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LA
ARISTA AFILADA
Argentina
y la fractura moral
Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com
Cambio
los nombres para no complicar el relato. Virgilio tenía un cuñado
norteamericano. Él era un porteño dedicado al comercio
en el gran Buenos Aires. Vendía cosas. Le vendía cosas,
fundamentalmente, al gobierno. Cuando lo conocí se movía
en el sistema escolar. Pagaba comisiones por debajo de la mesa. Sobornaba
funcionarios, usualmente sin demasiada resistencia. A veces ganaba concursos
de manera fraudulenta, y multiplicó su fortuna cuando se asoció
a un poderoso grupo editorial europeo que participaba de estas actividades.
El cuñado gringo, Jimmy, un tipo simpático trasladado
de Oklahoma a Buenos Aires a bordo de su mujer, un día necesitó
una considerable cantidad de dinero y se lo pidió a Virgilio.
El día de la entrega Jimmy, con la mejor buena fe, traía
un documento en el bolsillo. Era un pagaré en el que reconocía
la deuda y se comprometía a devolver la plata con intereses.
Virgilio lo leyó entre ofendido y asombrado. Los amigos y los
familiares no se prestan dinero de esa manera indecente y poco caballerosa.
Ni siquiera se cobran intereses. En el círculo de la intimidad
de los argentinos las transacciones están basadas en la honradez,
la confianza, la buena voluntad y un apretón de manos.
Jimmy se sintió avergonzado.
Una manga de ladrones
La historia viene a cuento del reciente incidente entre el presidente
uruguayo Jorge Batlle y los argentinos, a cuyos políticos, off-the-record,
llamó una manga de ladrones, sin saber que estaban
abiertos los micrófonos. Pocas horas después, Batlle,
caballerosamente, pidió disculpas y el problema quedó
zanjado. Había sido un exabrupto privado. Sin embargo, la mayor
parte de los argentinos sabían que algo había de razón
en las palabras del uruguayo. Tampoco ignoraban, si exploraban a fondo
el problema, que el fenómeno de la corrupción no sólo
tocaba a los políticos argentinos, sino a cientos de miles de
personas de la sociedad civil que participan en los negocios turbios,
los propician y se benefician de ellos.
También resultaba evidente que quienes no vacilaban en desplumar
al tesoro público, en el ámbito privado y familiar, paradójicamente,
solían tener un comportamiento honorable.
Es la esquizofrenia moral casi absoluta. La corrupción latinoamericana,
que, a juzgar por Transparencia Internacional, es bastante
considerable en casi todos los países, exceptuado Chile, y, en
menor medida, Costa Rica y Uruguay, tiene que ver con la percepción
que la sociedad tiene del Estado y viceversa. La honradez es una apreciada
virtud doméstica, el Estado, en cambio, es un sitio al que se
va a robar. Los ciudadanos ven al Estado y a sus funcionarios y políticos
como verdaderas sanguijuelas, mientras quienes administran las instituciones
del Estado no se califican como humildes servidores públicos
sujetos al imperio de la ley, sino como poderosos mandamases que miden
su poder por la cantidad de prebendas que pueden recibir o asignar.
¿En qué países la corrupción es menor o
casi inexistente? En primer término, en los escandinavos. ¿Por
qué? Porque hay una continuidad casi perfecta entre la moral
pública y la privada. El séptimo mandamiento, no
robarás, entre ellos no ofrece distinciones. Recuerdo el
caso de una ministra sueca que tuvo que renunciar cuando se descubrió
que había comprado un modesto vestido con dinero oficial para
asistir a una recepción de su departamento. Los suecos entendían
que ese acto era tan reprobable como si se hubiera robado la ropa de
una tienda o en la casa de un vecino.
¿Más leyes y cárceles?
La pregunta es obvia: las sociedades moralmente fracturadas, ¿pueden
corregir esa atroz anomalía y comenzar a comportarse de la misma
manera en el ámbito público y el privado? Parece que sí.
No se trata de crear más leyes y ampliar las cárceles.
Nuestros códigos penales suelen ser abundantes. El cambio comienza
a ocurrir de arriba hacia abajo, cuando llega al poder un grupo decidido
a frenar la corrupción con su propio ejemplo, e instala una total
transparencia en los actos de la administración pública,
con auditorías externas y constante rendición de cuentas
a la ciudadanía. En poco tiempo, se produce una inversión
de las relaciones de poder y los ciudadanos descubren que funcionarios
y políticos no deben ser otra cosa que temerosos servidores públicos.
¿Ha sucedido eso en el alguna parte? Sí: España
es un buen ejemplo. En pocos años la sociedad civil española
ha ido asumiendo la supervisión del sector público, mientras
políticos y funcionarios, muy saludablemente, han perdido discrecionalidad
sobre sus actos de gobierno. Ya no pueden hacer lo que les da la gana.
Están sujetos por las reglas y viven bajo la intensa lupa de
la prensa. El resultado de esto era predecible: la corrupción
ha disminuido tremendamente y el sector público se ha revalorizado
ante los ojos de la sociedad. Ya no son una manga de ladrones,
sino servidores públicos orgullosos de su trabajo. Si España
y Chile han logrado que, finalmente, lo público y lo privado
se guíen por los mismos principios éticos, el resto de
América Latina tiene esperanzas.
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