18 de agosto de 2002

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La diáspora salvadoreña

El concepto que la sociología asigna a naciones como El Salvador, donde casi un tercio de sus ciudadanos vive en el exterior, es “país expulsor de población”. Duro o no, es un término que nos describe y nos encara a una realidad con la que hay que vivir, pues gracias a ella este país se sostiene económicamente.

Claudia Rivera/ Erick Lemus

vertice@elsalvador.com

Raúl es un albañil que a diario corre a abordar el metro para llegar a su trabajo en North Hollywood.
Va dos horas retrasado. La oficina de Western Union que queda cerca de su casa estaba demasiado llena. Efectuar la remesa para su familia en Santa Ana, de donde es originario, le cobró más tiempo del previsto.
“Pierdo cuando llego tarde al trabajo, pero al menos estoy tranquilo porque ya envié el dinero a mi casa”, dice presuroso.
A diario arranca techos viejos y pone nuevos bajo el calcinante sol del verano en Los Angeles, que a veces alcanza los 42 grados centígrados. Su trabajo le genera 15 dólares por hora, un 300 por ciento más de lo que ganaría por una actividad similar en El Salvador.
“En mi país, ni loco gano esto; pero, a veces, pienso que mejor debería estar comiendo frijolitos con mi gente, porque aquí no tengo a nadie y ni el pisto disfruto”, lamenta.
Dinero como el de Raúl se convierte en la principal fuente de divisas para el país, que tiene en las remesas familiares su tabla de salvación.
Ni el café ni la industria maquilera se aproximan al monto generado por las remesas, que el año pasado acumularon un mil 900 millones de dólares.
Sólo con las remesas enviadas el 2001 el Estado podría cubrir los gastos del Ministerio de Educación por cuatro años consecutivos.

Lágrimas caras
E l Salvador destaca por tener el mayor ritmo expulsor del istmo.


Aunque no existen números exactos, la Cancillería de la República estima que 2.5 millones de salvadoreños radican en el exterior, el 94 por ciento de los cuales viven en los Estados Unidos, y con mayor concentración en el estado de California, donde 1.3 millones de compatriotas se buscan la vida.
Situaciones coyunturales como el conflicto armado, en la década de los 80, provocó la primera oleada masiva de salvadoreños en el exterior.
Eventos como el terremoto de 1986, la escalada de violencia que se dio en los años posteriores a la firma de los Acuerdos de Paz, en 1992; el huracán Mitch, de 1998 y los terremotos del año 2001, sólo marcan picos en la línea constante de pérdida de población por causa de la emigración.
Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), El Salvador tiene el 40 por ciento del total emigratorio de toda Centroamérica, que tiene al 4.5 por ciento de su población viviendo en el exterior.
La paradoja sobre la pérdida de población por emigración es que genera riqueza en los países de origen.
El gobierno salvadoreño está consciente de ello, y es por eso que la administración actual ha enfocado programas para la atención de la comunidad migrante, como por ejemplo la Dirección de Atención a la Comunidad en el Exterior, del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Pero la batuta la lleva el vicepresidente de la república, Carlos Quintanilla Schmidt, que ha volcado su rol oficial hacia la visita de la comunidad en el extranjero.
“Nos interesan todos los salvadoreños, no porque producen dólares, sino por la riqueza que cada uno representa”, dice el mandatario, que concluyó a inicios de agosto una visita oficial por la comunidad de Los Angeles, donde vive más de un millón de salvadoreños.

Una red social

José Portillo, de San Pedro Perulapán, llegó a Los Angeles hace 25 años.


Cuando tenía dos años de residir fuera, ayudó a su hermano Vicente a emigrar. Le pagó al “coyote”, lo alojó en su casa y, dos años más tarde, el proceso se repitió con su hermana, Tránsito, la tercera.
Para entonces, José ya era residente y tuvo la opción de emigrar legalmente a su madre sin complicaciones.
“Cuando mi mamá vino a Estados Unidos, ya mis otros tres hermanos habían entrado ilegalmente al país. Así fue como nos reunimos todos”, relata José, cuya familia se reúne una vez al mes en casa de su madre, en San Diego, para mantener los lazos que los llevaron a vencer la distancia”.
La historia de José Portillo es la de muchos y forma parte de esa gran red externa que fomenta la inmigración, tal vez más que los factores de vulnerabilidad y pobreza.
Según Mario Róger Hernández, responsable de la Dirección de Atención a la Comunidad en el Exterior, en la medida en que los salvadoreños tengan a alguien que los reciba en otro país, serán más proclives a irse.
“Los salvadoreños que emigraron en los 80, ya tenían estabilidad para ayudar y hasta para pagar la emigración de los que lo hicieron en los 90”, explica el director al puntualizar en la dinámica de este fenómeno.
Según Hernández, conocer la ruta migratoria, el que exista una red de acogida y una búsqueda de empleo previa, incentiva hasta al más arraigado.
Tal vez por eso los intentos de emigrar no paran, sobre todo hacia los Estados Unidos, donde la red involucra a representantes de pueblos enteros, dispuestos siempre a ayudar al coterráneo recién llegado.

Poca disuasión

Las amenazas de deporta-ción todavía no disuaden la emigración.

Al menos entre los salvadoreños, donde el número de deportados es desproporcionada con respecto a la emigración anual.
Se estima que el 32 por ciento de los compatriotas que viven en los Estados Unidos son indocumentados y por tanto susceptibles a una deportación. Aún así, los casos no exceden los 2 mil anualmente.
No obstante, la extensión de pasaportes provisionales para salvadoreños a punto de deportación es uno de los trabajos más compendiosos para la vicecónsul de El Salvador en Los Angeles, Miriam Vargas, que ve de 20 a 40 casos semanales, la mayor parte por ser indocumentados.
“Aún así no hay certeza de que no vuelvan a intentarlo”, dice Vargas al sintetizar la dinámica migratoria del salvadoreño.

¿El último tps?

Surgen cambios en la política migratoria

Algunos expertos creen que la extensión del TPS es la última concesión migratoria que el gobierno de los E.U. concede a El Salvador.

La historia migratoria salvadoreña en los Estados Unidos ha estado sujeta a un estira y encoge del cual se ha obtenido ganancia.
El más reciente de ellos es la extensión del Programa de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés), divulgado el mes anterior por el Servicio de Inmigración y Naturalización (INS).
Con la extensión, los más de 265 mil salvadoreños que se acogieron al programa, que fue abierto a raíz de los terremotos de 2001, tienen la oportunidad de residir y trabajar legalmente por un año más.
Originalmente, el programa debería terminar el 9 de septiembre de este año, pero en lugar de cancelarlo, el INS da la oportunidad de reinscribirse para ampliar el plazo de protección un año más.
Para algunos especialistas en migración, la concesión fue generosa, pero podría tratarse del último beneficio migratorio concedido a El Salvador, que anteriormente ha contado con programas como el ABC, NACARA y otra suerte de TPS coyunturales.
“Esta es la versión final del TPS, dudo que el gobierno americano nos dé más”, comenta Francisco Rivera, un salvadoreño ahora involucrado en círculos políticos.
Según éste, el esfuerzo del gobierno y otras organizaciones pro-inmigrantes, debe enfocarse en la búsqueda de la residencia permanente para los salvadoreños que ya están amparados por programas de protección.
“El momento histórico ha cambiado y la emigración es para ellos menos justificable, así que hay que aprovechar y lograr lo más que se pueda”, comenta Rivera.
Otros activistas creen que la inmigración jamás va a parar en los Estados Unidos. “Este es un país de inmigrantes y a ellos se debe su riqueza”, dice Salvador Gómez, presidente ejecutivo de la Asociación Nacional Salvadoreño Americana (SANA).


¿Cuántos somos? ¿Dónde estamos?

No existen datos precisos sobre el número de salvadoreños que vive en Estados Unidos. La condición de indocumentados de muchos de ellos, impediría tener un dato exacto.
De hecho, los datos que maneja la Cancillería de la República, se basan en las estimaciones que hace el Servicio Nacional de Inmigración (INS) sobre el número de beneficiarios en programas de protección.
Estos números pueden ser conservadores, pero sirven de referencia, dice Mario Róger Hernández.
Así se sabe que 2.3 millones de salvadoreños viven en Estados Unidos. De éstos, la mayoría (cerca de un millón) vive en Los Angeles, por lo cual ésta es la primera ciudad salvadoreña fuera de San Salvador.
Unos 200 mil vivirían en San Francisco, 150 mil en Washington D.C. y más de 420 mil en Nueva York, mientras que Houston, con 92 mil, Dallas, con 50 mil y Santa Ana, California, con 85 mil, se contarían también entre las más pobladas.
El segundo país con mayor población salvadoreña migrante es Canadá, con 161 mil; Australia, con 18 mil; unos 66 mil entre México, Centroamérica y el Caribe, y más de 11 mil distribuidos en varios países europeos.
Alemania, Suiza, España e Italia cuentan con el 87 por ciento de los emigrantes salvadoreños a Europa, lo cual es un número conservador, pues se estima que solo en la ciudad italiana de Milán existen más de 10 mil compatriotas, mientras que en Suecia existen más de 2 mil.
Otros tantos viven en Israel (250), Japón (77) y China (27), Suramérica (3,157). Por factores internos o externos, estamos en todas partes.



El paraíso del ilegal

A mediados del siglo pasado, el MacArthur Park era el signo de la emergente prosperidad de Los Angeles. Ahora, por el deterioro del tiempo y la presión de la inmigración, se conoce como el distrito de las ventas ambulantes. Su principal mercancía: los documentos falsos.

El MacArthur Park de Los Angeles es, para muchos, el sitio emblemático de la inmigración latina en California. Su condición de paraíso de los documentos falsos es el secreto peor guardado en la ciudad.
En sus arriates y calzadas se encuentra gente que se ofrece a conseguir partidas de nacimiento, cédulas de identidad personal, licencias de conducir, “green cards”, tarjetas de seguro social, en fin, cualquier papel que permita a un indocumentado construirse una identidad con la que pueda legalizarse, trabajar o simplemente estar en este país del norte. Por supuesto, fraudulentamente.
Basta con vencer el temor de transitar por las calles aledañas para obtener un listado de la oferta de documentos: recibos fechados de envío de remesas, por 50 dólares; partidas de nacimiento, de 100 a 200 dólares, al igual que la cédula de identidad personal. El precio varía si el cliente desea sellos originales en sus documentos, timbres fiscales (ahora obsoletos) o papel membretado de alguna municipalidad.
medidas extremas
Servicios más complicados, como la alteración de fechas en los pasaportes, puede costar hasta 400 dólares según la urgencia.
Obtener este tipo de documentos requiere mucho más que dinero. Se necesita credulidad y una dosis alta de desesperación, pues a menudo éstos no sirven para los fines que se buscan.
“A mí me han tenido que sacar tres veces una tarjeta del Social Security (documento obligatorio para trabajar), pero cuando voy a las fábricas siempre me cachan en la mentira”, dice Esther Maravilla, una señora de La Unión que llegó a Los Angeles hace seis meses para evitar el embargo de su terreno.

Documentos falsos

Los programas de protección temporal abiertos para inmigrantes en las últimas dos décadas, provoca que varios de ellos busquen compensar con documentos falsos el incumplimiento de requisitos como, por ejemplo, las fechas límites de ingreso a ese país.
Según el cónsul de El Salvador en Los Angeles, Oscar Benavides, muchos de los que compran documentos falsos han sido elegibles para este tipo de programas.
“Es hasta innecesario que recurran a documentos falsos. Si tienen los requisitos, es mejor que entren por las buenas”, dice el cónsul, que considera difícil frenar el tráfico de documentos.
“Esto es un negocio. Si la gente los sigue buscando, los seguirán timando”, agrega.
Raíces en el parque
La vida de los inmigrantes centroamericanos está ligada desde hace años al parque MacArthur.
A mediados de los 80, éste era el hogar de decenas de familias de indocumentados. Ahí, en casas improvisadas con cartones y láminas, como en su tierra, convivían guatemaltecos, salvadoreños y mexicanos, con “homeless”, drogadictos y pillos.
Sobre el césped se dormía, lavaba y cocinaba. Cuentan algunos que el plato emergente eran los patos de estanque cuando la comida escaseaba.
Pero esto duró poco. Las autoridades de la ciudad desalojaron a los invasores y mejoraron la apariencia del parque, pero no borraron su esencia de hogar adoptivo, al grado que ahora es el principal escenario de las actividades públicas de los inmigrantes: celebraciones de independencias patrias, fiestas y protestas, todo cuanto el inmigrante necesita para sentirse como en casa.

“Ser salvadoreño me abre muchas puertas”

Fue uno de los rostros más conocidos de la televisión salvadoreña. Ahora, en Los Angeles, Antonio Mineros crece como la espuma.


Su voz grave, su tez oscura y su seriedad en la presentación del noticiero estelar de Canal 12, todavía se extraña.
Hace exactamente un año, Tony Mineros emprendió camino hacia Estados Unidos, contratado por el Canal 52 de Los Angeles, que pertenece a la cadena Telemundo.
Ahora es el primer presentador salvadoreño (“anchor”, en el vocabulario mediático anglosajón) en laborar para este canal angelino, uno de los de mayor “rating” en la ciudad.
Agradecido con la vida por lo que le ha deparado, Antonio Mineros dice estar conforme con sus logros recientes, aunque añora algunas cosas de El Salvador, entre ellas, el nutrido acontecer noticioso del país y sus compañeros del Canal 12, que se convirtieron en su familia por más de diez años.
“No reniego, estoy haciendo buena carrera aquí en Los Angeles y eso me satisface mucho; pero sí, me hacen falta algunas cosas de mi país”, dice el periodista.
Mineros fue contratado por la cadena Telemundo para que aportara su experiencia como periodista y presentador, pero también para brindar un rostro conocido al casi un millón de salvadoreños que vive en la ciudad.
“En Los Angeles se han dado cuenta de la importancia que tiene la comunidad salvadoreña. Prueba de ello es que yo esté aquí”, agrega.
Según Mineros, actualmente atraviesa por un buen momento en su carrera, en el que debe aprovechar el dar el “último sprint”.
“Los periodistas salvadoreños tenemos buen prestigio entre nuestros similares latinoamericanos, porque somos competitivos y trabajadores”, dice el presentador que se siente orgulloso de representar a una generación de compatriotas que sobresalen en los campos profesionales de este país.
“El salvadoreño ya no sólo es el obrero. Ahora es una comunidad que trasciende, que es políticamente activa y estudiosa. Si seguimos así, vamos a crecer más”, indicó.


Continuación


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