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La Columna
Erick
L. Lemus
vertice@elsalvador.com
El
once del nueve
La tarde que decidí
ir con Claudia al World Trade Center era un día común
y corriente del verano neoyorquino. La humedad del mes de julio nos
rodeaba con su clásico abrazo pegajoso. Antes de subir al mirador
de las torres gemelas, deambulamos por las cercanías del puente
de Brooklyn porque a petición de ella tenía que esperar
el atardecer, la hora justa cuando la luz del sol lucha contra la capa
de hollín de la isla de Manhattan y el centelleo de las luces
de la gran ciudad se impone glorioso.
Lo mejor es estar en el mirador en el momento del atardecer. Tiene
lo suyo, aunque no se compara a lo que has visto en las montañas,
me observó.
Y era cierto. Yo prefiero los atardeceres naturales a los industriales.
Pero estar sobre el Centro Mundial del Comercio no dejaba de tener un
halo extraño. Recuerdo que me puse a juguetear frente a las gradas
eléctricas antes de subir al mirador. El sol ya empezaba a descender
y los tintes sangrientos y naranjas rasgaban el cielo. Claudia, molesta,
me lanzó una mirada severa con sus ojos grises. Entendí
el mensaje y subí a ese nido de turistas absortos.
Por bayunco, no aprecié todo el esplendor de aquel atardecer
neoyorquino. Pero no me importa, le dije, de todos
modos esto siempre va a estar. Dos meses después supe que
me equivoqué. Escuché la noticia de última minuto,
salté de la cama a encender el televisor y vi la columna de humo.
Quedé mudo. Sentí un vacío extraño en la
barriga y pensé en Claudia, en Raúl, en Paula, en Larry,
en Baskhar, en todos mis cercanos amigos alrededor de aquel escenario
de muerte. A las nueves horas con tres minutos de New York, el segundo
avión surcó la pantalla del televisor; poco después,
vi la misma imagen desde todos los ángulos posibles. El ataque
terrorista más televisado de la historia había sacudido
aquel 11 de septiembre. El mundo iba a dar un giro de tuerca de 180
grados y el fundamentalismo del régimen talibán iba a
ser el próximo objetivo militar de los Estados Unidos.
Un año después, mis amigos no quieren hablar de eso; salvo
Paula que editó el documento audiovisual más emblemático
de HBO.
A un año, George W. Bush está a punto de declarar otra
guerra a Irak y los estadounidenses luchan por regresar a la normalidad:
viajan, degustan en un buen restaurante, van de compras y disfrutan
las películas de Hollywood.
En cambio, la vida de miles de inmigrantes nunca será igual.
Ya no se les hace fácil enviar el sudor de sus frentes en concepto
de remesas familiares.
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