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INTERNACIONAL
Museo con sabor a espionaje
Fotografías
tomadas por cámaras colocadas en palomas, zapatos con un transmisor
para por a diplomáticos y lentes con una dosis letal de cianuro
es parte del Museo Internacional del Espionaje.
Vértice / Agencias
vertice@elsalvador.com
La
singular galería está instalada en la capital mundial
del espionaje, Washington, y muy cerca de la cuartel general del FBI
donde Robert Hanssen trabajó antes de que se descubriera que
era un topo que vendía secretos estadounidenses a los soviéticos.
La idea es que el visitante se involucre tanto como pueda,
dice Antonio Méndez, jefe de camuflaje retirado de la CIA.
Al entrar en el museo, los visitantes memorizarán una identidad
-nombre, nacionalidad, edad, pasado, propósito del viaje- y luego
serán preguntados en varios puntos por un medidor de sospechosos
que evaluará lo bien -o mal- que recuerdan la nueva identidad.
El museo tiene la mayor colección de objetos de espionaje jamás
mostrada, con artefactos llegados de Estados Unidos, Canadá,
Inglaterra, Israel, Alemania Oriental y Occidental, la Unión
Soviética, Checoslovaquia, Ucrania y Polonia.
Aunque en tiempos de amenazas terroristas, después del ataque
de la red Al Qaeda, no mostramos nada que pueda considerarse en
la categoría de clasificado, sostiene el director del museo
Peter Earnest, un ex oficial de la CIA.
La exhibición también cámaras de espías
lo suficientemente pequeñas para entrar en el agujero de un botón,
lo bastante largas para instalarse entre las paredes de dos habitaciones
de un hotel y rotativas para desplazarse por el texto de documentos.
Se representará además la sala ficticia de interrogatorios
del enemigo.
Se verán las brevemente elaboradas píldoras L
-L de letal porque están hechas de cianuro o otra sustancia letal-
que la CIA daba a sus operarios y a los agentes extranjeros que conocían
secretos vitales para la seguridad nacional de Estados Unidos que pudieran
ser capturados e interrogados.
Elemento
letal
En la exposición aparecerán también unos lentes
que contienen una sustancia letal al final de una de las patillas, para
que el espía pudiera, sin levantar sospechas, retirarse los lentes
y quitarse la vida.
Aleksandr Ogorodnik, un diplomático soviético que trabajaba
para Estados Unidos y cuyo nombre codificado era TRIGON,
acordó firmar en 1977 su confesión ante los soviéticos
y pidió utilizar su bolígrafo. Mordió entonces
la parte superior, en la que estaba oculto el cianuro, y murió
antes de tocar el suelo, cuenta Jonna Méndez, oficial retirado
de operaciones técnicas de la CIA.
Cámaras voladoras
Los franceses, británicos y estadounidenses usaron palomas mensajeras
durante la Segunda Guerra Mundial con cámaras atadas a ellas
que automáticamente tomaban fotografías, algunas de las
cuales, mostrando los tejados de París, serán exhibidas
en el museo.
Una pistola de 4.5 milímetros de un solo disparo oculta en una
barra de lápiz labial y conocida como el beso de la muerte,
fue usada por la KGB en la Guerra Fría.
La KGB fabricó un transmisor para el tacón del zapato
que permitía oir conversaciones secretas de diplomáticos
estadounidenses.
En realidad, un embajador se convertía en un micrófono
ambulante, dijo Keith Melton, un coleccionista de objetos de espionaje
y asesor del museo.
Los visitantes podrán subir a un sistema de ductos en el techo
para escuchar conversaciones de otras personas y se les mostrará
que abrir cerraduras es más complicado de lo que muestra la televisión,
donde a veces un gancho de pelo se mueve ligeramente en la cerradura
y las puertas se abren.
En el museo también se mostrarán microdocumentos, textos
fotografiados y reducidos al tamaño de menos de un milímetro
conocidos como microdot.
El público probablemente nunca ha visto un microdot
auténtico. Les explicaremos cómo se hacían y las
cámaras que se usaban, dice.
Imagine el resto de toda la exposición. Fascinante.
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