25 de agosto de 2002

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CRÓNICA

De periodista a peregrino

La misión del periodista está basada en informar, sin embargo, muchas veces se ignora que el profesional también puede ser parte de la historia. Esa experiencia es la que se vivió junto a un grupo de peregrinos cuando el pasado 29 de julio viajamos a Guatemala en busca del Papa Juan Pablo II.

Iván Gómez
vertice@elsalvador.com

La redacción del periódico encomendó realizar un trabajo periodístico sobre la visita del Papa Juan Pablo II a Guatemala, a partir de la experiencia con más de 170 peregrinos de la iglesia Nuestra Señora de la Paz, ubicada en Ciudad Merliot y administrada por la Orden Mercedarios.


La iniciativa periodística consistiría en convivir con los fieles durante dos días y eso incluiría dormir en el convento Nazaret, y sumarse a actividades religiosas, incluyendo una caminata junto a miles de guatemaltecos, desde un punto de encuentro en las afueras de Ciudad Guatemala hasta el Hipódromo del Sur, donde se realizaría la ceremonia de canonización del Hermano Pedro de Batancur.

La salida se programó a las siete y media de la mañana del lunes 29 de julio. El grupo de prensa iría en uno de los tres autobuses contratados para el viaje. Pensamos que durante la trayectoria, se viviría el fervor religioso que motivaba el encuentro con el Papa, pero no fue así.


Una de las peregrinas dijo que lo que pasaba era que al siguiente día, habría que levantarse a eso de las dos de la mañana y que habría que ahorrar fuerzas para la misa. En realidad, fueron valientes aquellas personas mayores de 50 años, dispuestas a caminar los 7 kilómetros de la fría madrugada chapina para asistir a misa.

Fue hasta muy cerca del medio día, ya dentro de territorio guatemalteco cuando nos contagió un grupo de seminaristas santanecos. Sus dos autobuses parecían pequeñas capillas llenas de cánticos a María a son de guitarra. En nuestro autobús se cantó hasta llegar a la ciudad.

Como en casa

A pocos kilómetros de la ciudad, se percibió el ambiente a fiesta. La mayoría de carros enarbolaban la bandera Vaticana.

Eran las dos de la tarde y el Papa ya estaba en el aeropuerto. Minutos más tarde pasaba junto al Obelisco, el lugar donde se concentraron los peregrinos. Sería mi tercera ocasión cerca del Jerarca. La primera en Nicaragua, en 1983, una experiencia que nunca se olvidará por los inconvenientes provocados por los sandinistas.

Una de las cosas que llamó la atención fue una cantidad de banderas salvadoreñas y del resto de Centroamérica que se ondeaban al ritmo de vítores “¡El Papa, el Papa!”; así como también la religiosidad de los fieles en el diseño de las alfombras por donde pasaría el Pontífice durante su viaje desde el aeropuerto hacia la Nunciatura y luego al Hipódromo y viceversa. Ningún peregrino o asistente particular fue vencido por la lluvia nocturna ni por el frío de la madrugada.

Las responsabilidades periodísticas nos obligaron a separarnos de los peregrinos. Sin embargo, la suerte estaba con nosotros y los reencontramos la madrugada siguiente, perdidos entre un mar de gente.

Unidos de nuevo a la peregrinación, llegamos hasta el Hipódromo. El lugar estaba casi lleno. Miles se habrían levantado aún más temprano para encontrar lugar y estar lo más cerca posible del Papa.
Cuando se anunció la llegada del Pontífice, mi compañera Lizette se adelantó, cámara en mano. Mientras enfocaba el papamóvil, rememoró algunos de sus problemas.
En cuestión de segundos hizo un examen de conciencia, y por un momento el disparador no soltó ni un solo cuadro fotográfico.

A ella y a mí nos envolvió la emoción del ambiente. No tanto por la figura Papal, sino más bien por un hombre que, a pesar del cansancio natural de su vida, recorre el mundo para expresar un mensaje de paz y esperanza para toda la humanidad, principalmente para los ‘olvidados’.

No importaron las siete horas de sol penetrante, que duró la misa de canonización, ni los más de diez kilómetros de vuelta al autobús.

Tampoco afectaron inconvenientes como daños en uno de los buses o el intento de asalto por parte de pandilleros, contra mí y mi compañera. Ni uno de los peregrinos se quejó por el viaje.
Al fin y al cabo, habían personas que vivió más problemas para llegar a Guatemala desde más lejos como la isla Tenerife, cuna del ahora San Pedro José de Betancur.



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