5 de mayo de 2002

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Guardianes de un nuevo hogar

A partir de las devastadoras consecuencias económicas de los terremotos de 2001, un soprendente escenario aparece tras conocer la realidad de la mayoría de familias en Cuscatlán: Relevando el tradicional papel femenino, ahora los hombres cocinan, lavan, planchan y educan a sus hijos. Las mujeres, en cambio, sacan cuentas con la independencia que les da el ser las únicas proveedoras del hogar.

Claudia Zavala/ Fotos Maritza Santos

vertice@elsalvador.com

En el 2001, la tierra pataleó y ya no quiso dejarse cultivar. La mayoría de cuscatlecos perdió la esperanza de cosechar en sus parcelas.
Desde entonces, el alimento en municipios como Candelaria, San Ramón, San Cristóbal y Santa Cruz Analquito, todos del departamento de Cuscatlán, llega a las mesas gracias al esfuerzo laboral de las mujeres de la zona.
Como un reloj de arena, los polos se han invertido y el tiempo, ahora, coloca a los hombres y a las mujeres representando roles contrarios a los que la tradición les ha asignado.
Al menos en Cuscatlán, el señorío de la cocina, lavadero y escoba ya no es de exclusividad femenina.
Sartén en mano y delantal a la cintura, un importante número de hombres batalla, día a día, con los quehaceres de un hogar en el que, hasta hace poco, se limitaban a mantener con el dinero de su empleo.
Hace poco más de un mes, cuando la Corporación de Municipalidades (COMURES) solicitó un estudio de reordenamiento territorial en las zonas aledañas al río Jiboa, fue difícil imaginar que, como resultado del análisis social de la localidad, se plasmara este fenómeno tan particular.
El proyecto llamado “Fortalecimiento institucional del consejo departamental de alcaldes y asistencia técnica ligada a la micro región”, pretendía, básicamente “generar y ejecutar un plan territorial para el desarrollo económico y social sostenible” en la zona.
Ana Zoila Flores, socióloga y miembro del grupo investigador, conformado por profesionales de la Cooperativa Americana de Remesas al Exterior (CARE) y la Fundación REDES, asegura que en las calles, plazas y parques de los lugares visitados era común ver grupos de hombres “sin hacer nada”. Y, al consultar en los hogares, mediante sondeos de opinión, los hombres se enfrentaban, sin remedio, a la pregunta de rigor: “¿Y la señora de la casa?”.
“Es impactante verlos ahí, bañando y alimentado a sus hijos. A la mayoría le cuesta reconocer su situación, sobre todo teniendo en cuenta que son señores mayores de treinta y cinco años. Para ellos, la resistencia es mayor. Uno se convence sólo cuando los ve personalmente”, explica Flores.

La aceptación

“Ella es la de los billetes, para qué negarlo. Desde que perdimos la esperanza en la tierra, estamos prendados de las mujercitas”.


Es la declaración de Carlos Ramón Mendoza, de 55 años, originario de San Ramón, uno de los municipios cuscatlecos en los que más evidente es el fenómeno. Mostrando una mellada sonrisa, invita con sencillez a entrar a su humilde casa. “Ahí sólo que la esperen a ella, porque viene como a las nueve de la noche”, advierte.
Alrededor suyo se arremolinan sus siete hijos: Roberto Carlos, de 20 años; Fidel Antonio, de 16; María de los Ángeles, de 12; Jorge Noé, de 8; Luis David, de 7; Marta, de 4; y Fátima, de 2.
Sentado, de medio lado, en una desgastada hamaca colgada en el pequeño corredor de su casa, comparte su historia: “Para qué le voy a mentir, mire, trabajo formal formal no tengo, desde 1962. Trabajé durante casi diez años en un periódico, fíjese, igual que usted. Sólo que en un cuarto oscuro. De tanto pasar en esa oscurana, se me hizo una gran nube en el ojo y ahora me cuesta ver. Mi regada era que me gustaba el trago. Varias veces me dijeron en el trabajo que llegaba con tufo a níspero. Yo les decía que era a zapote, no a níspero. Pero, guechos, como eran bolos también, sabían distinguir el olor. Un día me despidieron, sin decirme mayor cosa, y me dieron dos mil colones de indemnización. Durante un montón de tiempo quedé jodido, pero me defendía bien trabajando en la parcelita que teníamos ahí en Los Planes. De no haber sido por los terremotos, a estas horas no me hallaría aquí, porque me iba a trabajar desde tempranito. Ahí cosechaba maíz y frijoles; mis hijos, gracias a Dios, nunca han aguantado hambre porque, como le digo, yo siempre, a pesar de que era bolito, traía el sustento a la casa. Pero, bueno... pasó la desgracia. Con el terremoto aquella tierra se lavó toda, todita. Hasta bien extraño me pareció porque ya ni la manzana completa tengo, pues. A saber qué se hizo, pero me ha quedado el terrenito más chiquito... Ahora me rebusco con alguna que otra cosita, trabajitos temporales que le salen a uno, pero no es igual. Tengo que hacer el orgullo a un lado, como dicen, porque, después de tanto año de ser yo el macizo de la casa, hoy es la doña la que lleva los pantalones y el pisto. A mí no me pesa, porque hasta mucho me ha aguantado. Tengo diez años de no chupar, pero sé que ella ha sufrido mucho. Me admira verla cómo trabaja. Es bien arrecha”.

El cocinero

“La necesidad tiene cara de chucho. Menos mal que mi mamá me enseñó a hacer de todo. ¡Si yo hasta ‘torteyo’, pues!”, comenta.


Y es verdad. Con la agilidad manual que a veces pensamos que sólo las mujeres tienen, don Carlos sorprende al llenar un comal con tortillas perfectamente redondeadas, “y sin que se raje la masa, que es lo más importante”.
Mientras “ella” llega, hace un recuento sobre la rutina que cotidianamente le toca vivir: “A las cinco de la mañana ya estoy al brinco. Como la doña se dedica a vender pollos en el ‘tiangue’ de Cojutepeque, me levanto a matarlos, hervirlos y desplumarlos. Digamos que matarlos es más trabajo de hombres. Pongo música y agüita para café, y ya como a las seis y media la llamo para que me ayude a desplumar los veinte pollos que se tiene que llevar.
De ahí tomamos café y despertamos a los bichos que van a estudiar por la mañana, que son los más grandes. Generalmente, mi señora se va hasta en la tarde a vender, por eso regresa bien noche, pero a veces se hace también el turno de la mañana, para salir con un poco más de pisto.
Si no va a vender en la mañana, se va a lavar al río. Eso es quizá a lo único que no le entro mucho, fíjese, porque esas lavadas en piedra lo ‘desrabadillan’ todo a uno, y ella, como es más galana, tiene más aguante.
Yo me quedo barriendo, lavando la sangre de los pollos, cuidando a los chiquitos que relinchan más que a saber qué. Así paso todo el día, haciendo oficio. No... no crea que es ganga quedarse en la casa. Bien ‘penqueado’ termina uno en la noche”.

“¡Ahí viene mi mami!”


Esa noche, el bus se retrasó. María Cecilia llegó a casa a las 9:33 p.m. La venta estuvo bien: vendió todos los pollos y trae cuarenta colones de ganancia.


Tiene 38 años. Pero la precariedad de su vida le ha endosado unos diez más. La piel de su rostro no lo agradece. Asoleada y agrietada, un asomo de lozanía se deja ver cuando sus pequeños ojos negros sonríen al ver a sus siete hijos esperándola. Y fueran diez. Pero a los tres primeros “los mató la diarrea y el vómito”. Fátima, la más pequeña, exige de inmediato degustar del manjar de sus brazos. La complace. Deja el pesado huacal de aluminio, al tiempo que su esposo le da una palmadita en el brazo. Jorge Noé, el más inquieto de los varones, le pregunta por el pan dulce. “Ya se había ido la señora cuando pasé, hijo. Mañana te traigo semita”, le dice, mientras curiosea en su bolsa, y le da un colón para que compre golosinas. De inmediato, cae en la cuenta de su error: “Ay, no, esperate, ¡si todavía no has comido!”.
Siempre la esperan para cenar. Si no llega, nadie come. No sólo por la tradición familiar de compartir la mesa, sino porque, objetivamente, es imposible comer sin que ella llegue. Lleva los huevos y el pan, aunque ésta vez la semita fue la gran ausente.
Ya relajada, después de compartir el alimento, preparado también por su esposo, María Cecilia reflexiona: “Mire, para serle bien honesta, yo la diferencia no la siento, porque siempre he trabajado duro, bien sea en la casa o en la calle. Lo que me duele es cuando la gente le dice a él que es un mantenido. Me imagino que se siente mal el pobrecito. Él me ayuda como puede y creo que hasta de ejemplo le está sirviendo a los cipotes. Ya no hay tales de que van a tener a su mujercita para que les haga todo. Usted bien sabe que en estos dorados tiempos ya no hay esclavas. Mientras no nos quede de otra, yo le digo a Carlos que no le haga caso a la gente, que es pura envidia. Lo importante es que estamos todos juntos y que él ya dejó de chupar”.

Sin tierra ni trabajo

Es el porcentaje de desempleo masculino, según datos de las principales alcaldías.

Milton Muñóz, secretario municipal de la alcaldía de Candelaria, afirma que, aunque siempre ha existido un alto grado de desempleo, a raíz de los terremotos de 2001, éste problema se agudizó, ya que más del cincuenta por ciento de las tierras que representaban la fuente de trabajo de muchos lugareños quedaron prácticamente incultivables.
Así, el cultivo del maíz y frijol, principal rubro de la zona, quedó totalmente anulado. “Son pocos los que se atreven a sembrar, porque es una inversión que no se sabe si se le sacará provecho. Lo peor de todo es que no tenemos recursos para generar nuevas fuentes de empleo”. Muñóz comenta que, en el año 2000, la comuna estaba negociando la posibilidad de incorporar a buena parte de su población en las filas de trabajo de una maquila, “pero ya no se concretizó nada”.
Según un informe de evaluación de riesgo y prevención de desastres en la zona, el terreno antes cultivable ahora presenta “áreas a punto de colapsar, derrumbes, caída de bloques de tierra, hundimientos, amenazas de deslaves, taludes, grietas profundas y posibles inundaciones con la inminente llegada del invierno”. Además de la problemática de la tierra, el factor psicológico tiene una incidencia importante. “Hay gente traumatizada porque, en el momento del terremoto, estaba trabajando en la tierra y vio morir a algún familiar o amigo. La gente lo único que pide es una maquila, para superar el problema”, advierte Muñóz.

¿Un nuevo modelo familiar?


Los hombres en casa y las mujeres trabajando. ¿Podrá ser éste un antecedente que determine un cambio en la tradicional estructura familiar salvadoreña?


“La calidad de vida de la mujer, la desintegración familiar y delincuencia, entre otros, son los resultados de la forma en que organizan la actividad laboral”, advierte el estudio CARE-REDES, sobre la situación social de los municipios investigados. Al respecto, la socióloga Ana Zoila Flores plantea dos posibles escenarios, a partir de esta situación detectada en Cuscatlán.
Por un lado, vislumbra una positiva redistribución de las tareas domésticas en el hogar. Según ella, al cambiar los roles tradicionales, el hombre necesariamente desarrolla una sensibilidad ante la mujer, “porque lo vive en carne propia”. Esto puede contribuir, incluso, a disminuir los índices de maltrato y violencia intrafamiliar.
“Además, las mujeres podrían desarrollar verdadera independencia y autonomía, tomando en cuenta que los roles sociales siempre imprimen características de personalidad definidas”, reflexiona.
Por otra parte, también existe la posibilidad de que la educación que los hijos reciben en casa no sea la adecuada. “Por ejemplo, puede existir el caso de un hombre irremediablemente descuidado e irresponsable que, pese a estar desempleado, se niegue a colaborar con su pareja”, explica. A este ambiente de irresponsabilidad y descuido pueden aunarse problemas de alcoholismo y frustración personal.
“En esos casos es un verdadero peligro que los niños se queden solos con sus padres, ya que están expuestos a serios abusos físicos, psicológicos y sexuales. Y lo peor de todo es que socialmente se responsabilizaría siempre a la mujer, por dejar a sus hijos ‘en otras manos”, señala.
Aunque todavía no existe un dato numérico que especifique la cantidad de hogares que corren el riesgo de desarrollar cualquiera de estos dos posibles escenarios, sí puede inferirse que es una cantidad importante, considerando el elevado porcentaje de desempleo masculino que las alcaldías reportan.



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