21 de juliode 2002

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INTERNACIONAL

Museo con sabor a espionaje

Fotografías tomadas por cámaras colocadas en palomas, zapatos con un transmisor para por a diplomáticos y lentes con una dosis letal de cianuro es parte del Museo Internacional del Espionaje.

Vértice / Agencias
vertice@elsalvador.com

La singular galería está instalada en la capital mundial del espionaje, Washington, y muy cerca de la cuartel general del FBI donde Robert Hanssen trabajó antes de que se descubriera que era un topo que vendía secretos estadounidenses a los soviéticos.

“La idea es que el visitante se involucre tanto como pueda”, dice Antonio Méndez, jefe de camuflaje retirado de la CIA.

Al entrar en el museo, los visitantes memorizarán una identidad -nombre, nacionalidad, edad, pasado, propósito del viaje- y luego serán preguntados en varios puntos por un “medidor de sospechosos” que evaluará lo bien -o mal- que recuerdan la nueva identidad.

El museo tiene la mayor colección de objetos de espionaje jamás mostrada, con artefactos llegados de Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Israel, Alemania Oriental y Occidental, la Unión Soviética, Checoslovaquia, Ucrania y Polonia.

Aunque en tiempos de amenazas terroristas, después del ataque de la red Al Qaeda, “no mostramos nada que pueda considerarse en la categoría de clasificado”, sostiene el director del museo Peter Earnest, un ex oficial de la CIA.

La exhibición también cámaras de espías lo suficientemente pequeñas para entrar en el agujero de un botón, lo bastante largas para instalarse entre las paredes de dos habitaciones de un hotel y rotativas para desplazarse por el texto de documentos. Se representará además la sala ficticia de interrogatorios del enemigo.

Se verán las brevemente elaboradas “píldoras L” -L de letal porque están hechas de cianuro o otra sustancia letal- que la CIA daba a sus operarios y a los agentes extranjeros que conocían secretos vitales para la seguridad nacional de Estados Unidos que pudieran ser capturados e interrogados.

Elemento letal

En la exposición aparecerán también unos lentes que contienen una sustancia letal al final de una de las patillas, para que el espía pudiera, sin levantar sospechas, retirarse los lentes y quitarse la vida.

Aleksandr Ogorodnik, un diplomático soviético que trabajaba para Estados Unidos y cuyo nombre codificado era “TRIGON”, acordó firmar en 1977 su confesión ante los soviéticos y pidió utilizar su bolígrafo. Mordió entonces la parte superior, en la que estaba oculto el cianuro, y “murió antes de tocar el suelo”, cuenta Jonna Méndez, oficial retirado de operaciones técnicas de la CIA.

Cámaras voladoras

Los franceses, británicos y estadounidenses usaron palomas mensajeras durante la Segunda Guerra Mundial con cámaras atadas a ellas que automáticamente tomaban fotografías, algunas de las cuales, mostrando los tejados de París, serán exhibidas en el museo.

Una pistola de 4.5 milímetros de un solo disparo oculta en una barra de lápiz labial y conocida como “el beso de la muerte”, fue usada por la KGB en la Guerra Fría.

La KGB fabricó un transmisor para el tacón del zapato que permitía oir conversaciones secretas de diplomáticos estadounidenses.

“En realidad, un embajador se convertía en un micrófono ambulante”, dijo Keith Melton, un coleccionista de objetos de espionaje y asesor del museo.

Los visitantes podrán subir a un sistema de ductos en el techo para escuchar conversaciones de otras personas y se les mostrará que abrir cerraduras es más complicado de lo que muestra la televisión, donde a veces un gancho de pelo se mueve ligeramente en la cerradura y las puertas se abren.

En el museo también se mostrarán microdocumentos, textos fotografiados y reducidos al tamaño de menos de un milímetro conocidos como “microdot”.
“El público probablemente nunca ha visto un ‘microdot’ auténtico. Les explicaremos cómo se hacían y las cámaras que se usaban”, dice.
Imagine el resto de toda la exposición. Fascinante.


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