9 de junio de 2002

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PERFIL

Político, a veces; Pediatra, siempre

Rodrigo Simán, parte de un acaudalada familia de comerciantes palestinos-salvadoreños, ha destacado en ambientes distintos a los de sus antecesores: la medicina y la política. A sus 35 años, dirige la única clínica pública para niños portadores del VIH y ha formado parte de la cúpula del partido en el gobierno.

Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com

Un niño espera a su doctor sentado junto a su tía en el piso nueve de la torre del Hospital de Niños Benjamín Bloom. En ese lugar, se atiende a todos los niños que padecen de SIDA. Los padres del pequeño ya murieron a causa de la enfermedad.
Aquel no era el día de su consulta, pero tuvo que asistir al hospital para hacerse unos exámenes. El pequeño paciente aprovechó su viaje al nosocomio para llevarle una muestra de cariño a su doctor.
Por fin el galeno sale de su consultorio y el pequeño emocionado lo abraza y le da un billete de juguete, en señal de su aprecio. Su médico es el pediatra Rodrigo Simán.
Hace tres años la enfermedad significaba una pena de muerte para todo el niño que la padecía. Ahora, el doctor Simán se encarga de darles esperanza a más de docientos niños portadores del virus.
En su consultorio, en un afiche se lee la frase: “un médico cura, a veces; alivia, con frecuencia y consuela, siempre”. Regido por esas palabras, el doctor desarrolla el trabajo que se ha convertido en la pasión de su vida.
Con su profesión, Simán ha retado la tradición familiar, en donde, predominan las carreras relacionadas con la construcción y la administración de empresas. El doctor es el séptimo de once hermanos hijos de Roberto Simán y Myriam Siri.
La familia de su padre llegó de Palestina a El Salvador en 1921. Con poco dinero, sus abuelos abrieron una puesto en el Mercado Central. Con los años, el pequeño negocio se convertiría en la cadena de almacenes Simán.
Sin embargo, su progenitor tomó un camino profesional distinto al comercio y estudió ingeniería en Estados Unidos, donde conocería a su futura esposa y madre de Rodrigo, Myriam Siri. En 1952 se casaron y años después él fundó la empresa constructora Simán.
La pareja se estableció, junto a sus once hijos, a unas cuadras del Liceo Salvadoreño en San Salvador. En ese centro marista estudiarían todos los hijos de la familia Simán-Siri, incluyendo Rodrigo, quien ingresó a ese colegio en 1973.
Según cuenta, nunca fue un buen estudiante; pero tampoco de los peores. Sin embargo, su carácter impulsivo, le acarreó problemas con sus profesores. “En ese tiempo, el castigo en el colegio era pasar parado en el patio bajo el sol, toda la mañana. Muchas veces llegué bien bronceado a mi casa”, cuenta.
En sus años de colegio, su familia gozaba de una relativa estabilidad económica, la que se tambaleaba ocasionalmente. “Muchas veces vi que mi padre salía en su carro a manejar por San Salvador para pensar, porque llegaba el fin de mes y tenía que pagar el colegio de cinco hijos y a sus trabajadores”, recuerda.

El secuestro

Sin embargo, las pequeñas crisis nunca afectaron a la familia. Pero la solidez emocional de la que gozaban los Simán-Siri no tardaría mucho en conocer de cerca la violencia que el país vivía en los ochenta.
A principios de aquella época, su padre fue secuestrado. Durante 48 días, vivieron la incertidumbre de pensar que no regresaría con vida. Pero después de pagar un millonario rescate, la pesadilla terminó. Sin embargo, el impacto derivado del secuestro influiría en la vida de Rodrigo. “Durante esos años, mi sueño era convertirme en abogado litigante”, recuerda.
Años más tarde, en 1984, capturaron a los secuestradores, un grupo de ex militares. A pesar de la abrumadora evidencia, los criminales quedaron en libertad. Aquel hecho, echó por los suelos los sueños de ser abogado del joven.
En 1985, Rodrigo estaba por graduarse de bachiller y no sabía lo que estudiaría en la universidad. Una opción era la administración de empresas o la ingeniería como la mayoría de sus hermanos.
Después de meditar sus alternativas, optó por la orientación profesional. “Me hice una prueba de orientación vocacional con el sicólogo del colegio”, rememora. Los resultados apuntaron a la rama de la medicina.
Desde ese momento, la pediatría sería la meta a cumplir como doctor. “Siempre me gustó trabajar con niños, por eso supe lo que quería ser desde que empecé a estudiar medicina”, explica.
Pero la mayor escuela de medicina en el país atravesaba momento difíciles a raíz de la guerra. Esto, sumado a que no había otra institución de buena calidad en el país, lo obligó a buscar un centro de estudios en el extranjero, en Costa Rica.
No obstante, sus hermanos no creían mucho en la vocación de su hermano. “Ellos hicieron apuestas para ver cuánto me tardaba en regresar al país y dejar de estudiar medicina”, dice. Pero, contra todos los pronósticos, en 1986 Rodrigo comenzó sus estudios de medicina general en la Escuela Autónoma de Ciencias Médicas de Costa Rica.
En aquel país, tuvo su primer trabajo como doctor general y estuvo a punto de hacer de aquel lugar su hogar permanente.
Después decidió realizar su especialidad de Pediatría en Chile en 1995. Después de estudiar durante tres años en Suramérica, regreso al país e finales de los noventa.
Al volver en 1998, se dio cuenta que su trabajo tendría más valor en el país, donde a su juicio hay muchas limitantes. Así se incorporó al sistema nacional de salud y, después de dos años de espera y de trámites burocráticos, fue autorizado a hacer su año social en el Hospital de Niños Benjamín Bloom.

La clínica

En el nosocomio se dio cuenta de que los niños portadores del virus del Sida eran tratados como cualquier otro paciente. Los doctores hacían poco más que darles el diagnóstico. Desde entonces, dirigió sus esfuerzos hasta crear una unidad especial para la atención de niños portadores del virus.
Sus esfuerzos se realizaron cuando consiguió que el Ministerio de Salud proporcionara el espacio y los tratamientos retrovirales para los pacientes. “Ahora los niños tiene la posibilidad de llevar una vida normal”, afirma.
Sus luchas sociales le hicieron ganar notoriedad y su figura despertó el interés del partido de gobierno quien buscaba renovar sus filas. En las elecciones pasadas, Luis Cardenal, candidato a alcalde por Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), le propuso forma parte de su concejo municipal.
El pediatra aceptó e incursionó por primera vez en política, a pesar de la renuencia de su familia a participar en cargos partidarios. Cardenal perdió las elecciones; pero la imagen del joven doctor seguía interesando a ARENA.
Así fue llamado por el presidente Francisco Flores para ocupar un puesto en la cúpula del partido. Pero la pasión y el compromiso por su profesión le hicieron dejar el cargo después de un año.
“Desde el principio puse en claro que mi profesión está sobre todo”, asegura. Esta posición le llevó a retrasar, por citas con su pacientes, reuniónes con el mismo presidente Flores.
En la actualidad, ocupa su tiempo entre la clínica privada y la del hospital Bloom. Por la noches, el ejercicio le hace estar en forma y le ayuda a reducir el estrés de su trabajo.
Los fines de semana se entretiene con el cine o en reuniónes familiares, donde ve a sus 31 sobrinos, quienes, también, son sus pacientes. Hasta el momento rechaza su interés a los puestos políticos y asegura que quiere seguir con su profesión. Sin embargo, ha aceptado un cargo en la Directiva Departamental de San Salvador del partido ARENA y, aunque con recelo, deja una pequeña puerta abierta para su participación en cargos públicos en la “arena política”.

Doctor, político

Fecha de nacimiento:
21 de octubre de 1967
.
Padres: Roberto Simán y Myriam Siri.

Profesión:
Médico pediatra.

Puestos políticos:
Candidato a concejal, Director de Asuntos Políticos en el Consejo Ejecutivo Nacional (COENA), Director Ejecutivo Departamental de San Salvador.

Como pediatra:
Director de la Clínica de Niños con Sida en Hospital Bloom. Además, dirige varias instituciones de labor social.

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