4 de agosto de 2002

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REPORTAJE

¿La cirugía de la dignidad?

El año pasado, al menos veinticinco mujeres se reconstruyeron el himen en nuestro país. Se trata de una operación llamada himenoplastía. El temor a abordar el tema, entre los pocos médicos que aceptan realizar la intervención deja al descubierto la suprema discreción con la que trabajan. La mayoría de pacientes ha sido víctima de abuso sexual; pero, otras ven en la operación el mejor camino para recuperar el “valor” social perdido.

Claudia Zavala
vertice@elsalvador.com

“¿Usted también es paciente de la doctora? ¿Y qué se va a hacer, niña, si está bien jovencita?”, me dice la mujer, mientras hojea una Cosmopolitan, sentada en el otro extremo de la sala de espera del consultorio. Aparenta unos cuarenta años; aunque, a juzgar por el grueso expediente que la secretaria saca del archivo, seguramente su lozana piel y sus bien plantadas formas son amigas del bisturí desde hace un tiempo.
Una vaga sonrisa cómplice es la única respuesta que recibe. Quizá por eso insiste: “Ay, sí, niña, está bueno. Yo digo que mientras se pueda, hay que remendarse todo lo que una quiera. Y aquí es chivo, porque la doctora da crédito”, sugiere en voz baja.
“La doctora”, desde su ventilada oficina, acepta hablar de la himenoplastía o reconstrucción de himen, a cambio de no revelar su identidad. “Es que usted sabe que hay gente en este país que no entiende estas cosas y una puede meterse en problemas”, explica.
Insiste, desde el principio, en hablar sólo de los casos en los que las pacientes intervenidas han sido víctimas de abuso sexual. Según ella, la experiencia que ha tenido, durante diez años, le ha demostrado que la operación es una buena “solución” para aminorar la carga traumática que deja un ataque de esta magnitud en el cuerpo y la psiquis de una mujer.
Explica, escuetamente, que la cultura latinoamericana es el principal argumento que ha hecho que un buen grupo de mujeres busquen sus “conocimientos” para buscar una solución.
No necesita haber estudiado sociología o antropología para entender que, pese a la llamada “liberación femenina”, el machismo y el androcentrismo atraviesan diferentes esferas de la sociedad, tanto académicas como socioeconómicas. Y que los conflictos que genera esa doble moral desemboca muchas veces en el sofá de espera de su consultorio.
“En los casos de violación, generalmente son los padres los que traen a sus hijas. Se supone que cuando vienen a mí ya lo han decidido. Pero siempre procuro asegurarme de que estén bien conscientes de lo que van a hacer, para que la medicina no resulte peor que la enfermedad”, señala. La galena explica que la mayoría de sus pacientes oscila entre los 17 y 21 años de edad.
La Policía Nacional Civil reporta que, en lo que va del año, se han denunciado 526 violaciones. De esas, 458 han sido a mujeres. El subcomisionado Pedro González declara que las jóvenes de catorce años suelen ser más vulnerables a los abusos “por estar en un período de desarrollo en el que comienzan a ser más atractivas para el hombre”.
A juicio de la doctora consultada, las personas que han acudido a su clínica en algunos casos piensan que, al “reconstruir” el daño físico, la recuperación psicológica se facilita de alguna manera.
La psicóloga Virginia de Menéndez considera que la reconstrucción del himen no es, necesariamente, un elemento fundamental que contribuya a la recuperación del estrés postraumático, producto de una violación sexual.

Dignidad vulnerada

Según De Menéndez, el punto de gravedad en una situación de abuso sexual está, no precisamente en perder el himen, sino en el atropello a la libertad y dignidad del ser humano.
De Menéndez sostiene que la mejor manera de iniciar una recuperación real y duradera es denunciando al violador, para individualizarlo y condenarlo socialmente. Esto ayuda a que la víctima drene su rabia e inicie una recuperación basada en un autoestima fortalecida.
“Siempre se recalca, pero parece que lo olvidamos: La virginidad no está en el himen, sino en los valores morales y espirituales de una persona”, comenta.
Similar es el pensamiento del doctor Wilfredo Martínez, jefe de la Unidad de Atención a la Violencia, del Instituto Salvadoreño del Desarrollo de la Mujer (ISDEMU).
A Martínez incluso le parece grave sólo el hecho de considerar que esta operación sea tomada en cuenta en una terapia postviolación. Según él, ésta no es más que una forma reduccionista de valorar a la mujer y, lejos de ayudarla a salir de su trauma, lo que hace es reforzar más el lineamiento androcéntrico y disminuir su autoestima.
“Yo esto lo veo más dentro de un marco de práctica comercial que de verdadero beneficio para la víctima”, enfatiza.
La cirujana plástica que Vértice consultó asegura que no sabe de ningún otro colega suyo que admita hacer la operación: “Una cosa es hacerla y otra reconocerlo”, dice. De hecho, se consultó a varios médicos sobre la práctica de la himenoplastía y, de siete cirujanos consultados, tres admitieron haberlo hecho alguna vez, “pero por razones púramente médicas”.
¿Clandestinamente?
Una de esta razones es, por ejemplo, el padecimiento de tumores o quistes vaginales que necesitan obligatoriamente ser removidos. “Cuando la paciente nunca ha tenido relaciones sexuales, la obligación del médico es reconstruir algo que por voluntad de la persona está intacto; no lo podemos dejar roto. Pero sé de médicos que lo han hecho para lucrarse; por ética, no le puedo dar nombres”, explica uno de los consultados, que tampoco quiso que se publicara su identidad.
La dificultad para señalar con nombres y apellidos a los médicos que realizan la operación es la misma en el resto de Latinoamérica. De hecho, aunque en la mayoría de países es un secreto a voces, en las pocas naciones en las que esta práctica ha salido a la luz pública ha sido por investigaciones periodísticas, fundamentadas en testimonios de pacientes que, clandestinamente, explican dónde y quién le realizó la intervención. Posterior a las publicaciones, grupos de defensa de los Derechos Humanos y de protección a los valores familiares tradicionales han hecho sus propias investigaciones al respecto.
El hecho de que los cirujanos plásticos que la realizan no acepten el hecho ni siquiera entre su mismo gremio es, para Martínez, parte de la misma “doble moral” que delinea nuestra cultura.
“Creo que se valen de que es una operación poco conocida en nuestro país, a pesar de su antigüedad. Pero, si continúan haciéndolas, es porque hay una demanda”, reflexiona.
Un grupo demandante que está dispuesto a pagar entre siete mil a diez mil colones por la intervención, que se realiza en media hora y requiere sólo anestesia local y un poco de sedación.

Consulta privada

La red de hospital públicos en nuestro país, según fuentes consultadas, nunca ha practicado este tipo de operaciones. Sergio Parada, director del Hospital Bloom, niega rotundamente que a alguna niña le haya sido reconstruido el himen, después de una violación. Explica que en el nosocomio existe un programa de “Violencia social”, en la Unidad de Pediatría Social, que es el encargado de tratar a las menores abusadas. “Pero jamás se ha hecho una operación de esas en este hospital”, aclara.
De igual forma, en el Hospital Rosales, a través de la secretaria del doctor Alcides Gómez, jefe de Cirugía Plástica, se confirmó que esta intervención no se realiza y que, definitivamente, “sucede más a nivel de consulta privada”.
La dimensión religiosa también forma parte de las supuestas “razones” por las cuales se realiza la intervención.
Al respecto, monseñor Jorge Torruella, de la iglesia La Merced, afirma que es absurdo resguardarse en motivaciones religiosas para “excusar” una decisión de este tipo.
El religioso asegura que alguien con una verdadera formación espiritual, más que religiosa, sabe perfectamente que “la Iglesia nos enseña a respetar nuestro cuerpo y a mirarlo con dignidad”. Destaca que el Papa habla claramente sobre la teología del cuerpo humano, la cual se resume, en pocas palabras, en que “todo, incluso nuestro cuerpo, nos debe llevar a Dios”.
Sin embargo, hace una reflexión bastante peculiar: “¡Qué paradoja más grande!, este mundo es como es y, con esa operación, le está dando valor a la virginidad. Después de todo, es un ‘signo feliz’ de que, en el fondo se esté admitiendo la importancia de los valores que ahora estamos perdiendo”, expresa.
Vértice contactó a una mujer, de 28 años, licenciada en Mercadeo, que se realizó la reconstrucción de himen, hace dos años, antes de contraer matrimonio. Sin embargo, aún garantizándosele total discreción con su identidad, se negó a compartir su testimonio. Su argumento principal fue que, al comentar detalles específicos de su caso, su esposo podría descubrirla. Sobre todo porque, asegura, la “sutura” que le hicieron le provocó una pequeña infección que fue descubierta por su pareja durante la luna de miel, “y eso le despertó ciertas sospechas”.
“¿Cómo cree que le voy a contar más cosas... si esa vez me costó convencerlo de que era un quistecito el que tenía. Ya me imagino si comienza a sospechar otra vez...”, finaliza.

“Vírgenes” en media hora

La mayoría de pacientes que la cirujana consultada ha atendido oscila entre los 17 y 21 años de edad. Y, algunas veces, son llevadas por sus propios padres al consultorio. El costo de la operación varía entre los siete mil y diez mil colones.


- El procedimiento es sencillo, no implica mayor riesgo y no necesita hospitalización
- Requiere sólo de anestesia local y un poco de sedación
- Se introduce en la vagina una “sonda vecical” de unos 15 centímetros de largo
- La sonda lleva en la punta una especie de “balón”, de 8 centímetros de diámetro, que se hincha al inyectarle, desde afuera, dos centímetros de agua
- Con el agua, el “balón” se infla y la zona vaginal se tensa
- Con la tensión, los finos tejidos (curínculos vaginales) que han quedado sueltos se revelan en el borde del “balón”
- El cirujano cose los tejidos entre sí, para “reconstruir” el himen antes roto
- La cicatrización se da en quince días, y los puntos de sutura no necesitan de extracción posterior
- Se recomienda abstinencia sexual durante un mes


Una práctica sin fronteras
No sólo América Latina es escenario de esta práctica. Curiosamente, en Europa, Alemania es el país que encabeza la lista de lugares donde la operación abarata los consultorios médicos.


La evidente modernidad de Alemania contrasta notablemente con la práctica de la himenoplastía. Las principales “clientas” de los pequeños consultorios, que prácticamente funcionan de manera clandestina, son las alemanas de origen musulmán que están a las puertas del matrimonio.
La comunidad árabe que ingresó a la Alemania de postguerra no se conformó con los frutos del trabajo que encontraron en esa tierra, sino que decidió quedarse.
Esos trabajadores, que llegaron a finales de los años cuarenta a realizar todo tipo de trabajo para sobrevivir, vieron nacer en Alemania a sus hijos y nietos. Sin embargo, las rígidas costumbres musulmanas nunca desaparecieron de las reglas del hogar.
Así, las modernas jóvenes alemanas, hijas de musulmanes, se han criado entre la liberal cultura germánica y el conservadurismo excesivo de sus ancestros turcos. Esto permite que, durante su adolescencia y primera juventud vivan bajo las normas del país que las vio nacer. Sin embargo, los compromisos matrimoniales generalmente son “arreglados” por familiares, lo que las hace, muchas veces, someterse a la operación, para “enmendar” su error y “quedar bien” con la cultura de sus hogares.
La región Latinoamericana conoce de la práctica desde la década de los años cincuenta. Según artículos periodísticos publicados el año pasado en México, República Dominicana y México son dos de los países en donde se ha reconocido públicamente la realización de la operación. Esto ha valido para que diversos grupos que abogan por los derechos humanos y por los valores tradicionales de familia se manifiesten en su contra.
Según los informes periodísticos, el fenómeno de la migración ha contribuido a aumentar esta práctica, ya que las muchachas que se quedan en su país de origen no siempre guardan fidelidad al novio que va en busca de trabajo. Cuando éste regresa para casarse con ellas, muchas prefieren esta “alternativa”, antes que encarar la verdad.
El costo de la operación oscila entre los 400 y 500 dólares.


“Sentí que resolví su problema”
Curiosamente, en la mayoría de países en donde se realiza la intervención hay una coincidencia entre los médicos que la realizan: Casi todos son mujeres.

“Todavía recuerdo a mi primera paciente. Era una muchacha joven, originaria de San Miguel, que como que había sido novia de un montón de militares de la Tercera Brigada de allá. Un día llegó a mi clínica diciéndome que se había conseguido a un viejón turco pistudo, que se quería casar con ella. Pero ella le había dicho que era virgen, para amarrarlo más. Su desesperación e insistencia fue tal que no pude negarme a ayudarla. Para entonces, yo no me había especializado en el campo, pero fui con un maestro que era un gran cirujano plástico y le expuse el tema, para ver cómo ayudaba a la muchacha.
Recuerdo que cuando le comenté, ese hombre me sacó la filosofía, la ética, la religión y un montón de letanías como excusas. Me dijo rotundamente que no estaba de acuerdo con esas operaciones, porque su fin último es el engaño.
Cuando salí de su consultorio, afuera me estaba esperando la muchacha. Y cuando le comenté la respuesta de mi maestro, comenzó a llorar desesperadamente. Me dijo que estaba entre la espada y la pared, que por favor la ayudara. Que esta era la mejor oportunidad para ella y su familia de salir adelante, porque estaban en una situación económica bastante dura. Y lloraba y lloraba...
A mí la cipota me partió el alma. No sé, quizá porque soy mujer también. Y le dije: “¿Vos lo que querés es sangrar, verdad? Bueno, llegate a mi clínica a ver qué hacemos”. Y así fue. La verdad es que yo tenía un poco de idea de cómo era la operación, que es realmente sencilla. Le suturé una parte de tejido y ya. Después sí me especialicé en Cirugía Reconstructiva.
Pero, según me comentó después, no tuvo ningún problema, porque el hombre la vio sangrar y le creyó lo de su virginidad. A la larga no sé si es ayuda o qué, porque, lógicamente, eso no garantiza la felicidad en un matrimonio. Pero, en ese momento, yo sentí que le ayudé a resolver su problema”.


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