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CRÓNICA
Tres
letras para saciar la
pasión
Es
uno de los hoteles de paso más populares de San Salvador.
Está en la boca de todos y es la recomendación de rigor
para sostener un encuentro clandestino con una pareja. Desde hace un
par de generaciones, es la mejor opción para los mortales que
no tiene el lujo de un carro.
Iván Gómez
vertice@elsalvador.com
Las
ramas de los tres laureles bien podados ocultan el pequeño rótulo
colgado de la pared que luce los colores crema y verde. A un costado
de la 11 avenida norte, está plasmado el número 243. Cualquier
persona puede pasar por alto esta dirección; hasta los taxistas
experimentados. La referencia más clara se llama, El Oso.
En el interior del país le han llegado a llamar Las tres
letras.
La mañana se abre paso en medio del engaño de las nubes
que presagian una tarde lluviosa. Es cualquier día de la semana;
alrededor, decenas de personas corren de un lado a otro atendiendo sus
quehaceres. Nadie se percata de ese rincón. Y esto facilita a
aquellos que buscan privacidad en sus temas de corazón abierto.
Durante los fines de semana y los días de pago, es todo lo contrario.
En aquellas ocasiones abunda la gratificación del sacrificio
quincenal y, pasadas las seis de la tarde, este lugar se convierte en
una sala de espera. Las sillas blancas de plástico serán
testigo de quienes son obligados a esperar frente a la recepción,
mientras se desocupa una de las habitaciones, que suman más de
40 modestos albergues temporales.
En momentos incómodos como ese es que la la gerencia ofrece a
los impacientes clientes, la disposición de un microbús
con vidrios polarizados (resguardado en el patio del motel) para trasladarlos
(discretamente) a otra sucursal. Y como su eslogan reza: Un servicio
de hogar, pero lejos de casa.
Esta modesta tradición se ofrece desde hace más de trece
años, luego que la buena fortuna permitiera construirle dos plantas
al local.
El nacimiento osezno
A
principios de los setenta, surge la idea de ubicar una casa de huéspedes
en el centro capitalino para atender, entre otros clientes, a aquellos
parroquianos que perdían el último bus de las siete de
la noche, que los debería trasladar al puerto de La Libertad.
Así nació, como un lecho de emergencia para hombres trabajadores
y de bien. Sería el lugar que brindaría un ambiente seguro
y con calor humano, como disfrutan en sus cuevas los osos polares cuando
hibernan.
Gracias a su ubicación, durante más de tres décadas,
ha sido el refugio de empleados de gobierno, obreros, comerciantes y
resbaladizos oficinistas del centro histórico.
Pero su fama ha crecido tanto, que sus propios vecinos han llegado a
adivinar, incluso hasta apostar dinero, cuando desde cualquier esquina
se divisa a una pareja nerviosa. El ritual del pise y corre, será
clasificado por el nerviosismo, la indiferencia, y, en algunas ocasiones,
hasta por el forcejeo de una pareja arrepentida.
A media cuadra de distancia y casi al compás de los carros que
esperan que el semáforo les permita continuar, una pareja de
jóvenes simula distraer la atención para asegurarse que
la calle quede sola de cualquier curioso que mal interprete sus sentimientos.
Por su caminar lento e inseguro, se puede adivinar hacia a dónde
se dirigen. Cerca del refugio, toman distancia, sus manos y cuerpos
que cuadras antes se entrelazaban en uno solo, se separan. En ese instante
parecen ser dos desconocidos. Faltan pocos metros para llevar a la vieja
cortina que esconde una puerta ancha y abierta.
Como todo caballero, el joven se adelanta y -decidido- hace sonar un
viejo timbre en señal de atención. Entra con toda confianza,
seguro de que alguien le saldrá a su paso. Su acompañante
se distrae con las hojas del laurel. Segundos después, de forma
apresurada desaparece. Una silueta con una cartera negra quedan como
testigos.
Hubo suerte. Un par de minutos de atraso y hubieran sido pescados por
los ojos de un grupo de muchachos con uniforme blanco, que interrumpen
su algarabía una vez pasan frente a la cortina desteñida.
Ellos siguen su camino, pero su amena conversación, se pierde
entre tímidas sonrisas.
Nuestra visita
Durante
las siguientes horas, llegarán nuevas visitas; la mayoría
de edad madura. Curiosamente ellos ocuparán la misma táctica
de sus antecesores. Si cuentan con suerte, no serán presa de
los curiosos que pasan en sus autos o en el transporte colectivo. Siempre
hay más de alguno que deja arrastrar su mirada a la casa 243.
Y, bueno, llegó el momento de nuestro turno. Serían como
las once y media de la mañana. Sin temor a la verguenza, hago
sonar el timbre y de inmediato una voz joven se escucha detrás
de la ventana.
- Adelante, pasen.
Casi a oscuras se logra divisar un mostrador de madera que es el símbolo
de la atención al cliente.
- ¿Desean una habitación?, me pregunta un joven -con toda
naturalidad- de aproximadamente 22 años de edad.
- Si, ¿Cuánto cuesta?, respondo.
- Depende, 35 colones o cuatro dólares el rato, me explica.
- Pero, ¿cuánto es ese rato?
- El que ustedes quieran, hasta tres horas. Pero si se quedan toda la
noche, les cuesta seis dólares.
El preció nos pareció cómodo; aunque es un poco
más caro que las casas de paso ubicadas en la misma zona. Desde
que se abrió al público, siempre ha existido una diferencia
de cinco a diez colones.
El guía nos conduce sobre un amplio pórtico. El patio
es el centro de la atención a la ciudadela de cuartos.
Al fondo se divisa un par de jóvenes que permanecen sentados
en las comúnmente sillas de plástico. Al parecer son de
confianza. Su costumbre y desinterés por identificarnos, nos
hace ver que ellos también son empleados del lugar.
La mayoría de las puertas de los cuartos permanecen cerradas.
Son pocas las que invitan a entrar y acomodarse en la cama tamaño
familiar.
Sin hacer más ruido, con su dedo índice, nos sugiere una
de las habitaciones. Pero mi compañía prefiere uno de
los 20 cuartos del segundo piso.
En las pasarelas del corredor descansan decenas de pequeñas toallas
multicolores y sábanas un poco desteñidas de su blancura.
Ya decidimos y será la habitación del extremo izquierdo
de la tercera planta. Desde esa altura se divisa a una pareja que apresuradamente
sale de uno de los cuartos de la planta baja. Su cabello aún
húmedo y mochilas en mano, delatan nuestra imaginación.
El rinconcito de...
Al
llegar a nuestra habitación, se le entregó cuatro billetes
de un dólar. Una puerta de hierro, aseguraría nuestra
privacidad.
Un pasador de dos pulgadas de grueso, estaría a la disposición
desde adentro, en caso que se registre cualquier error laboral o la
imprudencia de algún curioso.
El cuarto es lo suficiente amplio, más grande de los que tienen
muchas colonias populares.
Una cama amplia con su cobertor blanco tiene el emblema oficial de la
casa de servicio. Es una sonriente cara de un osito.
Una pequeña mesa, guarda un rollo de papel higiénico color
rosado, es de los que se encuentra en el Mercado Central a un cómodo
precio de un colón, una pastilla de jabón y una pequeña
toalla de menos de un metro de largo, implementos que suelen ser utilizados
más tarde.
Como ambiente gratificante el baño se encuentra impecable. Y
para sacar a cualquier quejoso de su asombro, la regadera filtra el
testimonio de que en ese lugar el servicio de agua es permanente.
La cómoda esconde en una de sus tapaderas, los recuerdos plasmados
con plumón la visita de Nadia María y Carlos,
quienes aparentemente estuvieron en ese lugar el 21 Noviembre
de 1999. También de Doris y Nelson. Además de la
seguridad de Verónica y Marlon, quienes plasmaron el 30 de diciembre
del año 2000, que se desean por siempre.
Un teléfono, a un costado de la cama, está para atender
cualquier solicitud que se desea y que puede variar desde un cepillo
de dientes hasta un suculento plato de pollo.
Para mayor comodidad, 21 pulgadas de pantalla cuelga a dos metros de
distancia. Aunque hay cable para ver programas del extranjero, solo
se logra alcanzar a ver -a puro pica dedo- ante la falta de control
remoto, los canales de televisión nacional. Para evitar el salpique
de los poros, un ventilador seca el sudor desde el cielo de madera.
El menú
Una usada cortina protege la ventana. Al acercar los ojos, se logra
divisar a un par de señoras que mientras lavan la ropa de cama
en la azotea, constantemente distraen el enjuague para asegurarse de
quienes entran y salen.
Todo es silencio, casi de hospital, como que existiera el código
del respeto al descanso, pues los que se dirigen a sus propias moradas,
lo hacen casi con los zapatos en el aire. Ojalá que ese silencio
se registrara después de las once de la noche, en los pasajes
de nuestras colonias.
En caso de requerir servicio, basta con levantar el auricular y una
voz masculina atiende casi de inmediato. No hace falta preguntar por
el menú; éste está plasmado en una hoja de papel
oficio arriba del teléfono. Los precios son cómodos, jugos
y cerveza, ¢7; gaseosa, ¢6; agua, ¢1.75.
En caso que se quiera más comodidad, se puede pedir toalla y
sábanas extras. Pero esto tiene su precio.
En menos de diez minutos, un pequeño y casi silencioso ruido
interrumpe cualquier acción. Ha llegado lo solicitado. A un lado
de la puerta, un espacio de madera es abierto para entregar la bandeja
de aluminio. La transacción se hace en silencio para no perturbar
a nadie.
Al cabo de hora y media, decidimos finalizar nuestra visita al lugar
más común de las bromas picarescas salvadoreñas.
Preparamos la salida.
Al salir y pasar otra vez por la recepción con aquella luz tenue,
se escucha otro timbrazo.
De inmediato asoma una nueva pareja. Al darles las buenas tardes, responden
en coro, pero no nos miran a la cara.
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De todo un poco
La casa de paso trata de dar las mejores comodidades a sus clientes
y, entre lo que ofrece, hay variedad de productos para cualquier
situación:
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Jugos
Cervezas
Gaseosas
Café
Agua
Sopas
Vaso de leche
Hamburguesa
Frijoles con crema
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Huevos revueltos
Pollo
Preservativos
Pasta dental
Cepillo dental
Toallas sanitarias
Alka Seltzer
Rasuradora
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