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PIEDRA
DE TOQUE
La
tortuga y la liebre
Mario Vargas Llosa
vertice@elsalvador.com
Quienes se empeñan en utilizar el libro del Premio Nobel de Economía
Joseph E. Stiglitz, El malestar en la globalización (Taurus, 2002),
como un ariete en sus campañas contra la internacionalización
de la vida y un mundo inter-dependiente, no lo han leído o lo han
hecho de manera sesgada, concentrándose tan obsesivamente en la
rama de sus críticas que perdieron la visión del bosque
que el libro ofrece, más optimista de lo que aquellas críticas
sugieren. El profesor Stiglitz sabe que la globalización es una
realidad irreversible y que ella, según sus palabras, puede
ser una fuerza benéfica ya que su potencial es el enriquecimiento
de todos, particularmente los pobres. No lo es todavía, porque,
a su juicio, está muy mal gestionada y los causantes
son las instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional
y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos -las bestias negras
de su libro- cuyas políticas imprudentes y dogmáticas han
tenido en los países en desarrollo un efecto devastador.Políticas
de salvamento
Políticas de salvamento
Estas críticas no son nuevas, pero lo que da seriedad e interés
a su libro es que el profesor Stiglitz, además de ser un profesional
de prestigio, tiene una experiencia de servicio público de muy
alto nivel, pues ha trabajado en el África y ha sido asesor económico
del presidente Clinton y vice-presidente del Banco Mundial. Sus tesis
y propuestas se sustentan en un conocimiento directo de los problemas
y de las circunstancias sociales de los países pobres, algo de
lo que a menudo carecen quienes, en los gabinetes del FMI, del Banco
Mundial o los ministerios de Hacienda de los países desarrollados,
fijan las políticas de salvamento a las naciones del tercer mundo
que enfrentan crisis y se hallan al borde del desplome económico.
Su afirmación de que es absurdo que los equipos del FMI hagan
rápidas visitas a los países afectados (en hoteles
de cinco estrellas), en vez de tener allí funcionarios
y técnicos permanentes que se impregnen de todo el contexto cultural,
social y político sin el cual la percepción del problema
económico será siempre insuficiente, no puede ser más
atinada. Como lo es, también, su convicción, repetida
hasta el cansancio, de que los grandes organismos financieros internacionales
deberían confiar más en los técnicos y profesionales
locales -que viven los problemas desde adentro y, por ejemplo, conocen
la idiosincrasia de su gente- a la hora de diseñar sus programas
de estabilización, si no quieren que estos fracasen por su falta
de realismo y operatividad dentro de un determinado contexto histórico.El
malestar en la globalización es particularmente instructivo cada
vez que abandona el plano esquemático y teórico y refiere
ejemplos concretos. Como cuando, en el caso de Etiopía, muestra
la total ineptitud de los funcionarios del FMI cuyo criterio, en vez
de ayudar, perjudicó seriamente los esfuerzos bien orientados
del Gobierno etíope para desarrollar el país. Pero que
no siempre ocurre así lo prueba otro caso referido por el profesor
Stiglitz, el de Botswana, una de las pocas sociedades africanas que
ha tenido éxito en su política de desarrollo, a la que
contribuyó una ayuda internacional eficaz.Los mejores capítulos
del libro relatan los errores garrafales que el FMI y la comunidad financiera
internacional cometieron en las dos crisis más traumáticas
de los últimos tiempos: la del Este Asiático, en 1997,
y la de la transición rusa, luego de la caída del Muro
de Berlín, de un sistema económico estatizado y vertical
a una economía de mercado. De una manera muy didáctica,
el profesor Stiglitz demuestra que los fundamentalistas del mercado
equivocaron las recetas, exigiendo, por ejemplo, en el caso de Tailandia,
una política de liberalización financiera y de los mercados
de capitales que en vez de contener la crisis la multiplicó,
generando efectos cataclísmicos en toda la región. En
el caso de la transición rusa la presión del FMI en favor
de una privatización a marchas forzadas, antes de que existiera
un sistema legal que garantizara la propiedad privada, sirvió,
entre otros desatinos, para que el paro se mutiplicara de manera vertiginosa,
y las empresas públicas pasaran a manos de antiguos burócratas
o gángsters que las saldaron llevándose sus capitales
fuera del país o construyendo imperios industriales mafiosos,
protegidos por los monopolios que concedía el Gobierno de Yeltsin
a los amigos y compinches del presidente dipsómano. Las páginas
en las que el profesor Stiglitz describe cómo los miles de millones
de dólares que el FMI enviaba a Rusia para sostener su moneda
salían hacia Suiza y otros paraísos fiscales a engrosar
las cuentas de los flamantes capitalistas bribones rusos
producen mareos de indignación.
¿Sólo importa el comercio?
Ahora
bien, reconociendo los muchos méritos del libro, es preciso señalar
también sus limitaciones. La principal, para mí, es la
casi exclusiva concentración del profesor Stiglitz cuando habla
de globalización en su aspecto económico, como si el fenómeno
de la inter-dependencia planetaria creciente se debiera sólo
-o importara de manera prioritaria- al comercio. La verdad es otra,
como, por lo demás, transpira de muchos de sus mismos análisis.
En verdad, por importante que sea la economía, ella no agota
en absoluto la creciente integración de los países en
muchos ámbitos, empezando por el de las comunicaciones y siguiendo
por los de la técnica, la ciencia, la cultura, los valores, los
usos y costumbres, y, aunque todavía más débilmente,
los de la salud, la justicia y la política. Si alguien como Milosevic
está hoy rindiendo cuentas sobre sus latrocinios y crímenes
ante un tribunal internacional ello se debe a ese fenómeno de
globalización, que permitió, recordemos, llevar ante los
jueces ingleses al general Pinochet (aunque luego la acción legal
no prosperara). Estos avances sobre el pasado, todavía mínimos,
para sancionar a los grandes sátrapas y tiranos que antes quedaban
impunes, serán pronto una realidad, si el Tribunal Internacional
recién creado funciona como es debido (y si los Estados Unidos
eliminan sus reticencias a integrarlo).
El aspecto fundamental de la globalización no es el entramado
mundial de los mercados, sino el avance de la legalidad y la libertad
por todo el mundo, al mismo tiempo que el comercio, algo que sólo
el sistema democrático garantiza. El desarrollo, entendido en
términos estrictamente económicos, es un espejismo precario.
Lo importante es que, con la economía, crezcan también
la libertad, el respeto a los derechos humanos, la soberanía
individual, las oportunidades de trabajo y superación, así
como la protección jurídica. Si se disocia el desarrollo
de esos otros aspectos de la civilización resulta difícil
entender por qué los planes económicos no suelen dar los
resultados previstos. Es la falta de democracia lo que frustra en la
mayoría de los casos estos planes y los desnaturaliza, privándolos
de esa transparencia que con justicia reclama el profesor
Stiglitz, y facilitando, a su amparo, los tráficos mercantilistas
y la corrupción. No es menos sino más globalización
en el campo de la democracia lo que hace falta para que la lucha contra
el hambre y el atraso sea efectiva y durable.
El exclusivo crecimiento económico no supone en modo alguno un
progreso para el conjunto de una sociedad. El profesor Stiglitz es un
entusiasta del modelo chino, que le parece muy superior al ruso. Atendiendo
sólo a las estadísticas, tiene razón. Pero ¿es
un buen ejemplo para el mundo subdesarrollado el de una dictadura vertical
que liberaliza la economía y abre mercados a la vez que mantiene
un sistema totalitario y policial en el que está prohibida cualquier
forma de disidencia y donde, por ejemplo, adherir a una iglesia puede
enviar a una persona a la cárcel? Yo creo que alabar semejante
modelo es enviar al tercer mundo una señal equivocada y peligrosa,
que parece corroborar los argumentos de quienes, por ejemplo, en América
Latina, justificaron las dictaduras militares desarrollistas con el
argumento de que el continente aún no estaba preparado para la
democracia, que ésta vendría sólo como una secuela
del desarrollo económico impulsado por un régimen autoritario.
La realidad ha mostrado la falacia esencial de semejante razonamiento.
Los gobiernos democráticos se han defendido mejor que los autoritarios
contra los consejos equivocados o las imposiciones absurdas del FMI,
según se desprende de algunos ejemplos que ofrece el profesor
Stiglitz. Es el caso de Polonia, muy bien explicado en su libro. En
vez de optar por la terapia de choque (el de la liebre)
que recomendaba el FMI, el Gobierno polaco eligió el gradualismo
(el de la tortuga) y privatizó el sector público de manera
cautelosa, asegurándose que, antes, estuviera bien establecido
un sistema legal de respeto a los contratos y a la propiedad. El resultado
fue infinitamente más exitoso que el de Rusia o la República
Checa y el costo social de la transición hacia la economía
de mercado mucho menor. Hay muchos otros ejemplos de países que
se han modernizado sin utilizar las muletas del FMI y que hubiera sido
útil que figurasen en El malestar en la globalización,
como un saludable contraste con los fracasos que el libro enumera. En
Europa, sin duda, el caso estrella es el de España. Y, en América
Latina, el de Chile, donde, sin entrar en una confrontación abierta
con las políticas del FMI pero guardando ante ellas una prudente
independencia, desde que la democracia sucedió a la dictadura
de Pinochet el país ha venido creciendo de manera sostenida y
sorteando mucho mejor que el resto del continente todas las recesiones
y crisis económicas internacionales.
La buena receta
El tema de la democratización no puede ni debe ser disociado
del desarrollo, para que éste adquiera su pleno sentido. Por
eso, es indispensable que, a las buenas recetas de mayor transparencia,
pragmatismo y flexibilidad a la hora de elaborar sus planes de ayuda
y salvamento que el profesor Stiglitz recomienda al FMI y demás
organismos financieros, se añada el de impulsar junto con las
reformas económicas la agenda democrática, en lo político
y en lo institucional. No hay duda de que la preocupación del
profesor Stiglitz de que los burócratas del FMI abandonen la
arrogancia de creer que sólo ellos tienen la buena receta y atiendan
los reclamos y argumentos de los economistas y funcionarios locales
es, en principio, positiva. ¿Pero, y si aquellos técnicos
locales son, digamos, los que acompañaron al general Mobutu en
las fabulosas pillerías que transferían prácticamente
toda la ayuda internacional a las cuentas privadas en Suiza del sátrapa
congoleño? Es preciso recordar que buena parte de los países
en vías de desarrollo están todavía en manos de
déspotas cleptómanos, cuyos colaboradores y técnicos
no son nada de fiar. Por eso, es imprescindible que los gobiernos occidentales
y los organismos financieros que bregan con los temas de ayuda al desarrollo
incluyan la democratización política e institucional entre
los requisitos básicos para una feliz integración de los
países del Tercer Mundo en una globalización que -son
las palabras del profesor Stiglitz- está aquí para
quedarse.
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