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LA
ARISTA AFILADA
En
defensa de
Álvaro Vargas Llosa
Jaime Bayly*
vertice@elsalvador.com
Álvaro Vargas Llosa podría ser hoy canciller del gobierno
peruano y, sin embargo, está a un paso de ir a la cárcel.
Alvaro paga así un precio altísimo por pelearse con los
impresentables que nos gobiernan: vive a salto de mata, lejos de su
mujer y sus hijos, perseguido por unos jueces asustadizos que jamás
osarían desafiar a los mandones (y matones) de turno. Yo me siento
un poco culpable de todo esto, pero también estoy más
orgulloso que nunca de mi amigo. Fui testigo privilegiado de las circunstancias
que desencadenaron su ruptura con Toledo. Alvaro creía con entusiasmo
en Toledo: había dejado a su familia y su trabajo en Madrid para
secundarlo, arriesgando la vida, en la batalla por restaurar la democracia
en el Perú.
Cuando ambos pensábamos votar por Toledo, el destino quiso que
Zaraí y su madre vinieran a mí, extenuadas tras largos
años de maltratos y humillaciones, a pedir un poquito de justicia.
Leí los papeles del caso y la verdad fue entonces evidentísima:
estas valerosas mujeres pedían algo simplemente justo, que Toledo
se dejase de leguleyadas y se hiciera una prueba médica para
saber si era el padre de Zaraí. Decidí apoyarlas sin reservas.
Las llevé a la televisión, expuse el caso, escribí
artículos y decidí, en vista de la cobardía moral
del candidato Toledo, que no votaría por él. Apoyé
entonces a Lourdes Flores, a pesar de que ella se equivocó al
guardar silencio sobre Zaraí. (Recuerdo ahora que Olivera sí
fue valiente y apareció en la revista Somos, fotografiado con
su mujer y sus hijas, criticando durísimamente a Toledo por no
tener coraje para hacerse la prueba de ADN. Ahora, el señor ministro
Olivera guarda prudente silencio al respecto. Me alegro de no haber
votado por él).
Por defender a Zaraí y a su madre, unos energúmenos me
tiraron huevos en la puerta del canal ¿quién los
habría enviado?--, la prensa me insultó como de costumbre
la reina de la chatarra, me llamó un combativo
periódico de oposición, el señor Rospigliosi,
pudorosísimo, dijo que yo había perpetrado una inmundicia
y el Canal 2, en el que yo trabajaba, difundió un penoso comunicado
amonestándome por violentar la ética del periodismo, qué
ironía. Tuve entonces un solo aliado, el más improbable
y corajudo de los aliados: mi viejo amigo Álvaro Vargas Llosa.
Lealtad con la verdad
Todavía recuerdo con emoción la manera dignísima
como Álvaro se reunió con Lucrecia y Zaraí, las
escuchó sin prejuicios, las animó a exponer sus verdades
en la televisión deben ir al programa de Jaime, aunque
esto perjudique a mi candidato- y se interesó por llegar
al fondo de la verdad con esa insobornable honestidad que sin duda ha
heredado de su padre: la verdad hay que decirla aunque fastidie y más
aún si molesta a los poderosos.
En ese momento crucial, Alvaro demostró que su lealtad no era
con un candidato taimado en el que enseguida dejó de confiar--
sino con un mínimo sentido de justicia, decencia y hombría
de bien. ¡Con qué serenidad y coraje hizo entonces lo que
su conciencia le dictaba! Álvaro fue a la televisión,
advirtió que Toledo era un tramposo y lo mandó lejos sin
muchos rodeos. Al diablo la cancillería prometida, los fastos
bobos del poder, la foto con el fajín ministerial: acusado de
traidor y enemigo de la patria, Alvaro se quedó solo, acompañado
por su valerosísima esposa Susana y un puñado de amigos
leales, pero, aunque muchos entonces no le entendieron, nos dio una
lección hermosa de honestidad y valentía, pues, como su
padre diez años atrás, prefirió la verdad al poder.
Ahora quieren meterlo preso por eso mismo: porque no calla la verdad,
la agita con insolencia, denuncia a los pícaros apandillados
en torno al pícaro mayor y le dice a ese pequeñísimo
señor que nos gobierna lo que se merece: que los peruanos no
le tenemos miedo y menos a él que tanto miedo tiene de ser papá
de Zaraí.
Álvaro podrá ser arrastrado con trampas a una cárcel,
pero seguirá siendo un hombre libre, que no negoció sus
principios. Toledo, en cambio, es el verdadero reo contumaz de esta
historia: reo de su miseria moral, rehén de sus silencios, prisionero
de sus miedos. De esa oscura cárcel a la que ha sido confinado
por su propia cobardía, el presidente sólo podrá
escapar el día en que haga caso al buen consejo que le dio quien
era entonces su asesor Álvaro Vargas Llosa: hágase el
ADN y, si Zaraí es su hija, pídale perdón y corra
a abrazarla.
Álvaro podrá ser arrastrado con trampas a una
cárcel, pero seguirá siendo un hombre libre
* Escritor y periodista peruano.
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