7 de julio de 2002

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CRÓNICA

Conocer el infierno y vivir para contarlo

La primera vez que supe de él, Víctor no era más que un mendigo, joven, sucio, desarrapado. Lo que lo hacía especial era su afición por leer las columnas de opinión del diario y un nivel cultural inusual entre los pordioseros.
Cuando volví a saber de Víctor, a través de un inesperado correo electrónico, conocí la extraordinaria historia de una vida que, en el filo de ser destruida por las drogas, encontró la redención. Ahora yo cuento lo que él me confió.
Víctor aceptó que yo contara su historia con el deseo de que otros como él encontraran su camino de vuelta a la esperanza y, que muchos más, nunca pusieran un pie en el infierno que él conoció.
Este es el relato de su vida contado en primera persona.


Sarah Currlin
vertice@elsalvador.com

Quisiera decir que nunca fui más que un muchacho normal, inquieto, curioso, como los demás... Así fue alguna vez, pero todo cambió. Estuve en el infierno y volví. Eso no tiene nada de normal.
“Mis padres son divorciados. Mi mamá vive en Los Angeles. Así que yo crecí con mi papá y mi madrastra. Vivía en Mejicanos, en la Colonia Dolores.

En 1996, me gradué del colegio San Francisco. Todo mi bachillerato fui bien relajo; sólo expulsado y fuera de clases pasaba. Aunque nunca probé drogas, era el típico alumno problema que hablaba mucho en clases, indisciplinado, difícil de manejar.

Al terminar mi bachillerato, tenía demasiados problemas en mi casa y me fui a vivir con mi abuela en la Colonia San Mateo.

Me aceptaron en la UCA para estudiar Derecho. A pesar de mis problemas de disciplina, el último año del bachillerato realmente saqué muy buenas notas y el primer año de clases en la universidad fue perfecto. Pasé todas las materias con ochos y nueves. Mis papás estaban orgullosos de mí.
Cuando empecé el segundo año en la UCA, conocí a Alfredo. Él también se graduó del San Francisco, pero un año después que yo. Nos hicimos amigos.

Un día salimos a joder. Era la noche de la vigilia de la UCA y fuimos allí. Ya bien noche fuimos a la casa de otro amigo y empezamos a fumar mariguana. Era como la tercera o cuarta vez que lo hacía.
Desde ese día, nuestras salidas se hicieron más frecuentes y la rutina era siempre la misma: cervezas y mota.
En ese tiempo, yo tenía novia y, aunque yo no lo sabía, ella también consumía drogas. Me enteré cuando yo le confesé que fumaba mariguana. El resultado de mi confesión fue que empezamos a fumar juntos.

El sueldo, que obtenía trabajando en una empresa de mi familia, se nos hacía chiquito para comprar droga. Pronto empecé a gastarlo casi completo en cerveza y mariguana.
Ya era una cosa tan grave, que mi estado normal era andar enmariguanado. Empecé a ir a la Pana, la famosa tienda en la Escalón. Allí tomábamos y fumábamos.
Así pase casi un año más. Luego, en diciembre de 1997, mi amigo Alfredo empezó a consumir crack. Yo le tuve miedo al principio y, durante un par de meses, aunque él consumía, yo no lo hice.

Amor a primera vista

Hasta que un día, bien borracho, lo probé. Me encantó. Fue amor a primera vista. Allí comenzó la espiral. Después de esa primera probadita, cada fin de semana salíamos con mi novia y mis amigos a fumarnos de mil a dos mil colones de crack. A mí me encantaba, me gustaba demasiado. Empecé a hacerlo, no sólo los fines de semana, sino también entre semana, cuando estaba solo en mi casa... y entonces me gustó más, porque no tenía que compartirlo con nadie.

Al cabo de dos meses, ya no le hablaba a mis amigos ni a mi novia, porque quería toda la droga sólo para mí. Era un adicto. Cada colón que caía en mi bolsa era para crack. Empecé a vender mis cosas, mi estéreo, mi televisión, mi VHS, en fin, todos mis electrodomésticos. Luego llegué al extremo de vender mi ropa. Era incontrolable. Mis amigos se alejaron de mí, me tenían miedo. Mi novia me dejó por otro y me sumí aún más en mi adicción.

La vida se desliza

Empecé a robarme cosas de mi casa. Mi pobre abuela pensaba que alguien se metía a la casa. ¿Cómo se iba a imaginar que un estudiante de la UCA se iba a robar una plancha, una licuadora?
Mi adicción se fue convirtiendo en algo difícil de esconder. Empecé a hacer cosas que rayan con la ficción. Mi mamá me regaló un carro y yo lo vendí. Con ese dinero pasé fumando crack varios días, encerrado en un motel. Aunque eran 40 mil colones, con la voracidad de mi adicción sólo me duraron dos o tres semanas. Perdí como 30 libras de peso... y mi familia pensó que estaba muerto, porque ni siquiera les llamé. ¡El diablo es jodido!

El día que llegué de nuevo al trabajo, mi tío me mandó a hacer un depósito de la empresa. Eran 20 mil colones. No es difícil adivinar lo que pasó: me fui con el dinero y la familia de mi papá al fin se dio por vencida conmigo. Me enterraron. No querían ni verme. Mi abuela me echó de la casa y mi mamá, en Los Angeles, ya no contestó mis llamadas.

Era un infierno, un infierno que yo mismo había creado.
Aún en medio de la calamidad, empecé a descubrir verdaderos amigos. No los drogos, sino otros amigos de la UCA que se acercaban a mí para ayudarme, para regalarme comida. Pero el problema era que, para mantener mi vicio, me robaba cosas, así que ellos terminaron alejándose también.
Entonces, de verdad me quedé solo. Era septiembre de 1998. Anduve deambulando por la ciudad como por una semana, muerto de hambre y miedo. Me aterraba la idea de quedarme en la calle.
Empecé a mantenerme en el Auto Market del Bulevar de Los Héroes, para refugiarme en un lugar que parecía medianamente seguro. Allí conocí a los muchachos que tiran fuego y limpian parabrisas. Como siempre me veían ahí y que no compraba nada, al fin se acercaron y me preguntaron qué me pasaba.

A medias les eché el cuento de que me habían echado de mi casa y que tenía más de una semana sin comer ni dormir. Ellos supieron que lo de no dormir era por el crack, todos consumían crack.
Ese día me invitaron a unos churros y una soda. Al día siguiente, me confiaron sus armas de supervivencia. Me mostraron una red de casas, tiendas y negocios donde les regalaban comida, sólo se asomaba uno y le daban un plato. El primer día fui a todos los lugares que pude. Por comida no me preocupaba. Pero el hambre no era el único problema. Mi ropa ya estaba sucia, hedía, tenía más de una semana de no bañarme. En mi vida habría imaginado lucir así. Ahora de verdad me veía como un indigente. Pasé como un mes así, sucio, maloliente, sobreviviendo, pero sin pedir dinero.

Carrera de mendigo

No mendigaba porque no pensaba que iba a lograr reunir 25 colones, que es lo que valía una piedra en ese tiempo. Me parecía ridículo que iba a llegar a tal cantidad de monedita en monedita. Hasta que un domingo en que tenía mucha hambre, fui a todos los lugares conocidos y nadie me regaló comida. Así que agarré un trapo, para limpiar parabrisas, y me dije que al menos iba a intentar reunir unos cinco colones para un churro.

Me llevé una tremenda sorpresa. ¡En menos de 30 minutos, tenía 60 colones! Fui a la Tutunichapa y me compré dos piedras. Así empezó mi carrera de mendigo, me bastó con media hora para graduarme. Es increíble, pero algunos días reunía hasta 300 ó 400 colones si me quedaba hasta la madrugada. Me instalé en la Bernal y la Juan Pablo Segundo.

Parecerá extraño, pero no sólo recibí dinero, también la gente me regaló cariño. Me decían "el chelito". Toda la gente se admiraba de mi inteligencia y de que tenía cultura y temas de conversación. Me regalaban ropa, mucho dinero, comida, de todo. Sólo era distinto cuando pasaba alguien de mi familia, sólo pasaban de largo y me ignoraban...

Así pasé dos años y medio. ¡Boté dos años y medio de mi vida! Vi tantas cosas, sé tantas cosas... Le agradezco mucho a Dios porque estoy vivo.

Los últimos días que estuve en la calle me convertí en ladrón. Robaba emblemas de carro y se los vendía a los mismos motoristas. Ellos me encargaban cosas: rines, estéreos, de todo.
Fumaba bastante, aún más que antes porque siempre andaba mucho dinero, pero nunca dejé de pedir, para despistar a la policía, y siempre andaba sucio. Empecé a ir a la casa de un ex futbolista que vive por ahí y que consumía piedra como loco. El pobre lo perdió todo por el crack, así como yo. Pero a él daba por estar con prostitutas, en ese burdel, que le dicen el Seisa, frente a la Universidad Francisco Gavidia. Y así empezó la mezcla del sexo y las drogas. Gracias a Dios, yo siempre me protegí y estoy sano.

Nueva oportunidad

Así pasé como seis meses, robando y consumiendo, hasta que un día, el 18 de octubre de 2000, como a las 10 de la noche, mi mamá llegó a buscarme. Al principio me resistí a irme con ella. Pero en realidad estaba cansado de esa vida y al final, cedí.

Pero no era tan fácil. Esa misma noche me escapé de la casa. Ella insistió y volvió a recogerme. Volví a escapar.

Ese día me fui y me llevé mil dólares que ella tenía para una tía que estaba enferma. Pasé dos días en la casa de mi amigo, el futbolista, pero luego fui a la casa a buscar a mi mamá. Le pedí que me perdonara y le dije que yo sí quería cambiar. Ella me perdonó y empezamos a buscar una clínica donde pudieran ayudarme.

El lunes 23 de octubre fuimos a Santo Tomás, a la clínica “Salvación”. Al día siguiente me internaron. Al principio fue muy duro para mí pues mi necesidad de droga era grande. Pero tuve valor y me quedé. Allí conocí algo que cambió mi vida para siempre, el programa de Doce Pasos de los Alcohólicos Anónimos.

Al principio, el doctor y los terapeutas no veían progreso en mí. Estaba medio loco, sólo hablaba de crack todo el día. Todos los internos me odiaban y fue muy duro estar ahí. ¡Después de la total libertad, pasar a un encierro fue muy difícil!

Mi mamá se regresó a Los Ángeles y un tío quedó encargado de ir a verme a la clínica. Pero cuando mi mamá se fue, los miembros de mi familia fueron muy duros conmigo. Ninguno me quería ni confiaba en mi cambio... y en realidad no los culpo.

A los dos meses salí de la clínica, porque la estadía allí era demasiado cara. Pero no tenía adonde irme.

Al fin, mi papá me dijo que me fuera a su casa. Allí viví el terremoto de enero de 2001. También viví los interminables reproches y reclamos de todos.
Empecé a ir al grupo de AA en la Colonia Flor Blanca. Los compañeros me apoyaron, me dieron fuerzas y me ayudaron a cumplir mi determinación de no volver a consumir. Gracias a Dios no cometí ninguna estupidez.

El 7 de febrero me vine para Los Ángeles, adonde mi mamá. Tenía mis papeles y residencia legal desde hace varios años.

Vine derrotado y cabizbajo, pero a la semana ya había conseguido trabajo en una bodega descargando camiones. Ganaba el mínimo, $6.25 la hora.
A los cuatro meses ya había encontrado un mejor trabajo y me fui a vivir por mi cuenta a un apartamento, a 40 millas de la ciudad de Los Ángeles.
En enero de este año, presenté mi aplicación para entrar en la universidad y Gracias a Dios me aceptaron. ¡No lo podía creer!

Las buenas noticias no terminaron allí. ¡En febrero conseguí un nuevo trabajo, en un banco, y ya estoy ganando el doble de lo que era mi salario hace un año! A veces me parece que la fortuna ha sido demasiado benévola conmigo y que me ha dado mucho, mucho de verdad para un ex drogo como yo...”.

La piedra de la locura

Cuando Víctor compraba las piedras de crack, en 1998, tenía que reunir entre 25 y 30 colones por cada una. Un chispazo de inconsciencia, fugaz. Ya entonces era una droga barata, bastaba con un par de horas en un semáforo para asegurarse que tendría su piedra.


Ahora, el precio se ha derrumbado. El crack está al alcance de más personas y con más facilidad. Una dosis cuesta 10 colones o menos. No hay que esforzarse mucho para conseguirla.

En FUNDASALVA, desde 1996, se registró el consumo de crack, el cual creció de forma acelerada. Para el 2001, seis de cada diez pacientes atendidos por la fundación, eran adictos a la piedra.

Muy por encima de cualquier otra sustancia, en el 39 por ciento de los casos de adicciones múltiples que atienden, el crack es la droga problema. La piedra, un “high” violento, no perdona a nadie. “Quien la prueba, casi sin excepción, se engancha”, asegura Luis Alfaro, de FUNDASALVA.

¿Por qué? ¿Qué hace a esta droga tan peligrosa? Según Alfaro, hay muchas características peligrosas reunidas en ese pedazo de locura. La vía de administración de esta mezcla de cocaína y bicarbonato, es más rápida que la de la coca inhalada. La estimulación se potencia. El elevón es más alto e intenso... pero entre más alto se sube, más fuerte se cae. La depresión posterior, “el bajón”, también es mayor, lo que provoca una necesidad más grande de la droga.

“Esta droga no le da margen a la persona”, dice Alfaro, “en cuestión de meses pueden convertirse en adictos, mientras que el alcohol o la marihuana pueden ir formando una adicción en 10 ó 20 años”.

Un mensaje de Víctor
“Le agradezco a quienes me ayudaron en la Alameda Juan Pablo II y la Avenida Bernal.
Quizá mal utilicé el dinero, pero conocí la bondad hacia el prójimo. Gracias a ustedes estoy vivo ahora”

 


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