18 de agosto de 2002

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Jaque al rey

Esta primera entrega sobre el escándalo de corrupción del ex presidente Arnoldo Alemán, que ofrece la revista Vértice, es parte del material documentado en libro " Secretos de confesión" del periodista nicaraguense Fabián Medina, donde se incluye entrevistas a 33 personajes de Nicaragua de los ultimos diez años.

Fabián Medina
vertice@elsalvador.com

Los mariachis cantaron una y otra vez, hasta el cansancio “...no tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo sieeeendo el rey...”, mientras Arnoldo Alemán y sus amigos celebraban con whisky la primera victoria después de entregar la banda presidencial a su correligionario y antiguo vice, Enrique Bolaños.
Ese día, Alemán lograba elegirse presidente de la Asamblea Nacional, desoyendo los consejos de quienes le pedían dejara gobernar en paz al nuevo presidente. La victoria fue efímera. Al poco tiempo, Bolaños comenzó a detonar una serie de escándalos de corrupción que han puesto a varios de sus ex funcionarios en la cárcel, a otros los han obligado a huir, y el mismo Alemán apenas ha evitado hasta ahora sentarse en el banquillo de los acusados gracias a la inmunidad que lo protege como diputado. El rey está en jaque. Éste es un acercamiento a la personalidad de un hombre que durante cinco años gobernó Nicaragua, su partido y negocios como una sola cosa.

El patriarca


En el corazón de la hacienda Santa Isabel se levanta una vieja casa de tablones pintados con cal. Deshabitada. Adentro se acomodan varios artilugios inventados a principios del siglo pasado para el despulpado del café. Los hay en desuso, como piezas de museo, y los hay en uso para descascarar las cerezas que cada temporada llegan todavía a esas máquinas que terminaron ocupando todo el espacio disponible de la vieja casona.
La ventana del cuarto que ocupó el patrón da a los patios de secado, donde trabajadores con rastrillos de madera voltean una y otra vez los granos desnudos de café para que el sol los seque. Desde esa ventana, don Agustín Alemán Casco vigilaba con ojo severo la vida de la pequeña hacienda Santa Isabel, la primera que los Alemán establecieron en El Crucero.
Agustín Alemán Casco es el mayor de los nueve hijos de Carlos Alemán, “Tata” Carlos, un granadino descalzo que llegó a buscar suerte en El Crucero allá por el año 1882. Finalmente se estableció en la finca de unos señores de apellido Morales.
Nieto de don Agustín Alemán es Arnoldo Alemán Lacayo, uno de los hombres más polémicos de la Nicaragua actual. Y, se cree, el hombre más rico del país.
El patrimonio de los Alemán tuvo un crecimiento inaudito desde que don Agustín Alemán Casco comprara la finca Santa Isabel, hace casi 100 años.
En enero de 2000, el entonces presidente de Nicaragua, doctor Arnoldo Alemán Lacayo, declaró ante la Contraloría General de la República poseer tres haciendas (Santa Isabel, El Chile y La García), nueve vehículos, dos beneficios de café húmedo y uno seco, cuatro casas para sus hijos, una isla en el Gran Lago, casas de verano en la Laguna de Apoyo y San Juan del Sur; cuatro cuentas de ahorro en bancos nacionales, acciones por 225 mil córdobas (20 mi dólares en ese momento) AJANSA y dos apartamentos en el condado de Dade, Miami, entre otros bienes.
Muchas de esas propiedades fueron, según la declaración de probidad, regalos de amigos y parientes. Así, la isla, un carro Mercedes-Benz 1997, dos camionetas Suburban y un microbús Chevy fueron donados a su persona, consta en la declaración.
Sin embargo, luego se sabría que el doctor Alemán no reportó todos sus bienes y que ninguna de las declaraciones de probidad conocidas extraoficialmente terminan de despejar el gran enigma nacional: ¿Cuánto posee Alemán?

La residencia alemán

A las seis y media de la mañana de un miércoles, la carretera que va a El Chile está desolada. Ni un solo vehículo encontramos en los más de siete kilómetros que separan la hacienda de la vía, en El Crucero.
La hacienda El Chile es la residencia permanente de Arnoldo Alemán y su familia, y su entrada se localiza a unos doscientos metros de la rústica y semiabandonada Santa Isabel. El ralo tráfico de la carretera asfaltada, estrecha pero nueva, no es consecuencia de la temprana hora ni una casualidad.
En junio de 2002 el Ministerio de Transporte realizó un estudio que llamó “Conteo especial vehicular clasificado, intersección Empalme Los Chocoyos-Hacienda El Chile”. Durante tres días seguidos, inspectores de Transporte contaron uno por uno los vehículos para determinar el uso de los 18 kilómetros de esa carretera que costó al Estado 43 millones de córdobas (poco más de 300 mil dólares) y que, se presume, fue construida exclusivamente para unir las tres fincas que el doctor Alemán tiene en El Crucero.
Según ese estudio, un promedio de 21 vehículos circulan diariamente, lo que la convierte en la carretera asfaltada de menor uso en el país. No sólo eso. Casi todos los vehículos contados en esos tres días pertenecían a la familia Alemán o estaban relacionados a ella, según lo declarara el ministro de Transporte, Pedro Solórzano.
“Si en vez de gastarse 43 millones de córdobas en una carretera que sólo beneficia al ex Presidente se hubieran hecho otros usos, habríamos solucionado el problema de casi 430 kilómetros de caminos”, reclama el ministro Solórzano.
Un solitario policía, al menos visible, custodia desde una caseta la entrada a la hacienda, cuyos límites los establece un cerco de ramas rústicas pintadas de colores alegres.
La casa hacienda es nueva, construida conforme el tradicional estilo de las casa-haciendas en Nicaragua: cuatro corredores y techo elevado. Antes de llegar a los corredores están corrales, pilas, la casa de la servidumbre y el despacho donde se refugia el doctor Alemán cuando decide trabajar en casa.
En el corredor, y a pesar de ser menos de las siete de la mañana, Arnoldo Alemán conversa en unas mecedoras con el diputado liberal René Herrera, Eliseo Núñez (hijo), y otro señor que no logro reconocer.
Alemán aceptó entrevistarse conmigo ese miércoles con la condición de que nada de esta entrevista fuese publicado antes del 11 de julio, el día de la Convención del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) que él lidera.
Sucede que desde marzo, Alemán decidió abruptamente no dar más declaraciones, luego de un encontronazo con periodistas durante una conferencia de prensa. Ese fue el último de varios rifirrafes. Es que si con alguien Alemán ha tenido una relación accidentada es con los periodistas.
El voto de silencio sorprendió a Nicaragua, que siempre ha tenido a Alemán por un hombre verborreico, dado a hablar ante cualquiera, de cualquier cosa, en cualquier lugar.
El friíto de El Crucero contrasta brutalmente con el bochorno de la vecina Managua. Gente va y gente viene en El Chile. Policías, guardaespaldas de guayabera y radio portátil en la mano, peones, choferes y servidumbre. ¿Siempre hay tanta gente? Andrea Fernanda, la linda bebé hija de Alemán, se moviliza seguida de niñera y enfermera. Pintura nueva en todas las paredes.

La visita

A mi llegada al corredor, el ex Presidente despide a sus acompañantes con un “Va pues, muchachos, así quedamos...” y sólo permanece sentado René Herrera, uno de sus más cercanos correligionarios, y con quien gestioné la entrevista.
Sobre una mesita, un papel pegajoso trata infructuosamente de controlar las moscas que revolotean, multiplicadas posiblemente por la entrada del invierno y por la cercanía de un corral, donde una decena de vacas muge lastimeramente, mientras los peones terminan la faena de ordeño.
Arnoldo Alemán es un hombre rotundamente gordo, sobrepasa fácilmente las 300 libras. Pelo negro, corto y ensortijado, ojos pequeños e incisivos. Subraya las palabras con golpeteo de manos, ya sea sobre los brazos de la silla o sobre la mesa que tiene enfrente.
Dicharachero y procaz, a veces sus comentarios rayan en el insulto, cosa que no pocas veces lo ha llevado a enfrentarse con los periodistas. “¿Cuál es el problema? No ando ni con tu hermana, ni con tu esposa”, le respondió al periodista de LA PRENSA, Gustavo Ortega, cuando éste le pidió una explicación sobre la presencia de la entonces funcionaria pública y novia de Alemán, María Fernanda Flores, en una reunión del Grupo Consultivo en Estocolmo, Suecia, en mayo del 99.
Una necrosis en la cabeza del fémur, poliomielitis dicen algunos, lo hace renquear de la pierna izquierda desde niño.
“Arnoldito siempre fue muy vivo y explotó ese problema de la poliomielitis. Su madre lo consentía mucho. Él se dio cuenta de que tenía una ventaja con eso y lo explotó. Eso no le impedía nada, él jugaba béisbol, fútbol... Siempre fue deportista, dicharachero”, relata Jaime Morales Carazo, posiblemente una de las personas que más lo conoce.
Jaime Morales Carazo es amigo de los Alemán desde siempre. Cuenta que su padre fue protector político del padre de Alemán, don Arnoldo Alemán Sandoval. Morales Carazo fue el primer jefe de Arnoldo Alemán Lacayo, “Arnoldito” como todavía le llama, el que le regaló el primer traje de trabajo y su primer reloj de oro. También fue el padrino de bodas en su primer matrimonio.
“Era un muchacho muy inteligente, muy agradable, muy vivo. Lúcido, captaba rápidamente. Totalmente desordenado. Toda su vida. Algo que lo caracteriza es el desorden. Derrochador. Generoso. Espléndido. En esa época se ganaba la simpatía de la gente fácilmente”.
Amigos y adversarios reconocen en Arnoldo Alemán un hombre inteligente.
El diputado liberal René Herrera, que se declaró “fiel a Arnoldo Alemán”, dice que lo conoció en 1993 cuando fue invitado como orador a un foro político donde participaban todos los líderes liberales de Nicaragua.
“Arnoldo me pareció alguien que dominaba esta manera de hacer política nicaragüense. Me resultaba con la viveza del nica, con la gracia de un político que sabe lo que quiere y adónde va. Resaltaba la presencia de él”.
En la Universidad de León, donde estudió Derecho, Alemán era un “cartonero”, como se les llama a los estudiantes que reciben diplomas cada año por sus buenas notas. “Yo fui el mejor alumno en la Facultad de Derecho. Y como se decía en esos años ‘cartonero’. Siempre tuve el primer lugar”, dice orgulloso Alemán.
El doctor Carlos Tünnermann, en ese entonces Rector de la Universidad de León, lo recuerda como un buen estudiante, mas no “como un estudiante brillante”.
“Era buen estudiante porque tenía buena memoria y recitaba de memoria los códigos, pero no era un alumno brillante. No recuerdo haberle dado nunca la Medalla de Oro que se le entregaba a los mejores estudiantes. Cartonero sí. Lo que pasa es que se entregaban diplomas a los tres mejores estudiantes de cada año, y a los que siempre aparecían entre esos tres se les llamaba ‘cartoneros’”.

Una buena memoria

Arnoldo Alemán, efectivamente, hace gala de una memoria portentosa. Con facilidad recuerda fechas, vecinos, nombres, lugares y sucesos de épocas en las que incluso ni había nacido.
Jaime Morales reconoce también la memoria como uno de los principales atributos de Alemán, y cree que la heredó de su padre, a quien de niño oía recitar extensos y complejos poemas en la solariega finca de El Crucero.
Del niño al adolescente y de éste al adulto y al político, Jaime Morales Carazo percibió transformaciones drásticas en la personalidad de Alemán. Quedaba el desorden y la memoria; se fue la humildad y se desarrolló la codicia.
“Se lo dije una vez: perdió la humildad. Una de las características que tenía era la humildad y la alegría. Se dejó dominar por la ira. Antes era bravo, pero era llamarada de petate. Sus reacciones de ira últimas son las mismas que vi en el rostro del último Somoza: de aquel poder que no puede ser tocado ni contradicho. Y después, una codicia sin límites. Una geofagia impresionante”.
Famosas fueron las giras presidenciales. Alemán se hizo acompañar siempre de una multitud de familiares y amigos en los viajes oficiales al exterior, los cuales a menudo terminaban en francachelas, donde abundaba el derroche y la visita a lugares exóticos del mundo.
Durante los cinco años de su mandato Arnoldo Alemán gastó 1.8 millones de dólares en dos tarjetas de crédito American Express, pagadas por el Banco Central con fondos de la Presidencia. El registro de gastos de esas dos tarjetas indica que él y sus comitivas visitaron 40 países del mundo en todos los continentes. Así, por ejemplo, se gastaron con esas tarjetas 2,540 dólares en el Cabaret Lido de París la noche del 16 de marzo de 2000. Diez días más tarde Alemán regresó al Lido y se gastó otros 7,418 dólares. Las mismas tarjetas siguen marcando un exótico itinerario: 22,530 dólares en alfombras egipcias, 37,627 en artesanías de la India, 16 mil en artesanías tailandesas...
“Él llevaba una vida como de gitano. Estilo peripatético, rodeado siempre... Siempre mantiene ese estilo”, dibuja Morales Carazo, quien muchas veces lo acompañó a esos periplos, y quien justifica los grandes gastos porque eran comitivas grandes. “Salían cuatro de Nicaragua y en el camino se iban juntando más. Yo miraba comprar cosas personales, pero suponía que lo hacía con su dinero”, explica.
Morales Carazo atribuye ese “estilo gitano” a la propia personalidad de Alemán: necesita estar rodeado y en movimiento.
“Él no es de reflexión, concentración. En el gobierno nunca lo vi sentarse a pensar, actúa bajo impulsos. Eléctrico. No hay una idea que preceda a la acción, piensa después de lo que hace. Muchas veces le da resultado, pero después va pagando consecuencias por no tener estrategias”.
Dice que Alemán es un hombre tenso que toma muchas pastillas. El azúcar, la presión alta, y la gordura le hacen utilizar un equipo para respirar al momento de dormir. Es un hombre hiperactivo. Tiene que estar en movimiento. Esa hiperactividad, dice Morales Carazo, es una excusa para no trabajar. “Nunca redactó una cosa. ¡Nunca! El chagüite se vuelve repetitivo, y es un chagüite rupestre, de lo más recóndito del campo. El grito, el gesto, la palabra, no lo que decís, a nadie le importa. Él llega a desarrollar eso y cree que es una gran técnica”. Ríe Morales Carazo. El “ex padrino” prefiere llamarse de unos días acá. La amistad con Arnoldo Alemán está rota.

Su desayuno

Del corredor hemos pasado al comedor donde terminan de servir un desayuno de leche agria, frito y gallo pinto. Mesa sencilla de madera, sillas para doce personas, un timbre en la cabecera, donde se sienta Alemán. Meseros silenciosos y uniformados sirven la comida.
El desayuno no interrumpe la entrevista. A mí me resulta incómodo, pero Alemán, hombre acostumbrado a trabajar en esas condiciones, resuelve su comida con prontitud y no deja de hablar, mientras nos alienta a probar la leche agria, producida en su finca.
—¿Cuáles diría que son sus pecados?
—Muchos. Si el ser humano es...
Si alguna vez he encontrado un entrevistado escurridizo ése es Arnoldo Alemán. Contesta lo que quiere, y trata en todo momento de imponer el ritmo de la entrevista. Hay que hacerle preguntas específicas para evitar que se vaya por la retórica y el chagüite, según su propia conveniencia.
—¿Cuál es su principal defecto?
—Ser demasiado amigo de mis amigos. Es mi mayor defecto. Ese es. Y el otro mayor es ser espontáneo, y en esta vida hay que ser hipócrita. Hay que ser mentiroso, hay que tener dualidad, tener doble moral, aparentar ser una cosa y ser otra. Y no ser espontáneo, sincero y franco.
En la opinión pública, sin embargo, los pecados que se le achacan son otros. El robo o la codicia en primer lugar, la gula, las mujeres y el alcohol, en el plano más personal.
También se dice que golpea a su mujer. Él los bota uno a uno, a veces con ironía para que se entienda lo contrario a lo que literalmente dicen sus palabras.
Sobre el alcohol dice no ser hipócrita en esa materia y toma cuando quiere, con sus amigos, y cuando se siente en ambiente. “Nunca llegué después de las siete de la mañana a trabajar”, alega en su defensa...


La próxima semana “Alemán y las mujeres”


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