14 de julio de 2002

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Guerra de ‘ranflas’
Fuego cruzado

La violencia estudiantil es la punta de un enorme ‘iceberg social’ donde medidas como la eliminación de uniformes, registros personales y prohibición de ‘andar en grupos’ amenazan con volver el fenómeno mucho más complejo. Estudiantes involucrados en el problema ofrecen su testimonio. Estudiosos de la conducta humana enumeran causas, sobre las cuales deben basarse las soluciones.

Equipo Vértice

vertice@elsalvador.com

Es día martes y el reloj marca las siete de la noche. Un embotellamiento sobre el Boulevar del Ejército obliga al motorista de la ruta 7-C a desviar su recorrido.

El conductor toma la calle a Agua Caliente y, a bordo del autobús, van dos jóvenes estudiantes de carreras técnicas. El cambio del recorrido los coloca en una posición de riesgo... La ruta de buses los conducirá a los alrededores de la Alcaldía de Soyapango donde, donde, a esa hora, grupos de “nacionales” están a la expectativa de aquellos deambulan por “su” zona.

La escena parece de una cinta de acción, pero pertenece a la realidad cotidiana que los estudiantes atraviesan en su lucha diaria por reafirmar su sentido de pertenencia a algo.

Los dos protagonistas de esta historia, mientras tanto, sacan de sus mochilas unas camisas que encubran sus uniformes; pero, “esos perros nos pueden reconocer por el pantalón”, me confiesa alarmado uno de ellos. El cielo está oscuro. “¡Ojalá que llueva!”, dice el otro. Y esa noche tienen suerte; aunque no siempre es así.

¿Cómo se explica la actitud irracional de los estudiantes de educación media del país? ¿Cuál es el territorio que pelean? ¿Qué defienden?

Hace tres meses, Vértice se adentro en el mundo de las “ranflas” del Instituto Nacional Francisco Menéndez (INFRAMEN) para escuchar la posición de sus líderes ante la espiral de violencia que había cobrado la vida de José Fermán Espino y, hace una semana, de Claudia Marcela Barillas. El caso de ella fue un error porque -dentro del mundo de las “ranflas”- hay su propio código.

A diario se reportan enfrentamientos con piedras, cinturones y en el peor de los casos con armas cortopunzantes o hechizas. Pero en ellas nunca hay mujeres involucradas; defender el territorio (que lo determinan las paradas de autobuses que ellos abordan) es cosa de hombres.

Las ‘ranflas’ estudiantiles han establecido reglas para su propio juego de guerra. La primera es que nadie está obligado a ingresar al grupo, y quien desee hacerlo el único requisito es lealtad. Si alguien decide retirarse, basta con avisar al jefe.

Otra regla de los grupos es no involucrar a las familias, de ahí que a simple vista resulte paradójico que ‘nacionales’ y ‘técnicos’ vivan a pocas casas de distancia en el centro de Apopa.

Cambio de hábitos

Enrique estudió en el INFRAMEN en 1997, pero lo abandonó tres meses después de su ingreso.
No pudo asimilar los riesgos.


En aquellos días las riñas sucedían entre “nacionales” y estudiantes del otrora Instituto “Rubén Darío”.

“Había mucho pleito porque los ‘daríos’ llegaban a buscarnos”, recuerda y prefirió abandonar sus estudios de Primero de Bachillerato.

Años después, hizo un nuevo intento por convertirse en bachiller e ingresó al Instituto Técnico Industrial (ITI) y se incorporó a una de las ‘ranflas’ para defenderse de los ataques enemigos.
“Yo era tranquilo, no andaba en nada; pero ahora es diferente”, dice.

Él es uno de los que defiende las paradas de buses que los ‘técnicos” utilizan cuando van a clases.
Ese un código que ningún adulto entiende, a menos que entre a su propia lógica, a la lógica de estos estudiantes que afrontan la calle solos, sin el resguardo de su madre o sus profesores. Y las calles de San Salvador están claramente delineadas entre quienes son “técnicos” y “nacionales”.

Sin embargo, ¿cómo surgen los pleitos? ¿Por diversión? El centro es un hervidero por una razón elemental: las zonas de tránsito que no pertenecen ni a uno ni a otro. Esa “regiones de combate” deben pelearse a sangre, piedras y balines para lograr llegar a una zona de seguridad.

Por ejemplo, las Plazas Barrios y Morazán y el Mercado Ex-cuartel son zonas de tránsito inevitables.
“Si yo vivo en Soya, ¿cómo hago para ir al Inframen?”, me explica un estudiante curtido en los pleitos callejeros. “No hay de otra, hay que hacerle huevo para ir a estudiar”.

La lógica del absurdo parece reinar en las calles de San Salvador y los policías que han sido destacados en las calles lo saben.

Uno de los patrulleros, que prefirió guardar su identidad, confiesa que al concentrar a los policías en el centro de la ciudad, no se garantiza que las batallas cesen por una sola razón: “ellos pelean cuando atraviesan la zona de San Bartolo o Cárcel de Mujeres, donde controlan los ‘técnicos’ del Instituto Santa Lucía”.

Enrique habla con bastante tranquilidad sobre las riñas que protagonizan los técnicos y los nacionales. Relata que las armas son imprescindibles, por lo que siempre hay que contar con una.
Para burlar la seguridad, tanto del personal docente como de la seguridad de los institutos o de los policías, los jóvenes esconden su ‘armamento’ en tragantes cercanos a los colegios o en escondrijos ubicadas dentro de sus territorios o zonas de dominio.

Este joven dice que está cansado de los conflictos callejeros y cree que nunca coronará su bachillerato; hace meses, decidió salirse del ITI, no sin antes heredar algunas experiencias amargas de sus ‘enemigos’, los nacionales.

Pero hay otros que sueñan con estudiar Medicina o alguna Ingeniería en la Universidad Nacional o la Tecnológica porque “esto de los pleitos callejeros es transitorio... yo sé que cuando salga de aqui (sonríe) si sobrevivo, voy a ser alguien en la vida.

Pero otros como Enrique tienen pocas opciones y, algunas veces, se convierten en conductores de microbuses... de los que recorren Soyapango e Ilopango.

Un joven, que pertenece a uno de los “nacionales”, afirma que está harto de la complicidad entre motoristas que son ex alumnos técnicos y los estudiantes activos.
“Gracias a ellos, guardan las armas en los puntos de los micros y las sacan cuando quieren atacarnos”.

Evolución de Las ‘ranflas’
Las agrupaciones territoriales que en un principio se conformaron como grupos de ataque y/o defensa de los institutos o territorios ha trascendido en su existencia.


Algunas son bautizadas con los nombres donde operan. Por ejemplo, así existe la ‘ranfla’ Raza Parque Libertad (R.P.L).

Este grupo es mucho mayor; lo conforman de diez a quince estudiantes; dos o tres del grupo actúan como guardaespaldas para el resto de los miembros.

Los dos elegidos o voluntarios se encargan de llevar y traer a sus amigos y compañeros desde sus viviendas al instituto y viceversa.

Las ranflas señalan rutas y puntos de encuentro para sus miembros y así dirigirse en grupo hacia su destino a bordo de un solo transporte.

Pero las riñas no suelen desarrollarse al interior de buses o microbuses; aunque, eso no quita que cuando un grupo divisa a su contrario a bordo de un vehículo, lo puede atacar a pedradas.

Estos hechos han provocado malestar entre los transportistas, principalmente, los que transitan cerca de los 20 institutos en conflicto.

Angel Monroy, representante de la ruta de microbuses 31-D, que hace su recorrido entre Apopa y la capital, habla de riesgo de transportar alumnos en las horas de entrada y salida de los centros de estudio.

“Al menos una vez a la semana nos reportan un microbús dañado, ya sea del parabrisas o ventanas. Eso significa pérdidas de dos mil a siete mil colones”.
Hasta la fecha, ningún grupo ha tomado como dominio una unidad de transporte, pues las riñas se concentran en tierra.

Nadie asegura que las nuevas medidas del Ministerio de Educación y la Policía funciones. “Nos dejan en desventaja porque ya no podemos cuidar a nuestros compañeros en las paradas de buses”, explica un líder de una ranfla “nacional” debido a la prohibición de permanecer diez minutos en estas.

¿Funcionarán las medidas de las autoridades? El tiempo dará la respuesta, pero cualquier solución debe hacerse a partir de quienes son los que viven el riesgo de morir por abordar el bus equivocado en la hora equivocada y ser otra víctima como Claudia Barillas.

Causas versus soluciones

Los sicólogos coinciden en que toda persona durante su juventud quiere encontrarse consigo mismo para formar la personalidad que regirá el resto de su vida, obviamente adulta.
El sociólogo Jorge Escoto, de la Fundación Olof Palme, dice que el problema no es violencia estudiantil sino juvenil. “Desde siempre ha existido rivalidad entre los jóvenes como algo natural de su edad”, explica.

Él considera que los educadores deben responsabilizarse de sus alumnos dentro como fuera de la institución. “Un mundo globalizado exige educación y los padres no tienen que estar excluidos. Los programas de padres en las escuelas son buenos, pero es necesario que ellos se involucren más. El problema es que nos encontramos con desintegración familiar, problemas económicos y con maestros saturados de alumnos y laborando dos turnos”.

Por su lado, para la psicóloga Patricia Márquez el joven es inquieto y desea sentirse estimulado. Pero en su familia están más pendientes de sus errores para criticarlo.
“Es muy peligroso la manera tan fácil con que alguien puede obtener un arma”, reflexiona el sicólogo Gilberto Trujillo, quien sostiene la tesis de una “implantación” de la cultura de la violencia.

Salvador Gutiérrez, también sicólogo, va más allá. Considera importante trabajar individualmente con los muchachos que evidencien falta de orientación vocacional y, por lo tanto, son presas fáciles del crimen.

Los padres de familia tienen que asumir su papel como formadores de la personalidad de sus hijos y apoyarlos en todas sus inquietudes. “El muchacho no solo necesita la herramienta de juego, sino también encontrarse con buenos modelos de conducta”.




“Los jóvenes siempre han sido rebeldes”

Para la psicóloga experta en conducta criminal, Patricia Márquez, la situación de la violencia estudiantil que se vive en el país se puede resolver en menor tiempo, siempre y cuando, exista un compromiso adecuado en los que estarían involucrados estudiantes, padres de familia y el estado.

Los jóvenes están en una etapa de postmodernismo, contrario a lo vivido hace 40 ó 30 años, cuando existía una crisis de competencia entre padres e hijos. Se esperaba ser mejores que ellos y conseguir las metas que no pudieron alcanzar.

Hoy el joven pasa por una doble crisis, donde ha tenido que luchar tanto contra su identidad y cambios biológicos (que ocurren en cualquier otro adolescente), así como también, han tenido que arrastrar con los conflictos que ha vivido en el país.

Ivan Gómez ¿Cree que la problemática de los jóvenes se debe a la herencia de la guerra?
Patricia Márquez Si, y esto ha sido parte de un proceso de identidad.

Pero, si hablamos de un muchacho de 17 o 19 años, quien hace diez años apenas tenía siete o nueve ¿No cree que prácticamente ni se enteró de la guerra?
Recordemos que la clínica psico analítica estima que los primeros cinco años son determinantes para la formación de la personalidad; aunque no en su totalidad.
Eso quiere decir que hay elementos como la agresividad que ellos han percibido. El joven en sí tiende a ser violento y esta violencia no siempre es negativa.

¿Cuáles serían las causas de la violencia estudiantil?
Primero el elemento de la guerra que continuamos arrastrando; segundo, los cambios generados en nuestra sociedad, como la crisis económica que ha obligado a que no solamente el padre trabaje si no también la madre.
Esto genera que el joven se mantenga solo. Los hogares se han vuelto dormitorios; eso impide el contacto entre padres e hijos.

¿Violencia o rebeldía de la juventud?
El fenómeno no es solamente de los jóvenes. El problema es de toda la sociedad y todos tenemos que poner algo de nuestra parte para ayudar a resolver el problema.

¿A quién identifica como causantes del problema?

Los causantes somos todos. Los padres de familia deben dedicarle suficiente tiempo a sus hijos, el Ministerio de Educación debe mejorar y trabajar con más alternativas. También hay que tomar en cuenta a los maestros; no todos tienen las mismas características para tratar a la juventud. Aquí está
el trabajo de los psicólogos.

¿Considera que al psicólogo lo consideran como una persona secundaria?
Si, pues no se toma en cuenta que en muchos momentos el psicólogo es la persona en la cual el joven siente el apoyo de alguien que lo escucha y comprende. Pero, qué es lo que sucede, él busca apoyo en su familia, pero no la encuentra y cuando está su rol es de reprender. Critican su comportamiento, pero no estimulan sus triunfos.
Como no encuentra refugio en sus padres, buscan a gente de su misma edad, se sienten identificados con la moda y quiere demostrar que es capaz de pertenecer a determinado grupo. Ahí vienen las rivalidades.

¿Cree que el problema tiene solución?
Yo creo que no todo está perdido porque si demostramos apoyo, unos con otros, instituciones, comunidad, si avanzaremos en un trabajo conjunto.

¿Por qué no ocurren estos fenómenos en otros colegios privados?

Porque ellos tienen otras alternativas para canalizar. Recordemos cuando se registraron problemas por las carreras con autos.
Se exigió mayor atención en los centros educativos. Pero qué sucede en los (colegios) privados ubicados en el centro de San Salvador. Allí hay poco espacios y no hay alternativas para canalizar su energía.

¿Pero el INFRAMEN es grande?

Si, pero está saturado de alumnos y el maestro hace hasta dos turnos.

¿Cuál sería el compromiso a asumir?

No volvernos apáticos al problema, escucharnos más. Aquí hay que involucrar a maestros, padres de familia y las instituciones públicas. Recordemos que el adolescente ha sido rebelde, tiende a aspirar más de lo que tienen.

¿Si se cumplen estas recomendaciones, usted cree que lograremos cambios?

Yo considero que si el cambio lo llevamos como se debe, la crisis se resolverá en tres años. Pero (a corto plazo) si podemos minimizar y bajar el nivel de muertes en unos tres o cuatro meses.


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