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PERFIL
Político,
a veces; Pediatra, siempre
Rodrigo
Simán, parte de un acaudalada familia de comerciantes palestinos-salvadoreños,
ha destacado en ambientes distintos a los de sus antecesores: la medicina
y la política. A sus 35 años, dirige la única clínica
pública para niños portadores del VIH y ha formado parte
de la cúpula del partido en el gobierno.
Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com
Un
niño espera a su doctor sentado junto a su tía en el piso
nueve de la torre del Hospital de Niños Benjamín Bloom.
En ese lugar, se atiende a todos los niños que padecen de SIDA.
Los padres del pequeño ya murieron a causa de la enfermedad.
Aquel no era el día de su consulta, pero tuvo que asistir al
hospital para hacerse unos exámenes. El pequeño paciente
aprovechó su viaje al nosocomio para llevarle una muestra de
cariño a su doctor.
Por fin el galeno sale de su consultorio y el pequeño emocionado
lo abraza y le da un billete de juguete, en señal de su aprecio.
Su médico es el pediatra Rodrigo Simán.
Hace tres años la enfermedad significaba una pena de muerte para
todo el niño que la padecía. Ahora, el doctor Simán
se encarga de darles esperanza a más de docientos niños
portadores del virus.
En su consultorio, en un afiche se lee la frase: un médico
cura, a veces; alivia, con frecuencia y consuela, siempre. Regido
por esas palabras, el doctor desarrolla el trabajo que se ha convertido
en la pasión de su vida.
Con su profesión, Simán ha retado la tradición
familiar, en donde, predominan las carreras relacionadas con la construcción
y la administración de empresas. El doctor es el séptimo
de once hermanos hijos de Roberto Simán y Myriam Siri.
La familia de su padre llegó de Palestina a El Salvador en 1921.
Con poco dinero, sus abuelos abrieron una puesto en el Mercado Central.
Con los años, el pequeño negocio se convertiría
en la cadena de almacenes Simán.
S in
embargo, su progenitor tomó un camino profesional distinto al
comercio y estudió ingeniería en Estados Unidos, donde
conocería a su futura esposa y madre de Rodrigo, Myriam Siri.
En 1952 se casaron y años después él fundó
la empresa constructora Simán.
La pareja se estableció, junto a sus once hijos, a unas cuadras
del Liceo Salvadoreño en San Salvador. En ese centro marista
estudiarían todos los hijos de la familia Simán-Siri,
incluyendo Rodrigo, quien ingresó a ese colegio en 1973.
Según cuenta, nunca fue un buen estudiante; pero tampoco de los
peores. Sin embargo, su carácter impulsivo, le acarreó
problemas con sus profesores. En ese tiempo, el castigo en el
colegio era pasar parado en el patio bajo el sol, toda la mañana.
Muchas veces llegué bien bronceado a mi casa, cuenta.
En sus años de colegio, su familia gozaba de una relativa estabilidad
económica, la que se tambaleaba ocasionalmente. Muchas
veces vi que mi padre salía en su carro a manejar por San Salvador
para pensar, porque llegaba el fin de mes y tenía que pagar el
colegio de cinco hijos y a sus trabajadores, recuerda.
El secuestro
Sin embargo, las pequeñas crisis nunca afectaron a la familia.
Pero la solidez emocional de la que gozaban los Simán-Siri no
tardaría mucho en conocer de cerca la violencia que el país
vivía en los ochenta.
A principios de aquella época, su padre fue secuestrado. Durante
48 días, vivieron la incertidumbre de pensar que no regresaría
con vida. Pero después de pagar un millonario rescate, la pesadilla
terminó. Sin embargo, el impacto derivado del secuestro influiría
en la vida de Rodrigo. Durante esos años, mi sueño
era convertirme en abogado litigante, recuerda.
Años
más tarde, en 1984, capturaron a los secuestradores, un grupo
de ex militares. A pesar de la abrumadora evidencia, los criminales
quedaron en libertad. Aquel hecho, echó por los suelos los sueños
de ser abogado del joven.
En 1985, Rodrigo estaba por graduarse de bachiller y no sabía
lo que estudiaría en la universidad. Una opción era la
administración de empresas o la ingeniería como la mayoría
de sus hermanos.
Después de meditar sus alternativas, optó por la orientación
profesional. Me hice una prueba de orientación vocacional
con el sicólogo del colegio, rememora. Los resultados apuntaron
a la rama de la medicina.
Desde ese momento, la pediatría sería la meta a cumplir
como doctor. Siempre me gustó trabajar con niños,
por eso supe lo que quería ser desde que empecé a estudiar
medicina, explica.
Pero la mayor escuela de medicina en el país atravesaba momento
difíciles a raíz de la guerra. Esto, sumado a que no había
otra institución de buena calidad en el país, lo obligó
a buscar un centro de estudios en el extranjero, en Costa Rica.
No obstante, sus hermanos no creían mucho en la vocación
de su hermano. Ellos hicieron apuestas para ver cuánto
me tardaba en regresar al país y dejar de estudiar medicina,
dice. Pero, contra todos los pronósticos, en 1986 Rodrigo comenzó
sus estudios de medicina general en la Escuela Autónoma de Ciencias
Médicas de Costa Rica.
En aquel país, tuvo su primer trabajo como doctor general y estuvo
a punto de hacer de aquel lugar su hogar permanente.
Después decidió realizar su especialidad de Pediatría
en Chile en 1995. Después de estudiar durante tres años
en Suramérica, regreso al país e finales de los noventa.
Al volver en 1998, se dio cuenta que su trabajo tendría más
valor en el país, donde a su juicio hay muchas limitantes. Así
se incorporó al sistema nacional de salud y, después de
dos años de espera y de trámites burocráticos,
fue autorizado a hacer su año social en el Hospital de Niños
Benjamín Bloom.
La clínica
En el nosocomio se dio cuenta de que los niños portadores del
virus del Sida eran tratados como cualquier otro paciente. Los doctores
hacían poco más que darles el diagnóstico. Desde
entonces, dirigió sus esfuerzos hasta crear una unidad especial
para la atención de niños portadores del virus.
Sus esfuerzos se realizaron cuando consiguió que el Ministerio
de Salud proporcionara el espacio y los tratamientos retrovirales para
los pacientes. Ahora los niños tiene la posibilidad de
llevar una vida normal, afirma.
Sus
luchas sociales le hicieron ganar notoriedad y su figura despertó
el interés del partido de gobierno quien buscaba renovar sus
filas. En las elecciones pasadas, Luis Cardenal, candidato a alcalde
por Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), le propuso forma parte
de su concejo municipal.
El pediatra aceptó e incursionó por primera vez en política,
a pesar de la renuencia de su familia a participar en cargos partidarios.
Cardenal perdió las elecciones; pero la imagen del joven doctor
seguía interesando a ARENA.
Así fue llamado por el presidente Francisco Flores para ocupar
un puesto en la cúpula del partido. Pero la pasión y el
compromiso por su profesión le hicieron dejar el cargo después
de un año.
Desde el principio puse en claro que mi profesión está
sobre todo, asegura. Esta posición le llevó a retrasar,
por citas con su pacientes, reuniónes con el mismo presidente
Flores.
En la actualidad, ocupa su tiempo entre la clínica privada y
la del hospital Bloom. Por la noches, el ejercicio le hace estar en
forma y le ayuda a reducir el estrés de su trabajo.
Los fines de semana se entretiene con el cine o en reuniónes
familiares, donde ve a sus 31 sobrinos, quienes, también, son
sus pacientes. Hasta el momento rechaza su interés a los puestos
políticos y asegura que quiere seguir con su profesión.
Sin embargo, ha aceptado un cargo en la Directiva Departamental de San
Salvador del partido ARENA y, aunque con recelo, deja una pequeña
puerta abierta para su participación en cargos públicos
en la arena política.
Doctor,
político
Fecha de nacimiento: 21 de octubre de 1967
.
Padres: Roberto Simán y Myriam Siri.
Profesión: Médico pediatra.
Puestos políticos: Candidato a concejal, Director de
Asuntos Políticos en el Consejo Ejecutivo Nacional (COENA),
Director Ejecutivo Departamental de San Salvador.
Como pediatra: Director de la Clínica de Niños
con Sida en Hospital Bloom. Además, dirige varias instituciones
de labor social. |
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