![]() 14 de julio de 2002 |
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Columna Iván Gómez ¡Cuidado! En los últimos días, hemos vuelto a tocar el tema de los desórdenes estudiantiles y nuevas ideas han surgido para tratar de resolver el problema. Se han buscado mecanismos como la eliminación de mochilas, aumento de la presencia policial en zonas conflictivas, registros a los estudiantes y el trabajo dentro de los institutos. Este problema no comenzó ayer, sino hace varios años. Es momento de evaluar los logros alcanzados con los programas del MINED, que al final no son malos, pero sí necesitan pulirse. No se trata de medir de acuerdo a estadísticas porque la realidad va mucho más allá, los desórdenes son a diario con o sin uniforme, con o sin mochila, con o sin cuadernos bajo el brazo. Hay que tomar en cuenta que existen dos sistemas educativos: el preventivo y el represivo. A ambas visiones hay que agregar el elemento que la juventud siempre es rebelde por naturaleza. En lo particular, soy de la idea que se puede trabajar con el sistema preventivo. Con un poco de dedicación y voluntad, los maestros pueden identificar a los líderes que causan problemas, que afortunadamente son pocos para, luego, desarrollar un trabajo con ellos y sus padres por separado. También hay que recordar el modelo Escuelas para Padres, unos encuentros a los que desgraciadamente no asisten todos los responsables. Otro factor es que estos jóvenes han sido presa fácil del crimen organizado. Claro, detener a un menor con un kilo de cocaína es mejor que capturar a un adulto. Estos grupos que incitan a la delincuencia son a los que hay que identificar; ellos siempre están afuera de los centros de estudio y por eso hay estudiantes que son víctimas de la violencia. Por otra parte ¿Cómo es que la policía les pide confianza a los estudiantes que, luego de impartirles charlas dentro de su institución, en las calles los conmina por llevar un uniforme. Creo que no es necesario pegarlos a la pared y remover su cuerpo y algunas veces insultarlos. Es lógico que la reacción de los estudiantes sea de rechazo y apatía a la autoridad. El trabajo preventivo tiene que realizarse con el suficiente olfato y no crear un ambiente de desconfianza cuando las autoridades educativas vean reunidos a un grupo mayor de tres de jóvenes durante las horas de recreo. Por último hay que recordar que el joven necesita espacios para su esparcimiento y las casas donde funcionan muchos de los colegios privados no lo tienen. ¿Cuál será su alternativa? chochogomez@elsalvador.com
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