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TEMA
DE PORTADA
Guardianes
de un nuevo hogar
A partir
de las devastadoras consecuencias económicas de los terremotos
de 2001, un soprendente escenario aparece tras conocer la realidad de
la mayoría de familias en Cuscatlán: Relevando el tradicional
papel femenino, ahora los hombres cocinan, lavan, planchan y educan
a sus hijos. Las mujeres, en cambio, sacan cuentas con la independencia
que les da el ser las únicas proveedoras del hogar.
Claudia Zavala/ Fotos Maritza Santos
vertice@elsalvador.com
En el 2001, la tierra pataleó y ya no quiso dejarse cultivar.
La mayoría de cuscatlecos perdió la esperanza de cosechar
en sus parcelas.
Desde entonces, el alimento en municipios como Candelaria, San Ramón,
San Cristóbal y Santa Cruz Analquito, todos del departamento
de Cuscatlán, llega a las mesas gracias al esfuerzo laboral de
las mujeres de la zona.
Como un reloj de arena, los polos se han invertido y el tiempo, ahora,
coloca a los hombres y a las mujeres representando roles contrarios
a los que la tradición les ha asignado.
Al menos en Cuscatlán, el señorío de la cocina,
lavadero y escoba ya no es de exclusividad femenina.
Sartén en mano y delantal a la cintura, un importante número
de hombres batalla, día a día, con los quehaceres de un
hogar en el que, hasta hace poco, se limitaban a mantener con el dinero
de su empleo.
Hace
poco más de un mes, cuando la Corporación de Municipalidades
(COMURES) solicitó un estudio de reordenamiento territorial en
las zonas aledañas al río Jiboa, fue difícil imaginar
que, como resultado del análisis social de la localidad, se plasmara
este fenómeno tan particular.
El proyecto llamado Fortalecimiento institucional del consejo
departamental de alcaldes y asistencia técnica ligada a la micro
región, pretendía, básicamente generar
y ejecutar un plan territorial para el desarrollo económico y
social sostenible en la zona.
Ana Zoila Flores, socióloga y miembro del grupo investigador,
conformado por profesionales de la Cooperativa Americana de Remesas
al Exterior (CARE) y la Fundación REDES, asegura que en las calles,
plazas y parques de los lugares visitados era común ver grupos
de hombres sin hacer nada. Y, al consultar en los hogares,
mediante sondeos de opinión, los hombres se enfrentaban, sin
remedio, a la pregunta de rigor: ¿Y la señora de
la casa?.
Es impactante verlos ahí, bañando y alimentado a
sus hijos. A la mayoría le cuesta reconocer su situación,
sobre todo teniendo en cuenta que son señores mayores de treinta
y cinco años. Para ellos, la resistencia es mayor. Uno se convence
sólo cuando los ve personalmente, explica Flores.
La
aceptación
Ella es la de los billetes, para qué negarlo. Desde que
perdimos la esperanza en la tierra, estamos prendados de las mujercitas.
Es
la declaración de Carlos Ramón Mendoza, de 55 años,
originario de San Ramón, uno de los municipios cuscatlecos en
los que más evidente es el fenómeno. Mostrando una mellada
sonrisa, invita con sencillez a entrar a su humilde casa. Ahí
sólo que la esperen a ella, porque viene como a las nueve de
la noche, advierte.
Alrededor suyo se arremolinan sus siete hijos: Roberto Carlos, de 20
años; Fidel Antonio, de 16; María de los Ángeles,
de 12; Jorge Noé, de 8; Luis David, de 7; Marta, de 4; y Fátima,
de 2.
Sentado, de medio lado, en una desgastada hamaca colgada en el pequeño
corredor de su casa, comparte su historia: Para qué le
voy a mentir, mire, trabajo formal formal no tengo, desde 1962. Trabajé
durante casi diez años en un periódico, fíjese,
igual que usted. Sólo que en un cuarto oscuro. De tanto pasar
en esa oscurana, se me hizo una gran nube en el ojo y ahora me cuesta
ver. Mi regada era que me gustaba el trago. Varias veces me dijeron
en el trabajo que llegaba con tufo a níspero. Yo les decía
que era a zapote, no a níspero. Pero, guechos, como eran bolos
también, sabían distinguir el olor. Un día me despidieron,
sin decirme mayor cosa, y me dieron dos mil colones de indemnización.
Durante un montón de tiempo quedé jodido, pero me defendía
bien trabajando en la parcelita que teníamos ahí en Los
Planes. De no haber sido por los terremotos, a estas horas no me hallaría
aquí, porque me iba a trabajar desde tempranito. Ahí cosechaba
maíz y frijoles; mis hijos, gracias a Dios, nunca han aguantado
hambre porque, como le digo, yo siempre, a pesar de que era bolito,
traía el sustento a la casa. Pero, bueno... pasó la desgracia.
Con el terremoto aquella tierra se lavó toda, todita. Hasta bien
extraño me pareció porque ya ni la manzana completa tengo,
pues. A saber qué se hizo, pero me ha quedado el terrenito más
chiquito... Ahora me rebusco con alguna que otra cosita, trabajitos
temporales que le salen a uno, pero no es igual. Tengo que hacer el
orgullo a un lado, como dicen, porque, después de tanto año
de ser yo el macizo de la casa, hoy es la doña la que lleva los
pantalones y el pisto. A mí no me pesa, porque hasta mucho me
ha aguantado. Tengo diez años de no chupar, pero sé que
ella ha sufrido mucho. Me admira verla cómo trabaja. Es bien
arrecha.
El cocinero
La necesidad tiene cara de chucho. Menos mal que mi mamá
me enseñó a hacer de todo. ¡Si yo hasta torteyo,
pues!, comenta.
Y
es verdad. Con la agilidad manual que a veces pensamos que sólo
las mujeres tienen, don Carlos sorprende al llenar un comal con tortillas
perfectamente redondeadas, y sin que se raje la masa, que es lo
más importante.
Mientras ella llega, hace un recuento sobre la rutina que
cotidianamente le toca vivir: A las cinco de la mañana
ya estoy al brinco. Como la doña se dedica a vender pollos en
el tiangue de Cojutepeque, me levanto a matarlos, hervirlos
y desplumarlos. Digamos que matarlos es más trabajo de hombres.
Pongo música y agüita para café, y ya como a las
seis y media la llamo para que me ayude a desplumar los veinte pollos
que se tiene que llevar.
De ahí tomamos café y despertamos a los bichos que van
a estudiar por la mañana, que son los más grandes. Generalmente,
mi señora se va hasta en la tarde a vender, por eso regresa bien
noche, pero a veces se hace también el turno de la mañana,
para salir con un poco más de pisto.
Si no va a vender en la mañana, se va a lavar al río.
Eso es quizá a lo único que no le entro mucho, fíjese,
porque esas lavadas en piedra lo desrabadillan todo a uno,
y ella, como es más galana, tiene más aguante.
Yo me quedo barriendo, lavando la sangre de los pollos, cuidando a los
chiquitos que relinchan más que a saber qué. Así
paso todo el día, haciendo oficio. No... no crea que es ganga
quedarse en la casa. Bien penqueado termina uno en la noche.
¡Ahí
viene mi mami!
Esa noche, el bus se retrasó. María Cecilia llegó
a casa a las 9:33 p.m. La venta estuvo bien: vendió todos los
pollos y trae cuarenta colones de ganancia.
Tiene
38 años. Pero la precariedad de su vida le ha endosado unos diez
más. La piel de su rostro no lo agradece. Asoleada y agrietada,
un asomo de lozanía se deja ver cuando sus pequeños ojos
negros sonríen al ver a sus siete hijos esperándola. Y
fueran diez. Pero a los tres primeros los mató la diarrea
y el vómito. Fátima, la más pequeña,
exige de inmediato degustar del manjar de sus brazos. La complace. Deja
el pesado huacal de aluminio, al tiempo que su esposo le da una palmadita
en el brazo. Jorge Noé, el más inquieto de los varones,
le pregunta por el pan dulce. Ya se había ido la señora
cuando pasé, hijo. Mañana te traigo semita, le dice,
mientras curiosea en su bolsa, y le da un colón para que compre
golosinas. De inmediato, cae en la cuenta de su error: Ay, no,
esperate, ¡si todavía no has comido!.
Siempre la esperan para cenar. Si no llega, nadie come. No sólo
por la tradición familiar de compartir la
mesa, sino porque, objetivamente, es imposible comer sin que ella llegue.
Lleva los huevos y el pan, aunque ésta vez la semita fue la gran
ausente.
Ya relajada, después de compartir el alimento, preparado también
por su esposo, María Cecilia reflexiona: Mire, para serle
bien honesta, yo la diferencia no la siento, porque siempre he trabajado
duro, bien sea en la casa o en la calle. Lo que me duele es cuando la
gente le dice a él que es un mantenido. Me imagino que se siente
mal el pobrecito. Él me ayuda como puede y creo que hasta de
ejemplo le está sirviendo a los cipotes. Ya no hay tales de que
van a tener a su mujercita para que les haga todo. Usted bien sabe que
en estos dorados tiempos ya no hay esclavas. Mientras no nos quede de
otra, yo le digo a Carlos que no le haga caso a la gente, que es pura
envidia. Lo importante es que estamos todos juntos y que él ya
dejó de chupar.
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Sin
tierra ni trabajo
Es el porcentaje de desempleo masculino, según datos
de las principales alcaldías.
Milton
Muñóz, secretario municipal de la alcaldía
de Candelaria, afirma que, aunque siempre ha existido un alto
grado de desempleo, a raíz de los terremotos de 2001, éste
problema se agudizó, ya que más del cincuenta por
ciento de las tierras que representaban la fuente de trabajo de
muchos lugareños quedaron prácticamente incultivables.
Así, el cultivo del maíz y frijol, principal rubro
de la zona, quedó totalmente anulado. Son pocos los
que se atreven a sembrar, porque es una inversión que no
se sabe si se le sacará provecho. Lo peor de todo es que
no tenemos recursos para generar nuevas fuentes de empleo.
Muñóz comenta que, en el año 2000, la comuna
estaba negociando la posibilidad de incorporar a buena parte de
su población en las filas de trabajo de una maquila, pero
ya no se concretizó nada.
Según un informe de evaluación de riesgo y prevención
de desastres en la zona, el terreno antes cultivable ahora presenta
áreas a punto de colapsar, derrumbes, caída
de bloques de tierra, hundimientos, amenazas de deslaves, taludes,
grietas profundas y posibles inundaciones con la inminente llegada
del invierno. Además de la problemática de
la tierra, el factor psicológico tiene una incidencia importante.
Hay gente traumatizada porque, en el momento del terremoto,
estaba trabajando en la tierra y vio morir a algún familiar
o amigo. La gente lo único que pide es una maquila, para
superar el problema, advierte Muñóz.
¿Un nuevo modelo familiar?
Los hombres en casa y las mujeres trabajando. ¿Podrá
ser éste un antecedente que determine un cambio en la tradicional
estructura familiar salvadoreña?
La
calidad de vida de la mujer, la desintegración familiar
y delincuencia, entre otros, son los resultados de la forma en
que organizan la actividad laboral, advierte el estudio
CARE-REDES, sobre la situación social de los municipios
investigados. Al respecto, la socióloga Ana Zoila Flores
plantea dos posibles escenarios, a partir de esta situación
detectada en Cuscatlán.
Por un lado, vislumbra una positiva redistribución de las
tareas domésticas en el hogar. Según ella, al cambiar
los roles tradicionales, el hombre necesariamente desarrolla una
sensibilidad ante la mujer, porque lo vive en carne propia.
Esto puede contribuir, incluso, a disminuir los índices
de maltrato y violencia intrafamiliar.
Además, las mujeres podrían desarrollar verdadera
independencia y autonomía, tomando en cuenta que los roles
sociales siempre imprimen características de personalidad
definidas, reflexiona.
Por otra parte, también existe la posibilidad de que la
educación que los hijos reciben en casa no sea la adecuada.
Por ejemplo, puede existir el caso de un hombre irremediablemente
descuidado e irresponsable que, pese a estar desempleado, se niegue
a colaborar con su pareja, explica. A este ambiente de irresponsabilidad
y descuido pueden aunarse problemas de alcoholismo y frustración
personal.
En esos casos es un verdadero peligro que los niños
se queden solos con sus padres, ya que están expuestos
a serios abusos físicos, psicológicos y sexuales.
Y lo peor de todo es que socialmente se responsabilizaría
siempre a la mujer, por dejar a sus hijos en otras manos,
señala.
Aunque todavía no existe un dato numérico que especifique
la cantidad de hogares que corren el riesgo de desarrollar cualquiera
de estos dos posibles escenarios, sí puede inferirse que
es una cantidad importante, considerando el elevado porcentaje
de desempleo masculino que las alcaldías reportan.
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