
|
 |
ENTREVISTA
Horacio Castellanos
Moya:
La violencia... es parte de la salvadoreñidad
Finalista
en el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos,
logró el respaldo de Tusquets Editores, que publica su obra,
y dirige el periódico mexicano Milenio. Algunos solo lo recuerdan
por su novela El asco.
Rafael Menjívar Ochoa
vertice@elsalvador.com
Tras
una larga temporada en el extranjero, el escritor Horacio Castellanos
Moya regresó a El Salvador para formar parte del proceso de paz.
Hace cinco años publicó su novela El asco
y se fue nuevamente del país, al que sólo ha regresado
durante muy breves periodos entre sus estancias en Guatemala, México,
España y Suiza.
Esta semana estuvo en El Salvador durante un par de días, para
firmar un contrato de ocho años con la Dirección de Publicaciones
e Impresos de Concultura para su novela La diáspora
que, al igual que El asco, generó fuertes controversias,
como casi todo su trabajo literario. Este contrato ocurre luego de la
publicación de dos obras de Castellanos Moya (El arma en
el hombre y Baile con serpientes, también editada
por DPI hace algunos años) en la prestigiada casa Tusquets Editores.
La visita fue una buena ocasión para conocer de primera mano
las opiniones del autor acerca de su propia obra, en especial de la
novela que causó y aún causa fuertes simpatías
y resquemores.
Rafael Menjívar Ochoa (RMO) : Cuando apareció
El asco, los lectores se lanzaron a discutir si lo que decías
era cierto, y se fijaron poco en que se trataba de una construcción
literaria.
Horacio Castellanos Moya (HCMoya): Por lo general cuando una novela
hace críticas muy fuertes sobre aspectos políticos o culturales,
y cuando se publica en un mundo de lectores más acostumbrados
al texto de testimonio, que busca la verdad histórica, la gente
no reacciona en un sentido literario, no hace una lectura literaria.
Claro, no es la primera vez que me pasa.
Cuando publiqué La diáspora, en 1989, se hizo
una lectura política; la novela, en ese caso, hacía críticas
constructivas (o destructivas) de la izquierda.
Con El asco el lector, en general, no repara en los aspectos
literarios, de la construcción de personajes, de la trama (digamos
en la fabulación literaria), sino que se concentra en los aspectos
que le parecen más sensibles en cuanto a su manera de ver el
mundo. No piensa en literatura, sino en si esa opinión política
es cierta o es falsa, si esa opinión sobre la cultura nacional
es verdadera o es falsa.
¿Había en El asco la intención
de provocar o hubo una interpretación un tanto obvia?
Un poco de las dos cosas. Tanto La diáspora como
El asco tienen un componente de provocación. Y no
porque yo me proponga provocar (aunque si no hubiera una voluntad la
provocación no se expresaría), sino porque hace críticas
a ideas muy fijas y muy establecidas, muy dadas por supuestas, en lo
que respecta a la política y a la cultura del país: la
nacionalidad, la identidad, todas esas cosas.
Al meterte en el terreno de los valores esenciales de lo nacional, evidentemente
le cuestionas a la gente los juicios terminantes alrededor de los cuales
se construyen sus valores.
Una
de las características de tu generación literaria,
por llamarla de algún modo, es que varios han vivido y se han
formado en el extranjero, y expresan un punto de vista extranjero
con respecto a El Salvador...
Yo no lo creo. Cuando salí de aquí ya estaba totalmente
formado...
Estuviste en Costa Rica, México, Canadá...
Pero salí a los veintiún años, y a los veintiún
años ya tienes un mundo hecho. Lo que te determina y te marca,
en cuanto a criterios y a valores, es tu mundo adolescente. No creo
que sea tanto una visión extranjera, sino una visión que
permite contemplar al país desde fuera para interpretarlo
de otra manera.
Probablemente las nuevas generaciones van a estar formadas por escritores
que han vivido su infancia y adolescencia en Los Angeles, que son salvadoreños
pero llegaron allá a los cuatro años. Yo llegué
aquí a los cuatro años y salí a los veintiuno,
así que el mundo de El Salvador es mi mundo, el mundo que me
determinó.
Salir te da distancia, y la distancia, para la literatura, es importante.
Para la ficción es determinante en el sentido de que te permite
tomar perspectiva y pensar las cosas con más añejamiento.
Creo que ése es más el punto, no que haya una visión
extranjera. Es algo que no comparto.
Joyce sale a los veintiún años de Dublín para no
volver jamás (bueno, regresa una vez) y no tiene una visión
extranjera de Irlanda.
Y esa distancia quizá sea lo que le da esa visión
tan irlandesa...
Y también tan universal. En algunas ocasiones me han preguntado
que por qué la violencia. Cada vez que regreso al país
lo veo muy violento, y lo escribo muy violento. Y es que el país
es violento. Cuando alguien me pregunta acerca del recurso de
la violencia, me doy cuenta de que para mí la violencia
no es un recurso: es parte de la salvadoreñidad. Es una cultura
muy violenta, y permea la familia, las instituciones, el estado, todo.
Por eso la violencia se expresa en la literatura, y no sólo en
la mía, sino en las diversas literaturas que se dan en el país.
Existen otras literaturas que surgen en países muy pobres, en
situaciones muy parecidas, y no son tan violentas: Honduras, Ecuador,
Bolivia... Quizá la colombiana tenga un componente fuerte de
violencia.
En tus textos tocas puntos que duelen. Está la llaga y
pones el dedo allí.
Creo que la provocación per se es inútil.
No me propongo la provocación como tal. Digamos que la provocación
es un componente de mi carácter, de mi manera de ser, pero no
es parte de un plan ni de un proyecto. A la hora de buscar la materia
narrativa, la materia prima para construir la historia y los personajes,
me encuentro con que tengo que tocar aspectos duros de la realidad,
o recrearlos, y la óptica desde la que lo hago para muchos lectores
es muy provocadora. Yo no me lo propongo: así es mi óptica.
No es un plan, o que yo me diga: Voy a hacer una literatura esencialmente
provocadora. Es provocadora a pesar de sí misma; al final
de cuentas, cuando escribo es más importante sacar lo que traigo
adentro que proponerme un tipo de literatura.
¿Qué te estabas sacando con El asco?
Al paso del tiempo, pienso que en esa novela se reflejan los años
de la primera posguerra, que se produjeron en la frustración
de la transición democrática, vividos, en mi caso, a partir
de proyectos en los que me embarqué, en los que se embarcó
un grupo de gente cuando terminó la guerra civil. Teníamos
una expectativa, una ilusión en torno a la transformación
de la sociedad salvadoreña con el fin de la guerra. Todo eso
de la transición democrática y la consecución de
un nuevo estado de derecho basados en los patrones de la democracia
para nosotros no era una abstracción política, sino la
posibilidad de algo distinto: que florezca la cultura, que florezcan
las nuevas expresiones, que florezcan las nuevas mentalidades, que esto
se convierta en una fuente de cosas novedosas.
Llegamos con esa idea, trabajamos en función de esa idea, hicimos
lo que pudimos, y algunos (yo entre ellos) nos reventamos la cara. Y,
cuando te revientas la cara, la literatura surge más de la frustración,
del fracaso, de la tragedia, que de la felicidad y del éxito.
Una literatura que se basa en la felicidad y el éxito no es creadora.
Si revisas bien, la literatura surge de la tragedia, de la frustración
esencial, del fracaso, de lo que no se puede realizar.
No planifiqué mucho El asco. Lo escribí en
un mes, y cuando iba en la segunda cuartilla no sabía para dónde
iba. Fue un texto muy compulsivo, muy poco planificado. Creo que es
explicable. Y no surgió de mi caso personal, sino de un grupo,
y muchos de ese grupo tampoco viven ya aquí.
Eso no significa que piense que haya sido inútil la transición
y el fin de la guerra. Estamos hablando de que todo lo mides en función
de las expectativas y de las ilusiones, de los proyectos que no funcionan,
y se tradujo de esta manera. El asco fue una descarga. Una
descarga de frustración.
Pero también es una construcción literaria...
¡Ah, claro! Porque pretendía, y siempre pretendió,
ser una novela. No pretendía ser un discurso. Para eso están
los ensayos. No es una novela de tesis. Habla de un personaje que vomita
su visión del mundo, que a veces puede ser contradictoria, poco
agradable, pero es una construcción literaria. Está basada
en Bernhard, un escritor austriaco que detesta Austria, que detesta
Salzburgo y a su gente... Más o menos a partir de ese modelo
hice una construcción literaria.
Igual que cuando Alvaro Menen Desleal publicó Cuentos
breves y maravillosos, usando como modelo a Borges, hubo gente
enterada que te acusó de ser plagiario de Bernhard.
Eso es ignorancia. Plagio es cuando la gente copia a un escritor y lo
esconde. Un plagiario ni siquiera escribe como otro escritor, sino que
copia el texto. El asco no esconde nada: se llama Thomas
Bernhard en San Salvador, y es un ejercicio de estilo basado sus
cosas.
Ahora están de moda los plagios. Hay un montón de gente
que cree que es muy fácil ser escritor y escribe o contrata a
alguien para que le escriba las novelas. Pero eso no tiene encanto en
nuestros países.
En El Salvador hay tan poco que ganar con la literatura que, si uno
no la siente, si uno no tiene nada que decir, para qué se mete
en todo ese estorbo. En Europa por lo menos puedes tener status, ganar
dinero, cosas que te sirven en la vida. Aquí no veo francamente
para qué te pueda servir el plagio.
¿No es la publicación un proceso natural de la escritura?
Exactamente. Por suerte no he tenido que gastar una enorme cantidad
de energía en la búsqueda de un editor, y es algo que
agradezco, así sean editores pequeños. Ha de ser muy desgastante
estar dedicado sólo a ver quién te publica.
|
¿La generación cínica
o impasible?
Hay
críticos que notan un cambio con respecto a las generaciones
anteriores: un paso de la literatura de temas grandes (la guerra,
lo social, etc.) a problemáticas más individuales.
Se habla de una generación cínica o
de una generación impasible por su actitud
ante la violencia.
Creo que más bien lo mencionan en relación con la
literatura centroamericana de antes, de las primeras tres o cuatro
décadas del siglo. Buena parte de los escritores de entonces
creía en la utopía comunista. Si se hace una comparación
con un grupo de escritores que tenía fe y que empeñó
su vida en la utopía comunista, un grupo más joven,
que no cree en ninguna, evidentemente parecerá cínico.
Esa literatura que se realizó a partir de la utopía
comunista estaba embarcada en un viaje que duró muy poco.
Esa generación cínica o impasible,
o como le quieran llamar, está embarcada en los valores
esenciales del ser humano: las pasiones, las envidias, los odios,
los amores, los celos... La literatura debe tocar esas cosas que
no cambian, para tener más libertad y mucha mayor trascendencia.
Una de las preguntas más frecuentes es cómo
has hecho para publicar en editoriales fuertes, como Tusquets.
Son dos los escritores salvadoreños que han publicado más
en las editoriales fuertes: Roque Dalton y Manlio Argueta. Los
escritores nacidos en los cincuenta somos muy poco conocidos todavía.
No sé en qué condiciones lo hicieron ellos, pero
ahora es muy complicado, porque el mercado es muy competitivo,
el libro se ha convertido en un objeto mercantil, con un valor
de cambio tremendo, y los espacios que se abren son pequeños.
Creo que cada quién tiene su ruta. En mi caso apenas comienzo
a publicar en España (tengo tres libros allí), los
dos primeros con editoriales muy pequeñas. Son libros muy
lindos, pero de distribución muy restringida. No creo que
haya una fórmula. Es una ruta personal: conocer gente,
que esa gente lea los textos... Todo es cosa de escribir bien.
|
Copyright 2002
El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización
escrita de su titular. |
|