11 de agosto de 2002

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La Columna
Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com

Barreras mentales

Cuando tenía 16 años y conocía poco del significado de la palabra prudencia, tuve un accidente de motocicleta. Un loco al volante, a plena luz del día, no vio la motocicleta en la que me conducía con “el ratero”, un amigo de infancia. Como resultado del choque, me fracturé el tercio medio de la tibia. Aquel incidente no me permitió terminar el año escolar, aunque para mí eran vacaciones extras gratis.

Después del accidente pasé quince días en el hospital, dos meses más en cama y seis meses enyesado hasta la rodilla de mi pierna izquierda.

Debido a mi amor a la vagancia de aquel entonces, me resultaba cruel pasar todo el día en mi casa. Pero eso cambió cuando mis padres me llevaron las muletas. Entonces, ya nada me detenía, incluso, con mis amigos motociclistas, organizamos un viaje a la playa, adonde fui en moto con mi pierna enyesada y cargando mis muletas.

En ese momento, no recapacité en que mis molestias temporales para movilizarme, para otras personas, son permanentes. Ir al baño, tomar una ducha, salir a la puerta, subir y bajar del bus, todo movimiento significaba una lucha. Pero, como a todo, uno se acostumbra a esas barreras físicas.
En aquel tiempo, poco o nada se hacía por las personas con dificultades para desplazarse, que no solo son los limitados físicos perennes; también son los temporales, las personas obesas, las mujeres embarazadas, los adultos mayores y, por su puesto, las víctimas de accidentes como yo.
Aquella experiencia me acercó un poco a la realidad que ellos viven. En la actualidad, por lo menos en el papel, las cosas están cambiando con la aprobación de la Ley de Equiparación de Oportunidades. Digo “al menos en papel”, porque todavía se siguen diseñando edificios públicos y privados que no toman en cuenta a este grupo de la población, que no es tan pequeño como se cree.

Pero hay honrosos ejemplos en la empresa privada, como unas salas de cine de un populoso centro comercial, o una cadena de supermercados, las cuales incluyen, en sus parqueos, espacios para discapacitados.

Sin embargo, en la mente de muchos no existe el respeto de esos espacios. He visto cómo conductores, sin adolecer de ninguna discapacidad, se estacionan en esos lugares. No se dan cuenta de que muchos deben superar las llamadas “barreras arquitectónicas”, pero ellos deben superar una barrera más difícil de sortear: la mental.

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