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REPORTAJE
Mercaderes
de la caridad
Para
algunos, apelar a la solidaridad pública para enmendar situaciones
de emergencia pareciera ser la llave indicada para abrir el cofre de
la abundancia. Al menos transitoriamente. El problema es cuando la precaria
necesidad se tiñe con una dosis de exageración o
engaño, para torcerle el brazo a muchas conciencias y voluntades
dispuestas a tender la mano.
Claudia Zavala
vertice@elsalvador.com
Se llama Francisco Javier, y tiene dos años y tres meses. Como
cualquier niño de su edad, es inquieto y juega a las escondidas
con sus hermanos. Camina. Corre. Y también se tropieza. Estos
detalles de su conducta infantil parecieran normales de no ser porque,
durante varios meses ya, su madre, Matilde Noemí Castro de Lara,
trata de sostener lo contrario.
Tanto así que acudió a los medios de comunicación
para solicitar un aparato ortopédico que el niño realmente
no necesita, argumentado una malformación en la columna
vertebral y un quiste.
A él le cuesta caminar, se cae a cada rato por su problema...
viera cómo tiene las rodillas de tanto caerse. Yo por eso sólo
chineado lo tengo. Pero su salud de verdad me aflige porque, aunque
usted ahorita lo ve sanito, por dentro está bien malo,
insiste, pese a que el dominio de las extremidades que demuestra Francisco
Javier aparenta ser el de un niño normal que aún desarrolla
su motricidad gruesa.
Matilde tiene 29 años. Su historia se refleja en el espejo en
el que se miran la mayoría de mujeres del interior de nuestro
país: No concluyó el bachillerato, sobrevive lavando y
planchando ajeno, y está acompañada con un lisiado de
guerra que se responsabilizó de sus dos hijos, fruto de una primera
unión. Él, Francisco Lara Guevara, de 34 años,
perdió el pie derecho durante el conflicto armado. Combatió
en las montañas de Chalatenango, donde ahora residen, en el cantón
La Ceiba, del municipio Las Vueltas, y recibe una pensión mensual
de 493.23 colones.
La idea de abocarse a la caridad del pueblo se concretizó
formalmente el 25 de abril de este año, cuando Matilde, apoyada
por personal del Destacamento Militar número 1 de Chalatenango,
envió una carta a la primera dama de la República, Lourdes
de Flores, describiendo el estado de salud de su pequeño.
La
solicitud rezaba textualmente: Soy una persona de escasos recursos
y tengo a mi hijo Francisco Javier, quien posee una malformación
de la columna vertebral, un quiste y desnutrición severa, deshidratación
por diarrea y vómitos, por lo que me dirijo a usted para solicitarle
su ayuda, ya que mi hijo necesita de un aparato ortopédico llamado
perverticalizador, el cual tiene un costo muy elevado.
La misiva llegó a manos de Aída Verónica Simán
de Betancourt, directora de Desarrollo Humano de la Secretaría
Nacional de la Familia, quien solicitó de inmediato al Centro
de Invalideces Múltiples (CIM) los antecedentes médicos
del niño, para verificar su estado de salud y canalizar la ayuda.
La información que De Betancourt recibió de parte del
doctor Francisco José Posada Rodríguez, director del CIM,
fue delicada: Francisco Javier ya caminaba y no necesitaba del aparato,
cuyo nombre correcto es verticalizador, el cual tiene un costo máximo
de 200 colones, pues es de diseño artesanal. Consiste básicamente
en dos tubos verticales, con una base horizontal de madera y lazas de
velcro o mozote, para adherirla al cuerpo del niño.
El objetivo es mantenerlo en posición recta, durante media hora
diaria, para que ajuste la posición correcta al caminar y estimule
la fuerza y el equilibro en las piernas.
Según consta en su expediente del CIM, firmada por el terapista
Alberto Cuéllar, el 12 de marzo de 2002, Francisco Javier
ya ha logrado una marcha independiente y satisfactoria.
Sin embargo, un mes después, Matilde acudió a dos medios
de comunicación escrita para solicitar ayuda por unos cuantos
miles de colones, que supuestamente valía el aparato ortopédico,
a pesar de que el niño ya caminaba.
No lo necesita
Recibimos varias llamadas de personas que querían ayudar,
porque en la nota del periódico aparecía el nombre de
nuestra institución. Recuerdo que me llamó la secretaria
de un gringo que me dijo que daría todo el dinero necesario para
el niño. A todos los que llamaron les dije la verdad, que el
pequeño no necesitaba el aparato, comenta Posada.
El médico incluso alertó sobre el afán de lucro
de Matilde a los medios de comunicación en los que había
aparecido la nota.
Cuando la SNF se enteró de la conducta de la mujer, le hizo llegar
una carta notificándole que se habían enterado de todo
y que estaban en la obligación de informarlo a la Fiscalía
General de la República. Lamentamos mucho que usted como
madre del niño esté tratando de obtener provecho económico
de la situación de él, dice literalmente.
Pero las cosas no terminan ahí. Cuando Matilde se entera de la
notificación a la Fiscalía, acude a la oficina de Derechos
Humanos de Chalatenango, alegando que su hijo sí necesita la
ayuda que solicitó.
Esta vez, presenta una constancia de que requiere un aparato ortopédico
llamado AFO 0-2F bilateral, que son unas plantillas en los pies que
se extienden con dos especies de varillas hacia la parte superior de
la pantorrilla, hasta la altura de la rodilla. El costo de este aparato
es de 1,549.68 colones. Aunque se le ha exonerado la mitad del pago
y el costo será de 600 colones. Se supone que eso ayudará
a que una pequeña desviación en el pie derecho del niño
se estabilice. La receta es firmada por Oscar Armando Jubis
Gómez, del Centro Aparato Locomotor, del Instituto Salvadoreño
de Rehabilitación de Inválidos, ISRI.
Matilde ya no acudió al CIM porque su pequeño fue dado
de alta el 28 de mayo, cuando un equipo multidisciplinario analizó
su cuadro clínico. Como indicación médica se le
recomendó seguir en control con el ortopeda. Es así como
surge la necesidad de este nuevo aparato. Sin embargo, la malformación
en la columna vertebral y el quiste que en un inicio argumentaba nunca
formaron parte del expediente inicial del menor.
¿Cheques?
Cuando
De Betancourt, de la SNF, se enteró de la nueva variación
en su expediente solicitó le exoneraran por completo del pago
del aparato, lo que se supone todavía está en proceso.
Sin embargo, Matilde menciona un acuerdo que dice desconocer De Betancourt:
De la Secretaría dijeron que me darían unos cheques
para medicamentos, por lo de la desnutrición del niño...
que los dejarían en una farmacia, para asegurarse de que se gastarán
en eso. Pero imagínese que no haya de esas medicinas ahí...
yo por eso quiero que me den el pisto a mí para meterlo en el
banco y controlarlo yo.
El doctor Sergio Parada, director del Hospital Bloom, donde Francisco
Javier tiene otro expediente por su estado nutricional, explica que
el niño padece una desnutrición moderada, no severa como
su madre sostiene, y que en marzo y julio de este año le proporcionaron
complementos vitamínicos como calcio y vitamina B. Matilde, sin
embargo, asegura que la trabajadora social le dijo que no le podían
dar las medicinas porque no pagaba. Parada lo niega enfáticamente.
Incluso acusa a algunos padres de familia que tratan de sacar provecho
del estado de salud de sus hijos.
Menciona el caso reciente de un padre que acudió a la prensa
para solicitar dinero para comprar unas válvulas de Pudem, porque
su hijo tenía hidrocefalia. Y consiguió la ayuda. La sorpresa
del galeno fue que al revisar el expediente del pequeño descubrió
que éste ya había sido operado a los seis días
de nacido y, al momento de la petición, tenía un año
de edad.
La gente se aprovecha como no tiene idea, y eso es malo porque
se pierde credibilidad. Y cuando hay gente que de verdad necesita, nadie
le hace caso, opina.
Constancias
Según Parada, la constante difusión de estos casos en
los medios de comunicación contribuye, de alguna manera, a que
algunas personas sin escrúpulos vean una puerta abierta para
acudir a la caridad pública sin mayor esfuerzo.
Desde que esta clase de abusos comenzó a ser más común
y evidente en el Bloom, se acordó que sólo el director
del Hospital estaba autorizado para emitir una constancia que verificara
el estado de salud real de los pequeños. Incluso se dijo que
los periodistas estarían autorizados a hacer públicos
los casos sólo cuando los padres presentaran ese aval médico.
Sin embargo, Parada argumenta que prácticamente nadie se acerca
a él para pedirle constancias médicas. Así sucedió
en el caso de Matilde, quien, en medio de todo el legajo de penurias,
menciona escuetamente que la alcaldía de Las Vueltas está
organizando una velada, para recaudar fondos y así
paliar la situación de su hijo. Pero recuerde que el pisto
se va rápido y quizá necesitaría más ayuda
para darle buena comida a mi niño, porque la doctora le ha dejado
que coma carne asada, huevo duro, crema y quesito... y yo no tengo suficiente
para darle de eso todos los días, enfatiza.
La Secretaria Municipal de dicha alcaldía, Hilda Beatriz Orellana
de Oliva, se sorprendió al ser consultada al respecto. Dijo desconocer
de alguna planificación de ese tipo en los próximos días.
Tal vez ella lo ha acordado solamente con el señor alcalde.
Pero me extraña que él no nos haya informado de nada,
porque, en todo caso, seríamos nosotros los del Concejo los encargados
de organizarlo todo, dice.
La evaluación socio económica de Matilde y su esposo es
un elemento que también sorprendió a la SNF. La trabajadora
social que visitó a la familia le informó a De Betancourt
que las características físicas de su vivienda no eran
las tradicionales de la zona rural de Chalatenango.
De hecho, la diferencia en la estructura de su casa, con respecto de
la de sus vecinos, es notable. En lugar del suelo polvoriento de la
mayoría de viviendas del cantón, la suya tiene un piso
de ladrillo de cerámica, está rodeada por una malla y
un muro y tiene a la entrada un portón de hierro.
Estamos dispuestos a ayudarle, si de verdad lo necesita. Pero
no le niego que me sorprendió ese detalle de su casa. No es una
mansión, claro, pero se nota la diferencia. Nosotros hemos visto
casos realmente precarios, argumenta De Bentacourt.
Ya la tenía él
Matilde, conocedora de las evidentes diferencias, se adelanta a advertir
que la casa ya la tenía su marido cuando se acompañaron,
la cual fue construida por la Fundación de Desarrollo y Vivienda
Mínima (FUNDASAL), y que no le han comprado nada nuevo desde
que están juntos.
Además, explica que apenas sobrevive lavando y planchando ajeno,
pero cree que dejará de hacerlo porque mucho le duele el
ovario cuando lava. Y como su marido no está alentado,
ninguno de los dos podrá trabajar, y eso empeoraría la
situación familiar.
Vértice consultó a la Fiscalía sobre el rumbo de
la notificación oficial de la SNF. Después de una semana
de constantes llamadas telefónicas, en la Oficina de Comunicaciones
se informó que aún no se había logrado definir
en manos de quién estaba la investigación.
El Instituto Salvadoreño de Protección al Menor, también
por medio de la Oficina de Prensa, detalló que lo que procede
en estos casos es que el Cuerpo Protector de Menores realiza una investigación
in situ, para verificar si, efectivamente, la madre se está
aprovechando de su hijo. Si eso se comprueba, puede tomarse como medida
extrema separarlo de ella.
Al menos hasta ahora, el ISPM no reporta denuncias anteriores similares
a ésta. Dijo que los que más se conocen son los típicos
casos de adultos que explotan a menores exigiéndoles que pidan
limosna en las calles. Confirmó que, posiblemente, en los próximos
días el equipo se traslade a Chalatenango, para realizar una
verificación al respecto.
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La
cultura del vivián
Argumentar enfermedades inexistentes para provocar compasión,
explotar rostros infantiles para conseguir limosna en autobuses
y semáforos son parte de la cultura asistencialista que
impera en el país. ¿Hasta dónde se debe a
la condición económica?
La cultura de dependencia y asistencialismo no es exclusiva de
los sectores marginados del país. Así lo explica
el sociólogo Luis González, quien describe como
un sello cultural el hecho de acostumbrarse a recibir
ayuda a cambio del esfuerzo mínimo.
Según él, el caso de Matilde es tan sólo
un punto en una interminable madeja de posibilidades que se enmarcan
dentro de una misma lógica: la de la dependencia y pasividad
cultural.
González considera que la coyuntura de los terremotos es
un escenario perfecto que permite dimensionar esta realidad.
Ahí veías a la gente en sus casas derrumbadas,
sólo esperando a que les llevaran ayuda. Hombres jóvenes
que no eran capaces de agarrar una pala, por lo menos para limpiar
la carretera por donde iba a llegar la ayuda, señala.
Uno de los frutos de la guerra, detalla, es el nivel de organización
que alcanzó la población involucrada, lo cual aún
les permite definir específicamente a quién acudir
para solicitar la ayuda.
Llama la atención que esta mujer (Matilde), a pesar
de ser de escasos recursos, sabe perfectamente dónde tiene
que ir para resolver su caso. Es decir, conocen bien las obligaciones
de las diferentes instituciones, dice.
González también argumenta que hay otros países
pobres donde la gente no llega a estos extremos, pues existe una
noción más clara de lo que es la dignidad humana
y de ejercer ciudadanía; es decir, cumplir con ciertos
deberes para poder reclamar ciertos derechos.
El sociólogo también analiza la otra cara de la
moneda, la de los que brindan la ayuda.
Es un círculo vicioso, porque el que da contribuye
a reproducir y perpetuar la cultura del vivián,
del zorro que sabe salirse con la suya, sin ser descubierta su
picardía. No se trata de volverse poco solidario, pero
hay que distinguir cuándo uno le va a hacer un bien a alguien
o, por el contrario, lo está sumiendo más en la
dependencia, opina.
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