corriente del verano neoyorquino. La humedad del mes de julio nos rodeaba con su clásico abrazo pegajoso. Antes de subir al mirador de las torres gemelas, deambulamos por las cercanías del puente de Brooklyn porque a petición de ella tenía que esperar el atardecer, la hora justa cuando la luz del sol lucha contra la capa de hollín de la isla de Manhattan y el centelleo de las luces de la gran ciudad se impone glorioso.

“Lo mejor es estar en el mirador en el momento del atardecer. Tiene lo suyo, aunque no se compara a lo que has visto en las montañas”, me observó.

Y era cierto. Yo prefiero los atardeceres naturales a los industriales. Pero estar sobre el Centro Mundial del Comercio no dejaba de tener un halo extraño. Recuerdo que me puse a juguetear frente a las gradas eléctricas antes de subir al mirador. El sol ya empezaba a descender y los tintes sangrientos y naranjas rasgaban el cielo. Claudia, molesta, me lanzó una mirada severa con sus ojos grises. Entendí el mensaje y subí a ese nido de turistas absortos.

Por bayunco, no aprecié todo el esplendor de aquel atardecer neoyorquino. “Pero no me importa”, le dije, “de todos modos esto siempre va a estar”. Dos meses después supe que me equivoqué. Escuché la noticia de última minuto, salté de la cama a encender el televisor y vi la columna de humo. Quedé mudo. Sentí un vacío extraño en la barriga y pensé en Claudia, en Raúl, en Paula, en Larry, en Baskhar, en todos mis cercanos amigos alrededor de aquel escenario de muerte. A las nueves horas con tres minutos de New York, el segundo avión surcó la pantalla del televisor; poco después, vi la misma imagen desde todos los ángulos posibles. El ataque terrorista más televisado de la historia había sacudido aquel 11 de septiembre. El mundo iba a dar un giro de tuerca de 180 grados y el fundamentalismo del régimen talibán iba a ser el próximo objetivo militar de los Estados Unidos.

Un año después, mis amigos no quieren hablar de eso; salvo Paula que editó el documento audiovisual más emblemático de HBO.

A un año, George W. Bush está a punto de declarar otra guerra a Irak y los estadounidenses luchan por regresar a la normalidad: viajan, degustan en un buen restaurante, van de compras y disfrutan las películas de Hollywood.

En cambio, la vida de miles de inmigrantes nunca será igual. Ya no se les hace fácil enviar el sudor de sus frentes en concepto de remesas familiares.

elemus@elsalvador.com



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