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LA
ARISTA AFILADA

Lula
y el síndrome del
revolucionario bueno
Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com
El manicomio político brasilero
de hoy se parece bastante al venezolano de 1999. En Caracas, la clase
política democrática no supo forjar un pacto razonable
con el cual derrotar a Chávez en las urnas, y poco a poco el
coronel fue convirtiéndose en el candidato de los grupos más
pobres, y luego de los niveles sociales medios. Cuando las encuestas
ya lo daban como ganador, surgió y se expandió como una
epidemia el Síndrome del revolucionario bueno. Era
el inicio de la catástrofe.
¿En qué consiste el Síndrome del revolucionario
bueno? Se trata de una curiosa fantasía consistente en
creer que los reformadores sociales delirantes no intentarán
llevar a cabo sus locos proyectos. Es como la negación de la
realidad que suelen experimentar ciertos moribundos. Dado que morirse
parece ser una experiencia desagradable, la manera de enfrentar ese
hecho irremediable es creer en que una fuerza mágica impedirá
que suceda. En Cuba fueron legiones quienes opinaron que Castro, debajo
de su disfraz y de su discurso escondía un estadista prudente.
Y en la Venezuela de Hugo Chávez escuché exactamente lo
mismo: se trata de un revolucionario oral que se dejará
guiar por la terquedad de los hechos.
Ahora es el turno de los ilusionados brasileros. Como Lula
ha roto su techo electoral y tal vez sea imbatible, muchos empresarios
y miembros de los sectores sociales medios -los que primero sufrirán
las consecuencias nefastas de este apóstol del tercermundismo-,
comienzan a pensar que este sindicalista radical, una vez instalado
en la casa de gobierno, será poseído por el espíritu
de Tony Blair y se comportará razonablemente.
¿Por qué esperar esa metamorfosis? Lula da
Silva, como muchos millones de latinoamericanos, cree que la economía
de mercado es un injusto sistema de producir y asignar bienes y servicios.
Y cree que la tragedia de los ochenta millones de brasileros pobres
se debe a la codicia insaciable de los ochenta millones que no lo son,
y muy especialmente a la de esos siete millones que constituyen los
niveles sociales altos del país. Para el señor Lula
da Silva, y para todo su circuito de amigos, cómplices y compañeros
de ruta inscritos en el Foro de Sao Paulo, la tarea de los gobiernos
es diseñar controles para hacer justicia mediante la repartición
forzosa de la riqueza creada, estableciendo patrones igualitarios de
consumo, y no la de forjar las condiciones para que la sociedad, libre
y espontáneamente, genere cantidades cada vez mayores de bienes
y servicios.
Una especie prolífica
¿Qué le vamos a hacer? El señor Lula
da Silva es un revolucionario latinoamericano. Ésta es una especie
muy prolífica surgida en el siglo XX, dura de entendederas y
refractaria a la experiencia, alimentada por graves errores intelectuales
y aquejada por una cómoda explicación de nuestras desgracias
basada en el victimismo, lo que provoca en ella una furia moral muy
peligrosa. El origen está en una vieja tontería formulada
por Marx en el siglo XIX para explicar las relaciones económicas
entre Inglaterra y la India. Los latinoamericanos somos pobres porque
nos explotan los poderes imperiales. Esos yanquis, europeos y japoneses
canallas (últimamente apoyados por los coreanos y los chinos)
que nos han condenado a la periferia del sistema económico, obligándonos
a vender materias primas sin valor agregado mientras compramos productos
manufacturados para gloria y fortuna de las naciones situadas en el
centro. Hace treinta años Fernando Henrique Cardoso, hoy presidente
de Brasil, que entonces pensaba como Lula, escribió
el manual de la secta: Dependencia y desarrollo en América
Latina. Con el tiempo y muchas lecturas, que Lula
no ha hecho, se curó.
Votar por Lula es una opción legítima. La
democracia no puede excluir a nadie porque esté equivocado. Lo
que constituye un disparate es pensar que Lula, una vez
en el poder, va a respetar las libertades económicas y se va
a comportar sensatamente. ¿Por qué va a traicionar sus
convicciones? Los revolucionarios latinoamericanos son dirigistas, proteccionistas,
aborrecen a los empresarios, detestan a las naciones desarrolladas de
Occidente, a las que culpan de las desgracias nacionales, y tienen una
idea cómica de la elasticidad de los presupuestos y de la capacidad
recaudatoria del Estado. Todos creen que la calidad moral de los gobiernos
se mide por la intensidad del gasto público, lo que desboca la
inflación y acaba por destruir la economía. Ninguno entiende
cómo se crea o se malgasta la riqueza. Desde Perón hasta
Alan García, pasando por Allende, los sandinistas, Fidel Castro
y Chávez, a la izquierda y a la derecha del espectro político,
los revolucionarios latinoamericanos son expertos en arruinar sus países
en nombre de la justicia social. Si los brasileros van a elegir a Lula,
es conveniente que sepan lo que les va a suceder. No existe el revolucionario
bueno de la misma manera que no hay una especie amable de polilla. Creer
lo contrario es sólo un síntoma de la fase de negación
previa a la muerte inevitable.
La democracia no puede excluir a nadie porel hecho de estarequivocado
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