9 de junio de 2002

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CRÓNICA

Tres letras para saciar la
‘pasión’

Es uno de los “hoteles de paso” más populares de San Salvador. Está en la boca de todos y es la recomendación de rigor para sostener un encuentro clandestino con una pareja. Desde hace un par de generaciones, es la mejor opción para los mortales que no tiene el lujo de un carro.

Iván Gómez
vertice@elsalvador.com

Las ramas de los tres laureles bien podados ocultan el pequeño rótulo colgado de la pared que luce los colores crema y verde. A un costado de la 11 avenida norte, está plasmado el número 243. Cualquier persona puede pasar por alto esta dirección; hasta los taxistas experimentados. La referencia más clara se llama, “El Oso”. En el interior del país le han llegado a llamar “Las tres letras”.
La mañana se abre paso en medio del engaño de las nubes que presagian una tarde lluviosa. Es cualquier día de la semana; alrededor, decenas de personas corren de un lado a otro atendiendo sus quehaceres. Nadie se percata de ese rincón. Y esto facilita a aquellos que buscan privacidad en sus temas de corazón abierto.
Durante los fines de semana y los días de pago, es todo lo contrario.
En aquellas ocasiones abunda la gratificación del sacrificio quincenal y, pasadas las seis de la tarde, este lugar se convierte en una sala de espera. Las sillas blancas de plástico serán testigo de quienes son obligados a esperar frente a la recepción, mientras se desocupa una de las habitaciones, que suman más de 40 modestos “albergues temporales”.
En momentos incómodos como ese es que la la gerencia ofrece a los impacientes clientes, la disposición de un microbús con vidrios polarizados (resguardado en el patio del motel) para trasladarlos (discretamente) a otra sucursal. Y como su eslogan reza: “Un servicio de hogar, pero lejos de casa”.
Esta modesta tradición se ofrece desde hace más de trece años, luego que la buena fortuna permitiera construirle dos plantas al local.

El nacimiento osezno

A principios de los setenta, surge la idea de ubicar una casa de huéspedes en el centro capitalino para atender, entre otros clientes, a aquellos parroquianos que perdían el último bus de las siete de la noche, que los debería trasladar al puerto de La Libertad.
Así nació, como un lecho de emergencia para hombres trabajadores y de bien. Sería el lugar que brindaría un ambiente seguro y con calor humano, como disfrutan en sus cuevas los osos polares cuando hibernan.
Gracias a su ubicación, durante más de tres décadas, ha sido el refugio de empleados de gobierno, obreros, comerciantes y resbaladizos oficinistas del centro histórico.
Pero su fama ha crecido tanto, que sus propios vecinos han llegado a adivinar, incluso hasta apostar dinero, cuando desde cualquier esquina se divisa a una pareja nerviosa. El ritual del pise y corre, será clasificado por el nerviosismo, la indiferencia, y, en algunas ocasiones, hasta por el forcejeo de una pareja arrepentida.
A media cuadra de distancia y casi al compás de los carros que esperan que el semáforo les permita continuar, una pareja de jóvenes simula distraer la atención para asegurarse que la calle quede sola de cualquier curioso que mal interprete sus sentimientos.
Por su caminar lento e inseguro, se puede adivinar hacia a dónde se dirigen. Cerca del refugio, toman distancia, sus manos y cuerpos que cuadras antes se entrelazaban en uno solo, se separan. En ese instante parecen ser dos desconocidos. Faltan pocos metros para llevar a la vieja cortina que esconde una puerta ancha y abierta.
Como todo caballero, el joven se adelanta y -decidido- hace sonar un viejo timbre en señal de atención. Entra con toda confianza, seguro de que alguien le saldrá a su paso. Su acompañante se distrae con las hojas del laurel. Segundos después, de forma apresurada desaparece. Una silueta con una cartera negra quedan como testigos.
Hubo suerte. Un par de minutos de atraso y hubieran sido pescados por los ojos de un grupo de muchachos con uniforme blanco, que interrumpen su algarabía una vez pasan frente a la cortina desteñida. Ellos siguen su camino, pero su amena conversación, se pierde entre tímidas sonrisas.

Nuestra visita

Durante las siguientes horas, llegarán nuevas visitas; la mayoría de edad madura. Curiosamente ellos ocuparán la misma táctica de sus antecesores. Si cuentan con suerte, no serán presa de los curiosos que pasan en sus autos o en el transporte colectivo. Siempre hay más de alguno que deja arrastrar su mirada a la casa 243.
Y, bueno, llegó el momento de nuestro turno. Serían como las once y media de la mañana. Sin temor a la verguenza, hago sonar el timbre y de inmediato una voz joven se escucha detrás de la ventana.
- “Adelante, pasen”.
Casi a oscuras se logra divisar un mostrador de madera que es el símbolo de la atención al cliente.
- ¿Desean una habitación?, me pregunta un joven -con toda naturalidad- de aproximadamente 22 años de edad.
- Si, ¿Cuánto cuesta?, respondo.
- Depende, 35 colones o cuatro dólares el rato, me explica.
- Pero, ¿cuánto es ese rato?
- El que ustedes quieran, hasta tres horas. Pero si se quedan toda la noche, les cuesta seis dólares.
El preció nos pareció cómodo; aunque es un poco más caro que las casas de paso ubicadas en la misma zona. Desde que se abrió al público, siempre ha existido una diferencia de cinco a diez colones.
El guía nos conduce sobre un amplio pórtico. El patio es el centro de la atención a la ciudadela de cuartos.
Al fondo se divisa un par de jóvenes que permanecen sentados en las comúnmente sillas de plástico. Al parecer son de confianza. Su costumbre y desinterés por identificarnos, nos hace ver que ellos también son empleados del lugar.
La mayoría de las puertas de los cuartos permanecen cerradas. Son pocas las que invitan a entrar y acomodarse en la cama tamaño familiar.
Sin hacer más ruido, con su dedo índice, nos sugiere una de las habitaciones. Pero mi compañía prefiere uno de los 20 cuartos del segundo piso.
En las pasarelas del corredor descansan decenas de pequeñas toallas multicolores y sábanas un poco desteñidas de su blancura.
Ya decidimos y será la habitación del extremo izquierdo de la tercera planta. Desde esa altura se divisa a una pareja que apresuradamente sale de uno de los cuartos de la planta baja. Su cabello aún húmedo y mochilas en mano, delatan nuestra imaginación.

El rinconcito de...

Al llegar a nuestra habitación, se le entregó cuatro billetes de un dólar. Una puerta de hierro, aseguraría nuestra privacidad.
Un pasador de dos pulgadas de grueso, estaría a la disposición desde adentro, en caso que se registre cualquier error laboral o la imprudencia de algún curioso.
El cuarto es lo suficiente amplio, más grande de los que tienen muchas colonias populares.
Una cama amplia con su cobertor blanco tiene el emblema oficial de la casa de servicio. Es una sonriente cara de un osito.
Una pequeña mesa, guarda un rollo de papel higiénico color rosado, es de los que se encuentra en el Mercado Central a un cómodo precio de un colón, una pastilla de jabón y una pequeña toalla de menos de un metro de largo, implementos que suelen ser utilizados más tarde.
Como ambiente gratificante el baño se encuentra impecable. Y para sacar a cualquier quejoso de su asombro, la regadera filtra el testimonio de que en ese lugar el servicio de agua es permanente.
La cómoda esconde en una de sus tapaderas, los recuerdos plasmados con plumón la visita de “Nadia María y Carlos”, quienes aparentemente estuvieron en ese lugar el “21 Noviembre de 1999”. También de Doris y Nelson. Además de la seguridad de Verónica y Marlon, quienes plasmaron el 30 de diciembre del año 2000, que “se desean por siempre”.
Un teléfono, a un costado de la cama, está para atender cualquier solicitud que se desea y que puede variar desde un cepillo de dientes hasta un suculento plato de pollo.
Para mayor comodidad, 21 pulgadas de pantalla cuelga a dos metros de distancia. Aunque hay cable para ver programas del extranjero, solo se logra alcanzar a ver -a puro pica dedo- ante la falta de control remoto, los canales de televisión nacional. Para evitar el salpique de los poros, un ventilador seca el sudor desde el cielo de madera.

El menú

Una usada cortina protege la ventana. Al acercar los ojos, se logra divisar a un par de señoras que mientras lavan la ropa de cama en la azotea, constantemente distraen el enjuague para asegurarse de quienes entran y salen.
Todo es silencio, casi de hospital, como que existiera el código del respeto al descanso, pues los que se dirigen a sus propias moradas, lo hacen casi con los zapatos en el aire. Ojalá que ese silencio se registrara después de las once de la noche, en los pasajes de nuestras colonias.
En caso de requerir servicio, basta con levantar el auricular y una voz masculina atiende casi de inmediato. No hace falta preguntar por el menú; éste está plasmado en una hoja de papel oficio arriba del teléfono. Los precios son cómodos, jugos y cerveza, ¢7; gaseosa, ¢6; agua, ¢1.75.
En caso que se quiera más comodidad, se puede pedir toalla y sábanas extras. Pero esto tiene su precio.
En menos de diez minutos, un pequeño y casi silencioso ruido interrumpe cualquier acción. Ha llegado lo solicitado. A un lado de la puerta, un espacio de madera es abierto para entregar la bandeja de aluminio. La transacción se hace en silencio para no perturbar a nadie.
Al cabo de hora y media, decidimos finalizar nuestra visita al lugar más común de las bromas picarescas salvadoreñas. Preparamos la salida.
Al salir y pasar otra vez por la recepción con aquella luz tenue, se escucha otro timbrazo.
De inmediato asoma una nueva pareja. Al darles las buenas tardes, responden en coro, pero no nos miran a la cara.

De todo un poco
La casa de paso trata de dar las mejores comodidades a sus clientes y, entre lo que ofrece, hay variedad de productos para cualquier situación:

Jugos
Cervezas
Gaseosas
Café
Agua
Sopas
Vaso de leche
Hamburguesa
Frijoles con crema

 

Huevos revueltos
Pollo
Preservativos
Pasta dental
Cepillo dental
Toallas sanitarias
Alka Seltzer
Rasuradora


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