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TEMA
DE PORTADA

La
diáspora salvadoreña
El
concepto que la sociología asigna a naciones como El Salvador,
donde casi un tercio de sus ciudadanos vive en el exterior, es país
expulsor de población. Duro o no, es un término
que nos describe y nos encara a una realidad con la que hay que vivir,
pues gracias a ella este país se sostiene económicamente.
Claudia Rivera/ Erick Lemus
vertice@elsalvador.com
Raúl
es un albañil que a diario corre a abordar el metro para llegar
a su trabajo en North Hollywood.
Va dos horas retrasado. La oficina de Western Union que queda cerca
de su casa estaba demasiado llena. Efectuar la remesa para su familia
en Santa Ana, de donde es originario, le cobró más tiempo
del previsto.
Pierdo cuando llego tarde al trabajo, pero al menos estoy tranquilo
porque ya envié el dinero a mi casa, dice presuroso.
A diario arranca techos viejos y pone nuevos bajo el calcinante sol
del verano en Los Angeles, que a veces alcanza los 42 grados centígrados.
Su trabajo le genera 15 dólares por hora, un 300 por ciento más
de lo que ganaría por una actividad similar en El Salvador.
En mi país, ni loco gano esto; pero, a veces, pienso que
mejor debería estar comiendo frijolitos con mi gente, porque
aquí no tengo a nadie y ni el pisto disfruto, lamenta.
Dinero como el de Raúl se convierte en la principal fuente de
divisas para el país, que tiene en las remesas familiares su
tabla de salvación.
Ni el café ni la industria maquilera se aproximan al monto generado
por las remesas, que el año pasado acumularon un mil 900 millones
de dólares.
Sólo con las remesas enviadas el 2001 el Estado podría
cubrir los gastos del Ministerio de Educación por cuatro años
consecutivos.
Lágrimas
caras
E l Salvador destaca por tener el mayor ritmo expulsor del istmo.
Aunque
no existen números exactos, la Cancillería de la República
estima que 2.5 millones de salvadoreños radican en el exterior,
el 94 por ciento de los cuales viven en los Estados Unidos, y con mayor
concentración en el estado de California, donde 1.3 millones
de compatriotas se buscan la vida.
Situaciones coyunturales como el conflicto armado, en la década
de los 80, provocó la primera oleada masiva de salvadoreños
en el exterior.
Eventos como el terremoto de 1986, la escalada de violencia que se dio
en los años posteriores a la firma de los Acuerdos de Paz, en
1992; el huracán Mitch, de 1998 y los terremotos del año
2001, sólo marcan picos en la línea constante de pérdida
de población por causa de la emigración.
Según la Organización Internacional para las Migraciones
(OIM), El Salvador tiene el 40 por ciento del total emigratorio de toda
Centroamérica, que tiene al 4.5 por ciento de su población
viviendo en el exterior.
La paradoja sobre la pérdida de población por emigración
es que genera riqueza en los países de origen.
El gobierno salvadoreño está consciente de ello, y es
por eso que la administración actual ha enfocado programas para
la atención de la comunidad migrante, como por ejemplo la Dirección
de Atención a la Comunidad en el Exterior, del Ministerio de
Relaciones Exteriores.
Pero la batuta la lleva el vicepresidente de la república, Carlos
Quintanilla Schmidt, que ha volcado su rol oficial hacia la visita de
la comunidad en el extranjero.
Nos interesan todos los salvadoreños, no porque producen
dólares, sino por la riqueza que cada uno representa, dice
el mandatario, que concluyó a inicios de agosto una visita oficial
por la comunidad de Los Angeles, donde vive más de un millón
de salvadoreños.
Una red social
José Portillo, de San Pedro Perulapán, llegó a
Los Angeles hace 25 años.
Cuando
tenía dos años de residir fuera, ayudó a su hermano
Vicente a emigrar. Le pagó al coyote, lo alojó
en su casa y, dos años más tarde, el proceso se repitió
con su hermana, Tránsito, la tercera.
Para entonces, José ya era residente y tuvo la opción
de emigrar legalmente a su madre sin complicaciones.
Cuando mi mamá vino a Estados Unidos, ya mis otros tres
hermanos habían entrado ilegalmente al país. Así
fue como nos reunimos todos, relata José, cuya familia
se reúne una vez al mes en casa de su madre, en San Diego, para
mantener los lazos que los llevaron a vencer la distancia.
La historia de José Portillo es la de muchos y forma parte de
esa gran red externa que fomenta la inmigración, tal vez más
que los factores de vulnerabilidad y pobreza.
Según Mario Róger Hernández, responsable de la
Dirección de Atención a la Comunidad en el Exterior, en
la medida en que los salvadoreños tengan a alguien que los reciba
en otro país, serán más proclives a irse.
Los salvadoreños que emigraron en los 80, ya tenían
estabilidad para ayudar y hasta para pagar la emigración de los
que lo hicieron en los 90, explica el director al puntualizar
en la dinámica de este fenómeno.
Según Hernández, conocer la ruta migratoria, el que exista
una red de acogida y una búsqueda de empleo previa, incentiva
hasta al más arraigado.
Tal vez por eso los intentos de emigrar no paran, sobre todo hacia los
Estados Unidos, donde la red involucra a representantes de pueblos enteros,
dispuestos siempre a ayudar al coterráneo recién llegado.
Poca disuasión
Las amenazas de deporta-ción todavía no disuaden la emigración.
Al menos entre los salvadoreños, donde el número de deportados
es desproporcionada con respecto a la emigración anual.
Se estima que el 32 por ciento de los compatriotas que viven en los
Estados Unidos son indocumentados y por tanto susceptibles a una deportación.
Aún así, los casos no exceden los 2 mil anualmente.
No obstante, la extensión de pasaportes provisionales para salvadoreños
a punto de deportación es uno de los trabajos más compendiosos
para la vicecónsul de El Salvador en Los Angeles, Miriam Vargas,
que ve de 20 a 40 casos semanales, la mayor parte por ser indocumentados.
Aún así no hay certeza de que no vuelvan a intentarlo,
dice Vargas al sintetizar la dinámica migratoria del salvadoreño.
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¿El
último tps?
Surgen cambios
en la política migratoria
Algunos expertos creen que la extensión del TPS es la
última concesión migratoria que el gobierno de los
E.U. concede a El Salvador.
La historia migratoria salvadoreña en los Estados
Unidos ha estado sujeta a un estira y encoge del cual se ha obtenido
ganancia.
El más reciente de ellos es la extensión del Programa
de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés),
divulgado el mes anterior por el Servicio de Inmigración
y Naturalización (INS).
Con la extensión, los más de 265 mil salvadoreños
que se acogieron al programa, que fue abierto a raíz de
los terremotos de 2001, tienen la oportunidad de residir y trabajar
legalmente por un año más.
Originalmente, el programa debería terminar el 9 de septiembre
de este año, pero en lugar de cancelarlo, el INS da la
oportunidad de reinscribirse para ampliar el plazo de protección
un año más.
Para algunos especialistas en migración, la concesión
fue generosa, pero podría tratarse del último beneficio
migratorio concedido a El Salvador, que anteriormente ha contado
con programas como el ABC, NACARA y otra suerte de TPS coyunturales.
Esta es la versión final del TPS, dudo que el gobierno
americano nos dé más, comenta Francisco Rivera,
un salvadoreño ahora involucrado en círculos políticos.
Según éste, el esfuerzo del gobierno y otras organizaciones
pro-inmigrantes, debe enfocarse en la búsqueda de la residencia
permanente para los salvadoreños que ya están amparados
por programas de protección.
El momento histórico ha cambiado y la emigración
es para ellos menos justificable, así que hay que aprovechar
y lograr lo más que se pueda, comenta Rivera.
Otros activistas creen que la inmigración jamás
va a parar en los Estados Unidos. Este es un país
de inmigrantes y a ellos se debe su riqueza, dice Salvador
Gómez, presidente ejecutivo de la Asociación Nacional
Salvadoreño Americana (SANA).
¿Cuántos
somos? ¿Dónde estamos?
No existen datos precisos sobre el número de salvadoreños
que vive en Estados Unidos. La condición de indocumentados
de muchos de ellos, impediría tener un dato exacto.
De hecho, los datos que maneja la Cancillería de la República,
se basan en las estimaciones que hace el Servicio Nacional de
Inmigración (INS) sobre el número de beneficiarios
en programas de protección.
Estos números pueden ser conservadores, pero sirven de
referencia, dice Mario Róger Hernández.
Así se sabe que 2.3 millones de salvadoreños viven
en Estados Unidos. De éstos, la mayoría (cerca de
un millón) vive en Los Angeles, por lo cual ésta
es la primera ciudad salvadoreña fuera de San Salvador.
Unos 200 mil vivirían en San Francisco, 150 mil en Washington
D.C. y más de 420 mil en Nueva York, mientras que Houston,
con 92 mil, Dallas, con 50 mil y Santa Ana, California, con 85
mil, se contarían también entre las más pobladas.
El segundo país con mayor población salvadoreña
migrante es Canadá, con 161 mil; Australia, con 18 mil;
unos 66 mil entre México, Centroamérica y el Caribe,
y más de 11 mil distribuidos en varios países europeos.
Alemania, Suiza, España e Italia cuentan con el 87 por
ciento de los emigrantes salvadoreños a Europa, lo cual
es un número conservador, pues se estima que solo en la
ciudad italiana de Milán existen más de 10 mil compatriotas,
mientras que en Suecia existen más de 2 mil.
Otros tantos viven en Israel (250), Japón (77) y China
(27), Suramérica (3,157). Por factores internos o externos,
estamos en todas partes.
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El
paraíso del ilegal

A mediados
del siglo pasado, el MacArthur Park era el signo de la emergente prosperidad
de Los Angeles. Ahora, por el deterioro del tiempo y la presión
de la inmigración, se conoce como el distrito de las ventas ambulantes.
Su principal mercancía: los documentos falsos.
El MacArthur Park de Los Angeles es, para muchos, el sitio emblemático
de la inmigración latina en California. Su condición de
paraíso de los documentos falsos es el secreto peor guardado
en la ciudad.
En sus arriates y calzadas se encuentra gente que se ofrece a conseguir
partidas de nacimiento, cédulas de identidad personal, licencias
de conducir, green cards, tarjetas de seguro social, en
fin, cualquier papel que permita a un indocumentado construirse una
identidad con la que pueda legalizarse, trabajar o simplemente estar
en este país del norte. Por supuesto, fraudulentamente.
Basta con vencer el temor de transitar por las calles aledañas
para obtener un listado de la oferta de documentos: recibos fechados
de envío de remesas, por 50 dólares; partidas de nacimiento,
de 100 a 200 dólares, al igual que la cédula de identidad
personal. El precio varía si el cliente desea sellos originales
en sus documentos, timbres fiscales (ahora obsoletos) o papel membretado
de alguna municipalidad.
medidas extremas
Servicios
más complicados, como la alteración de fechas en los pasaportes,
puede costar hasta 400 dólares según la urgencia.
Obtener este tipo de documentos requiere mucho más que dinero.
Se necesita credulidad y una dosis alta de desesperación, pues
a menudo éstos no sirven para los fines que se buscan.
A mí me han tenido que sacar tres veces una tarjeta del
Social Security (documento obligatorio para trabajar), pero cuando voy
a las fábricas siempre me cachan en la mentira, dice Esther
Maravilla, una señora de La Unión que llegó a Los
Angeles hace seis meses para evitar el embargo de su terreno.
Documentos falsos
Los programas de protección temporal abiertos para inmigrantes
en las últimas dos décadas, provoca que varios de ellos
busquen compensar con documentos falsos el incumplimiento de requisitos
como, por ejemplo, las fechas límites de ingreso a ese país.
Según el cónsul de El Salvador en Los Angeles, Oscar Benavides,
muchos de los que compran documentos falsos han sido elegibles para
este tipo de programas.
Es hasta innecesario que recurran a documentos falsos. Si tienen
los requisitos, es mejor que entren por las buenas, dice el cónsul,
que considera difícil frenar el tráfico de documentos.
Esto es un negocio. Si la gente los sigue buscando, los seguirán
timando, agrega.
Raíces en el parque
La vida de los inmigrantes centroamericanos está ligada desde
hace años al parque MacArthur.
A mediados de los 80, éste era el hogar de decenas de familias
de indocumentados. Ahí, en casas improvisadas con cartones y
láminas, como en su tierra, convivían guatemaltecos, salvadoreños
y mexicanos, con homeless, drogadictos y pillos.
Sobre el césped se dormía, lavaba y cocinaba. Cuentan
algunos que el plato emergente eran los patos de estanque cuando la
comida escaseaba.
Pero esto duró poco. Las autoridades de la ciudad desalojaron
a los invasores y mejoraron la apariencia del parque, pero no borraron
su esencia de hogar adoptivo, al grado que ahora es el principal escenario
de las actividades públicas de los inmigrantes: celebraciones
de independencias patrias, fiestas y protestas, todo cuanto el inmigrante
necesita para sentirse como en casa.
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Ser
salvadoreño me abre muchas puertas
Fue uno de los rostros más conocidos de la televisión
salvadoreña. Ahora, en Los Angeles, Antonio Mineros crece
como la espuma.
Su voz grave, su tez oscura y su seriedad en la presentación
del noticiero estelar de Canal 12, todavía se extraña.
Hace exactamente un año, Tony Mineros emprendió
camino hacia Estados Unidos, contratado por el Canal 52 de Los
Angeles, que pertenece a la cadena Telemundo.
Ahora es el primer presentador salvadoreño (anchor,
en el vocabulario mediático anglosajón) en laborar
para este canal angelino, uno de los de mayor rating
en la ciudad.
Agradecido con la vida por lo que le ha deparado, Antonio Mineros
dice estar conforme con sus logros recientes, aunque añora
algunas cosas de El Salvador, entre ellas, el nutrido acontecer
noticioso del país y sus compañeros del Canal 12,
que se convirtieron en su familia por más de diez años.
No reniego, estoy haciendo buena carrera aquí en
Los Angeles y eso me satisface mucho; pero sí, me hacen
falta algunas cosas de mi país, dice el periodista.
Mineros fue contratado por la cadena Telemundo para que aportara
su experiencia como periodista y presentador, pero también
para brindar un rostro conocido al casi un millón de salvadoreños
que vive en la ciudad.
En Los Angeles se han dado cuenta de la importancia que
tiene la comunidad salvadoreña. Prueba de ello es que yo
esté aquí, agrega.
Según Mineros, actualmente atraviesa por un buen momento
en su carrera, en el que debe aprovechar el dar el último
sprint.
Los periodistas salvadoreños tenemos buen prestigio
entre nuestros similares latinoamericanos, porque somos competitivos
y trabajadores, dice el presentador que se siente orgulloso
de representar a una generación de compatriotas que sobresalen
en los campos profesionales de este país.
El salvadoreño ya no sólo es el obrero. Ahora
es una comunidad que trasciende, que es políticamente activa
y estudiosa. Si seguimos así, vamos a crecer más,
indicó.
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