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PIEDRA
DE TOQUE

Queremos
ser pobres
Mario Vargas Llosa
vertice@elsalvador.com
Arequipa, la ciudad donde nací, acaba de ganar una ardorosa
batalla contra la modernización. Declarándose en huelga,
desempedrando las calles, destruyendo locales públicos, enfrentándose
a pedradas a la policía en refriegas callejeras que han causado
dos muertos y muchos heridos, miles de arequipeños, encabezados
por su alcalde, Juan Manuel Guillén, y varios burgomaestres locales
(que se declararon en huelga de hambre) consiguieron que el gobierno
peruano suspendiera la privatización de dos empresas eléctricas
regionales, Egasa y Egesur, que habían sido otorgadas en licitación
a una firma belga. Además, los huelguistas saborearon un suplementario
añadido a su victoria: que el gobierno del Presidente Toledo,
asustado por la magnitud de la protesta que amenazaba con extenderse
a otros departamentos, se humillara públicamente pidiendo excusas
al pueblo arequipeño pues uno de sus ministros osó llamar
violentos a los insurgentes de la Blanca Ciudad. El ministro
en cuestión, Fernando Rospigliosi, probablemente el mejor ministro
del Interior que ha tenido el Perú en muchas décadas (hizo
la más radical reforma de la Policía Nacional que se recuerde,
limpiándola de elementos anti-democráticos y corruptos)
renunció a su cargo.
Nada de esto debería sorprender a quien siga de cerca la situación
en América Latina. En tanto que la democratización se
ha estancado, o da marcha atrás en países como Venezuela,
en el orden económico hay un renacimiento del populismo como
consecuencia del fracaso de ciertas reformas de apertura y privatización,
presentadas de manera falaz como neo-liberales, de la gravísima
crisis por la que atraviesa Argentina y de la que parece irse gestando
en Brasil, donde Lula da Silva, líder emblemático del
populismo continental, encabeza con cerca del 40% todas las encuestas
para las elecciones presidenciales del próximo octubre. Lo ocurrido
en el Perú en las últimas semanas es, por desgracia, un
indicio de lo que puede llegar a ser una constante latinoamericana en
el futuro inmediato: frustrados en sus expectativas de trabajo y mejores
niveles de vida que, azuzados por demagogos y políticos oportunistas
ávidos de poder, atribuyen a la globalización neo-liberal,
los pueblos latinoamericanos -con la solitaria excepción de Chile,
sin duda, que se halla ya demasiado avanzado en el camino de la modernidad
para retroceder- , de golpe o de a pocos, recaen en el viejo modelo
nacionalista y estatista del desarrollo hacia adentro al
que, junto con las dictaduras, deben su marginación y su miseria.
A menudo, una reforma mal hecha es todavía más perjudicial
que la falta de reformas. Ese ha sido el caso del Perú, donde
la dictadura de Fujimori privatizó un buen número
de empresas públicas durante los años ominosos de 1990-2000.
Esas privatizaciones eran, claro está, una caricatura grotesca
de lo que es y de lo que persigue la transferencia de empresas del Estado
al sector privado, algo que se hace para sanearlas, modernizarlas, obligarlas
a competir y prestar mejores servicios a los consumidores. En verdad,
se hacían para convertir monopolios públicos en monopolios
privados, para favorecer a determinadas personas y grupos económicos
vinculados a la camarilla gobernante, y, sobre todo, para que Fujimori,
Montesinos y toda su ralea cortesana de militares, empresarios y funcionarios
se llenara los bolsillos con comisiones y tráficos de muchos
millones de dólares. Naturalmente que semejantes privatizaciones
no beneficiaron en nada al pueblo peruano (como sí han beneficiado
las hechas en España o Chile a españoles y chilenos) y
más bien lo perjudicaron y frustraron. No es de extrañar
que a la sola idea de que las empresas eléctricas regionales
fueran privatizadas, millares de arequipeños se lanzaran a las
calles, a librar una batalla tan romántica como anti-histórica.
Porque, la privatización, aunque sirviera a Fujimori y Montesinos
de pretexto a asquerosas pillerías, es un paso indispensable
para países como el Perú, si quieren salir de la pobreza.
El único medio a través del cual pueden modernizar industrias
a las que la administración estatal ha inutilizado, vuelto obsoletas
y que gravitan como una pesada carga sobre los contribuyentes, que deben
subsidiar su artificial existencia. Si una privatización está
bien hecha -transparente, abierta y rigurosamente regulada por la ley-
sus consecuencias son siempre beneficiosas para el conjunto de la sociedad.
En el caso de Egasa y Egesur, además, aquella operación
tenía la virtud de mostrar al mundo que, pese a la desconfianza
de los inversores internacionales hacia América Latina después
de las pérdidas experimentadas por muchas empresas a raíz
de la crisis de Argentina, la situación económica en el
Perú, aunque todavía de modestos logros pero bien encaminada
y de excelente calificación ante la comunidad financiera, era
capaz de atraer capitales extranjeros, algo absolutamente imprescindible
para aumentar el empleo, ya que la desocupación es el problema
primero del país.
Estas razones no fueron bien explicadas por el gobierno al pueblo arequipeño;
dadas las circunstancias, era necesaria una labor pedagógica,
que limara los prejuicios y explicara las bondades de la medida. Aunque,
tal vez, los sentimientos de Arequipa contra la privatización
eran más potentes que todos los argumentos racionales. Impidiendo
que las empresas eléctricas pasaran a manos privadas, los huelguistas
de Arequipa creían estar luchando contra la corrupción
y por la justicia y los pobres, pero, en verdad, estaban librando una
batalla a favor de más atraso y pobreza para un departamento
que, acaso, sea el que en los últimos veinte años ha retrocedido
más en el Perú en lo relativo a las oportunidades de trabajo
y condiciones de vida. Sus industrias han ido desapareciendo, una tras
otra -mudándose a Lima o cerrando-, y sus mejores cuadros profesionales
emigrando hacia la capital o el extranjero, después de que, en
los años sesenta, su desarrollo empresarial parecía sostenido
y un motor cuyo dinamismo contagiaría todo el Sur del Perú.
En estas condiciones, que una buena parte de la población arequipeña
se movilizara para cerrarle las puertas a una empresa extranjera que
pagó por Egasa y Egesur unos 168 millones de dólares,
gran parte de los cuales iban a quedar en la propia Arequipa, parece
un contrasentido, un caso de obnubilación colectiva. Las consecuencias
de lo ocurrido son todavía más graves. Ha aumentado el
riesgo-país, lo que desalentará aún más
la inversión extranjera, y precisamente en momentos en que los
gobiernos del Perú y Chile compiten para atraer una inversión
de Bolivia cercana a los 2,300 millones de dólares en instalaciones
que permitan exportar el gas boliviano a través de uno de los
dos países. Pero, si la historia peruana no estuviera plagada
de casos como éste, el Perú no sería el pobrísimo
país que es.
Hay que estar preparados para ver repetirse paradojas auto-destructoras
de esta índole a lo largo y a lo ancho de América Latina
en los días que se avecinan. Las reformas mal hechas y a menudo
desnaturalizadas por la cancerosa corrupción, y, también,
sin duda, la recesión y la crisis económica en Estados
Unidos y en Europa que tanto han golpeado de carambola a América
Latina, han tenido como efecto que el clima favorable para la modernización
económica que reinó en el nuevo continente hace algunos
años se haya entibiado en algunos países, y desaparecido
en otros, a la vez que la vieja tentación del populismo, con
su demagogia patriotera y su exacerbación histérica contra
la economía de mercado, las empresas privadas, las inversiones,
y, sobre todo, el satanizado neo-liberalismo, vaya recuperando
un derecho de ciudad en los países en los que se le creía
desaparecido después de haberlos arruinado. Ahora está
allí, una vez más, vivito y coleando. Se adueñó
de Venezuela con el comandante Chávez y, por lo visto, podría
ganar las elecciones en Bolivia. En Argentina, dada la apocalíptica
situación que allí se vive, no hay duda de que sus valedores
encontrarán un oído receptivo en las masas empobrecidas
y brutalmente confiscadas de sus ahorros, de sus empleos, y es posible
que en octubre lleguen al poder en Brasil con los votos de una mayoría
significativa.
¿Qué es lo que falló? Probablemente la causa primera
del fracaso de esa tímida modernización emprendida en
América Latina haya sido la corrupción, que, como ocurrió
en el Perú en la década de los noventa, vació de
contenido los intentos modernizadores, al utilizarlos como una mera
cortina de humo para tráficos delictivos y el saqueo de los recursos
públicos. Y la mejor prueba de ello es que en Chile, el país
donde la modernización de la economía se hizo de manera
más transparente y efectiva (con escasos episodios de corruptela),
ella ha impulsado un crecimiento que es un modelo para el resto del
continente. La razón por la que la corrupción ha campeado
y destruido muchas de las reformas emprendidas es la falta de instituciones
sólidas, capaces de oponer un freno eficaz a los tráficos
y operaciones ilegales pactadas entre el poder político y empresarios
mafiosos para enriquecerse a la sombra de las reformas. Lo cual demuestra
una vez más lo que todos los grandes pensadores liberales han
defendido siempre: que no existe una economía de mercado digna
de ese nombre sin una justicia pulcra y eficiente que defienda los derechos
de los ciudadanos, y una información libre que permita una vigilancia
permanente de las reformas en todas sus instancias. En otras palabras,
que la libertad económica sólo puede ser una herramienta
del desarrollo en un régimen de democracia efectiva y funcional.
Hacer que muchos latinoamericanos hoy día desesperados por el
crecimiento de la pobreza lleguen a aceptar estas ideas será
ahora más difícil que antes. Pero la dificultad no debe
paralizarnos ni cegarnos: hay que dar esa difícil batalla contra
el renacimiento del populismo, porque éste sólo servirá
para seguir subdesarrollando a América Latina.
Aunque nunca he vivido en Arequipa (mi familia abandonó mi ciudad
natal cuando yo tenía un año, y desde entonces sólo
he estado allí de paso) siempre he tenido un gran cariño
a la ciudad de mi madre, mis abuelos y mis tíos, quienes, en
el exilio cochabambino, me llenaron la cabeza de paisajes, historias
y personajes arequipeños, y me inculcaron que haber nacido allí,
al pie del Misti, era un privilegio. Y por eso, en estos días,
leyendo las noticias que llegaban de allá, he sentido tristeza.
¿Sabía lo que hacía Juan Manuel Guillén,
un alcalde a quien tantos peruanos demócratas respetábamos
por su gallarda actitud contra la dictadura, encabezando esta movilización
popular a favor del atraso y la pobreza? Ella le ha hecho ganar popularidad,
sin duda, pero el daño infligido a Arequipa y al Perú
es incalculable. Las victorias de Pirro sólo son derrotas demoradas.
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