![]() 19 de mayo de 2002 |
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LA ARISTA AFILADA Carlos Alberto Montaner Lo importante no es que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU haya aprobado el envío a Cuba de un relator que investigue los crímenes y atropellos contra los demócratas que se cometen en la Isla. Eso ha ocurrido inútilmente en el pasado otra docena de veces. Ya Castro y su Canciller han anunciado que en ese calabozo no entra absolutamente nadie a investigar absolutamente nada. Lo importante es que en esta oportunidad esa noble causa moral fue una iniciativa encabezada por Uruguay y secundada por otros nueve países latinoamericanos, Chile y México incluidos. Era América Latina y no la República Checa o Estados Unidos quienes tenían la obligación moral de agarrar ese toro por los cuernos. Felizmente, eso ya ha ocurrido. Lo decepcionante, en cambio, es que Ecuador y Brasil, gobernados por Gustavo Noboa y por Fernando Enrique, dos personas a las que se les atribuye cierta sensibilidad social y una supuesta vocación prooccidental, incomprensiblemente, en lugar de situarse junto a las grandes democracias del planeta, desde España hasta Australia, todas sin excepción alineadas tras la propuesta uruguaya, hayan preferido abstenerse, colocándose junto a unas cuantas tiranías africanas y asiáticas más o menos feroces, como si estos gobernantes se sintieran más cerca de Libia o del Congo que de Canadá y Suecia. Pero este episodio no sólo ha servido para poner a prueba el compromiso de América Latina con los valores democráticos, sino también para medir la agresividad sin límites de la diplomacia castrista. Castro y su Canciller han llamado a los presidentes latinoamericanos lamebotas, genuflexos, y sirvientes del imperialismo. Los servicios de inteligencia cubanos han movilizado a todos sus aliados locales, y los han sacado a desfilar, a gritar y a tratar de desestabilizar a los gobiernos preocupados por las denuncias que incesantemente vienen de la Isla. ¿Quiénes, después de cuarenta y tres años de estalinismo y miseria sin límite, pueden continuar al servicio de un dictador como Castro? Se trata de una fauna variopinta. En primer lugar, están los comunistas. Es un misterio por qué los comunistas, en nombre de la solidaridad con los obreros, mantienen su apoyo a un sistema que desde hace más de cuatro décadas sólo encarcela, reprime y explota a los trabajadores y campesinos, puesto que en ese país no existen propietarios ni burgueses desde los años sesenta del siglo XX. Luego están los antiamericanos y antioccidentales viscerales. Esas gentes escasamente instruidas y apasionadamente equivocadas, convencidas de que los niños de Zambia se mueren de hambre por culpa de que Nestlé vende leche en polvo eficientemente o General Motors exporta vehículos hermosos. Ya saben: los antiglobalizadores. Pero hay otros que son estómagos agradecidos. Cuba ejerce con enorme largueza el soborno a cambio de apoyos políticos. El presupuesto oficial para ese propósito no tiene límites. Anualmente viajan a la Isla, con los gastos pagados, miles de políticos, artistas y comunicadores sociales. Sólo en enero del año en curso 120 parlamentarios mexicanos tuvieron sus suculentas vacaciones cubanas, con cenas pantagruélicas regadas con champán francés en medio de la absoluta miseria que padecen los cubanos. Pero no son sólo esas semanas de sol, arena y lujo la manera que tiene la dictadura de reclutar aliados. También les ofrece tratamiento médico gratis a los políticos, militares y periodistas extranjeros y a sus familiares que lo necesitan, en buenos y bien dotados hospitales, esos a los que los cubanos no pueden acudir. Naturalmente, el precio de los servicios se sobreentiende: les curan el cuerpo y les compran las conciencias. Luego están los becarios extranjeros. A la Cuba de Castro no se va solamente a adquirir educación. Esa es la coartada. El objetivo de Castro, exactamente como hacía la URSS en su época de expansión imperial, no es educar a un estudiante pobre, sino devolver a su país de origen a un profesional ideológicamente ligado a la dictadura comunista que le proporcionó instrucción y comida durante varios años cruciales de formación. Esto se vio con toda nitidez hace unos días: quienes primero protestaron contra el voto en Ginebra fueron los becarios latinoamericanos de la Facultad de Medicina creada en Cuba para extranjeros. Castro inmediatamente los enfrentó a sus países de origen. Esta es sólo una muestra de lo que sucederá cuando regresen con sus títulos bajo el brazo. Cada uno de ellos actuará como un agente de influencia de la dictadura. Pero todavía hay otra forma de captación en la que el gobierno cubano es especialmente hábil: la seducción sexual. Es sorprendente el número de escritores, artistas, políticos y empresarios extranjeros que han sido atrapados por la entrepierna y tienen en la Isla una amiga o amigo que los mantiene interesados en servir al régimen. A veces son víctimas de chantaje. Hace unos años, un viejo conocido, ex senador venezolano, crítico severo del castrismo, viajó a la Isla e incurrió en la frivolidad de acostarse con una bella joven casualmente encontrada en su camino. Cuando abandonaba el país, feliz y enamorado, a punto de abordar el avión, un policía vestido de civil le entregó un video: véalo usted solo, cuando no esté su mujer, le dijo con una sonrisa. Le habían filmado su encuentro amoroso. A mi amigo no lo reclutaron, pero sí lo neutralizaron. Nunca más se atrevió a criticar al régimen.
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