28 de julio de 2002

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La Columna
Claudia Zavala
vertice@elsalvador.com

Mea Culpa

No sé si de algo sirvan estas líneas para aminorar tu calvario. Ni siquiera sé si tendrás oportunidad de leerlas, tras las rejas, algún día. Tampoco sé si aprendiste a leer y escribir. Como sea, quiero dar el paso que me negaste hace algunas semanas, para acercarme a ti y pedirte perdón, aunque sea tras la frialdad del papel. Sólo conozco los datos que una noticia policial aporta: Que te llamas Miguel Antonio, que tienes 26 años y que mataste a tu primo hermano.

Hasta ahí, eras tan solo una estadística más de lo que llaman “violencia social”. Te buscaban desde hacía un año y tú, prófugo, burlaste la ley a tu antojo, dando lecciones de astucia al estilo del más abusado delincuente.

Pero, cuando 365 noches habían atormentado tus recuerdos, la conciencia te torció el brazo y acudiste a una delegación policial a entregarte. “Estoy cansado de huir. Fui yo. Yo lo maté. Agárrenme”, fueron tus palabras cortadas ante la autoridad.

Cuando te busqué, para contar una historia diferente, que distara de mi manía de ver sólo las patas feas del cisne, me cerraste las rejas de tu celda. Insistí varias veces, hasta que la psicóloga del equipo multidisciplinario del Penal me lo explicó por teléfono: “Vino una gente de un noticiero y le prometieron cielo y tierra, a cambio de que contara su historia. Cuando sacaron el reportaje, lo pusieron como lo peor del mundo, incluso le adjudicaron delitos que no constan en su expediente. Y, desde entonces, sus compañeros de celda no dejan de burlarse de él, por haber confiado en un periodista”. Le di las gracias y colgué. Y sentí verguenza.

Te prometieron buscar ese mismo día a tu familia, que no sabía que te habías entregado. También te aseguraron que hablarían con el Juez para acelerar tu proceso. A cambio, a la hora de la cena, viste tu imagen en televisión y las promesas se desvanecieron. La psicóloga dice que lloraste y te fuiste a tu celda sin comer.

Yo no puedo limpiar tu nombre con falsas sensibilidades, es más, tú mismo lo has reconocido: Eres un asesino. Pero quizá tu conciencia esté más limpia que la de muchos que vamos por la vida atropellando dignidades, a cambio de primicias periodísticas. Sólo sé tu nombre, pero te admiro porque encaras al mundo asumiendo tus errores y porque, sin mentiras, le estás pidiendo a este país que te dé la oportunidad de cambiar.

Ojalá que las lágrimas que derramaste, y que no llegan hasta nuestras redacciones, no queden perdidas en las jarras de cerveza que saciarán el ego de muchos periodistas que celebraremos nuestro día, resguardados tras el escudo de la libertad de expresión.

czavala@elsalvador.com



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