25 de agosto de 2002

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LA ARISTA AFILADA

En defensa de
Álvaro Vargas Llosa


Jaime Bayly*
vertice@elsalvador.com

Álvaro Vargas Llosa podría ser hoy canciller del gobierno peruano y, sin embargo, está a un paso de ir a la cárcel. Alvaro paga así un precio altísimo por pelearse con los impresentables que nos gobiernan: vive a salto de mata, lejos de su mujer y sus hijos, perseguido por unos jueces asustadizos que jamás osarían desafiar a los mandones (y matones) de turno. Yo me siento un poco culpable de todo esto, pero también estoy más orgulloso que nunca de mi amigo. Fui testigo privilegiado de las circunstancias que desencadenaron su ruptura con Toledo. Alvaro creía con entusiasmo en Toledo: había dejado a su familia y su trabajo en Madrid para secundarlo, arriesgando la vida, en la batalla por restaurar la democracia en el Perú.

Cuando ambos pensábamos votar por Toledo, el destino quiso que Zaraí y su madre vinieran a mí, extenuadas tras largos años de maltratos y humillaciones, a pedir un poquito de justicia. Leí los papeles del caso y la verdad fue entonces evidentísima: estas valerosas mujeres pedían algo simplemente justo, que Toledo se dejase de leguleyadas y se hiciera una prueba médica para saber si era el padre de Zaraí. Decidí apoyarlas sin reservas. Las llevé a la televisión, expuse el caso, escribí artículos y decidí, en vista de la cobardía moral del candidato Toledo, que no votaría por él. Apoyé entonces a Lourdes Flores, a pesar de que ella se equivocó al guardar silencio sobre Zaraí. (Recuerdo ahora que Olivera sí fue valiente y apareció en la revista Somos, fotografiado con su mujer y sus hijas, criticando durísimamente a Toledo por no tener coraje para hacerse la prueba de ADN. Ahora, el señor ministro Olivera guarda prudente silencio al respecto. Me alegro de no haber votado por él).

Por defender a Zaraí y a su madre, unos energúmenos me tiraron huevos en la puerta del canal –¿quién los habría enviado?--, la prensa me insultó como de costumbre –“la reina de la chatarra”, me llamó un combativo periódico de oposición–, el señor Rospigliosi, pudorosísimo, dijo que yo había perpetrado “una inmundicia” y el Canal 2, en el que yo trabajaba, difundió un penoso comunicado amonestándome por violentar la ética del periodismo, qué ironía. Tuve entonces un solo aliado, el más improbable y corajudo de los aliados: mi viejo amigo Álvaro Vargas Llosa.

Lealtad con la verdad

Todavía recuerdo con emoción la manera dignísima como Álvaro se reunió con Lucrecia y Zaraí, las escuchó sin prejuicios, las animó a exponer sus verdades en la televisión –“deben ir al programa de Jaime, aunque esto perjudique a mi candidato”- y se interesó por llegar al fondo de la verdad con esa insobornable honestidad que sin duda ha heredado de su padre: la verdad hay que decirla aunque fastidie y más aún si molesta a los poderosos.

En ese momento crucial, Alvaro demostró que su lealtad no era con un candidato taimado –en el que enseguida dejó de confiar-- sino con un mínimo sentido de justicia, decencia y hombría de bien. ¡Con qué serenidad y coraje hizo entonces lo que su conciencia le dictaba! Álvaro fue a la televisión, advirtió que Toledo era un tramposo y lo mandó lejos sin muchos rodeos. Al diablo la cancillería prometida, los fastos bobos del poder, la foto con el fajín ministerial: acusado de traidor y enemigo de la patria, Alvaro se quedó solo, acompañado por su valerosísima esposa Susana y un puñado de amigos leales, pero, aunque muchos entonces no le entendieron, nos dio una lección hermosa de honestidad y valentía, pues, como su padre diez años atrás, prefirió la verdad al poder. Ahora quieren meterlo preso por eso mismo: porque no calla la verdad, la agita con insolencia, denuncia a los pícaros apandillados en torno al pícaro mayor y le dice a ese pequeñísimo señor que nos gobierna lo que se merece: que los peruanos no le tenemos miedo y menos a él que tanto miedo tiene de ser papá de Zaraí.

Álvaro podrá ser arrastrado con trampas a una cárcel, pero seguirá siendo un hombre libre, que no negoció sus principios. Toledo, en cambio, es el verdadero reo contumaz de esta historia: reo de su miseria moral, rehén de sus silencios, prisionero de sus miedos. De esa oscura cárcel a la que ha sido confinado por su propia cobardía, el presidente sólo podrá escapar el día en que haga caso al buen consejo que le dio quien era entonces su asesor Álvaro Vargas Llosa: hágase el ADN y, si Zaraí es su hija, pídale perdón y corra a abrazarla.

“Álvaro podrá ser arrastrado con trampas a una cárcel, pero seguirá siendo un hombre libre”



* Escritor y periodista peruano.


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