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TEMA
DE PORTADA
Guerra
de
ranflas
Fuego cruzado
La
violencia estudiantil es la punta de un enorme iceberg social
donde medidas como la eliminación de uniformes, registros personales
y prohibición de andar en grupos amenazan con volver
el fenómeno mucho más complejo. Estudiantes involucrados
en el problema ofrecen su testimonio. Estudiosos de la conducta humana
enumeran causas, sobre las cuales deben basarse las soluciones.
Equipo Vértice
vertice@elsalvador.com
Es día martes y el reloj marca las siete de la noche. Un embotellamiento
sobre el Boulevar del Ejército obliga al motorista de la ruta
7-C a desviar su recorrido.
El conductor toma la calle a Agua Caliente y, a bordo del autobús,
van dos jóvenes estudiantes de carreras técnicas. El cambio
del recorrido los coloca en una posición de riesgo... La ruta
de buses los conducirá a los alrededores de la Alcaldía
de Soyapango donde, donde, a esa hora, grupos de nacionales
están a la expectativa de aquellos deambulan por su
zona.
La escena parece de una cinta de acción, pero pertenece a la
realidad cotidiana que los estudiantes atraviesan en su lucha diaria
por reafirmar su sentido de pertenencia a algo.
Los dos protagonistas de esta historia, mientras tanto, sacan de sus
mochilas unas camisas que encubran sus uniformes; pero, esos perros
nos pueden reconocer por el pantalón, me confiesa alarmado
uno de ellos. El cielo está oscuro. ¡Ojalá
que llueva!, dice el otro. Y esa noche tienen suerte; aunque no
siempre es así.
¿Cómo se explica la actitud irracional de los estudiantes
de educación media del país? ¿Cuál es el
territorio que pelean? ¿Qué defienden?
Hace tres meses, Vértice se adentro en el mundo de las ranflas
del Instituto Nacional Francisco Menéndez (INFRAMEN) para escuchar
la posición de sus líderes ante la espiral de violencia
que había cobrado la vida de José Fermán Espino
y, hace una semana, de Claudia Marcela Barillas. El caso de ella fue
un error porque -dentro del mundo de las ranflas- hay su
propio código.
A diario se reportan enfrentamientos con piedras, cinturones y en el
peor de los casos con armas cortopunzantes o hechizas. Pero en ellas
nunca hay mujeres involucradas; defender el territorio (que lo determinan
las paradas de autobuses que ellos abordan) es cosa de hombres.
Las ranflas estudiantiles han establecido reglas para su
propio juego de guerra. La primera es que nadie está obligado
a ingresar al grupo, y quien desee hacerlo el único requisito
es lealtad. Si alguien decide retirarse, basta con avisar al jefe.
Otra regla de los grupos es no involucrar a las familias, de ahí
que a simple vista resulte paradójico que nacionales
y técnicos vivan a pocas casas de distancia en el
centro de Apopa.
Cambio de hábitos
Enrique estudió en el INFRAMEN en 1997, pero lo abandonó
tres meses después de su ingreso.
No pudo asimilar los riesgos.
En
aquellos días las riñas sucedían entre nacionales
y estudiantes del otrora Instituto Rubén Darío.
Había mucho pleito porque los daríos
llegaban a buscarnos, recuerda y prefirió abandonar sus
estudios de Primero de Bachillerato.
Años después, hizo un nuevo intento por convertirse en
bachiller e ingresó al Instituto Técnico Industrial (ITI)
y se incorporó a una de las ranflas para defenderse
de los ataques enemigos.
Yo era tranquilo, no andaba en nada; pero ahora es diferente,
dice.
Él es uno de los que defiende las paradas de buses que los técnicos
utilizan cuando van a clases.
Ese un código que ningún adulto entiende, a menos que
entre a su propia lógica, a la lógica de estos estudiantes
que afrontan la calle solos, sin el resguardo de su madre o sus profesores.
Y las calles de San Salvador están claramente delineadas entre
quienes son técnicos y nacionales.
Sin embargo, ¿cómo surgen los pleitos? ¿Por diversión?
El centro es un hervidero por una razón elemental: las zonas
de tránsito que no pertenecen ni a uno ni a otro. Esa regiones
de combate deben pelearse a sangre, piedras y balines para lograr
llegar a una zona de seguridad.
Por ejemplo, las Plazas Barrios y Morazán y el Mercado Ex-cuartel
son zonas de tránsito inevitables.
Si yo vivo en Soya, ¿cómo hago para ir al Inframen?,
me explica un estudiante curtido en los pleitos callejeros. No
hay de otra, hay que hacerle huevo para ir a estudiar.
La lógica del absurdo parece reinar en las calles de San Salvador
y los policías que han sido destacados en las calles lo saben.
Uno de los patrulleros, que prefirió guardar su identidad, confiesa
que al concentrar a los policías en el centro de la ciudad, no
se garantiza que las batallas cesen por una sola razón: ellos
pelean cuando atraviesan la zona de San Bartolo o Cárcel de Mujeres,
donde controlan los técnicos del Instituto Santa
Lucía.
Enrique habla con bastante tranquilidad sobre las riñas que protagonizan
los técnicos y los nacionales. Relata que las armas son imprescindibles,
por lo que siempre hay que contar con una.
Para burlar la seguridad, tanto del personal docente como de la seguridad
de los institutos o de los policías, los jóvenes esconden
su armamento en tragantes cercanos a los colegios o en escondrijos
ubicadas dentro de sus territorios o zonas de dominio.
Este joven dice que está cansado de los conflictos callejeros
y cree que nunca coronará su bachillerato; hace meses, decidió
salirse del ITI, no sin antes heredar algunas experiencias amargas de
sus enemigos, los nacionales.
Pero hay otros que sueñan con estudiar Medicina o alguna Ingeniería
en la Universidad Nacional o la Tecnológica porque esto
de los pleitos callejeros es transitorio... yo sé que cuando
salga de aqui (sonríe) si sobrevivo, voy a ser alguien en la
vida.
Pero otros como Enrique tienen pocas opciones y, algunas veces, se convierten
en conductores de microbuses... de los que recorren Soyapango e Ilopango.
Un joven, que pertenece a uno de los nacionales, afirma
que está harto de la complicidad entre motoristas que son ex
alumnos técnicos y los estudiantes activos.
Gracias a ellos, guardan las armas en los puntos de los micros
y las sacan cuando quieren atacarnos.
Evolución
de Las ranflas
Las agrupaciones territoriales que en un principio se conformaron como
grupos de ataque y/o defensa de los institutos o territorios ha trascendido
en su existencia.
Algunas son bautizadas con los nombres donde operan. Por ejemplo, así
existe la ranfla Raza Parque Libertad (R.P.L).
Este grupo es mucho mayor; lo conforman de diez a quince estudiantes;
dos o tres del grupo actúan como guardaespaldas para el resto
de los miembros.
Los dos elegidos o voluntarios se encargan de llevar y traer a sus amigos
y compañeros desde sus viviendas al instituto y viceversa.
Las ranflas señalan rutas y puntos de encuentro para sus miembros
y así dirigirse en grupo hacia su destino a bordo de un solo
transporte.
Pero las riñas no suelen desarrollarse al interior de buses o
microbuses; aunque, eso no quita que cuando un grupo divisa a su contrario
a bordo de un vehículo, lo puede atacar a pedradas.
Estos hechos han provocado malestar entre los transportistas, principalmente,
los que transitan cerca de los 20 institutos en conflicto.
Angel Monroy, representante de la ruta de microbuses 31-D, que hace
su recorrido entre Apopa y la capital, habla de riesgo de transportar
alumnos en las horas de entrada y salida de los centros de estudio.
Al menos una vez a la semana nos reportan un microbús dañado,
ya sea del parabrisas o ventanas. Eso significa pérdidas de dos
mil a siete mil colones.
Hasta la fecha, ningún grupo ha tomado como dominio una unidad
de transporte, pues las riñas se concentran en tierra.
Nadie asegura que las nuevas medidas del Ministerio de Educación
y la Policía funciones. Nos dejan en desventaja porque
ya no podemos cuidar a nuestros compañeros en las paradas de
buses, explica un líder de una ranfla nacional
debido a la prohibición de permanecer diez minutos en estas.
¿Funcionarán las medidas de las autoridades? El tiempo
dará la respuesta, pero cualquier solución debe hacerse
a partir de quienes son los que viven el riesgo de morir por abordar
el bus equivocado en la hora equivocada y ser otra víctima como
Claudia Barillas.
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Causas
versus soluciones
Los sicólogos coinciden en que toda persona durante su
juventud quiere encontrarse consigo mismo para formar la personalidad
que regirá el resto de su vida, obviamente adulta.
El sociólogo Jorge Escoto, de la Fundación Olof
Palme, dice que el problema no es violencia estudiantil sino juvenil.
Desde siempre ha existido rivalidad entre los jóvenes
como algo natural de su edad, explica.
Él considera que los educadores deben responsabilizarse
de sus alumnos dentro como fuera de la institución. Un
mundo globalizado exige educación y los padres no tienen
que estar excluidos. Los programas de padres en las escuelas son
buenos, pero es necesario que ellos se involucren más.
El problema es que nos encontramos con desintegración familiar,
problemas económicos y con maestros saturados de alumnos
y laborando dos turnos.
Por su lado, para la psicóloga Patricia Márquez
el joven es inquieto y desea sentirse estimulado. Pero en su familia
están más pendientes de sus errores para criticarlo.
Es muy peligroso la manera tan fácil con que alguien
puede obtener un arma, reflexiona el sicólogo Gilberto
Trujillo, quien sostiene la tesis de una implantación
de la cultura de la violencia.
Salvador Gutiérrez, también sicólogo, va
más allá. Considera importante trabajar individualmente
con los muchachos que evidencien falta de orientación vocacional
y, por lo tanto, son presas fáciles del crimen.
Los padres de familia tienen que asumir su papel como formadores
de la personalidad de sus hijos y apoyarlos en todas sus inquietudes.
El muchacho no solo necesita la herramienta de juego, sino
también encontrarse con buenos modelos de conducta.
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Los
jóvenes siempre han sido rebeldes
Para la psicóloga experta en conducta criminal, Patricia
Márquez, la situación de la violencia estudiantil que
se vive en el país se puede resolver en menor tiempo, siempre
y cuando, exista un compromiso adecuado en los que estarían involucrados
estudiantes, padres de familia y el estado.
Los jóvenes están en una etapa de postmodernismo, contrario
a lo vivido hace 40 ó 30 años, cuando existía una
crisis de competencia entre padres e hijos. Se esperaba ser mejores
que ellos y conseguir las metas que no pudieron alcanzar.
Hoy el joven pasa por una doble crisis, donde ha tenido que luchar tanto
contra su identidad y cambios biológicos (que ocurren en cualquier
otro adolescente), así como también, han tenido que arrastrar
con los conflictos que ha vivido en el país.
Ivan Gómez ¿Cree que la problemática de los
jóvenes se debe a la herencia de la guerra?
Patricia Márquez Si, y esto ha sido parte de un proceso
de identidad.
Pero, si hablamos de un muchacho de 17 o 19 años, quien hace
diez años apenas tenía siete o nueve ¿No cree que
prácticamente ni se enteró de la guerra?
Recordemos que la clínica psico analítica estima que los
primeros cinco años son determinantes para la formación
de la personalidad; aunque no en su totalidad.
Eso quiere decir que hay elementos como la agresividad que ellos han
percibido. El joven en sí tiende a ser violento y esta violencia
no siempre es negativa.
¿Cuáles serían las causas de la violencia estudiantil?
Primero el elemento de la guerra que continuamos arrastrando; segundo,
los cambios generados en nuestra sociedad, como la crisis económica
que ha obligado a que no solamente el padre trabaje si no también
la madre.
Esto genera que el joven se mantenga solo. Los hogares se han vuelto
dormitorios; eso impide el contacto entre padres e hijos.
¿Violencia o rebeldía de la juventud?
El fenómeno no es solamente de los jóvenes. El problema
es de toda la sociedad y todos tenemos que poner algo de nuestra parte
para ayudar a resolver el problema.
¿A quién identifica como causantes del problema?
Los causantes somos todos. Los padres de familia deben dedicarle suficiente
tiempo a sus hijos, el Ministerio de Educación debe mejorar y
trabajar con más alternativas. También hay que tomar en
cuenta a los maestros; no todos tienen las mismas características
para tratar a la juventud. Aquí está
el trabajo de los psicólogos.
¿Considera que al psicólogo lo consideran como una
persona secundaria?
Si, pues no se toma en cuenta que en muchos momentos el psicólogo
es la persona en la cual el joven siente el apoyo de alguien que lo
escucha y comprende. Pero, qué es lo que sucede, él busca
apoyo en su familia, pero no la encuentra y cuando está su rol
es de reprender. Critican su comportamiento, pero no estimulan sus triunfos.
Como no encuentra refugio en sus padres, buscan a gente de su misma
edad, se sienten identificados con la moda y quiere demostrar que es
capaz de pertenecer a determinado grupo. Ahí vienen las rivalidades.
¿Cree que el problema tiene solución?
Yo creo que no todo está perdido porque si demostramos apoyo,
unos con otros, instituciones, comunidad, si avanzaremos en un trabajo
conjunto.
¿Por qué no ocurren estos fenómenos en otros colegios
privados?
Porque ellos tienen otras alternativas para canalizar. Recordemos cuando
se registraron problemas por las carreras con autos.
Se exigió mayor atención en los centros educativos. Pero
qué sucede en los (colegios) privados ubicados en el centro de
San Salvador. Allí hay poco espacios y no hay alternativas para
canalizar su energía.
¿Pero el INFRAMEN es grande?
Si, pero está saturado de alumnos y el maestro hace hasta dos
turnos.
¿Cuál sería el compromiso a asumir?
No volvernos apáticos al problema, escucharnos más. Aquí
hay que involucrar a maestros, padres de familia y las instituciones
públicas. Recordemos que el adolescente ha sido rebelde, tiende
a aspirar más de lo que tienen.
¿Si se cumplen estas recomendaciones, usted cree que lograremos
cambios?
Yo considero que si el cambio lo llevamos como se debe, la crisis se
resolverá en tres años. Pero (a corto plazo) si podemos
minimizar y bajar el nivel de muertes en unos tres o cuatro meses.
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