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CRÓNICA

Conocer el infierno y vivir para contarlo
La
primera vez que supe de él, Víctor no era más que
un mendigo, joven, sucio, desarrapado. Lo que lo hacía especial
era su afición por leer las columnas de opinión del diario
y un nivel cultural inusual entre los pordioseros.
Cuando volví a saber de Víctor, a través de un
inesperado correo electrónico, conocí la extraordinaria
historia de una vida que, en el filo de ser destruida por las drogas,
encontró la redención. Ahora yo cuento lo que él
me confió.
Víctor aceptó que yo contara su historia con el deseo
de que otros como él encontraran su camino de vuelta a la esperanza
y, que muchos más, nunca pusieran un pie en el infierno que él
conoció.
Este es el relato de su vida contado en primera persona.
Sarah Currlin
vertice@elsalvador.com
Quisiera
decir que nunca fui más que un muchacho normal, inquieto, curioso,
como los demás... Así fue alguna vez, pero todo cambió.
Estuve en el infierno y volví. Eso no tiene nada de normal.
Mis padres son divorciados. Mi mamá vive en Los Angeles.
Así que yo crecí con mi papá y mi madrastra. Vivía
en Mejicanos, en la Colonia Dolores.
En 1996, me gradué del colegio San Francisco. Todo mi bachillerato
fui bien relajo; sólo expulsado y fuera de clases pasaba. Aunque
nunca probé drogas, era el típico alumno problema que
hablaba mucho en clases, indisciplinado, difícil de manejar.
Al terminar mi bachillerato, tenía demasiados problemas en mi
casa y me fui a vivir con mi abuela en la Colonia San Mateo.
Me aceptaron en la UCA para estudiar Derecho. A pesar de mis problemas
de disciplina, el último año del bachillerato realmente
saqué muy buenas notas y el primer año de clases en la
universidad fue perfecto. Pasé todas las materias con ochos y
nueves. Mis papás estaban orgullosos de mí.
Cuando empecé el segundo año en la UCA, conocí
a Alfredo. Él también se graduó del San Francisco,
pero un año después que yo. Nos hicimos amigos.
Un día salimos a joder. Era la noche de la vigilia de la UCA
y fuimos allí. Ya bien noche fuimos a la casa de otro amigo y
empezamos a fumar mariguana. Era como la tercera o cuarta vez que lo
hacía.
Desde ese día, nuestras salidas se hicieron más frecuentes
y la rutina era siempre la misma: cervezas y mota.
En ese tiempo, yo tenía novia y, aunque yo no lo sabía,
ella también consumía drogas. Me enteré cuando
yo le confesé que fumaba mariguana. El resultado de mi confesión
fue que empezamos a fumar juntos.
El sueldo, que obtenía trabajando en una empresa de mi familia,
se nos hacía chiquito para comprar droga. Pronto empecé
a gastarlo casi completo en cerveza y mariguana.
Ya era una cosa tan grave, que mi estado normal era andar enmariguanado.
Empecé a ir a la Pana, la famosa tienda en la Escalón.
Allí tomábamos y fumábamos.
Así pase casi un año más. Luego, en diciembre de
1997, mi amigo Alfredo empezó a consumir crack. Yo le tuve miedo
al principio y, durante un par de meses, aunque él consumía,
yo no lo hice.
Amor a primera vista
Hasta
que un día, bien borracho, lo probé. Me encantó.
Fue amor a primera vista. Allí comenzó la espiral. Después
de esa primera probadita, cada fin de semana salíamos con mi
novia y mis amigos a fumarnos de mil a dos mil colones de crack. A mí
me encantaba, me gustaba demasiado. Empecé a hacerlo, no sólo
los fines de semana, sino también entre semana, cuando estaba
solo en mi casa... y entonces me gustó más, porque no
tenía que compartirlo con nadie.
Al cabo de dos meses, ya no le hablaba a mis amigos ni a mi novia, porque
quería toda la droga sólo para mí. Era un adicto.
Cada colón que caía en mi bolsa era para crack. Empecé
a vender mis cosas, mi estéreo, mi televisión, mi VHS,
en fin, todos mis electrodomésticos. Luego llegué al extremo
de vender mi ropa. Era incontrolable. Mis amigos se alejaron de mí,
me tenían miedo. Mi novia me dejó por otro y me sumí
aún más en mi adicción.
La vida se desliza
Empecé a robarme cosas de mi casa. Mi pobre abuela pensaba que
alguien se metía a la casa. ¿Cómo se iba a imaginar
que un estudiante de la UCA se iba a robar una plancha, una licuadora?
Mi adicción se fue convirtiendo en algo difícil de esconder.
Empecé a hacer cosas que rayan con la ficción. Mi mamá
me regaló un carro y yo lo vendí. Con ese dinero pasé
fumando crack varios días, encerrado en un motel. Aunque eran
40 mil colones, con la voracidad de mi adicción sólo me
duraron dos o tres semanas. Perdí como 30 libras de peso... y
mi familia pensó que estaba muerto, porque ni siquiera les llamé.
¡El diablo es jodido!
El
día que llegué de nuevo al trabajo, mi tío me mandó
a hacer un depósito de la empresa. Eran 20 mil colones. No es
difícil adivinar lo que pasó: me fui con el dinero y la
familia de mi papá al fin se dio por vencida conmigo. Me enterraron.
No querían ni verme. Mi abuela me echó de la casa y mi
mamá, en Los Angeles, ya no contestó mis llamadas.
Era un infierno, un infierno que yo mismo había creado.
Aún en medio de la calamidad, empecé a descubrir verdaderos
amigos. No los drogos, sino otros amigos de la UCA que se acercaban
a mí para ayudarme, para regalarme comida. Pero el problema era
que, para mantener mi vicio, me robaba cosas, así que ellos terminaron
alejándose también.
Entonces, de verdad me quedé solo. Era septiembre de 1998. Anduve
deambulando por la ciudad como por una semana, muerto de hambre y miedo.
Me aterraba la idea de quedarme en la calle.
Empecé a mantenerme en el Auto Market del Bulevar de Los Héroes,
para refugiarme en un lugar que parecía medianamente seguro.
Allí conocí a los muchachos que tiran fuego y limpian
parabrisas. Como siempre me veían ahí y que no compraba
nada, al fin se acercaron y me preguntaron qué me pasaba.
A medias les eché el cuento de que me habían echado de
mi casa y que tenía más de una semana sin comer ni dormir.
Ellos supieron que lo de no dormir era por el crack, todos consumían
crack.
Ese día me invitaron a unos churros y una soda. Al día
siguiente, me confiaron sus armas de supervivencia. Me mostraron una
red de casas, tiendas y negocios donde les regalaban comida, sólo
se asomaba uno y le daban un plato. El primer día fui a todos
los lugares que pude. Por comida no me preocupaba. Pero el hambre no
era el único problema. Mi ropa ya estaba sucia, hedía,
tenía más de una semana de no bañarme. En mi vida
habría imaginado lucir así. Ahora de verdad me veía
como un indigente. Pasé como un mes así, sucio, maloliente,
sobreviviendo, pero sin pedir dinero.
Carrera de mendigo
No
mendigaba porque no pensaba que iba a lograr reunir 25 colones, que
es lo que valía una piedra en ese tiempo. Me parecía ridículo
que iba a llegar a tal cantidad de monedita en monedita. Hasta que un
domingo en que tenía mucha hambre, fui a todos los lugares conocidos
y nadie me regaló comida. Así que agarré un trapo,
para limpiar parabrisas, y me dije que al menos iba a intentar reunir
unos cinco colones para un churro.
Me llevé una tremenda sorpresa. ¡En menos de 30 minutos,
tenía 60 colones! Fui a la Tutunichapa y me compré dos
piedras. Así empezó mi carrera de mendigo, me bastó
con media hora para graduarme. Es increíble, pero algunos días
reunía hasta 300 ó 400 colones si me quedaba hasta la
madrugada. Me instalé en la Bernal y la Juan Pablo Segundo.
Parecerá extraño, pero no sólo recibí dinero,
también la gente me regaló cariño. Me decían
"el chelito". Toda la gente se admiraba de mi inteligencia
y de que tenía cultura y temas de conversación. Me regalaban
ropa, mucho dinero, comida, de todo. Sólo era distinto cuando
pasaba alguien de mi familia, sólo pasaban de largo y me ignoraban...
Así pasé dos años y medio. ¡Boté dos
años y medio de mi vida! Vi tantas cosas, sé tantas cosas...
Le agradezco mucho a Dios porque estoy vivo.
Los últimos días que estuve en la calle me convertí
en ladrón. Robaba emblemas de carro y se los vendía a
los mismos motoristas. Ellos me encargaban cosas: rines, estéreos,
de todo.
Fumaba bastante, aún más que antes porque siempre andaba
mucho dinero, pero nunca dejé de pedir, para despistar a la policía,
y siempre andaba sucio. Empecé a ir a la casa de un ex futbolista
que vive por ahí y que consumía piedra como loco. El pobre
lo perdió todo por el crack, así como yo. Pero a él
daba por estar con prostitutas, en ese burdel, que le dicen el Seisa,
frente a la Universidad Francisco Gavidia. Y así empezó
la mezcla del sexo y las drogas. Gracias a Dios, yo siempre me protegí
y estoy sano.
Nueva oportunidad
Así pasé como seis meses, robando y consumiendo, hasta
que un día, el 18 de octubre de 2000, como a las 10 de la noche,
mi mamá llegó a buscarme. Al principio me resistí
a irme con ella. Pero en realidad estaba cansado de esa vida y al final,
cedí.
Pero no era tan fácil. Esa misma noche me escapé de la
casa. Ella insistió y volvió a recogerme. Volví
a escapar.
Ese día me fui y me llevé mil dólares que ella
tenía para una tía que estaba enferma. Pasé dos
días en la casa de mi amigo, el futbolista, pero luego fui a
la casa a buscar a mi mamá. Le pedí que me perdonara y
le dije que yo sí quería cambiar. Ella me perdonó
y empezamos a buscar una clínica donde pudieran ayudarme.
El lunes 23 de octubre fuimos a Santo Tomás, a la clínica
Salvación. Al día siguiente me internaron.
Al principio fue muy duro para mí pues mi necesidad de droga
era grande. Pero tuve valor y me quedé. Allí conocí
algo que cambió mi vida para siempre, el programa de Doce Pasos
de los Alcohólicos Anónimos.
Al principio, el doctor y los terapeutas no veían progreso en
mí. Estaba medio loco, sólo hablaba de crack todo el día.
Todos los internos me odiaban y fue muy duro estar ahí. ¡Después
de la total libertad, pasar a un encierro fue muy difícil!
Mi mamá se regresó a Los Ángeles y un tío
quedó encargado de ir a verme a la clínica. Pero cuando
mi mamá se fue, los miembros de mi familia fueron muy duros conmigo.
Ninguno me quería ni confiaba en mi cambio... y en realidad no
los culpo.
A los dos meses salí de la clínica, porque la estadía
allí era demasiado cara. Pero no tenía adonde irme.
Al fin, mi papá me dijo que me fuera a su casa. Allí viví
el terremoto de enero de 2001. También viví los interminables
reproches y reclamos de todos.
Empecé a ir al grupo de AA en la Colonia Flor Blanca. Los compañeros
me apoyaron, me dieron fuerzas y me ayudaron a cumplir mi determinación
de no volver a consumir. Gracias a Dios no cometí ninguna estupidez.
El 7 de febrero me vine para Los Ángeles, adonde mi mamá.
Tenía mis papeles y residencia legal desde hace varios años.
Vine derrotado y cabizbajo, pero a la semana ya había conseguido
trabajo en una bodega descargando camiones. Ganaba el mínimo,
$6.25 la hora.
A los cuatro meses ya había encontrado un mejor trabajo y me
fui a vivir por mi cuenta a un apartamento, a 40 millas de la ciudad
de Los Ángeles.
En enero de este año, presenté mi aplicación para
entrar en la universidad y Gracias a Dios me aceptaron. ¡No lo
podía creer!
Las buenas noticias no terminaron allí. ¡En febrero conseguí
un nuevo trabajo, en un banco, y ya estoy ganando el doble de lo que
era mi salario hace un año! A veces me parece que la fortuna
ha sido demasiado benévola conmigo y que me ha dado mucho, mucho
de verdad para un ex drogo como yo....
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La
piedra de la locura
Cuando Víctor compraba las piedras de crack, en 1998, tenía
que reunir entre 25 y 30 colones por cada una. Un chispazo de
inconsciencia, fugaz. Ya entonces era una droga barata, bastaba
con un par de horas en un semáforo para asegurarse que
tendría su piedra.
Ahora, el precio se ha derrumbado. El crack está al alcance
de más personas y con más facilidad. Una dosis cuesta
10 colones o menos. No hay que esforzarse mucho para conseguirla.
En FUNDASALVA, desde 1996, se registró el consumo de crack,
el cual creció de forma acelerada. Para el 2001, seis de
cada diez pacientes atendidos por la fundación, eran adictos
a la piedra.
Muy por encima de cualquier otra sustancia, en el 39 por ciento
de los casos de adicciones múltiples que atienden, el crack
es la droga problema. La piedra, un high violento,
no perdona a nadie. Quien la prueba, casi sin excepción,
se engancha, asegura Luis Alfaro, de FUNDASALVA.
¿Por qué? ¿Qué hace a esta droga tan
peligrosa? Según Alfaro, hay muchas características
peligrosas reunidas en ese pedazo de locura. La vía de
administración de esta mezcla de cocaína y bicarbonato,
es más rápida que la de la coca inhalada. La estimulación
se potencia. El elevón es más alto e intenso...
pero entre más alto se sube, más fuerte se cae.
La depresión posterior, el bajón, también
es mayor, lo que provoca una necesidad más grande de la
droga.
Esta droga no le da margen a la persona, dice Alfaro,
en cuestión de meses pueden convertirse en adictos,
mientras que el alcohol o la marihuana pueden ir formando una
adicción en 10 ó 20 años.
Un mensaje de Víctor
Le agradezco a quienes me ayudaron en la Alameda Juan Pablo
II y la Avenida Bernal.
Quizá mal utilicé el dinero, pero conocí
la bondad hacia el prójimo. Gracias a ustedes estoy vivo
ahora
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